Una tortuga (macho) en apuros

Cuanto más se juzga menos se ama. Honoré de Balzac.

Se conocieron, el tortugo (llamémosle así, aunque suene raro, para no tener que estar todo el rato diciendo “tortuga macho”, que es más largo) y la tortuga, hace algunos meses. Hacían muchas cosas juntos, y, poco a poco, el amor iba creciendo entre ellos. Llegaron las primeras discusiones, y las fueron solventando. Pero el tiempo pasó, y, lejos de solucionar aquellas desavenencias, éstas se fueron incrementando. Hasta que llegó un momento en que la tensión entre ellos se podía cortar con cuchillo. Las discusiones eran cada vez más frecuentes, y, lo que es peor, más virulentas.

Entonces, el tortugo, que había permanecido fuera de su caparazón desde que conoció a su tortuga, empezó a esconderse dentro de él. Al principio estaba encerrado poco tiempo, y enseguida salía. Pero las discusiones hicieron que cada vez le costara más salir. El miedo del tortugo, según pasaban los días, era más y más grande. Cada vez que salía se llevaba un zarpazo, un mordisco, una dentellada, de su hasta hace poco amada tortuga. Estaba lleno de heridas, y, claro, empezó a estar cada vez más confuso y cada vez más temeroso. Quería pensar que todo aquello podría tener arreglo, pero… por otro lado, tenía mucho miedo. Para ser más exactos, tenía dos miedos antagónicos: temía perder a aquella tortuga con la que había soñado una vida feliz, quedarse solo y tener que afrontar el resto de sus días en soledad. Pero temía también una vida plagada de discusiones y malos modos si seguía en compañía de su tortuga.

Y así tenemos a nuestro querido tortugo: encerrado en su caparazón, queriendo salir de él pero sin atreverse a ello por miedo a otro zarpazo.

Esta es la historia de unas tortugas, que se asemeja a las historias de muchas personas que nos rodean. A veces nos encontramos personas que viven encerradas en su caparazón, y enseguida tendemos a juzgarlas. Pues bien, antes de juzgar, quizá habría que preguntarse por qué no salen de ese caparazón. Quizá querrían hacerlo y no se atreven. Quizá no saben cómo hacerlo. Quizá necesitan cariño, amor, comprensión, en lugar de juicios, críticas y pescozones. Quizá ya se han sentido demasiado rechazados y temen salir y que alguien les vuelva a rechazar.

A veces vemos las vidas de los demás desde nuestro cómodo sillón y no somos capaces de levantarnos y ponernos en el lugar de ellos. Quizá si lo hiciéramos nuestra perspectiva cambiaría. Y quizá, entonces, habría menos personas encerradas en sus caparazones. Quizá.

P.S.: no tiene nada que ver con lo que acabo de escribir, pero… quería aclarar algo. Hace dos o tres artículos anuncié un cambio de rumbo en este blog. Temo que eso ha sido mal interpretado por algunas personas (o quizá yo no me expliqué lo suficientemente bien), que han pensado que yo reniego ahora del coaching. Nada más lejos de la realidad. A mí el coaching me ha ayudado, y pienso que yo también puedo ayudar a otras personas a través del coaching. Creo que es una herramienta poderosa que puede servir a mucha gente. Lo que pretendía decir en aquel artículo es que, a diferencia de lo que he hecho hasta ahora, quiero no separar mis convicciones religiosas del coaching. Creo (sé, porque lo he comprobado en mi vida) que la fe es una herramienta muy poderosa, y que no hay que separarla de la vida pública. Creo que la religión católica es un camino maravilloso de felicidad y encuentro con Dios y con los demás. Creo que una buena Confesión libera de muchas cargas y ayuda a caminar más liviano. Creo que la Comunión frecuente (estando en Gracia de Dios), es el mejor de los alimentos y la forma más auténtica de vivir la vida con mayúsculas. Pero todo eso no quita para que un católico pueda apoyarse en el coaching (o en la psicología, o en la medicina, o en las conversaciones con los amigos…) para conseguir determinadas metas en su vida. No es, de ninguna manera, incompatible una cosa con la otra.

En lo que no creo es en determinadas pseudoespiritualidades que a veces se mezclan con el coaching. Pero eso es otra historia. Eso, para mí, no es coaching.

Ya me despido. Voy a ver si encuentro la forma de ayudar al tortugo de nuestra historia a salir del caparazón. Si se os ocurre alguna idea, será bienvenida.

SONY DSC

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s