Alejandro Rubio

El que no vive para servir, no sirve para vivir. Santa Teresa de Calcuta.

Soy Licenciado en Biología, técnico de seguridad alimentaria, guía de montaña, coach ontológico y escritor, entre otras muchas cosas. También soy deportista, cinéfilo, fotógrafo, amante de los buenos libros, cocinero, viajero… Pero ante todo, soy católico. De todo ello te iré trayendo algo cada día a este espacio.

Unas líneas sobre mí

Nací en Madrid, un 30 de diciembre de 1972, en una familia católica. Mis padres, mis abuelos y mis maestros me educaron en la fe de Cristo. Fe que nunca he abandonado, a pesar de los vaivenes de la vida, no por mérito mío sino por gracia de Dios.

Desde pequeño me apasionó todo lo relacionado con la naturaleza. Especialmente los animales. Quería ser veterinario, y cuando por las noches me iba a la cama, soñaba que “de mayor” viviría en una enorme finca llena de perros de todas las razas. Finalmente la vida me llevó por otro camino y estudié Biología. Trabajé en varias empresas, tuve mi propio negocio (este sí, relacionado con los perros, ¡fui peluquero canino y adiestrador!)… pero me encontraba perdido. No terminaba de llegar a ese sitio soñado donde realmente quería estar. Así que seguí buscando. Y como el que busca encuentra, dicen, acabé encontrando mi camino. En medio de esa búsqueda hice un curso de desarrollo personal, y ese curso me introdujo en el mundo del coaching. Entonces decidí soñar, y después de soñar, o mientras soñaba (porque eso ni he dejado de hacerlo ni lo dejaré), me atreví. Me atreví a ponerme en marcha y a hacer realidad mis sueños.

Descubrí que tenía cualidades para ser un gran coach, lo cual, unido a una buena formación y a un trabajo constante me convertían en alguien capaz de acompañar a otros en sus procesos.

Descubrí también que una de mis grandes pasiones, la montaña, encajaba perfectamente con el coaching. Al fin y al cabo, vivir la vida es como subir una montaña. Y el coaching es una forma de vivir la vida en plenitud.

Y pensé que todo esto debía darlo a conocer, ponerlo al servicio de vosotros, de ti que me lees. Y qué mejor forma que a través de la escritura, uno de mis dones.

Tiempo después de todo eso, decidí dar una vuelta de tuerca a mi proyecto de vida. Varios factores influyeron en ello -lo puedes leer en mi artículo “Un giro”-. El caso es que llegué a la conclusión de que, puesto que a Dios le debo todo lo que soy y todo lo que tengo, es de Él de quien quiero hablar. De Él, de su Iglesia, y de cualquier cosa que a mí me sirve para llegar a Él. Además, escribiré sobre temas que están hoy día en la palestra y daré mi punto de vista de católico.

Así aquí estoy, en ese camino que voy construyendo pasito a pasito y en el que encuentro mi felicidad diaria.

¿Cuáles son algunas de mis virtudes?

Entre otras, el compromiso, con Dios y con la Iglesia Católica, conmigo mismo y con los demás. Si me comprometo a algo lo doy todo por cumplirlo. Dios me ayuda.

Valentía. En los últimos tiempos he aprendido que en la vida hay que atreverse, y hay que permitirse. Atreverse a soñar y permitirse cumplir esos sueños. Dios y audacia.

Lealtad y fidelidad. Igual que con el compromiso, conmigo y con los demás, pero sobre todo con Dios.

Alegría. La vida no se puede afrontar de otra manera. Es una de las principales virtudes cristianas. Siempre alegres para hacer felices a los demás, como decía Don Jesús Urteaga, sacerdote del Opus Dei. Prelatura a la que no pertenezco pero de la que he aprendido mucho.

Generosidad. Compartir con los demás, en especial mi tiempo y mis valores. Lo demás, lo material, lo puedo perder. Mi esencia, que es Cristo, no. Y es lo que puedo ofrecer.

Constancia. Luchar, una vez y otra, hasta conseguir los sueños, si Dios quiere. Como dicen por ahí, caer está permitido, levantarse es obligatorio. Las veces que haga falta. Eso tiene mucho que ver con el Sacramento de la Penitencia. Es la suerte que tenemos los católicos. Como dicen en la película “Una historia del Bronx”: lo mejor de ser católico es que en cualquier momento te puedes confesar y empezar de nuevo.

Amor. Empezando por el amor a Dios, y después a mí mismo, para poder ofrecérselo a los demás. “Amad a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a vosotros mismos”. Y el amor a la vida, porque sí, porque estoy enamorado de ella, porque es un don de Dios, porque es lo que me hace vivirla con mayúsculas. El amor, y no es un tópico, mueve el mundo.

Compañerismo. La felicidad es más plena cuando se comparte.

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alejandrorubiosanchez@elsuenodelheroe.com

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