Lo que de verdad importa

Amar y sufrir es, a la larga, la única manera de vivir con plenitud y dignidad. Gregorio Marañón.

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Ayer vi la película que da título a mi artículo de hoy. Dos semanas antes había recibido un whatsapp, uno de esos anónimos que circulan por ahí y que nadie sabe quién ha escrito, previniendo contra el film de Paco Arango. Advertía que era una película anticristiana, y daba argumentos supuestamente basados en varias escenas y varias tramas de la película. No me fié ni por un momento de aquel mensaje, decidí leer otras críticas, y después de leerlas decidí ir al cine y contribuir con el pago de mi entrada a la Fundación Aladina, que es a quien va destinada la recaudación íntegra de “Lo que de verdad importa”. No me defraudó lo más mínimo. Es más, me encantó, me emocionó, y me dejó un fantástico sabor de boca que me duró toda la tarde y aún me dura.

Hace unos días leí en algún sitio una frase de esas que circulan por Internet. Decía que la vida no es para llevar, es para consumirla ahora. La película del director mexicano me hizo recordar esa frase. Y es que “Lo que de verdad importa” es un canto a la vida, un canto a la vida con mayúsculas. “Lo que de verdad importa” nos habla de consumir la vida ahora, de aprovecharla a tope y no dejarla para después, para cuando ya no quede nada, para cuando ya sea tarde. “Lo que de verdad importa” nos habla de lo que de verdad importa, permítaseme la redundancia. Sí, porque a menudo dejamos pasar la vida preocupándonos por cosas que no importan lo más mínimo, por nimiedades, por banalidades. Perdemos el tiempo, y nos perdemos la vida, preocupándonos por ganar más dinero a final de mes, por tener el móvil de última generación, por tener un coche que luzca mejor que el del vecino, por ponernos más fuertes en el gimnasio y más morenos en la playa o en la cabina de rayos UVA,… Cuando lo que de verdad importa son otras cosas. Lo que de verdad importa son las relaciones humanas, lo que de verdad importa es dar un golpe de aliento a quien lo necesita, lo que de verdad importa es estar al lado del que sufre, lo que de verdad importa es sonreír, es jugar, es reír hasta que duela el estómago, es bailar, es burlarse de los contratiempos, es cantar, cantarle a la vida y vivirla con intensidad, sean cuales sean nuestras circunstancias.

Es lo que hace Abigail (Kaitlyn Bernard), a pesar de haber sido desahuciada por los médicos debido a un cáncer sin cura (su regaliz, lo llama ella). Sabe que se va a morir, y sin embargo no tiene miedo a la muerte. Y si lo tiene, que es lógico y normal, lo afronta aprovechando a tope cada instante de su vida. En una magnífica escena de la película, Abigail da una gran lección a Alec (Oliver Jackson-Cohen) y a Cecilia (Camila Luddington), y de paso nos la da a nosotros, con la lectura de un bellísimo texto que ella misma ha escrito. Un texto en el que habla de la importancia de ser conscientes de nuestra respiración. Es algo en lo que no nos fijamos. Respiramos, y ello es lo que nos permite seguir viviendo. Y sin embargo lo hacemos inconscientemente, sin darnos cuenta de que es un grandísimo regalo. Abigail pide a Alec y Cecilia que sean conscientes de cada una de sus respiraciones, y que las vivan con intensidad. En el fondo, lo que les está pidiendo es que sean conscientes de que la vida es un regalo maravilloso, y que hay que aprovecharlo, minuto a minuto, instante a instante, entre otras razones porque, tengas cáncer o no, no sabes cuándo te vas a morir.

Abigail nos hace caer en la cuenta de que despertar cada día es un milagro .Cuando nos va mal nos quejamos y le preguntamos a Dios que dónde están los milagros, y como los milagros no llegan dejamos de creer en Él. No nos damos cuenta de que la vida misma es el mayor de los milagros, ni de que estamos rodeados de milagros por todas partes. La risa de un niño, el llanto de un bebé que pide de comer, el ladrido de un perro que quiere jugar, el vuelo de una mariposa, la hierba que cruje a nuestro paso, el sol que ilumina nuestros días, el susurro del mar muriendo en la orilla, la brisa acariciándonos la cara, el canto del ruiseñor que celebra un nuevo amanecer… ¿Hace falta poner más ejemplos?

“Lo que de verdad importa” es una película amable, una película mágica, una película divertida, enternecedora, verdadera, alegre, trascendente. “Lo que de verdad importa” nos habla con toda naturalidad de la vida, de la muerte, de la vida después de la muerte, de la enfermedad, de Dios, del poder de la oración, del perdón, de la risa, del llanto… “Lo que de verdad importa” no es, ni muchísimo menos, una película anticristiana, como decía aquel absurdo mensaje que comentaba al principio de mi artículo. Es una película para todos los públicos, en todos los sentidos. Mayores y menos mayores, cristianos y no cristianos, creyentes e incrédulos. Todo el que tenga un mínimo de sensibilidad, y un alma joven dispuesta a dejarse empapar por la magia de la vida puede y debe disfrutar de “Lo que de verdad importa”. Yo la vi ayer, pero, seguro, no será la última vez que la vea. Y tú, ¿la has visto ya?

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¿Por qué siempre se van los mejores?

La muerte no es más que un cambio de misión. Leon Tolstoi.

No entraba en mis planes escribir este artículo. Preferiría no estar haciéndolo. Es de esas cosas sobre las que a uno no le gusta escribir. Pero a veces la vida manda. Y aunque parezca injusta… sigue siendo bella, a pesar de todo.

Lo acabo de leer en Facebook. Rafa Lozano nos ha dejado. Con cuarenta y seis años, una mujer maravillosa, Lola, y seis hijos. Una vida bien vivida. Una vida llena de alegría, aun con  las dificultades, los baches, los obstáculos.

¿Que quién era Rafa? Rafa era un hombre bueno. Un hombre ejemplar. Un hombre alegre. Un hombre valiente. Un hombre fuerte. Un hombre lleno de entusiasmo y que contagiaba entusiasmo. Rafa Lozano era un hombre con mayúsculas. Mi relación con él no era estrecha, de hecho hacía mucho que no le veía. Alguien me dijo hace unos meses que estaba enfermo. Yo no pensé que era para tanto. Algo pasajero, me dije. Quizá era un deseo. Un deseo de que Rafa siguiera entre nosotros, repartiendo amor como lo hacía.

No teníamos, digo, una relación estrecha. Pero mi admiración y mi cariño hacia él nunca desaparecieron. Le conocí hace unos veinte años, quizá algo más, y enseguida descubrí en él a alguien especial. Compartimos algunos momentos mágicos, llenos de risas, de alegría de entusiasmo. Rafa dejó en mi corazón una huella indeleble. Fue para mí una de esas personas ejemplares, una de esas personas a las que te gustaría imitar, de las que te gustaría que te contagiaran su alegría y su pasión por vivir. Una de esas personas de las que dices, “yo de mayor quiero ser como él”. No teníamos una relación estrecha, pero la noticia de su fallecimiento ha caído sobre mí como una losa.

Dicen que Dios siempre se lleva a los mejores soldados. Los quiere junto a Él. Es algo que nunca he logrado entender. Si este mundo está tan revuelto… ¿no sería mejor mantenerlos aquí un rato más? Sin embargo, dicen también que sus planes no son los nuestros. Y que no los podemos entender. Si lo entiendes, decía San Agustín, entonces no es Dios. Así que… habrá que aceptarlo así, a pesar de no comprenderlo. La vida está para vivirla, no para entenderla. Y eso sí que lo entendió bien Rafa Lozano. Vivió su vida con mayúsculas, la exprimió hasta el último suspiro. Aunque hubiera cosas que no pudiera comprender. Corrió bien su carrera… y ahora está donde están los mejores. En la habitación de al lado. Descansa en paz, Rafa. Y acuérdate un poquito de nosotros, allá donde estés.

Mi más sincero pésame para ti, Lola. No me recordarás, coincidimos pocas veces. Pero yo sí me acuerdo de ti, de tu sonrisa, de tu alegría, igual que la de Rafa. Dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, y en este caso esa máxima se cumplía a raja tabla. Un abrazo grande para ti y tus seis hijos. Mis oraciones son hoy para vosotros.