CADA SEGUNDO CUENTA

Sólo tú puedes decidir qué hacer con el tiempo que se te ha dado. J.R.R. Tolkien.

Cada segundo de cada uno de nuestros días contiene incontables posibilidades y decisiones, nos dice el vídeo que comparto a continuación. Y la decisión que tomemos, entre todas las posibles, va a determinar lo que ocurra con nuestras vidas. Evidentemente, hay decisiones más trascendentes que otras. Pero todas cuentan. Al final, cuando algo ocurre o deja de ocurrir es porque muchas cosas han ocurrido o dejado de ocurrir antes. En realidad, ningún hecho de nuestras vidas resulta intrascendente. Ni siquiera aquellos que puedan parecernos más insignificantes.

El vídeo me recuerda una historia que leí hace tiempo. Dice así:

Había una vez una hormiguita. Ésta, como toda buena hormiga, era trabajadora y servicial. Se pasaba el tiempo cargando hojitas de un lado a otro. No paraba ni de día, ni de noche, casi sin tiempo para descansar. Y así transcurría su vida, trabajando y trabajando.

Un día fue a buscar comida a un estanque que estaba un poco lejos, y, para su sorpresa, al llegar vio cómo un pimpollo de lirio se abría y de él surgía una hermosa y delicada flor. Se acercó y le dijo:

-Hola, ¿sabes que eres muy hermoso? ¿Qué eres?

-Soy un lirio -contestó el lirio-. Y tú, ¿sabes que eres muy simpática? ¿Qué eres?

-Soy una hormiga.

Y así, la hormiga y el lirio siguieron conversando todo el día y se hicieron grandes amigos. Al anochecer, la hormiguita se despidió para regresar a su casa, no sin antes prometerle al lirio que volvería al día siguiente.

Mientras iba caminando, la hormiga descubrió que admiraba a su nuevo amigo, y se dijo:

-Mañana le diré que me encanta y que lo quiero con todo mi corazón.

Al mismo tiempo, el lirio pensaba:

-Me gusta la amistad de la hormiga. Mañana cuando venga le diré lo que siento por ella.

Pero al día siguiente la hormiga se dio cuenta de que no había trabajado nada el día anterior. Así que decidió quedarse a trabajar.

-Mañana iré con el lirio. Hoy no puedo, estoy demasiado ocupada. Mañana iré y le diré cuánto lo extraño.

Al día siguiente amaneció lloviendo, y la hormiga no pudo salir de su casa. Se dijo:

-¡Qué pena, hoy tampoco veré al lirio! Bueno, no importa, mañana le diré todo lo especial que es para mí.

Y al tercer día la hormiguita se despertó muy temprano y fue al estanque. Pero al llegar, se encontró al lirio en el suelo. La lluvia y el viento habían destruido su tallo, y su flor estaba marchita, sin vida.

“¿Cuándo vas a dejar de contarte historias?”

¿Cuántas veces dejamos de hacer cosas que nos gustaría hacer, y para ello nos contamos mil historias, nos ponemos mil excusas? ¿Cuántas puertas dejamos de abrir por miedo, o simplemente por pereza? ¿Cuántos te quieros dejamos de decir? ¿Cuántas oportunidades dejamos escapar? ¡Cuántas cosas perdemos por miedo a perder!

A menudo ponemos fuera de nosotros la responsabilidad de lo que nos ocurre. Hablamos de mala suerte y de cosas parecidas. Cuando en realidad somos dueños de nuestras decisiones y de nuestros miedos. Sólo nosotros, como dice Gandalf en “El Señor de los Anillos”, podemos decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado. Si le damos al miedo, o a la pereza, o a la indecisión, el poder de decidir por nosotros, nos perderemos grandes cosas en la vida. Y en lugar de vivir una vida grande, en mayúsculas, nuestra vida será minúscula, mediocre, sin fuerza, sin brillo.

La decisión es tuya. ¿Qué quieres elegir hoy? ¿Cómo quieres aprovechar tu próximo segundo de vida? Atrévete a diseñar tu vida. Y hazlo hoy. Ahora. Mañana es demasiado tarde.

 

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AMOR Y ODIO

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El odio no disminuye con el odio. Disminuye con el amor. Buda.

El pasado viernes, 13 de noviembre, el terror sacudió las calles de París. Todos sabemos lo que pasó, así que no voy a entrar ni a describir ni a valorar aquello. Únicamente voy a compartir algo que creo que merece mucho la pena ser leído. Algo que, según mi humilde opinión, contribuye de verdad a crear un mundo mejor del que ahora mismo tenemos. Un hombre destrozado por el dolor, un hombre al que le han robado lo mejor que tenía, un hombre al que le han desgarrado el corazón de la forma más cruel posible, se niega a odiar. Se niega a que la barbarie terrorista le cambie la vida. Y, sobre todo, se niega a que su hijo crezca rodeado de miedo y de odio. Toda una lección de vida y de amor. Ojalá su testimonio nos sirva como lección para vivir con mayor plenitud. Os dejo con Antonine Liris.

La noche del viernes ustedes robaron la vida de un ser excepcional, el amor de mi vida, la madre de mi hijo, pero ustedes no tendrán mi odio. No sé quiénes son y tampoco quiero saberlo, ustedes son almas muertas. Si ese Dios por quien ustedes matan tan ciegamente nos ha hecho a su imagen, cada bala en el cuerpo de mi mujer habrá sido una herida en su corazón.

Así que yo no les daré el regalo de odiarlos. Ustedes lo están buscando, pero responder al odio con la cólera sería ceder a la misma ignorancia que hace de ustedes lo que ustedes son. Ustedes quieren que yo tenga miedo, que mire a mis conciudadanos con ojos desconfiados, que sacrifique mi libertad por la seguridad. Perdieron. Sigo siendo el mismo de antes.

Yo la he visto esta mañana, finalmente, después de noches y días de espera. Ella estaba tan hermosa como cuando partió el viernes por la noche, tan bella como cuando me enamoré perdidamente de ella hace más de 12 años. Por supuesto que estoy devastado por el dolor, les concedo esa pequeña victoria, pero esta será de corta duración. Sé que ella nos acompañará cada día y que nos volveremos a encontrar en ese paraíso de almas libres al que ustedes jamás tendrán acceso.

Nosotros somos dos, mi hijo y yo, pero somos más fuertes que todos los ejércitos del mundo. Y ya no tengo más tiempo para darles, tengo que volver con Melvil que ya ha despertado de su siesta. Tiene apenas 17 meses de edad. Va a comer su merienda como todos los días, después vamos a jugar como siempre y, toda su vida, este pequeño niño les hará frente siendo feliz y libre. Porque no, ustedes no obtendrán su odio.

LOS HOMBRES NO LLORAN. ¿O SÍ?

Después de casi un mes de ausencia, va siendo hora de retomar -casi de empezar, pues la interrupción llegó nada más empezar- este blog. Hoy hemos echado el cierre al curso de coaching del que ya he hablado en otras páginas, le hemos puesto la guinda al pastel. Dentro de unas horas me certificaré -eso espero- y comenzaré un nuevo camino. Un nuevo camino con nuevos aprendizajes, nuevas personas que me acompañarán, más sabiduría, más madurez, mayor plenitud.

Pero hoy toca hablar de ese final. Todo en la vida se acaba, y cuando llegan los finales, cuando llegan las despedidas, se producen emociones encontradas. Así es como me he sentido yo hoy. Por un lado, la alegría de haber compartido diez meses de mi vida con personas maravillosas -compañeros y formadores-; la alegría de haber aprendido un montón de cosas que van a contribuir a que mi vida sea más plena, y, por ende, que la de los que me rodean también lo sea; la alegría de haber tenido la oportunidad de conocerme un poco mejor y crecer en muchos aspectos de mi persona.

Por otro lado, la tristeza de la despedida. Una despedida que no será definitiva, pues, como he dicho más arriba, cuento con nuevas personas para continuar mi camino. Pero no deja de ser una despedida. Y las despedidas, habitualmente, van acompañadas de la emoción de la tristeza.

Pero si bien es cierto que había tristeza, las lágrimas derramadas, que han sido muchas, no pertenecían a esa emoción. No al menos las mías. He llorado a moco tendido durante la mañana de hoy, sí. Pero como digo, no eran lágrimas de tristeza. Mi llanto era un llanto desbordante, y lo que se desbordaba era amor y agradecimiento. Creo que las lágrimas tienen diversas funciones, y una de ellas es la de poder expresar de alguna manera lo que no se puede expresar con palabras. Los seres humanos no somos únicamente cognición, sino que somos también cuerpo y emoción. Y es por ello que no sólo nos comunicamos a través del lenguaje oral. Tenemos otros mecanismos, y uno de ellos son las lágrimas.

Mis lágrimas de hoy expresaban todo el amor y todo el agradecimiento que no era capaz de expresar con palabras. Cada lágrima era un te quiero y era un gracias, dirigido a todos y cada uno de mis compañeros y formadores. La alegría que ya no cabía dentro de mi cuerpo, dentro de mi corazón, se desbordaba en forma de lágrimas.

Me resulta imposible describir todo lo que hemos vivido esta mañana en el aula de CIVSEM. Esas miradas, esos abrazos, esas lágrimas compartidas, esas palabras llenas de sentimiento. Era mucho, muchísimo, el amor que se compartía hoy en la que ha sido nuestra casa durante diez meses -y que espero lo siga siendo de aquí en adelante-. No, no es posible describir todo eso de manera que pueda ser comprendido por alguien que no lo haya vivido. Y es que hay cosas que, o se viven, o no pueden ser explicadas.

Dicen algunos que los hombres no lloran. No sé quién inventó esa expresión. Pero los hombres, los hombres de verdad, lloran. Lloran cuando tienen que llorar. Y no se avergüenzan de hacerlo.