Elecciones en España

Ellos se ríen de mí por ser diferente. Yo me río de todos por ser iguales. Kurt Cobain

A pesar del título de mi artículo, no pretendo hablar de política. Tampoco pretendo defender a una ideología ni denostar a la contraria. No me decanto, mucho menos en estas páginas, por ninguna de las opciones que en estos días se nos han dado a elegir. Lo único que pretendo en mi artículo de hoy es hablar de convivencia.

Ayer se celebraron nuevas elecciones en España. Ganaron los que ganaron, perdieron los que perdieron, y hoy unos celebran, otros se lamentan… y muchos (por los comentarios que veo en las redes sociales) no aceptan los resultados y la emprenden contra los que votaron a los que han ganado. No me decanto por unos ni por otros, pero me llama la atención la falta de respeto hacia lo contrario. Parece que la mentalidad es “yo voto lo correcto, lo que es mejor para España, y todo aquel que no lo vote es un ignorante”. Y así seguimos, día tras día, año tras año, con la división de las dos Españas.
¿Qué tal si nos olvidamos de eso? ¿Qué tal si dejamos de lamentarnos por lo mal que está todo, y hacemos lo que esté en nuestras manos para mejorar la convivencia? ¿Qué tal si dejamos de pensar que lo nuestro es lo mejor, y pensamos que es una opción más, pero que otros pueden pensar de otra manera, y su elección es igual de legítima que la nuestra? ¿Qué tal si en vez de buscar la división y la confrontación buscamos la unión y el acercamiento? ¿Qué tal si en lugar de lamentarnos ponemos en juego nuestros valores, nuestros recursos, nuestra grandeza, para hacer de nuestro entorno un lugar mejor, más habitable, más humano, más amoroso? ¿Qué tal si abrimos la mente a lo desconocido, a lo diferente, a lo que nos provoca rechazo, y en lugar de denostarlo tratamos de comprenderlo?
No se trata de cambiar nuestras opciones políticas, de cambiar nuestra forma de pensar. Se trata, simplemente, de aceptar que otros no piensan como nosotros, y tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. A aceptar que no por pensar así son ignorantes, ladrones, delincuentes, sinvergüenzas, subnormales, y no sé cuántas cosas más que he leído esta mañana. Y no con esto (lo decía al principio y lo recalco de nuevo) me estoy decantando por ninguna opción política. Creo que todos, tengamos la ideología que tengamos o no tengamos ninguna, deberíamos respetar la del que piensa diferente. Quizá a todos nos iría mejor. Mi invitación es a dejar a un lado la política, y, desde ahí, buscar lazos de unión que puedan contribuir a hacer de este mundo un lugar más habitable.
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Ladrones de energía

El mundo está lleno de cactus, pero no tenemos que sentarnos en ellos. Will Foley

¿Quieres ser más eficiente en tu día a día? ¿Tener más éxito en las tareas que afrontas? Te invito a meditar sobre esta serie de cosas que nos roban la energía casi sin darnos cuenta. Después, actúa, y verás como todo va mejor.

  • El desorden.

¿Eres de los que tiene la mesa llena de papeles, libros, cuadernos, agendas, lápices, rotuladores, revistas y un sinfín de cachivaches? ¿Te vuelves loco cada vez que buscas algo entre semejante montaña de objetos? ¿Apuntas las cosas en diferentes sitios (agendas, cuadernos, trozos de papel) y luego no recuerdas dónde lo hiciste? Todo ello te roba un tiempo maravilloso, te pone de mal humor y te roba un montón de energía. Te invito a poner orden, a desprenderte de todo aquello que guardaste un día por si más adelante lo necesitabas y lleva tiempo acumulando polvo, a tener un sólo cuaderno o agenda donde apuntar las cosas importantes, a vivir con menos cosas (se llama minimalismo y facilita mucho la vida; algún día escribiré más a fondo sobre sus beneficios). Verás cómo, si lo pones en práctica, te habrás quitado un importante peso de encima.

  • La mala alimentación.

Las comidas pesadas, el exceso de grasas, de azúcares o de alcohol, el abuso de los platos precocinados, los alimentos procesados y los refinados, la bollería industrial, beber poca agua… Una alimentación incorrecta es uno de los factores que contribuyen a que llegues al final del día sin fuerzas para nada.

  • Las personas negativas.

Las que se quejan por todo, las que sólo ven pegas, las pesimistas que siempre ven el vaso medio vacío, las gruñonas, las maleducadas, las taciturnas, las siempre tristes o enfadadas, las antipáticas, las bordes, las desagradables… Aléjate de ellas. Sus actitudes son altamente corrosivas y contagiosas.

  • Los espacios cerrados.

A menudo no queda más remedio que permanecer en ellos, por motivos de trabajo. Pero si es así, busca momentos para escaparte. Deja que te dé el aire, que te acaricie el sol, incluso que te moje la lluvia. Mueve tus piernas, date un paseo, oxigénate.

  • La falta de ejercicio.

Si no te mueves engordarás y te oxidarás. Así que… ¡ponte en marcha! Si no te gusta hacer deporte, sal a andar. O también puedes hacer por que te guste. Hay muchos y muy variados. Quizá descubras un mundo maravilloso si te asomas a alguno de ellos. Sea como sea, muévete y estírate a menudo. Tus articulaciones, y tu corazón, te lo agradecerán.

  • El coche.

Sobre todo en grandes ciudades como Madrid. Los atascos nos ponen de mal humor y nos convierten en personas que no queremos ser. También lo hace el tiempo que tardamos en encontrar aparcamiento. Utiliza el transporte público, anda más, cómprate una bici o utiliza las públicas. Ahorrarás tiempo, tendrás más energía y contribuirás a reducir la contaminación.

  • Las preocupaciones.

Especialmente cuando no puedes hacer nada. Deja de preocuparte por quién ganará las elecciones, por lo que hace o dice aquél político, por si sube o baja la Bolsa, por si llueve en Madagascar. Reduce tu círculo de preocupaciones y amplía el de influencia (aquellas cosas en las que sí puedes influir). Céntrate en lo que puedes hacer tú y aprende a relajarte.

  • La televisión, el ordenador, la tablet, el móvil

La tecnología en general. No digo que sea mala en sí, al fin y al cabo nos facilita la vida. Pero su abuso nos despersonaliza, destruye las relaciones sociales, roba nuestra energía. Relaciónate más, lee libros, sal a la calle. Da menos espacio en tu vida a lo virtual y más a lo real.

  • Las obligaciones.

Cambia los “tengo que” por los “quiero”. Dedica menos tiempo en tu vida a las obligaciones (sobre todo, no te crees ni aceptes ninguna innecesaria) y más a tus pasiones.

Estos son algunos de nuestros ladrones cotidianos de energía. Frecuentemente los tenemos metidos en nuestras rutinas y ni nos damos cuenta de que están ahí, chupando nuestra sangre como si fueran vampiros. ¿Te animas a decirles adiós? Si se te ocurre alguno más, te agradeceré un montón que lo compartas conmigo.

El verbo ser

Enamórate de tu existencia. Jack Kerouac.

Soy muy torpe; ¡qué tonto soy!; soy un desastre; niño, eres muy malo; ¡eres tan desordenado!; eres un egoísta…

Vistas estas expresiones así, ¿a que parecen demoledoras? Lo parecen, porque lo son. Y, sin embargo, todos las usamos a diario, con nosotros mismos y con los demás. Así, además, educamos a nuestros hijos.

Las utilizamos sin ser muy conscientes del daño que pueden hacer, que de hecho hacen. Cuando a un niño se le dice constantemente que es muy torpe, al final se acaba creyendo que lo es. ¿Y que pasa? Que, efectivamente, acaba siendo torpe. Cuando nos decimos “soy un desastre” porque algo nos ha salido mal, nos castigamos de manera injusta y nos volvemos negativos, vamos perdiendo la capacidad de afrontar los retos que se nos presentan de forma positiva y constructiva. Nos convertimos en un auténtico desastre.

En la escuela nos han enseñado muchas Matemáticas, mucha Física y mucha Biología, pero nos han enseñado poco, o nada, de cómo utilizar el lenguaje de forma positiva, y de los efectos que ello tiene. Cuando nos dirigimos a alguien, o a nosotros mismos, con el verbo ser (eres un egoísta; soy un desastre), lo estamos etiquetando, nos estamos etiquetando. Y esa etiqueta cada vez es más indeleble, más difícil de quitar. Es un lastre que llevamos en la vida, y que tira de nosotros hacia abajo con una fuerza tal que nos hace pequeños, negativos, refunfuñones.

Yo propongo cambiar el verbo ser por el verbo estar. También podemos utilizar los verbos comportar, o parecer. ¿Verdad que es muy diferente decir “eres tonto”, que “estás tonto”, o “te has comportado como un tonto”? En el primer caso estamos etiquetando, estamos dando a la persona una cualidad permanente. En el segundo y tercer caso, la atribución es temporal, se refiere un momento concreto. De la misma manera, si yo digo “soy un desastre”, me convierto a mí mismo en un desastre. Pero si digo “me he comportado de forma desastrosa”, ya me estoy refiriendo a un hecho determinado. La próxima vez lo haré mejor (en cambio, si soy un desastre, la próxima vez no lo podré hacer mejor porque mi “ser un desastre” me lo impedirá).

Te animo a probarlo, a llevarlo a la práctica. Si tienes hijos, practícalo con ellos. Si no los tienes, hazlo con los que te rodean. Y, ante todo, practica contigo mismo. Eso sí, si las cualidades que vas a utilizar son positivas, ¡entonces sí, utiliza el verbo ser! Soy fantástico; soy el mejor; soy digno de ser amado; soy bello; soy grande; eres guapísima; eres muy bueno; eres hábil; eres un primor.

Utiliza el lenguaje para crecer, y para crear a tu alrededor un mundo más positivo y más amable. ¡Verás cómo cambian las cosas!

 

Volver a amar

El que ha conocido sólo a su mujer y la ha amado, sabe más de mujeres que el que ha conocido mil. Leon Tolstoi.

Hace tiempo, en mi antiguo blog, escribí un artículo que, podríamos decir, hablaba sobre cuando el amor se acaba. Recientes conversaciones me lo han traído a la memoria, y he decidido traerlo a este blog para que mis actuales lectores puedan también disfrutar de él. Aquí os lo dejo:

Mi artículo de hoy podría no tener palabras. No al menos las mías. Bastaría con el vídeo que añadiré a continuación, un cortometraje que, en poco más de cinco minutos, dice muchísimo más de lo que yo pueda decir en líneas y líneas escritas.
El corto se llama “Bastille”, es de la directora española Isabel Coixet, y pertenece a una película llamada “Paris je t’aime”, que es una selección de 18 cortometrajes rodados por diferentes directores en diferentes barrios de París, y todos hablan, de diferentes maneras y desde diferentes puntos de vista, del amor.
Como no quiero adelantar nada de lo que en el vídeo ocurre, os dejo con él, y a continuación termino con algún comentario propio.  Podéis verlo pinchando en el siguiente enlace:
De tanto comportarse como un hombre enamorado, se volvió a enamorar. Esa frase es para mí el resumen perfecto del excelente corto de Coixet. Leo en los comentarios del vídeo en Youtube a personas que dicen que el vídeo no les ha gustado, porque piensan que para que te vuelvan a querer hay que enfermar. Pero no creo que ese sea el mensaje del corto. No creo, ni mucho menos, que ese fuera el mensaje que quería transmitir la directora cuando lo rodó. Evidentemente, no sabemos lo que ella tenía en la cabeza. Pero lo que a mí me dice es que, independientemente de que en este caso el detonante sea una enfermedad, siempre es posible volver a enamorarse. Y, sobre todo, siempre es posible volver a amar, porque amar, entre otras muchas cosas, no deja de ser un acto de la voluntad.
Yo decido amarte en todas las circunstancias, sean estas buenas o malas, vengan días mejores o peores, estés más joven o más vieja, estés más guapa o lo estés menos.
Dicen que el amor se acaba… y puede ser. El amor se acaba si no se alimenta, si no se cuida, si no se riega a diario. El amor se acaba si uno no está decidido a tomárselo en serio, si uno no está decidido a hacer frente a las dificultades y a los momentos de aridez. El amor se acaba si, cuando vienen mal dadas, uno mira para otro lado en busca de una salida en lugar de mirar hacia dentro buscando la solución hasta encontrarla. Puede que el amor se acabe, pero pienso que tenemos las herramientas necesarias para evitar que se acabe. Siempre, claro está, que ese amor se haya edificado sobre cimientos sólidos. Hoy día, en esta cultura nuestra del bienestar y de lo fácil, de lo simple y del “aquítepilloaquítemato“, es más fácil prescindir del amor cuando se acaba que ponerse el traje de faena para arreglarlo. Es más fácil buscarse otra, otro, que luchar por seguir adelante.
El mensaje del corto, para mí, está claro, y no hace falta que aparezca una enfermedad para ponerlo en práctica. Se trata, simplemente, de amar. Incluso en los momentos de aridez. Es más, precisamente es en esos momentos cuando de verdad se demuestra el amor. Cuando hay mariposas en el estómago, cuando todo va como la seda, es muy fácil.
Termino con un pequeño cuento que vi hace poco por Internet, con un mensaje muy parecido.
“Un hombre fue a visitar a un sabio consejero, y le dijo que ya no quería a su esposa y que iba a separarse. El sabio lo escuchó, lo miró a los ojos y solamente dijo una palabra: -ámala-. Luego se calló.
Pero es que ya no siento nada por ella -replicó el hombre.
Ámala -reiteró el sabio.
Y ante el desconcierto del visitante, después de un oportuno silencio, el viejo sabio agregó lo siguiente:
Amar es una decisión, no un sentimiento. Amar es dedicación y entrega. Amar es un verbo, y el fruto de esa acción es el amor.
El amor es un ejercicio de jardinería: arranca lo que te hace daño, prepara el terreno, siembra, sé paciente, riega, procura y cuida. Está preparado, porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias. Pero no por eso abandones tu jardín. 
Ama a tu pareja, es decir, acéptala, valórala, dale tu amor… y serás feliz.”
Tras la tormenta del enamoramiento, eso que Ortega llamaba “estado de imbecilidad transitoria“, llega la calma. Y ahí es donde empieza lo bueno. ¿Te atreves?