Y tú, ¿aceptas, o te resignas?

Hay una manera de contribuir a la protección de la humanidad, y es no resignarse.

 Ernesto Sábato.

Pero… ¿no es lo mismo? No, no es lo mismo. A menudo se confunden ambas expresiones, incluso se llega a concebir la resignación como algo positivo. ¿Quién no ha oído hablar de la “resignación cristiana”? Sin embargo, sus significados son bastante diferentes. Y, puesto que el lenguaje no es inocente, no es indiferente utilizar una u otra.

¿Qué diferencia  hay? Pues bien, para empezar, la resignación va asociada a la emoción de la tristeza. También puede haber algo de miedo. Se trata de un estado de ánimo que tiene mucho que ver con la impotencia. No puedo conseguir lo que quería, así que me resigno. Dejo de ver las posibilidades que se me abren en el camino. Voy por la vida con la cabeza baja, tristón, quejica, lamentándome de mi mala suerte. Me convierto en víctima. Todo me sale mal, qué injusta es la vida. Adopto una postura victimista.

Cuando uno se resigna renuncia a seguir luchando, se conforma con lo que hay, no tiene agallas, podríamos decir. Cuando uno se resigna acaba convirtiéndose en una sombra de sí mismo, en alguien débil, incapaz de dar un golpe en la mesa y decir hasta aquí hemos llegado. La resignación es, nos dice Balzac, un suicidio cotidiano. Al resignarnos hemos dejado de vivir. De vivir con mayúsculas.

Aceptar es algo muy diferente. Acepto algo que en principio no es lo que quería cuando deja de haber posibilidades reales de conseguirlo. O acepto los hechos de mi pasado que no me gustaron. Por ejemplo, acepto que no me concedan esa subida de sueldo que había pedido. Lo acepto, pero no me rindo. Volveré a la carga. De una manera o de otra. O me buscaré otra empresa donde me valoren más. O emprenderé mi camino en solitario. La emoción que aparece cuando no consigo lo que deseaba no tiene nada que ver con la tristeza. La emoción de la aceptación es la fuerza, y va acompañada de un profundo sentimiento de paz. He hecho lo que buenamente estaba en mi mano. Me he dejado la piel. Y me la voy a seguir dejando. Esto no acaba aquí. No agacho la cabeza. La llevo bien alta.

La aceptación tiene que ver con admitir los hechos que ocurren en mi vida, pasados o presentes, reconciliándome con los que no me gustan. No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos cambiar la interpretación que hacemos de lo que ocurrió. Y desde esa aceptación, estoy preparado ante lo que pueda depararme el futuro. La resignación me hace ver todas las puertas cerradas. La aceptación me permite ver puertas abiertas. Mi actitud ya no es victimista. Ahora me hago responsable de mi propia vida. Si me resigno, no puedo. Si acepto, puedo.

Se me ocurre, mientras escribo, un ejemplo que nos habla de aceptar una situación, sin rendirse a ella, sin resignarse. Me viene a la memoria Tyrone Bogues. ¿Le recuerdas? Jugó 14 temporadas en la NBA. La NBA, ese mundo de gigantes musculosos, donde un bajito no tendría cabida. Eso podría haber pensado Bogues, con su 1,60 de estatura. Su sueño era jugar entre aquellos gigantes. Pero él era bajito. Lo ¿lógico? es que se hubiera resignado. Que hubiera pensado, “no puedo, nunca podré cumplir mi sueño”. No lo hizo. Probablemente aceptó que nunca podría llegar a ser el pívot de los Ángeles Lakers. Pero se convirtió en el base titular de los Charlotte Hornets. Y en el jugador más bajo de la historia de la NBA.

Otro ejemplo. Nick Vujicic. Un australiano de 33 años que nació sin brazos ni piernas. Carne de cañón del estado de la resignación, ¿no? Era lo más fácil. Pensar, “mi discapacidad me convierte en un inútil; nunca podré llegar a nada en esta vida, en este mundo en el que sólo sobreviven los más fuertes; siempre necesitaré ayuda para todo”. ¿Crees que eso es lo que hizo? ¿Crees que se resignó a vivir una vida mediocre, sin sustancia? Te invito a ver el vídeo pinchando sobre su nombre, y me cuentas. Nick aceptó su discapacidad. Pero se negó a que eso condicionara su vida de manera drástica. No se resignó a ser un inválido.

Entonces… ¿tú aceptas o te resignas? Y si estás en el segundo grupo, ¿qué puedes hacer para salir de ahí? Quizá te venga bien pasar por un proceso de coaching ontológico y transformar tu vida. ¿A qué estás esperando?

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