Si no avanzas, retrocedes.

Si no puedes volar, entonces corre; si no puedes volar, entonces camina; si no puedes caminar, entonces arrástrate. Pero sea lo que hagas, continúa moviéndote hacia delante. Martin Luther King Jr.

¿Lo has pensado alguna vez? En las cosas importantes de la vida, si no avanzas retrocedes. Es como subir unas escaleras mecánicas al revés. Quiero decir, subir por las que bajan. Si no te mueves, la escalera te llevará hacia abajo. Si no avanzas, retrocedes.

Piénsalo bien. Ocurre, como digo, en todas las cosas importantes de la vida. Cuando en una relación de pareja se cuela la rutina, y no se es capaz de hacer nuevo lo cotidiano, la relación acaba saltando por los aires. Si no avanzas, retrocedes. Si en una negociación llega un momento en el que ambas partes se enquistan en sus posiciones y no son capaces de ceder, la negociación acaba rompiéndose. Si no avanzas, retrocedes. Si en tu trabajo ya no aprendes cosas nuevas, ya no puedes progresar, sientes que has alcanzado el tope, empezarás a aburrirte, te frustrarás, y querrás marcharte, buscarte otra cosa. Si no avanzas, retrocedes. Cuando un equipo deportivo lo ha ganado todo, y no es capaz de encontrar nuevos estímulos, nuevas metas, ocurre como en el caso anterior: el tedio lo destruye y comienza el declive. Si no avanzas, retrocedes.

Así podría poner un ejemplo y otro, cientos de situaciones de la vida en las que si te quedas parado retrocedes. Seguro que a ti también se te ocurren muchas. Esto no es incompatible con esos momentos en los que es necesario pararse para reflexionar antes de dar el siguiente paso. Pero la parada es para eso, para dar el siguiente paso con mayor seguridad. Si uno se queda demasiado tiempo pensando si dar el paso o no, al final no lo da, o lo da tarde, o lo da mal. Y retrocede debido a su indecisión. Si no avanzas, retrocedes.

No importa dónde has estado, no importa en qué punto de la vida estés. Lo que importa es hacia dónde vas y cómo vas. Siempre hay un camino por delante

No se trata de correr, no se trata de avanzar a lo loco. Se trata de no quedarse parado, de no lamentar los errores del pasado ni paralizarse por miedo al futuro. De no perderse en las excusas. Se trata de caminar, con paso firme y decidido, porque como decía Machado, se hace camino al andar. Y ese camino, que a veces no se ve, se empieza a ver a medida que uno va dando pasos. Aprovechando el presente, gozando del camino, sin orejeras de burro que nos impidan ver y disfrutar de lo que nos vamos encontrando al caminar. Las compañías, las puestas de sol, las flores, el canto de los pájaros, la sonrisa de los niños, la primavera, la lluvia, el amor.

¿Cómo es tu vida? ¿Estás atascado en algo? ¿Qué te impide avanzar? Si crees que puedo ayudarte en algo, no dudes en ponerte en contacto conmigo. ¡Feliz vida!

Y tú, ¿aceptas, o te resignas?

Hay una manera de contribuir a la protección de la humanidad, y es no resignarse.

 Ernesto Sábato.

Pero… ¿no es lo mismo? No, no es lo mismo. A menudo se confunden ambas expresiones, incluso se llega a concebir la resignación como algo positivo. ¿Quién no ha oído hablar de la “resignación cristiana”? Sin embargo, sus significados son bastante diferentes. Y, puesto que el lenguaje no es inocente, no es indiferente utilizar una u otra.

¿Qué diferencia  hay? Pues bien, para empezar, la resignación va asociada a la emoción de la tristeza. También puede haber algo de miedo. Se trata de un estado de ánimo que tiene mucho que ver con la impotencia. No puedo conseguir lo que quería, así que me resigno. Dejo de ver las posibilidades que se me abren en el camino. Voy por la vida con la cabeza baja, tristón, quejica, lamentándome de mi mala suerte. Me convierto en víctima. Todo me sale mal, qué injusta es la vida. Adopto una postura victimista.

Cuando uno se resigna renuncia a seguir luchando, se conforma con lo que hay, no tiene agallas, podríamos decir. Cuando uno se resigna acaba convirtiéndose en una sombra de sí mismo, en alguien débil, incapaz de dar un golpe en la mesa y decir hasta aquí hemos llegado. La resignación es, nos dice Balzac, un suicidio cotidiano. Al resignarnos hemos dejado de vivir. De vivir con mayúsculas.

Aceptar es algo muy diferente. Acepto algo que en principio no es lo que quería cuando deja de haber posibilidades reales de conseguirlo. O acepto los hechos de mi pasado que no me gustaron. Por ejemplo, acepto que no me concedan esa subida de sueldo que había pedido. Lo acepto, pero no me rindo. Volveré a la carga. De una manera o de otra. O me buscaré otra empresa donde me valoren más. O emprenderé mi camino en solitario. La emoción que aparece cuando no consigo lo que deseaba no tiene nada que ver con la tristeza. La emoción de la aceptación es la fuerza, y va acompañada de un profundo sentimiento de paz. He hecho lo que buenamente estaba en mi mano. Me he dejado la piel. Y me la voy a seguir dejando. Esto no acaba aquí. No agacho la cabeza. La llevo bien alta.

La aceptación tiene que ver con admitir los hechos que ocurren en mi vida, pasados o presentes, reconciliándome con los que no me gustan. No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos cambiar la interpretación que hacemos de lo que ocurrió. Y desde esa aceptación, estoy preparado ante lo que pueda depararme el futuro. La resignación me hace ver todas las puertas cerradas. La aceptación me permite ver puertas abiertas. Mi actitud ya no es victimista. Ahora me hago responsable de mi propia vida. Si me resigno, no puedo. Si acepto, puedo.

Se me ocurre, mientras escribo, un ejemplo que nos habla de aceptar una situación, sin rendirse a ella, sin resignarse. Me viene a la memoria Tyrone Bogues. ¿Le recuerdas? Jugó 14 temporadas en la NBA. La NBA, ese mundo de gigantes musculosos, donde un bajito no tendría cabida. Eso podría haber pensado Bogues, con su 1,60 de estatura. Su sueño era jugar entre aquellos gigantes. Pero él era bajito. Lo ¿lógico? es que se hubiera resignado. Que hubiera pensado, “no puedo, nunca podré cumplir mi sueño”. No lo hizo. Probablemente aceptó que nunca podría llegar a ser el pívot de los Ángeles Lakers. Pero se convirtió en el base titular de los Charlotte Hornets. Y en el jugador más bajo de la historia de la NBA.

Otro ejemplo. Nick Vujicic. Un australiano de 33 años que nació sin brazos ni piernas. Carne de cañón del estado de la resignación, ¿no? Era lo más fácil. Pensar, “mi discapacidad me convierte en un inútil; nunca podré llegar a nada en esta vida, en este mundo en el que sólo sobreviven los más fuertes; siempre necesitaré ayuda para todo”. ¿Crees que eso es lo que hizo? ¿Crees que se resignó a vivir una vida mediocre, sin sustancia? Te invito a ver el vídeo pinchando sobre su nombre, y me cuentas. Nick aceptó su discapacidad. Pero se negó a que eso condicionara su vida de manera drástica. No se resignó a ser un inválido.

Entonces… ¿tú aceptas o te resignas? Y si estás en el segundo grupo, ¿qué puedes hacer para salir de ahí? Quizá te venga bien pasar por un proceso de coaching ontológico y transformar tu vida. ¿A qué estás esperando?

CAMBIO DE PLANES

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Los obstáculos no han de detenerte. Si te encuentras con un muro, no te des la vuelta, no te rindas. Averigua cómo escalarlo, atravesarlo o rodearlo. Michael Jordan.

La semana pasada teníamos planeada una ruta, para el domingo, por las Pesquerías Reales, próxima a la localidad segoviana de Valsaín. Estaba ya todo preparado. Pero a última hora nos vimos obligados a suspenderla. La previsiones meteorológicas no eran nada favorables, y la prudencia nos aconsejó dar marcha atrás. Nuestros planes se vieron frustrados.

Sin embargo, no nos quedamos cruzados de brazos. Rápidamente nos pusimos a pensar en una alternativa. O, mejor dicho, Paco (“El Caminante y su Sombra), se puso a pensar en una alternativa. Y, en lugar de dirigir nuestros pasos hacia la sierra de Guadarrama, nos fuimos hacia el sur, a la provincia de Toledo. Las Barrancas de Burujón, nuestro nuevo objetivo.

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He de confesar que inicialmente sentí tentaciones de quedarme en casa. El nuevo destino quedaba sensiblemente más lejos que el anterior, y el tiempo, aunque mejor que el pronosticado para la sierra, tampoco parecía que fuera a ser muy favorable. Sin embargo, vencí todas esas tentaciones. Y no me arrepentí de ello. El cambio de destino resultó ser un maravilloso e inesperado regalo, como se puede apreciar en las fotos que ilustran este artículo (en la página de Facebook de El Sueño del Héroe puedes ver más).

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Así que, gracias al temporal, este domingo, 14 de febrero, me regaló un espectáculo natural de soberbia belleza. Pero no sólo eso. También me trajo una serie de reflexiones, que quiero compartir con mis lectores.

A veces las circunstancias de la vida se empeñan en desbaratar nuestros planes. Algo que ansiábamos como agua de mayo, que habíamos planeado con todo lujo de detalles, de pronto se viene al traste. Y muchas veces nuestra reacción es quedarnos con cara de tontos, quejarnos de nuestra mala suerte, maldecir, enfadarnos con el mundo…

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Pero, ¿y si en lugar de reaccionar así, pensamos en posibles alternativas? Dicen que cuando una puerta se cierra otra se abre. Y si no, una ventana. ¿Y si en lugar de lamentarnos por que se nos cerró una puerta, buscamos otra que esté abierta? Quizá sin esperarlo encontremos algo mucho mejor de lo que esperábamos al traspasar la puerta que se nos cerró. ¿No es eso mejor que quedarse de brazos cruzados y lamentándose?

Cuando las cosas no te salgan como querías, tienes dos opciones: lamentarte, o buscar una alternativa. Sentirte víctima, o hacerte responsable. Eres libre de elegir una u otra opción. La primera te llevará a un lugar. La segunda, te llevará a otro bien diferente. Tú eliges.

 

¿TIENES PROBLEMAS? ¡SONRÍE!

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Con tu sonrisa, haces el mundo más bello. Thich Nhat Hanh.

El otro día hice unas pruebas físicas para acceder a un curso de técnico deportivo de montaña. La primera era de resistencia. Había que recorrer 15,5 kilómetros, con un desnivel de 1507 metros, y una mochila con al menos diez kilos a la espalda, en un tiempo máximo de 4 horas 40 minutos. Después, tres pruebas de habilidad.

Diez días antes, fui con un amigo a hacer el recorrido, a probarme. Tardé 4 horas 47 minutos, y llegué exhausto. Los últimos kilómetros los hice casi arrastrándome, no podía con mi alma, y la mochila aumentaba su peso a cada paso que daba. Sufrí como nunca lo había hecho en el monte. Terminé el recorrido sólo gracias a mi fuerza de voluntad. Y, como digo, fuera de tiempo. Hubiera suspendido. Así que me quedaban 10 días para pulir esos 7 minutos que me sobraban, y entrar en tiempo para poder acceder al curso.

¿Qué pasó el día de la prueba? Pues que no tardé 7 minutos menos. ¡Tardé una hora y 23 minutos menos! Sí, habéis leído bien: 3 horas 24 minutos fue lo que tardé en recorrer esos 15 kilómetros y medio. Y el lector se preguntará… ¿qué pasó? ¿Cómo es posible que, en tan sólo 10 días, el resultado fuera tan diferente?

Por un lado, me alimenté mejor. Por otro, me dosifiqué mejor. La primera vez empecé demasiado fuerte, y eso hizo que se me agotaran las fuerzas. Pero hubo algo que marcó realmente la diferencia. Algo muy sencillo, algo al alcance de cualquiera. En los momentos de dificultad, cuando las fuerzas parecían empezar a flaquear o el terreno se hacía más cuesta arriba, yo dibujaba una sonrisa en mi cara. Fácil, ¿no? Sí, sonreía. Le ponía al mal tiempo buena cara. Y con eso, ¿qué conseguía? Pues conseguía, por un lado, mandarle a mi cerebro el mensaje de que todo iba bien, de que estábamos disfrutando de un alegre día de campo, de que el cansancio no iba a poder con nosotros.

La sonrisa es un antidepresivo natural.

Por otro lado, al sonreír, liberaba endorfinas, es decir, unos neurotransmisores que, entre otras cosas, tienen efectos analgésicos y producen sensación de bienestar. Son una suerte de opiáceos naturales que segrega el organismo, y cuyos efectos pueden llegar a ser hasta 20 veces más potentes que los medicamentos contra el dolor que se venden en las farmacias. Estas moléculas promueven la calma, mejoran el humor, reducen la presión sanguínea, retrasan el envejecimiento, potencian el sistema inmunitario…

Y todo eso, ¿con sólo una sonrisa? Pues sí, todo eso, con sólo una sonrisa. La que marcó la diferencia principal entre el día de las 4 horas 47 minutos, y el de las 3 horas 24 minutos.

Las emociones están estrechamente ligadas a la corporalidad. Y a la cognición, a nuestros pensamientos. Si modificamos una de las tres partes, cambian también las otras. Es por eso que si sonríes, aunque sea de manera forzada, acabarás consiguiendo entrar en la emoción de la alegría.

Los maravillosos efectos de una sonrisa .

¿Os podéis imaginar, entonces, lo que podéis conseguir sonriendo? Porque esto no sólo es válido para el esfuerzo físico, las pruebas deportivas, etc. Sonreír provoca efectos beneficiosos para el organismo en cualquier momento y en cualquier lugar. Y lo hace, por las dos razones mencionadas: porque se le manda al cerebro el mensaje de que todo está bien, y porque se liberan endorfinas, esas moleculitas tan simpáticas y con tantos efectos positivos.

Pero los efectos positivos no sólo son para el organismo. Si la vida se pone cuesta arriba, sonríe. Si has tenido un mal día, sonríe. Si estás triste, sonríe. Si estás enfadado, sonríe. Si estás pasando una mala racha, sonríe. Sonríete a ti mismo, sonríe a tu pareja, sonríe a tus hijos, a tu vecino, al tendero de la esquina, al conductor del autobús, al policía que te acaba de poner una multa, a esa señora con la que te cruzas por la calle y no conoces de nada, al camarero que te sirve el café por la mañana, a tus compañeros de oficina, a tu jefe… ¡Imagina el regalo tan grande que puede suponer para tu cuerpo y para tu mente si te pasas el día sonriendo!

Pero eso no es todo. Imagina el clima que puedes crear a tu alrededor si sonríes. Porque además, la sonrisa tiene un tercer efecto que aún no hemos comentado: es contagiosa. ¿Qué le pasaría a nuestra sociedad, si todos asumiéramos esta práctica? Si cambias tú, cambia tu entorno. Prueba a sonreír, y verás cómo esta máxima se cumple.

Consejo de coach: cuando las cosas se te pongan cuesta arriba, sonríe. Al principio quizá te cueste. Pero no tardarás en notar los beneficios de esa sonrisa. ¡Pruébalo! No hay nada que perder.

 

LIBERTAD Y VERDAD

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En el mundo moderno, la libertad es lo contrario de la realidad; pero es, sin embargo, su ideal. G.K. Chesterton.

¿Qué piensas de la libertad? ¿Y de la verdad? No sé si estarás de acuerdo conmigo, pero tengo la impresión de que el primer concepto está supervalorado -hipertrofiado en muchos casos- y el segundo minusvalorado. Nuestro mundo ensalza la libertad como un bien supremo, como algo sagrado, como el bien por excelencia. Mientras que huye de la verdad, declarando que ésta no existe, que es relativa. Vivimos en el mundo del relativismo, en un mundo en el que todo depende del cristal a través del que se mire.

Sin embargo, yo creo que para que la libertad sea posible es necesaria la verdad. La verdad, en el sentido de que existe el bien y existe el mal. De que hay cosas que están bien y otras no lo están. Algunas de ellas están muy claras. Todos -o al menos la inmensa mayoría- estamos de acuerdo en que cortar cabezas para imponer una religión no está bien. Pero hay cosas que no están tan claras, o, al menos, el consenso no es tan amplio. Entonces, en lugar de buscar la verdad, se suele mirar para otro lado. Preferimos no complicarnos la vida, no “mojarnos”, no buscar esa verdad, no vaya a ser que si la encontramos se nos complique la vida. Que cada cual piense lo que quiera, decimos. Al fin y al cabo, en eso consiste la libertad. ¿O no?

Aquel que duda y no investiga, se torna no sólo infeliz sino también injusto. Pascal

Pues yo creo que no, que la libertad no es eso. La libertad no puede consistir en hacer lo que a uno le venga en gana. Porque si es eso, bien hacen los terroristas del Ejército Islámico en cortar cabezas a diestro y siniestro. Al fin y al cabo, son libres para ello. Es la forma que tienen de imponer “su” verdad. Pero resulta que, según yo lo veo, la libertad no puede ser un fin en sí misma. La libertad no puede ser un valor supremo, un valor absoluto. La libertad es un bien que debe estar subordinado a la verdad. Y si no se le añade un “para qué” (un “para qué” justo y bueno), se convierte en, en el mejor de los casos, en una palabra sin sentido, y, en el peor, en un salvoconducto para sembrar el terror.

La libertad debe estar informada por la verdad. No puede, no debe, haber una libertad para ofender, para enviscar odios, para jalear pasiones; no puede haber una libertad para ultrajar la fe del prójimo y blasfemar contra Dios. Si la libertad se utiliza para eso se está haciendo un mal uso de ella, se está prostituyendo. Deja de ser libertad.

Soy coach ontológico, y en mi formación se me ha enseñado que vivimos en mundos interpretativos. Eso quiere decir que la realidad no es de una determinada manera, sino que es como yo la veo, como yo la interpreto. Eso permite abrir espacios de convivencia, permite que si el otro no piensa como yo, yo no lo demonice, yo no me crea superior a él. Pero este concepto de la realidad no está reñido con el concepto de verdad.

La conciencia es el mejor libro moral que tenemos. Pascal.

El mundo, el planeta Tierra, se rige por unas leyes naturales. Los hombres que lo habitamos, además de a esas leyes naturales, estamos sometidos también a determinadas normas de convivencia. Dentro de esas normas de convivencia, no lo niego, puede haber algunas que sean injustas. Pero todo ser humano lleva impreso en su corazón el concepto de lo que es bueno, de lo que es verdadero, de lo que es bello. No todo vale, y para conocer esto no es necesario estudiar, no es necesario ser ningún erudito, no es necesario ir a la Universidad. Lo llevamos impreso en la conciencia. A eso me refiero cuando hablo de verdad. Eso sí, en no pocas ocasiones se hace difícil discernir. Pero cuando ese discernimiento entre el bien y el mal se torna complicado, no vale lavarse las manos. No vale mirar para otro lado. Entonces sí, hace falta estudiar, hace falta buscar. Como decía Machado, “¿Tu verdad? No, la Verdad;/y ven conmigo a buscarla./La tuya, guárdatela”.

La libertad significa responsabilidad; por eso, la mayoría de los hombres le tiene tanto miedo. George Bernard Shaw

Lo que sí es necesario es hacerse responsable. No mirar para otro lado, no acallar esa conciencia cuando nos dice que estamos haciendo algo que va contra la verdad universal, no caer en el relativismo que nos dicta nuestra sociedad hedonista y materialista y pensar que todo vale, que todo está bien. No absolutizar el concepto de libertad.

Que vivamos en mundos interpretativos no significa que todo esté bien. Significa, según yo lo entiendo, que, dentro de una serie de parámetros, dentro de eso que llamamos verdad, pueden existir diferentes formas de ver y hacer las cosas. Y todas esas formas están bien, no son mejores unas que otras. Pero cuando nos salimos de esos parámetros, la cosa cambia. Si decido que, para hacer proselitismo de mi fe, tengo derecho a cortarle la cabeza al prójimo, entonces ya me estoy saliendo de las “normas de juego”. Ya no tiene nada que ver con los mundos interpretativos… ni con la libertad. Porque cortarle la cabeza al prójimo no es bueno, ni es bello.

Los actos tienen consecuencias. Y cuando las consecuencias de esos actos atentan contra el prójimo, o, de alguna manera, degradan a la persona, no puede hablarse de libertad. Cuando decido no querer ser responsable de mis actos, no estoy actuando con libertad, porque no estoy siendo verdadero.

Bien y belleza. Verdad. Conceptos necesarios para que pueda existir la libertad. ¿Qué opinas?