Vivir una gran pena

Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel. Gandhi.

Ayer recibí un mensaje de una persona desconocida. Me contaba que navegaba en la red en busca de lecturas de ciertos temas, y cayó en este blog. Leyó varios artículos, le gustaron, y decidió escribirme. Me decía que lo estaba pasando mal, peor que nunca en su vida. Decidí contestar, y a vuelta de correo me explicó su pena. Su madre ha fallecido hace poco, y no puede soportarlo.

Me quedé sin palabras. Yo tampoco podría soportarlo. Y es que no hay nada en el mundo, al menos yo no lo imagino, peor que la pérdida de una madre. O de un padre. Mis padres son para mí lo mejor que tengo en mi vida. De hecho, no me la imagino sin ellos. Sé que llegará un día en que tendré que hacerme a la idea, es ley de vida. Pero pido a Dios todos los días que ese momento aún tarde mucho en llegar. Mis padres lo son todo para mí. Me han dado la vida, y me han dado muchas cosas más. Soy lo que soy gracias a ellos. No me resulta muy complicado, por eso, ponerme en la piel de esta persona que acaba de perder a su madre.

Sin embargo, la vida es así. Así de grande, así de bella, así de misteriosa, así de cruel. Y así hay que vivirla, no queda otra. Con sus alegrías y con sus tristezas. Porque sí, las tristezas también hay que vivirlas, y hay que expresarlas, y sentirlas, y pasar por ellas. No vale hacerse el fuerte. No sirve, no ayuda. Cuando uno pierde a un ser querido tiene que llorar, y tiene que no tener ganas de hacer nada, sobre todo si lo que hace le recuerda a ese ser querido. Cuando uno pierde a un allegado tiene que pasar un proceso de duelo, y no querer aparentar que la vida sigue y aquí no pasa nada. Efectivamente, la vida sigue, pero de otra manera. Y antes de que siga, hay que pararse para asimilar el mazazo que la propia vida nos ha dado. Ésta no va a dejar de ser maravillosa, pero en esos momentos es oscura, absurda, amarga, despiadada, inhumana, invivible. Por eso quizá lo único que nos apetezca sea escondernos bajo las sábanas y dormir veinticuatro horas al día para no pensar, para no sentir, para no tener que beber ese trago tan amargo. Todo eso no es malo. Es humano, y por ello hay que pasar. Sin querer hacerse el fuerte ni pretender acortar el período de duelo.

No obstante, llega un momento en que hay que salir de la cueva. Aunque aún duela. Alrededor seguro que tenemos personas que también han perdido a ese ser querido. Podemos acercarnos a ellas y vivir con ellas nuestra tristeza, que también es la suya. Preguntarles cómo se sienten, aunque ya lo sepamos. Porque hablar de lo que se siente ayuda a procesarlo mejor. Abrazarles, llorar con ellos, salir a caminar, hacer cosas juntos.

También es bueno volver pronto a la vida de siempre, a la cotidianidad. Aunque ya no sea lo mismo sin esa persona. Aunque se nos rompa el alma y se nos desgarre el corazón cuando pasemos por los mismos sitios por los que pasábamos con esa persona que ya no está. Aunque las lágrimas afloren y no encontremos consuelo cuando llevemos a cabo esa actividad que tan a menudo compartíamos con esa persona. Aunque duela, aunque el peso parezca insoportable, es necesario cargar con él para seguir viviendo. Poco a poco nos iremos sintiendo mejor. Y la persona que se ha ido nos ayudará, porque aunque ya no la podemos ver, sigue ahí. Camina a nuestro lado, sigue nuestros pasos, nos sonríe, nos alienta, y nos espera al otro lado de la puerta, para volver a reunirse con nosotros, para fundirse en una abrazo sin fin, el día que a nosotros también nos toque traspasar dicha puerta.

Un abrazo muy fuerte, María José, amiga desconocida. Vive una vida con mayúsculas, porque es el mejor regalo que le puedes hacer a tu madre. Aunque ahora no tengas fuerzas ni para dar un paso. Adelante, siempre adelante.

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