Una tortuga (macho) en apuros

Cuanto más se juzga menos se ama. Honoré de Balzac.

Se conocieron, el tortugo (llamémosle así, aunque suene raro, para no tener que estar todo el rato diciendo “tortuga macho”, que es más largo) y la tortuga, hace algunos meses. Hacían muchas cosas juntos, y, poco a poco, el amor iba creciendo entre ellos. Llegaron las primeras discusiones, y las fueron solventando. Pero el tiempo pasó, y, lejos de solucionar aquellas desavenencias, éstas se fueron incrementando. Hasta que llegó un momento en que la tensión entre ellos se podía cortar con cuchillo. Las discusiones eran cada vez más frecuentes, y, lo que es peor, más virulentas.

Entonces, el tortugo, que había permanecido fuera de su caparazón desde que conoció a su tortuga, empezó a esconderse dentro de él. Al principio estaba encerrado poco tiempo, y enseguida salía. Pero las discusiones hicieron que cada vez le costara más salir. El miedo del tortugo, según pasaban los días, era más y más grande. Cada vez que salía se llevaba un zarpazo, un mordisco, una dentellada, de su hasta hace poco amada tortuga. Estaba lleno de heridas, y, claro, empezó a estar cada vez más confuso y cada vez más temeroso. Quería pensar que todo aquello podría tener arreglo, pero… por otro lado, tenía mucho miedo. Para ser más exactos, tenía dos miedos antagónicos: temía perder a aquella tortuga con la que había soñado una vida feliz, quedarse solo y tener que afrontar el resto de sus días en soledad. Pero temía también una vida plagada de discusiones y malos modos si seguía en compañía de su tortuga.

Y así tenemos a nuestro querido tortugo: encerrado en su caparazón, queriendo salir de él pero sin atreverse a ello por miedo a otro zarpazo.

Esta es la historia de unas tortugas, que se asemeja a las historias de muchas personas que nos rodean. A veces nos encontramos personas que viven encerradas en su caparazón, y enseguida tendemos a juzgarlas. Pues bien, antes de juzgar, quizá habría que preguntarse por qué no salen de ese caparazón. Quizá querrían hacerlo y no se atreven. Quizá no saben cómo hacerlo. Quizá necesitan cariño, amor, comprensión, en lugar de juicios, críticas y pescozones. Quizá ya se han sentido demasiado rechazados y temen salir y que alguien les vuelva a rechazar.

A veces vemos las vidas de los demás desde nuestro cómodo sillón y no somos capaces de levantarnos y ponernos en el lugar de ellos. Quizá si lo hiciéramos nuestra perspectiva cambiaría. Y quizá, entonces, habría menos personas encerradas en sus caparazones. Quizá.

P.S.: no tiene nada que ver con lo que acabo de escribir, pero… quería aclarar algo. Hace dos o tres artículos anuncié un cambio de rumbo en este blog. Temo que eso ha sido mal interpretado por algunas personas (o quizá yo no me expliqué lo suficientemente bien), que han pensado que yo reniego ahora del coaching. Nada más lejos de la realidad. A mí el coaching me ha ayudado, y pienso que yo también puedo ayudar a otras personas a través del coaching. Creo que es una herramienta poderosa que puede servir a mucha gente. Lo que pretendía decir en aquel artículo es que, a diferencia de lo que he hecho hasta ahora, quiero no separar mis convicciones religiosas del coaching. Creo (sé, porque lo he comprobado en mi vida) que la fe es una herramienta muy poderosa, y que no hay que separarla de la vida pública. Creo que la religión católica es un camino maravilloso de felicidad y encuentro con Dios y con los demás. Creo que una buena Confesión libera de muchas cargas y ayuda a caminar más liviano. Creo que la Comunión frecuente (estando en Gracia de Dios), es el mejor de los alimentos y la forma más auténtica de vivir la vida con mayúsculas. Pero todo eso no quita para que un católico pueda apoyarse en el coaching (o en la psicología, o en la medicina, o en las conversaciones con los amigos…) para conseguir determinadas metas en su vida. No es, de ninguna manera, incompatible una cosa con la otra.

En lo que no creo es en determinadas pseudoespiritualidades que a veces se mezclan con el coaching. Pero eso es otra historia. Eso, para mí, no es coaching.

Ya me despido. Voy a ver si encuentro la forma de ayudar al tortugo de nuestra historia a salir del caparazón. Si se os ocurre alguna idea, será bienvenida.

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¿Te sientes vacío?

Todo el que pide, recibe; el que busca, halla y al que llama, se le abrirá. Mt, 7-8

En el pasado artículo mencionaba un encuentro con Jaume Vives, creador del documental “Guardianes de la fe“. Un par de días después de conocerle, alguien me habló de un vídeo en el que el propio Jaume cuenta su pérdida de la fe, y su reencuentro con ella. Merece mucho la pena verlo, de principio a fin. Entre otras cosas, Jaume insiste en la necesidad de dar la cara por Cristo, de ser coherentes con nuestra fe.

Hay un afán entre los católicos, dice Jaume, de ser como todo el mundo. De no diferenciarnos. Que no vean que soy diferente, no sea que se enteren de que voy a misa, de que rezo, de que tengo determinadas ideas, y me señalen. Esto contrasta con la forma de vivir la fe de los cristianos perseguidos. Nosotros podemos pasar vergüenza por reconocernos católicos, y para evitar esa vergüenza negamos a Cristo. Ellos pueden perder sus posesiones, y hasta su vida, y sin embargo reconocen a Cristo. Su vida entera está vertebrada por la fe católica. Están dispuestos a perder todo, excepto la fe.

Negamos a Cristo, a diario, de mil formas diferentes. Por ejemplo, asistiendo a lugares, a espectáculos, a exposiciones, etc., en las que se ofende a Cristo. Yo no puedo estar a gusto, afirma de manera tajante Jaume, en un sitio en el que Cristo estaría llorando.

Negamos también a Cristo cuando ponemos mil excusas para no arrodillarnos en misa en el momento de la Consagración; lo negamos cuando eliminamos de nuestras iglesias los reclinatorios; lo negamos cuando oímos cómo se burlan de Él, o de su Iglesia, y permanecemos indiferentes; lo negamos cuando nos creamos una religión a la carta, cuando decimos “yo creo en Dios pero no en la Iglesia”, cuando elegimos cumplir unos preceptos de la religión católica y otros no, cuando no defendemos a nuestros sacerdotes… Y así podría seguir enumerando una y mil formas de negar a Jesucristo. Si de verdad quieres seguir a Cristo, si quieres que Él sea el centro de tu vida, busca todo aquello que te aparta de Él, y sácalo de tu vida. Verás como empiezas a ver las cosas de otra manera.

“Cuando más feliz he sido en mi vida, cuando más paz he tenido, ha sido cuando más cerca de Dios he estado”. Son palabras de Jaume, y yo las suscribo punto por punto. Cuando me alejo de Dios pierdo la paz y la alegría, me alejo de la felicidad. Puedes buscar la felicidad en muchos sitios, pero si la quieres encontrar de verdad, búscala en Cristo. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Fuera de Él quizá puedas encontrar muchos sucedáneos. Pero nada te llenará. Cuando creas saciarte con algo, enseguida volverás a sentir sed y te verás obligado a seguir buscando. Con Cristo no ocurre eso. Prueba, y verás.

Te invito a escuchar a Jaume pinchando en este enlace. Él lo cuenta mucho mejor que yo, y con más gracia. Merece la pena. Míralo, y después me cuentas.

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Un giro

Si estos callan, hablarán las piedras. Lc, 19-40.

Va a hacer ya seis meses que no paso por aquí. Seis meses sin escribir una sola línea. Seis meses, sin embargo, que no han sido de inactividad. Ha sido un tiempo en el que mi vida ha cambiado, y en el que he pensado, he reflexionado, he sacado conclusiones, y, finalmente, he tomado decisiones. Una, en concreto, afecta a este blog, al proyecto con el que lo inicié, a los temas sobre los que en adelante escribiré, y, especialmente, al fondo de los artículos que desde ahora leerá por aquí el que me quiera seguir en esta nueva etapa. Vamos, que voy a dar un giro importante al blog.

Hasta ahora me he centrado en el crecimiento personal, en el coaching, y sobre ello he escrito. Eso no está mal. En su momento me ayudó, y yo también he podido ayudar a otras personas. Sin embargo, mis reflexiones, mi oración personal, y las sugerencias de una persona muy importante de mi vida, me han hecho darme cuenta de que eso no es suficiente. Si echo la vista atrás, puedo ver muy clara la acción de Dios en mi vida. Es Él quien me mueve, es Él quien me sostiene, es Él el que me dio la vida, y el que me dio, entre otras cosas, una serie de talentos. Uno de ellos, dicen algunos, es la capacidad de escribir bien. A Dios le debo todo, también eso, mi afición por la literatura, mi gusto por la escritura, y la capacidad de hacerlo bien. Y puesto que a Él se lo debo, creo que es justo que yo le devuelva a Él al menos una parte de lo que me da. Y digo una pequeña parte, porque por mucho que yo le dé, nunca podría devolverle ni una milésima de lo que Él me da cada día.

Es por eso, que a partir de ahora, Dios va a estar muy presente en los artículos que escriba. Unas veces hablaré directamente de Él, otras trataré de blandir mi pluma para defender la fe católica, la fe que me dieron mis padres, mis abuelos y mis maestros, y por la que me siento muy orgulloso. En otras ocasiones daré mi opinión -que, a menudo, resultará políticamente incorrecta- sobre temas de actualidad. Creo que ha llegado el momento de decirlo alto y claro: soy católico, y quiero ser, con la gracia de Dios -sin ella nada es posible en esta vida- coherente con esa fe.

Llevaba un tiempo dando vueltas a este giro, y de pronto, ayer mismo, me surgió la oportunidad de asistir a la proyección de un documental sobre los cristianos perseguidos en Irak. “Guardianes de la fe” era el título, y Jaume Vives su presentador. Tanto la presentación de Jaume, como, especialmente, el documental, terminaron de convencerme de que era necesario ese cambio del que te hablo. En Irak, y en otras partes del mundo, matan a los cristianos por el mero hecho de serlo. Ellos, pudiendo renegar de su fe para salvarse de la muerte, no lo hacen. Prefieren ser asesinados en nombre de Cristo, o perder sus casas y todas sus posesiones, antes de renunciar a su fe. Mientras, en Occidente, nos avergonzamos de decir que somos católicos, lo ocultamos, casi pedimos perdón por ello. Y por eso, se nos pedirá cuentas al final de la vida. Nos las piden ya esos cristianos, que prefieren perder la vida antes que perder a Cristo.

No me enrollo más. Espero volver pronto, y no pasarme otros seis meses sin dar señales de vida. Te animo a seguirme, a comentar mis artículos, a preguntarme lo que se te ocurra, a criticarme (siempre desde el respeto, si no, no publicaré tu comentario)… Estoy a tu disposición.

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Pasión

No soy producto de mis circunstancias. Soy producto de mis decisiones. Steven Covey.

¿Qué es lo que verdaderamente te apasiona y da sentido a tu vida? ¿Cuánto de tu tiempo dedicas a esa actividad?

¿A qué dedicas la mayor parte del tiempo de tu día a día?

Esas dos actividades, ¿son la misma? Si la respuesta es sí, entonces felicidades, porque, con casi total seguridad, eres una persona feliz.

Si la respuesta es no, necesitas hacerte otra pregunta: ¿te gusta eso a lo que dedicas la mayor parte de tu tiempo? Y si no te gusta, ¿para qué lo haces? ¿A qué estás esperando para dedicar tu vida a aquello que realmente te apasiona? ¿Por qué no estás donde te gustaría estar? Cuanto más tardes en decidirte, más tiempo vas a tardar en ser feliz. También tienes otra opción: lograr que aquello a lo que te dedicas, eso que te da de comer, se convierta en tu pasión.

Puede haber múltiples factores que te impidan dedicarte a lo que te apasiona. Puedes haber respondido de muchas formas a la pregunta “¿a qué estás esperando para dedicarte a lo que verdaderamente te gusta?”. Pero si reflexionas, si eres sincero contigo mismo, si estás decidido a dejar de poner excusas, reconocerás que la única respuesta verdadera, en la mayoría de los casos, es “no me dedico a lo que me apasiona porque me da miedo”. Me da miedo soltar, me da miedo arriesgarme, me da miedo perder, me da miedo la inseguridad, me da miedo la incertidumbre, me da miedo que no salga bien, me da miedo quedarme en la calle, me da miedo… Me da miedo.

Parece una frase hecha, de esas que aparecen en los libros de autoayuda, o en bellas imágenes de puestas de sol, pero al otro lado de tus miedos está la vida. Al otro lado de tus miedos está el éxito. Y si no afrontas esos miedos, si no te decides de una vez por todas a hacerles frente, nunca llegarás a ese otro lado.

Si no tomas decisiones, alguien las tomará por ti. Y seguirás dejándote llevar, seguirás a la deriva, dejando que los vientos te lleven a donde ellos quieran. Seguirás quejándote de lo infeliz que eres, y seguirás no haciendo nada para ser feliz. Seguirás tumbado encima de ese clavo que tanto te molesta pero sin tomar la decisión de levantarte.

Cuando hay un porqué siempre hay un cómo. Lo dijo Nietzsche. Aunque da igual quién lo dijera. Lo importante es que es cierto. Si quieres algo, si lo quieres de verdad, encontrarás el camino y la forma de llegar a ello. Pero recuerda una cosa: la lógica no te llevará al éxito. Lo hará la pasión que pongas en ello. Como montañero, en ocasiones me he enfrentado a retos que, en algún momento del recorrido, se me han antojado imposibles. Lo que me ha llevado al éxito, lo que me ha ayudado a llegar a la cima de esa montaña, no ha sido la lógica. No ha sido pararme a pensar en las razones que tenía para seguir adelante. Ha sido el coraje. Ha sido la pasión. Ha sido, como dice un amigo mío, agarrarme de los pelos del pecho y tirar para adelante. No hay recompensa sin sacrificio. Nadie te va a llevar a lo más alto. Tienes que llegar tú, con tu esfuerzo y con tu tesón. Y a veces con la ayuda de los demás. Pero si tú no te pones en marcha, la ayuda de los demás no va a llegar.

No son los razonamientos los que rompen las cadenas del miedo, los que disipan las dudas. Ese tipo de decisiones no son racionales sino emocionales. Por eso necesitas poner en juego la pasión. Si te paras a pensar, no lo harás. Como dice el gran Chema Martínez, no lo pienses, corre. Si lo piensas, probablemente encontrarás algo mejor que hacer. Algo que te impida ponerte en marcha. Algo que te haga decir, mañana lo hago, mañana empiezo. Deja de quejarte, deja de poner excusas. Levántate y anda.

Si no lo intentas, nunca sabrás si podías haberlo conseguido. Es mejor arrepentirse de hacer que de no hacer. Porque lo primero tiene solución. Lo segundo, puede quedarse sin ella. Aunque te equivoques, sigue tomando decisiones. Hasta que aciertes. Es la única manera de avanzar. No te limites a sobrevivir, a ver la vida pasar. ¡Vive tu vida! No dejes que los vientos te lleven, gobiérnalos tú. Date una y otra oportunidad, en lugar de seguir negándotelas.

Por último, piensa lo siguiente: ¿dónde vas a estar dentro de unos años si sigues dejándote aferrar por tus miedos y tus dudas? ¿Es ahí donde quieres estar? Si la respuesta es sí, perfecto, sigue sin hacer nada. No tengo nada más que añadir. Pero si la respuesta es no, entonces te invito a lo siguiente: cada vez que tengas miedo a algo, ve a por ello, encáralo con determinación. No lo pienses, sólo actúa. Al principio será difícil. Pero poco a poco lo irás convirtiendo en un hábito y te irás aproximando a ese lugar al que realmente quieres llegar. Eso sí, recuerda que la felicidad no está en la meta (no sólo, al menos) sino en el camino. Audentes fortuna iuvat!

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Converso

Todos nos asomamos al mismo abismo. Raúl del Toro.

Si el Espíritu Santo entra en nuestra casa, ¿es posible hacer una película sobre Él?” Una frase, una pregunta, que no deja indiferente. O sí, porque las sensibilidades son infinitas. A quien no dejó indiferente la entrada del Espíritu Santo en su casa, en su familia, fue a David Arratibel, el director de “Converso”. En palabras suyas,

Toda mi familia se ha convertido a la fe católica.
La distancia con ellos se hacía cada día más grande, así que me propuse hacer una película para entender cómo el Espíritu Santo había entrado en sus vidas y, de alguna forma, también en la mía.
Una película de cariños, ausencias, vacíos y distancias.”

David era agnóstico cuando empezó a rodar la película, y sigue siendo agnóstico a día de hoy (que yo sepa). Sin embargo, su agnosticismo no le impidió acercarse al catolicismo, para tratar de entender qué le estaba pasando a su familia. O quizá fue precisamente ese agnosticismo el que le llevó a ello. Lo importante, lo interesante, es que Arratibel no se dejó llevar de unos prejuicios que a muchos nos impiden acercarnos a lo que no conocemos. Esos prejuicios que a algunos les impedirán ir al cine a ver esta magnífica película. Se perderán una obra de arte, y se perderán la oportunidad de aprender grandes lecciones de tolerancia, de diálogo, de cómo afrontar conversaciones pendientes.

No es sólo interesante que David se aproxime a conocer lo que les está ocurriendo a sus hermanas, a su madre y a su cuñado. Es que además, gracias a ello, también ellas conocen qué le ocurre a David, qué siente al no vivir el mismo proceso. Así, los espectadores tenemos la oportunidad de, de alguna manera, vivir una conversión desde dos puntos de vista: el del converso, y el del que no se convierte y no sólo no entiende nada sino que además puede llegar a sentirse extraño dentro de su propia familia.

“Converso” es una película que habla de la conversión de varias personas, las cuales nos cuentan su proceso. “Converso” es también una película que invita, como dice el propio Arratibel, a hablar de religión desde la normalidad. ¡Qué complicado! Religión, ese tema tabú que, junto con la política, provoca tantas discusiones en reuniones familiares. Ese tema prohibido que algunos quisieran relegar al ámbito de lo privado.

Quizá sea para eso, para animar a romper algunos tabúes, para lo que me animo a escribir sobre esta película en este blog, que es de coaching y crecimiento personal y no de religión. Por eso, y porque “Converso” también es una película sobre conversaciones pendientes. Esas conversaciones que no nos atrevemos a tener, y que vamos dejando día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, hasta que al final se pierden las vidas y con ellas la oportunidad de rescatar esas conversaciones. Algo de eso es lo que le pasaba a la familia Arratibel, y que yo no voy a contar aquí porque lo hacen mucho mejor el director y su familia en la película.

Dejar conversaciones pendientes puede acabar produciendo heridas muy difíciles de curar; no atreverse a abordar determinadas conversaciones puede dejar para siempre cerradas algunas puertas que, de abrirlas, podrían llevarnos a escenarios de dicha insospechados; las conversaciones pendientes muchas veces separan familias, rompen amistades, impiden relaciones de amor necesarias para dar color a este mundo que a menudo es gris; las conversaciones pendientes nos impiden conocernos mejor, nos impiden saber de las inquietudes de los que nos rodean, de por qué creen lo que creen o no creen en aquello que nosotros vemos tan evidente. Una conversación, en fin, abre puertas, cierra las que hay que cerrar, ayuda a explorar mundos inexplorables, nos abre al mundo de las infinitas posibilidades.

David Arratibel, en esta película, nos habla de todo esto, y lo hace de una manera sencilla y a la vez profunda. “Converso” es emotiva y también divertida. Lloras y al minuto estás riendo. Piensas, piensas mucho. Te haces preguntas. Deseas ponerte en la piel de los personajes, acercarte a ellos, hacerles preguntas. “Converso”, en fin, es una película que merece la pena. Y sería eso, una pena, que por prejuicios, por pereza, o por lo que sea, te la perdieras. Yo ya la he visto, y volveré a verla, para interiorizarla, para saborearla de nuevo, para volver a reír, a llorar, y para, por qué no, tratar de fortalecer mi débil fe.

Seas creyente, agnóstico o ateo, te animo a acercarte al cine a conocer a la familia Arratibel. Quizá te lleves algo bonito a casa. Y si no, si no te gusta tanto como a mí (y como a los jurados que ya la han premiado)… sólo habrás perdido una hora de tu vida, que es lo que dura la película.

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Recomenzar

Pregúntate si lo que estás haciendo hoy te acerca al lugar en el que quieres estar mañana. Walt Disney.

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“Es difícil que no te valoren, hace mucho daño; pero es sólo su opinión”. “Gran oportunidad de empezar por tu cuenta”. “La fórmula, creer en ti”. “A por el siguiente y a triunfar”. “Si se cierra una puerta, se abre una ventana”. “Te veo en la presentación de tu libro, y te veré disfrutando de lo que te gusta y haciendo lo que quieres”.

Son frases de ánimo que me mandaron el pasado viernes varios amigos, al enterarse de mi despido en la empresa en la que trabajaba. Aún me quedaban dos meses de contrato, pero el director del centro decidió que yo era demasiado serio para atender al público. Fue un juicio superficial, al verme trabajando un día que pasó por allí. De nada valió la intercesión de mi jefe. De nada sirvió que le dijera que soy trabajador y responsable, que si quería me trasladara a otra sección donde no tuviera que atender al público. De nada sirvió tampoco la petición que hizo de que esperaran a que él volviera de vacaciones para comunicarme en persona la decisión de la empresa. Todo se zanjó de la manera más fácil para ellos: una carta al finalizar mi jornada. Sin explicación alguna. Sólo tuve las de mi jefe, a posteriori. Me sentí injustamente juzgado, injustamente infravalorado.

Hasta aquí, los hechos. No me voy a detener a analizarlos. Que cada cual saque, si quiere, sus conclusiones. Yo ya he pasado página, y ahora lo que me interesan son las frases con las que he empezado mi artículo.

“Es difícil aceptar que no te valoren, hace mucho daño; pero es sólo su opinión”. Sin duda. Cuando sientas que alguien no te valora, intenta que te explique por qué. Si no lo hace, ya sabes que su juicio vale menos que nada. Si lo hace, tendrá que concretar qué es lo que no le gusta. Entonces, de lo que te diga, saca tus propias conclusiones, tu propio aprendizaje. Contrasta esa opinión con la de otras personas. Pero no te dejes hundir por el juicio de nadie, y menos por el de alguien que no sabe nada de ti, que te está juzgando superficialmente.

“Gran oportunidad para empezar por tu cuenta”. Es algo a lo que llevo tiempo dando vueltas. Y, efectivamente, en estos momentos la idea cobra fuerza. Este blog, y todo lo que lo rodea, puede ser la plataforma de lanzamiento.

No te quedes con lo negativo de los fracasos, si es que se les puede llamar así. Conviértelos en oportunidades. Utilízalos como pértiga para saltar obstáculos. Saca, una vez más, conclusiones, aprende, y comienza de nuevo. Sin mirar atrás.

Por cierto, no quiero dejar de hacer una mención especial a la persona que me escribió esta frase. Me decía que “te llamo el lunes para un café”. Llevábamos años sin vernos, no teníamos trato desde hace mucho. Pero me dijo que me llamaba y me ha llamado. Me dijo que nos tomábamos un café y nos lo hemos tomado. Es un hombre de palabra, cariñoso y atento a las necesidades de los demás. Con personas así es como se construye el mundo. Rodéate de ellas y llámalas cuando las necesites. Pedir ayuda no es de débiles sino de sabios. Jaime, si algún día tengo una casa ya sabes quién me va a poner y mantener el jardín.

“La fórmula, creer en ti”. Efectivamente. Nunca dejes de creer en ti. No permitas que un inepto sin sensibilidad te hunda. Vales mucho más de lo que te imaginas, y, por supuesto, vales más que inútiles que hacen juicios infundados. Cree en ti y sigue adelante.

“A por el siguiente, y a triunfar”. Ya está dicho en los párrafos anteriores. Pasa página y no mires atrás. El camino está delante, no detrás. Tu triunfo depende de lo que hagas ahora, no de lo que hiciste ayer, y mucho menos de lo que un necio no te dejó hacer. Adelante, siempre adelante.

“Si se cierra una puerta, se abre una ventana”. Siempre ocurre. Pero no esperes a que se abra sola. Ábrela tú.

“Te veo en la presentación de tu libro, y te veré disfrutando de lo que te gusta y haciendo lo que quieres”. El veinticinco de septiembre presento un libro, mi primera novela. Allí estaré acompañado de gente a la que quiero, disfrutando de mi trabajo verdadero (aunque no me dé de comer, de momento).

Si tienes una afición, si algo se te da bien, no lo dejes. Dedícale tiempo, todo el que puedas. Disfruta de ello. Es posible que, antes o después, se convierta en tu modo de vida. Entonces se cumplirá lo que decía Confucio: elige un trabajo que te guste y no trabajarás ni un sólo día de tu vida. Es mentira, no te lo creas. Trabajarás, claro que trabajarás. Pero lo harás a gusto, estarás feliz y lo harás a tu manera. Será lo más parecido a jugar y lo menos a trabajar. Seguro que a eso se refería el sabio oriental.

Todas esas frases, y los análisis consiguientes, me los aplico a mí. Son mis reflexiones personales sobre lo que me ha pasado. Y las comparto contigo, por si a ti te sirven.

Para terminar… Quizá necesites de alguien que te acompañe en tu camino. De alguien que te ayude a ver ese camino que no logras vislumbrar. De alguien que te ayude a sortear ese obstáculo con el que siempre acabas tropezando. Llámame. Además de escritor soy coach, y además de coach tengo una experiencia de vida que puedo poner a tu servicio. No lo dudes. Cuenta conmigo. Estaré encantado de caminar contigo hacia el éxito.

P.D.: gracias a todos los que me habéis apoyado en estos momentos. También, claro está, a aquellos cuyas frases no aparecen en este artículo. Cualquier golpe de aliento siempre es bienvenido y te impulsa hacia adelante. Gracias.

 

Esfuerzo y dedicación

Nadie tiene éxito sin esfuerzo. Aquellos que tienen éxito se lo deben a la perseverancia. Ramana Maharshi.

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A veces leo cosas relacionadas con el coaching o el crecimiento personal que me asustan un poco. Es, evidentemente, una percepción personal, y quizá otros coaches, después de leer esto, no estén de acuerdo conmigo. Pero, como solemos decir en “nuestro mundo”, esto es mío.

Me refiero a frases del tipo, “si lo deseas mucho, el universo conspirará para concedértelo”. O, “deja que las cosas sucedan; lo que tenga que venir vendrá”. O “puedes ser lo que quieras ser, puedes hacer lo que quieras hacer”. Hay muchas otras que habrás leído por ahí. Todas van en la misma dirección.

A mí, cuando leo estas frases me entra una mezcla de alipori, risa, cabreo… Y es que, con este tipo de sentencias, que en el fondo son (o se pueden convertir en) actitudes, se puede hacer mucho daño a algunas personas.

En primer lugar, el universo no conspira. Por tanto, por mucho que desees algo, si no vas a por ello nadie (y menos el universo) te lo va a traer. Las cosas no caen del cielo.

Además, aunque es cierto que a veces hay que dejar que las cosas sucedan, muchas veces hay que hacer que las cosas sucedan. Depende de qué cosas y depende de los momentos o las situaciones. Pero en general, si no te pones en movimiento, las cosas no sucederán.

Y además, no es verdad que puedas ser cualquier cosa que quieras ser ni puedes conseguir cualquier cosa que quieras conseguir. Esto me trae a la memoria otra frase maravillosa: “si puedes soñarlo, puedes realizarlo”. Pues bien, no es así. Todos tenemos limitaciones, y si bien es cierto que nuestro potencial suele ser mucho mayor de lo que creemos, no todo está al alcance de todos. Si mides un metro cincuenta, será muy difícil, casi imposible, que triunfes en la NBA. Aunque hay quien lo ha conseguido, pero para eso se necesita tener un talento muy especial, además de muchas, muchísimas horas de entrenamiento.

Eso, las horas de entrenamiento, me llevan de nuevo a la conspiración del universo y el deseo de las cosas. Si deseas algo de verdad, lucha por ello (lucha, palabra maldita en algunos entornos del coaching por tener, para ellos, connotaciones negativas, pero que en mi opinión es un bello vocablo que te puede ayudar a alcanzar grandes conquistas). En este mundo nadie regala nada, y si quieres conseguir algo, lo que sea, tendrás que currártelo. Con horas de esfuerzo y dedicación, con trabajo, con sudor y lágrimas, poniendo toda la carne en el asador, lo mejor de ti.

Ten en cuenta, eso sí, que si pones todo tu empeño es muy probable que puedas conseguir cosas que ni tú mismo imaginabas. Y no, esto que acabo de decir no se contradice con lo que decía más arriba, sobre la imposibilidad de lograr algunas cosas. Has de ser consciente de tus limitaciones, sí. Pero no debes buscar limitaciones falsas como excusa, como barrera para no llevar a cabo el esfuerzo que te supondrá conseguir lo que quieres. A eso se le llama, o en coaching lo llamamos, permanecer en la zona de confort. Prefiero mi cómoda incomodidad antes de mover un dedo. O antes de caerme unas cuantas veces y volverme a levantar hasta conseguir lo anhelado. Porque eso también te va a suceder. Cuando vayas en pos de tus sueños, la probabilidad de que fracases unas cuantas veces hasta alcanzar el éxito es alta. Necesitarás espíritu de superación, y altas dosis de resiliencia. Te encontrarás en tu camino con el sufrimiento, con la decepción, con la desesperación. Pero si perseveras, tendrás éxito en tus empresas. Decía Cicerón que cuanto mayor es la dificultad, mayor es la gloria. Es algo que se comprende bien cuando subes una montaña. Para llegar a la cima hay que sufrir. Pero ese sufrimiento tiene su recompensa. La tiene arriba, y también la tiene en el camino. En los obstáculos que vas superando, en la compañía que llevas o te vas encontrando, en los paisajes que vas divisando, en las dificultades que vas dejando atrás. Igual pasa en la vida.

Por supuesto, has de tener en cuenta que no vives solo en este mundo. Acabo de citar la compañía que llevas o te vas encontrando por el camino. Tenla en cuenta, pide ayuda cuando sea necesario. No quieras hacerlo tú solo. Caminando en solitario quizá vayas más deprisa (o no), pero si caminas en grupo llegarás más lejos. Pedir ayuda no es de débiles.

Resumiendo, si quieres algo mueve el culo, deja a un lado tu comodidad, y ve por ello. Aunque también puedes esperar sentado a que el universo te lo traiga. Tú decides.

Pues nos drogamos

Si no vives peligrosamente, no vives. La vida sólo florece en el peligro. La vida nunca florece en la seguridad. Osho.

Zorba The Greek, 1964 http:/www.tuttartpitturasculturapoesiamusica.com;

No hace mucho vi, debajo de uno de esos carteles que prohíben jugar a la pelota, una pintada que rezaba como el título de mi artículo: pues nos drogamos. Me hizo gracia, y también me hizo reflexionar. Si bien es cierto que en algunos sitios tiene sentido esa prohibición, o al menos una restricción de horarios para velar por el descanso de los vecinos, últimamente esos cartelitos proliferan como setas, y en muchas ocasiones no parecen tener mucho sentido. Paseando por Madrid he visto carteles de esos en sitios en los que, por más que he mirado y por más que he tratado de imaginar, no he logrado encontrar el por qué de la prohibición.

Nos está tocando vivir unos tiempos llenos de paradojas. Por un lado, los llamados psicopedagogos alertan del peligro de las pantallas (consolas, teléfonos móviles, tablets, etc.). Por otro, en cada vez más sitios se prohíbe jugar a la pelota, montar en bici, patinar… Eso, por no hablar de los peligros, en mi infancia casi inexistentes, de salir a jugar a la calle sin necesidad de demasiado control paterno.

Pero la esquizofrenia no acaba ahí. O quizá sí, quizá acaba ahí, porque ese tipo de paradojas, hasta cierto punto menores, tienen su origen en otras de mayor calado. Tengo la sensación de que nuestra sociedad es una sociedad paracaídas. No nos atrevemos a hacer nada sin ese (u otro) elemento de protección. Vivimos rodeados de miedos,  en muchas ocasiones imaginarios, calculando hasta el infinito el próximo paso a dar. Además, les inculcamos esos miedos a los niños casi desde que nacen. Cuando yo era pequeño pasaba los veranos en la calle, montando en bici (sin casco), me caía innumerables veces y las heridas en codos y rodillas formaban parte del uniforme veraniego. Cuando me caía, a veces me levantaba y seguía como si nada, y otras, las más aparatosas, lloraba, iba a casa en busca de un “cura-sana” de mi madre y un poco de mercromina, y otra vez a la calle.

Ahora eso es impensable. El casco es imprescindible, y a eso hay que sumar las coderas, las rodilleras y dentro de poco inventarán algún tipo de peto que convierta a los pequeños ciclistas que comienzan a dar sus primeras pedaladas en una suerte de Don Quijote subido a un caballo de dos ruedas. Las caídas son improbables, pero si ocurren, el drama es mayúsculo. Ahí se acaba la diversión.

Quizá estoy exagerando un poco, pero es sólo un ejemplo de lo que ocurre en nuestra sociedad. Protegemos tanto a los niños que cuando llegan a adultos no son capaces de defenderse fuera del mundo de cristal en el que han crecido. El mínimo problema, la más pequeña contrariedad, lleva a la gente al psicoanalista, donde se dejan los cuartos durante sesiones y sesiones, averiguan de dónde vienen (supuestamente) todos sus traumas, pero nunca resuelven el problema. Como decía Víktor Frankl, se ha sustituido al sacerdote, al rabino o al pastor por el psiquiatra, cuando en muchas ocasiones no existe ningún tipo de enfermedad (y lo decía un psiquiatra). Lo único que ocurre es que la vida no es ningún cuento de hadas. Y hay que lidiar con varapalos diversos, muertes, enfermedades, despidos laborales, quiebras económicas, períodos eternos de desempleo, y un largo etcétera. No es necesario ir al médico ni atiborrarse a pastillas. Únicamente hay que aprender a aceptar las dos caras de la moneda que es la vida: alegría y dolor.

A nuestra sociedad paracaídas le molesta la lluvia, y en cuanto caen cuatro gotas corre despavorida a protegerse, no se le vaya a estropear el peinado; no le gusta andar más allá de la esquina de casa, y si hay que recorrer un tramo mayor de un kilómetro recurre al coche (para después quejarse del cambio climático); no le gusta pasar calor, así que en cuanto la temperatura sube de los treinta grados centígrados pone el aire acondicionado; tampoco le gusta pasar frío, y por debajo de los veinte grados ya conecta la calefacción; por supuesto, ni se le pasa por la cabeza montar una empresa, eso es arriesgar demasiado y es sólo para locos o para gente extremadamente preparada (la sociedad paracaídas no da un sólo paso si no se siente muy, muy, MUY preparada); ni que decir tiene que  de entregarse al cien por cien a una persona, sin saber si la correspondencia va a ser plena, ni hablamos; y claro, si en las relaciones humanas se calcula de esa manera, cómo va a caber en la cabeza que a jóvenes guapos, listos y con carrera se les ocurra hacerse sacerdotes o meterse en un convento de clausura para toda la vida.

Estos miedos quizá tienen mucho que ver con esa sociedad de bienestar que nos venden en occidente. Vivir con la máxima comodidad y con el mínimo esfuerzo. Esto se refleja también en las generaciones más jóvenes. Para esquivar problemas, se evita poner límites. Es más cómodo colocar al niño delante de una pantalla, ya sea la de la televisión, la del ordenador, la tablet, o darle un móvil, que enseñarle a desarrollar la imaginación y a elaborar sus propios juegos. Es más cómodo también decirle a todo que sí para que no llore, o no nos monte el numerito, que mantenerse firme ante una serie de normas concretas.

¡Normas! ¡Deberes! ¡Límites! Palabras tabú en nuestra sociedad. No hace mucho leí en un periódico de gran tirada nacional un artículo que afirmaba que los niños no debían obedecer, ni a sus padres, ni a sus profesores, ni a nadie. Luego, eso sí, llegan los lamentos, cuando el niño se convierte en adolescente y es ya ingobernable.

Quizá pueda pensar el lector que qué tienen que ver unas cosas con otras. Para mí están relacionadas, y las dejo ahí, para la reflexión de cada uno. Pienso que vivir una vida atenazada por los miedos, una vida encorsetada, mediocre, volando raso cuando se puede volar alto, tiene algo que ver con vivir una vida cómoda, ramplona, sin esfuerzo.

Tenía parte de mi artículo ya en la cabeza, y antes de escribirlo he visto una gran película de los años sesenta. En ella he encontrado frases maravillosas que refuerzan un poco mis tesis. Estoy hablando de “Zorba el griego”. Un soberbio Anthony Quinn representa a Zorba, un griego sin oficio conocido que se ofrece a ayudar a un escritor americano que viaja a Creta con la idea de recuperar una antigua mina que heredó de su familia. Zorba, un hombre sin estudios, demuestra tener una sabiduría de la vida que muchos sabios y entendidos de hoy (y de todos los tiempos) quisieran para sí.

Cuando, en el barco en el que viajan a Creta, Zorba aborda al que será su jefe, se entera de cuál es su propósito, y se ofrece a ayudarle. Éste, sorprendido, le pregunta que por qué quiere hacerlo. Es algo que le ocurre también a nuestra sociedad paracaídas. No entiende el altruismo. Que alguien quiera hacer algo por otro por el mero hecho de hacerlo. La respuesta de Zorba es sencilla a la par que admirable: “¿No es posible que alguien haga algo sin un por qué? ¿Sólo porque sí? ¿Por gusto?”.

Hay más frases memorables del personaje que interpreta Quinn, y que dan mucho que pensar.

“La vida es problema. Sólo la muerte no lo es. Vivir es liarse la manta a la cabeza y buscarse problemas”. Justo lo contrario que calcular una y otra vez el siguiente paso a dar para al final no darlo y permanecer en la cómoda incomodidad (también llamada zona de confort).

El siguiente diálogo es genial:

-“Mi sesera está hueca, jefe, y se me ocurren ideas locas. Le podría arruinar”.

-“Acepto el riesgo”.

Entonces a Zorba se le ilumina la cara, le hacen los ojos chiribitas y responde:

-“Diga eso otra vez. ¡Me da valor!”.

Y a continuación emprende un frenético baile, como si estuviera fuera de sí, como si en ese momento no hubiera nada más importante en la vida. Cuando acaba, explica:

-“Cuando murió mi hijo de tres años todos lloraban menos yo. Me puse a bailar. Ellos decían: Zorba está loco. Pero fue el baile el que contuvo mi pena. Cuando estoy alegre hago lo mismo”.

Y es que la vida es riesgo. Cuando se elimina, le quitamos el sentido a todo. Por eso Zorba, al escuchar esa palabra, siente la imperiosa necesidad de celebrar la alegría que le invade con un sirtaki.

Otra frase de Zorba, tras obviar decir su edad pero haciendo entender que es ya avanzada nos habla de que nunca es tarde para nada: “aún hay bastante fuego en mí para devorar el mundo. ¡Por eso sigo luchando!”.

Ya es tarde, soy muy mayor, esto no es para mí… son excusas, nada más que excusas, para no asumir riesgos, para no esforzarse, para no poner un poco de picante a la vida, estemos en la etapa que estemos de la misma.

Ya finalizando la película, y casi a modo de despedida, Zorba le dice al que ha sido su jefe: “usted lo tiene todo, menos una cosa. ¡Locura! Y uno tiene que estar un poco loco. Si no, nunca se atreve a cortar la cuerda y ser libre.”.

Para finalizar, y mientras bailan juntos el sirtaki, se detiene por un momento, contempla la ruina a la que ha quedado reducido el trabajo de meses, y comenta: “¿Vio usted alguna vez un desastre más esplendoroso?”. Y comienza a reírse a mandíbula batiente, con unas carcajadas que nos ha ido regalando en diferentes momentos del film. Nos da así una última lección: algunas veces las cosas no saldrán como esperábamos. Tendremos obstáculos, desgracias, accidentes, malos momentos… Zorba nos enseña que ahí no acaba todo. Es sólo un punto y a parte. Tomemos perspectiva, pasemos el duelo si es necesario, contemplemos el esplendoroso desastre… riamos, bailemos un sirtaki, ¡y adelante, que la vida son dos días! Y la que nos toque vivir después va a tener mucho que ver con la forma en la que hayamos vivido esta.

Ah, y si vivimos así, no necesitaremos drogarnos. Incluso nos saltaremos algunas prohibiciones, sin hacer daño a nadie y poniendo mucho más sabor a la vida.

Creatividad

Si escuchas una voz dentro de ti que dice ‘no puedes pintar’, entonces pinta caiga quien caiga, y la voz será silenciada. Van Gogh

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Aproximadamente dos meses han pasado desde el último artículo. Aunque en Diario 16 he seguido escribiendo, tengo abandonados a mis lectores de El Sueño del Héroe, si es que alguno me queda. Podría rendirme, pensar que ha pasado mucho tiempo y que ya no tiene sentido volver a intentarlo. Que he dejado de escribir demasiadas veces y que estoy derrotado. Pero no. Mientras haya tiempo, nadie está derrotado. Esa es, al menos, mi filosofía. Puedes caer una vez, dos, tres, cien, cien mil. Pero si te levantas, no estás derrotado.

Hace unos años hice un curso de desarrollo personal. Tuve muchos formadores, muy buenos la mayoría. Alguno de ellos decía que cada uno, sin elegirlo, hablaba de aquello de lo que carecía. Es decir, si alguien tenía poca alegría en su vida, le tocaba hablar de ese tema. Yo dudo que fuera así, ya que, como digo, las ponencias, los talleres, las clases, eran magistrales. Pero quizá hubiera algo de cierto en eso.

Comento esto a modo de introducción, para explicar que, si hoy hablo de creatividad, quizá sea porque ando carente de ella. Me cuesta horrores escribir, no estoy muy inspirado en la cocina, no hago buenas fotos, en fin, nada de lo que requiere un mínimo de inspiración me sale bien últimamente. ¿O será falta de perseverancia? Porque, como veremos a continuación, la creatividad requiere dosis altas de esta virtud. Pero no me enrollo más. Vamos ya con el tema que nos ocupa.

Deseoso de encontrarme de nuevo con la creatividad perdida, me puse a explorar por Internet en busca de “trucos” para lograrlo. Fui apuntando, elaborando mi propia receta, y aquí te traigo el resultado.

Decía Picasso que la inspiración existe, pero ha de encontrarse trabajando. Ese es el primer paso. Si no hay trabajo, no hay resultados. Puedes tener un momento mágico, incluso una racha de ellos. Pero si no te pones a trabajar, antes o después te quedarás seco, vacío.

Es importante también fomentar la curiosidad, en el buen sentido de la palabra. Ser observador, salir a la calle con los ojos y los oídos abiertos. Fijarse en los pequeños detalles. Cualquier situación, cualquier objeto, una pequeña flor, el baile de una abeja, la risa de un niño, las formas de las nubes, todo puede ser motivo de inspiración. No te pierdas -al menos no todo el tiempo- en tus propios pensamientos. Mira, curiosea, observa, pregunta, interésate por lo que te rodea.

Hacer ejercicio es una buena forma de encontrarse con la inspiración. No hace falta que te pongas a correr maratones, ni que hagas todas las mañanas dos mil abdominales. Basta con que salgas a pasear a la calle o te des una vuelta por el campo. De esta forma, además, puedes poner también en práctica el consejo anterior. El ejercicio libera endorfinas, unas moleculitas similares a los opiáceos pero sin efectos secundarios. Nos ayudan a estar mejor con nosotros mismos, son fuente de alegría y placer, y ese estado puede ayudarnos mucho a encontrar ideas para nuestras creaciones. Muchos escritores, cuando se encuentran bloqueados, se ponen a pasear para romper ese bloqueo. Quizá tenga que ver con lo que decía Jack London: no puedes esperar a la inspiración, tienes que perseguirla con un bate de beisbol.

En cualquier caso, si no encuentras esas endorfinas y te sientes triste, aprovecha esa emoción. Dicen los que saben del tema que la tristeza es una emoción muy creativa. Saca lo que llevas dentro, vuélcalo sobre un papel, a ver qué sale. Puede incluso que te ayude a sentir mejor. A mí me sirve.

Dedica tiempo a cosas que te gusten. La lista de ejemplos podría ser interminable, así que te dejo que elabores la tuya propia… y la pongas en práctica. No digas que no tienes tiempo. Sabes que es una excusa.

Sal con tus amigos. Métete con ellos en un bar, pedid unas cervezas y conversad. Seguro que salen ideas que te sirven.

Lee todo lo que caiga en tus manos. Con un poco de criterio, pero lee, lee mucho.

Escribe a mano. La neurociencia ha demostrado que este ejercicio estimula las zonas del cerebro necesarias para ser una persona creativa (todos lo somos). También generan actitudes positivas, que ayudan a tener una vida más larga y más plena.

Lo mismo que con la lectura, pero con el cine. Ve muchas películas, fíjate en los diálogos. Apunta aquello que te llame la atención.

Y lo mismo con fotos, cuadros, canciones…

Métete en la cocina e inventa recetas. Es fácil. Sólo tienes que abrir la nevera, coger unos cuantos ingredientes, y mezclar. La cocina es como un juego. Sorprende a los tuyos con nuevos platos.

Dedica tiempo a estar en silencio. Puedes hacerlo meditando (dicen que la meditación produce cambios positivos en el cerebro, como la creación de nuevas conexiones neuronales), o, simplemente, sentándote en tu habitación o en un lugar solitario a contemplar un paisaje.

Relacionado con la anterior, vete a un lugar solitario y silencioso, y cuando lleves una hora contemplando el paisaje, o escuchando tu respiración, coge una libreta y anota todo lo que se te haya pasado por la cabeza.

Apunta tus sueños. Hazlo nada más levantarte, porque si no se te olvidarán.

Como ves, varios de los consejos anteriores precisan de llevar una libreta encima. Por tanto, hazlo, llévala. Puedes apuntar las ideas que se te ocurran en el móvil, o grabarlas de viva voz. Pero si las escribes estarás estimulando de otra forma tu cerebro, como hemos visto más arriba.

Escribe y/o dibuja con la mano contraria a la que utilizas habitualmente. Ello estimula el hemisferio derecho, responsable de la creatividad.

Ten un espacio de trabajo cómodo, limpio, espacioso, dentro de tus posibilidades.

No esperes a tener todo bajo control, porque te morirás esperando. Ponte en marcha aunque no creas estar suficientemente preparado. No intentes cosas, hazlas. Probablemente te equivocarás muchas veces y cometerás muchos errores. Conviértelos en aprendizajes.

Duerme suficiente y aliméntate bien.

Viaja. No hace falta que vayas a la otra punta del mundo. Seguro que hay sitios de tu ciudad que no conoces.

Juega. Yo te propongo alguna forma de hacerlo en los últimos consejos, por si te sirven.

Pregúntate: ¿qué tal si…? Sustituye los puntos suspensivos por todo lo que se te ocurra. Cuantas más ideas mejor.

Coge las tres últimas frases de los tres últimos chats de tu whatsapp. Combínalas en un texto (por ejemplo, un relato).

Fotografía todos los objetos azules que encuentres. Luego los verdes. Los rojos. Los amarillos. Haz un álbum con todas las fotos, o con las que más te gusten.

Son sólo algunas ideas. Si buceas en la red encontrarás más. Todas se resumen en una: trabaja, trabaja, y no dejes de trabajar. Sé perseverante. Y si quieres, me cuentas cómo te ha ido… o cualquier idea que se te ocurra diferentes de estas. La creatividad es contagiosa, pásala (lo dijo Einstein).

Ah, y no tengas miedo de la perfección. Nunca la vas a alcanzar. No lo digo yo, lo dijo Dalí.

 

 

De dioses y hombres

El dolor es el alimento esencial del amor; cualquier amor que no se haya nutrido de un poco de dolor puro, muere. Maurice Maeterlinck.

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“De dioses y hombres” es una película dirigida por el francés Xavier Beauvois y estrenada en 2010. Cuenta la historia de unos monjes franceses del monasterio cisterciense del Tibhirine, en Argelia. Allí conviven en plena armonía con los habitantes musulmanes de la zona, a los que atienden en un dispensario médico, y con los que colaboran en tareas agrícolas. El asesinato de unos trabajadores croatas por parte de fundamentalistas islámicos siembra el pánico en la región, y hace plantearse a los religiosos su continuidad en el país.

La película nos muestra con gran naturalidad la reacción de los monjes. Cómo aparecen los miedos, las dudas, las zozobras, la oscuridad. Cómo, en algunos momentos, sienten la ausencia de Dios, por el que dejaron todo, casa, familia, posesiones. Pero en esos momentos de miedo, los monjes, en lugar de salir corriendo, deciden poner un poco de pausa. Reflexionar, rezar, meditar, antes de decidir. Entonces las dudas desaparecen. Los que optaban por salir del país, son los primeros que, tras ese tiempo de reflexión, deciden quedarse. Al fin y al cabo, dicen, la vida ya la entregaron cuando decidieron hacerse monjes.

Esta última frase me invita a la reflexión. Pienso que uno no entrega la vida para echarse atrás en los momentos difíciles. Y cuando digo “entrega la vida” no me refiero únicamente a la vida religiosa. Me refiero también al matrimonio, o a cualquier otra situación en la que una persona toma una decisión para toda la vida. El amor se demuestra en los momentos difíciles. Cuando hay mariposas en el estómago no tiene mucho mérito. Es en la oscuridad, en la duda, en la dificultad, cuando uno tiene que demostrar que aquella promesa de fidelidad y de amor que hizo tiene sentido. Es ahí cuando se manifiesta el verdadero amor.

Leí hace tiempo que en tiempos de nuestros abuelos, si algo se rompía se arreglaba. Ahora, si algo se rompe se tira y se sustituye por algo nuevo. Sacerdotes secularizados, matrimonios divorciados, familias destrozadas… ¿Será porque se nos ha olvidado cómo se ama?

Dicen ahora, lo leí en la portada de un libro, que “si duele no es amor”. Yo no estoy de acuerdo. El amor a veces duele. Amar es renunciar a uno mismo, es entregarse al objeto amado, ya sea éste otra persona, Dios, o una institución. Y renunciar a uno mismo no es fácil. Cuando vienen mal dadas, duele. Pero se trata de un dolor sublime. Se me ocurre compararlo con el dolor que sufre un montañero que está subiendo una montaña difícil; o el de un corredor de maratón que sufre su soledad y las piernas le pesan; o el de un ciclista que corona un puerto difícil; o el de una madre, o un padre, que se cae de sueño en el trabajo porque por la noche se tuvo que levantar cien veces por el llanto de su bebé. Duele, sí. Pero es un dolor que merece la alegría.

Quizá arreglar las cosas, cuando éstas se rompen, duela. Quizá sea mucho más fácil deshacerse de ellas y sustituirlas por otras. Pero… viendo la historia de mis abuelos, y la de mis padres, no sé por qué me da que lo primero, aunque en algunos momentos duela, es mucho más satisfactorio.

Lo mismo debieron de pensar y vivir los monjes del Tibhirine. Tras superar los primeros momentos de duda y decidir seguir su vida en el monasterio, sin abandonar a los habitantes del pueblo, el miedo no desapareció. A nadie le gusta pensar que el día menos pensado le cortan el pescuezo. Pero vivieron ese miedo con amor, convencidos de que su vida ya la habían entregado hacía muchos años.