Pues nos drogamos

Si no vives peligrosamente, no vives. La vida sólo florece en el peligro. La vida nunca florece en la seguridad. Osho.

Zorba The Greek, 1964 http:/www.tuttartpitturasculturapoesiamusica.com;

No hace mucho vi, debajo de uno de esos carteles que prohíben jugar a la pelota, una pintada que rezaba como el título de mi artículo: pues nos drogamos. Me hizo gracia, y también me hizo reflexionar. Si bien es cierto que en algunos sitios tiene sentido esa prohibición, o al menos una restricción de horarios para velar por el descanso de los vecinos, últimamente esos cartelitos proliferan como setas, y en muchas ocasiones no parecen tener mucho sentido. Paseando por Madrid he visto carteles de esos en sitios en los que, por más que he mirado y por más que he tratado de imaginar, no he logrado encontrar el por qué de la prohibición.

Nos está tocando vivir unos tiempos llenos de paradojas. Por un lado, los llamados psicopedagogos alertan del peligro de las pantallas (consolas, teléfonos móviles, tablets, etc.). Por otro, en cada vez más sitios se prohíbe jugar a la pelota, montar en bici, patinar… Eso, por no hablar de los peligros, en mi infancia casi inexistentes, de salir a jugar a la calle sin necesidad de demasiado control paterno.

Pero la esquizofrenia no acaba ahí. O quizá sí, quizá acaba ahí, porque ese tipo de paradojas, hasta cierto punto menores, tienen su origen en otras de mayor calado. Tengo la sensación de que nuestra sociedad es una sociedad paracaídas. No nos atrevemos a hacer nada sin ese (u otro) elemento de protección. Vivimos rodeados de miedos,  en muchas ocasiones imaginarios, calculando hasta el infinito el próximo paso a dar. Además, les inculcamos esos miedos a los niños casi desde que nacen. Cuando yo era pequeño pasaba los veranos en la calle, montando en bici (sin casco), me caía innumerables veces y las heridas en codos y rodillas formaban parte del uniforme veraniego. Cuando me caía, a veces me levantaba y seguía como si nada, y otras, las más aparatosas, lloraba, iba a casa en busca de un “cura-sana” de mi madre y un poco de mercromina, y otra vez a la calle.

Ahora eso es impensable. El casco es imprescindible, y a eso hay que sumar las coderas, las rodilleras y dentro de poco inventarán algún tipo de peto que convierta a los pequeños ciclistas que comienzan a dar sus primeras pedaladas en una suerte de Don Quijote subido a un caballo de dos ruedas. Las caídas son improbables, pero si ocurren, el drama es mayúsculo. Ahí se acaba la diversión.

Quizá estoy exagerando un poco, pero es sólo un ejemplo de lo que ocurre en nuestra sociedad. Protegemos tanto a los niños que cuando llegan a adultos no son capaces de defenderse fuera del mundo de cristal en el que han crecido. El mínimo problema, la más pequeña contrariedad, lleva a la gente al psicoanalista, donde se dejan los cuartos durante sesiones y sesiones, averiguan de dónde vienen (supuestamente) todos sus traumas, pero nunca resuelven el problema. Como decía Víktor Frankl, se ha sustituido al sacerdote, al rabino o al pastor por el psiquiatra, cuando en muchas ocasiones no existe ningún tipo de enfermedad (y lo decía un psiquiatra). Lo único que ocurre es que la vida no es ningún cuento de hadas. Y hay que lidiar con varapalos diversos, muertes, enfermedades, despidos laborales, quiebras económicas, períodos eternos de desempleo, y un largo etcétera. No es necesario ir al médico ni atiborrarse a pastillas. Únicamente hay que aprender a aceptar las dos caras de la moneda que es la vida: alegría y dolor.

A nuestra sociedad paracaídas le molesta la lluvia, y en cuanto caen cuatro gotas corre despavorida a protegerse, no se le vaya a estropear el peinado; no le gusta andar más allá de la esquina de casa, y si hay que recorrer un tramo mayor de un kilómetro recurre al coche (para después quejarse del cambio climático); no le gusta pasar calor, así que en cuanto la temperatura sube de los treinta grados centígrados pone el aire acondicionado; tampoco le gusta pasar frío, y por debajo de los veinte grados ya conecta la calefacción; por supuesto, ni se le pasa por la cabeza montar una empresa, eso es arriesgar demasiado y es sólo para locos o para gente extremadamente preparada (la sociedad paracaídas no da un sólo paso si no se siente muy, muy, MUY preparada); ni que decir tiene que  de entregarse al cien por cien a una persona, sin saber si la correspondencia va a ser plena, ni hablamos; y claro, si en las relaciones humanas se calcula de esa manera, cómo va a caber en la cabeza que a jóvenes guapos, listos y con carrera se les ocurra hacerse sacerdotes o meterse en un convento de clausura para toda la vida.

Estos miedos quizá tienen mucho que ver con esa sociedad de bienestar que nos venden en occidente. Vivir con la máxima comodidad y con el mínimo esfuerzo. Esto se refleja también en las generaciones más jóvenes. Para esquivar problemas, se evita poner límites. Es más cómodo colocar al niño delante de una pantalla, ya sea la de la televisión, la del ordenador, la tablet, o darle un móvil, que enseñarle a desarrollar la imaginación y a elaborar sus propios juegos. Es más cómodo también decirle a todo que sí para que no llore, o no nos monte el numerito, que mantenerse firme ante una serie de normas concretas.

¡Normas! ¡Deberes! ¡Límites! Palabras tabú en nuestra sociedad. No hace mucho leí en un periódico de gran tirada nacional un artículo que afirmaba que los niños no debían obedecer, ni a sus padres, ni a sus profesores, ni a nadie. Luego, eso sí, llegan los lamentos, cuando el niño se convierte en adolescente y es ya ingobernable.

Quizá pueda pensar el lector que qué tienen que ver unas cosas con otras. Para mí están relacionadas, y las dejo ahí, para la reflexión de cada uno. Pienso que vivir una vida atenazada por los miedos, una vida encorsetada, mediocre, volando raso cuando se puede volar alto, tiene algo que ver con vivir una vida cómoda, ramplona, sin esfuerzo.

Tenía parte de mi artículo ya en la cabeza, y antes de escribirlo he visto una gran película de los años sesenta. En ella he encontrado frases maravillosas que refuerzan un poco mis tesis. Estoy hablando de “Zorba el griego”. Un soberbio Anthony Quinn representa a Zorba, un griego sin oficio conocido que se ofrece a ayudar a un escritor americano que viaja a Creta con la idea de recuperar una antigua mina que heredó de su familia. Zorba, un hombre sin estudios, demuestra tener una sabiduría de la vida que muchos sabios y entendidos de hoy (y de todos los tiempos) quisieran para sí.

Cuando, en el barco en el que viajan a Creta, Zorba aborda al que será su jefe, se entera de cuál es su propósito, y se ofrece a ayudarle. Éste, sorprendido, le pregunta que por qué quiere hacerlo. Es algo que le ocurre también a nuestra sociedad paracaídas. No entiende el altruismo. Que alguien quiera hacer algo por otro por el mero hecho de hacerlo. La respuesta de Zorba es sencilla a la par que admirable: “¿No es posible que alguien haga algo sin un por qué? ¿Sólo porque sí? ¿Por gusto?”.

Hay más frases memorables del personaje que interpreta Quinn, y que dan mucho que pensar.

“La vida es problema. Sólo la muerte no lo es. Vivir es liarse la manta a la cabeza y buscarse problemas”. Justo lo contrario que calcular una y otra vez el siguiente paso a dar para al final no darlo y permanecer en la cómoda incomodidad (también llamada zona de confort).

El siguiente diálogo es genial:

-“Mi sesera está hueca, jefe, y se me ocurren ideas locas. Le podría arruinar”.

-“Acepto el riesgo”.

Entonces a Zorba se le ilumina la cara, le hacen los ojos chiribitas y responde:

-“Diga eso otra vez. ¡Me da valor!”.

Y a continuación emprende un frenético baile, como si estuviera fuera de sí, como si en ese momento no hubiera nada más importante en la vida. Cuando acaba, explica:

-“Cuando murió mi hijo de tres años todos lloraban menos yo. Me puse a bailar. Ellos decían: Zorba está loco. Pero fue el baile el que contuvo mi pena. Cuando estoy alegre hago lo mismo”.

Y es que la vida es riesgo. Cuando se elimina, le quitamos el sentido a todo. Por eso Zorba, al escuchar esa palabra, siente la imperiosa necesidad de celebrar la alegría que le invade con un sirtaki.

Otra frase de Zorba, tras obviar decir su edad pero haciendo entender que es ya avanzada nos habla de que nunca es tarde para nada: “aún hay bastante fuego en mí para devorar el mundo. ¡Por eso sigo luchando!”.

Ya es tarde, soy muy mayor, esto no es para mí… son excusas, nada más que excusas, para no asumir riesgos, para no esforzarse, para no poner un poco de picante a la vida, estemos en la etapa que estemos de la misma.

Ya finalizando la película, y casi a modo de despedida, Zorba le dice al que ha sido su jefe: “usted lo tiene todo, menos una cosa. ¡Locura! Y uno tiene que estar un poco loco. Si no, nunca se atreve a cortar la cuerda y ser libre.”.

Para finalizar, y mientras bailan juntos el sirtaki, se detiene por un momento, contempla la ruina a la que ha quedado reducido el trabajo de meses, y comenta: “¿Vio usted alguna vez un desastre más esplendoroso?”. Y comienza a reírse a mandíbula batiente, con unas carcajadas que nos ha ido regalando en diferentes momentos del film. Nos da así una última lección: algunas veces las cosas no saldrán como esperábamos. Tendremos obstáculos, desgracias, accidentes, malos momentos… Zorba nos enseña que ahí no acaba todo. Es sólo un punto y a parte. Tomemos perspectiva, pasemos el duelo si es necesario, contemplemos el esplendoroso desastre… riamos, bailemos un sirtaki, ¡y adelante, que la vida son dos días! Y la que nos toque vivir después va a tener mucho que ver con la forma en la que hayamos vivido esta.

Ah, y si vivimos así, no necesitaremos drogarnos. Incluso nos saltaremos algunas prohibiciones, sin hacer daño a nadie y poniendo mucho más sabor a la vida.

Vivir una gran pena

Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel. Gandhi.

Ayer recibí un mensaje de una persona desconocida. Me contaba que navegaba en la red en busca de lecturas de ciertos temas, y cayó en este blog. Leyó varios artículos, le gustaron, y decidió escribirme. Me decía que lo estaba pasando mal, peor que nunca en su vida. Decidí contestar, y a vuelta de correo me explicó su pena. Su madre ha fallecido hace poco, y no puede soportarlo.

Me quedé sin palabras. Yo tampoco podría soportarlo. Y es que no hay nada en el mundo, al menos yo no lo imagino, peor que la pérdida de una madre. O de un padre. Mis padres son para mí lo mejor que tengo en mi vida. De hecho, no me la imagino sin ellos. Sé que llegará un día en que tendré que hacerme a la idea, es ley de vida. Pero pido a Dios todos los días que ese momento aún tarde mucho en llegar. Mis padres lo son todo para mí. Me han dado la vida, y me han dado muchas cosas más. Soy lo que soy gracias a ellos. No me resulta muy complicado, por eso, ponerme en la piel de esta persona que acaba de perder a su madre.

Sin embargo, la vida es así. Así de grande, así de bella, así de misteriosa, así de cruel. Y así hay que vivirla, no queda otra. Con sus alegrías y con sus tristezas. Porque sí, las tristezas también hay que vivirlas, y hay que expresarlas, y sentirlas, y pasar por ellas. No vale hacerse el fuerte. No sirve, no ayuda. Cuando uno pierde a un ser querido tiene que llorar, y tiene que no tener ganas de hacer nada, sobre todo si lo que hace le recuerda a ese ser querido. Cuando uno pierde a un allegado tiene que pasar un proceso de duelo, y no querer aparentar que la vida sigue y aquí no pasa nada. Efectivamente, la vida sigue, pero de otra manera. Y antes de que siga, hay que pararse para asimilar el mazazo que la propia vida nos ha dado. Ésta no va a dejar de ser maravillosa, pero en esos momentos es oscura, absurda, amarga, despiadada, inhumana, invivible. Por eso quizá lo único que nos apetezca sea escondernos bajo las sábanas y dormir veinticuatro horas al día para no pensar, para no sentir, para no tener que beber ese trago tan amargo. Todo eso no es malo. Es humano, y por ello hay que pasar. Sin querer hacerse el fuerte ni pretender acortar el período de duelo.

No obstante, llega un momento en que hay que salir de la cueva. Aunque aún duela. Alrededor seguro que tenemos personas que también han perdido a ese ser querido. Podemos acercarnos a ellas y vivir con ellas nuestra tristeza, que también es la suya. Preguntarles cómo se sienten, aunque ya lo sepamos. Porque hablar de lo que se siente ayuda a procesarlo mejor. Abrazarles, llorar con ellos, salir a caminar, hacer cosas juntos.

También es bueno volver pronto a la vida de siempre, a la cotidianidad. Aunque ya no sea lo mismo sin esa persona. Aunque se nos rompa el alma y se nos desgarre el corazón cuando pasemos por los mismos sitios por los que pasábamos con esa persona que ya no está. Aunque las lágrimas afloren y no encontremos consuelo cuando llevemos a cabo esa actividad que tan a menudo compartíamos con esa persona. Aunque duela, aunque el peso parezca insoportable, es necesario cargar con él para seguir viviendo. Poco a poco nos iremos sintiendo mejor. Y la persona que se ha ido nos ayudará, porque aunque ya no la podemos ver, sigue ahí. Camina a nuestro lado, sigue nuestros pasos, nos sonríe, nos alienta, y nos espera al otro lado de la puerta, para volver a reunirse con nosotros, para fundirse en una abrazo sin fin, el día que a nosotros también nos toque traspasar dicha puerta.

Un abrazo muy fuerte, María José, amiga desconocida. Vive una vida con mayúsculas, porque es el mejor regalo que le puedes hacer a tu madre. Aunque ahora no tengas fuerzas ni para dar un paso. Adelante, siempre adelante.

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