Pues nos drogamos

Si no vives peligrosamente, no vives. La vida sólo florece en el peligro. La vida nunca florece en la seguridad. Osho.

Zorba The Greek, 1964 http:/www.tuttartpitturasculturapoesiamusica.com;

No hace mucho vi, debajo de uno de esos carteles que prohíben jugar a la pelota, una pintada que rezaba como el título de mi artículo: pues nos drogamos. Me hizo gracia, y también me hizo reflexionar. Si bien es cierto que en algunos sitios tiene sentido esa prohibición, o al menos una restricción de horarios para velar por el descanso de los vecinos, últimamente esos cartelitos proliferan como setas, y en muchas ocasiones no parecen tener mucho sentido. Paseando por Madrid he visto carteles de esos en sitios en los que, por más que he mirado y por más que he tratado de imaginar, no he logrado encontrar el por qué de la prohibición.

Nos está tocando vivir unos tiempos llenos de paradojas. Por un lado, los llamados psicopedagogos alertan del peligro de las pantallas (consolas, teléfonos móviles, tablets, etc.). Por otro, en cada vez más sitios se prohíbe jugar a la pelota, montar en bici, patinar… Eso, por no hablar de los peligros, en mi infancia casi inexistentes, de salir a jugar a la calle sin necesidad de demasiado control paterno.

Pero la esquizofrenia no acaba ahí. O quizá sí, quizá acaba ahí, porque ese tipo de paradojas, hasta cierto punto menores, tienen su origen en otras de mayor calado. Tengo la sensación de que nuestra sociedad es una sociedad paracaídas. No nos atrevemos a hacer nada sin ese (u otro) elemento de protección. Vivimos rodeados de miedos,  en muchas ocasiones imaginarios, calculando hasta el infinito el próximo paso a dar. Además, les inculcamos esos miedos a los niños casi desde que nacen. Cuando yo era pequeño pasaba los veranos en la calle, montando en bici (sin casco), me caía innumerables veces y las heridas en codos y rodillas formaban parte del uniforme veraniego. Cuando me caía, a veces me levantaba y seguía como si nada, y otras, las más aparatosas, lloraba, iba a casa en busca de un “cura-sana” de mi madre y un poco de mercromina, y otra vez a la calle.

Ahora eso es impensable. El casco es imprescindible, y a eso hay que sumar las coderas, las rodilleras y dentro de poco inventarán algún tipo de peto que convierta a los pequeños ciclistas que comienzan a dar sus primeras pedaladas en una suerte de Don Quijote subido a un caballo de dos ruedas. Las caídas son improbables, pero si ocurren, el drama es mayúsculo. Ahí se acaba la diversión.

Quizá estoy exagerando un poco, pero es sólo un ejemplo de lo que ocurre en nuestra sociedad. Protegemos tanto a los niños que cuando llegan a adultos no son capaces de defenderse fuera del mundo de cristal en el que han crecido. El mínimo problema, la más pequeña contrariedad, lleva a la gente al psicoanalista, donde se dejan los cuartos durante sesiones y sesiones, averiguan de dónde vienen (supuestamente) todos sus traumas, pero nunca resuelven el problema. Como decía Víktor Frankl, se ha sustituido al sacerdote, al rabino o al pastor por el psiquiatra, cuando en muchas ocasiones no existe ningún tipo de enfermedad (y lo decía un psiquiatra). Lo único que ocurre es que la vida no es ningún cuento de hadas. Y hay que lidiar con varapalos diversos, muertes, enfermedades, despidos laborales, quiebras económicas, períodos eternos de desempleo, y un largo etcétera. No es necesario ir al médico ni atiborrarse a pastillas. Únicamente hay que aprender a aceptar las dos caras de la moneda que es la vida: alegría y dolor.

A nuestra sociedad paracaídas le molesta la lluvia, y en cuanto caen cuatro gotas corre despavorida a protegerse, no se le vaya a estropear el peinado; no le gusta andar más allá de la esquina de casa, y si hay que recorrer un tramo mayor de un kilómetro recurre al coche (para después quejarse del cambio climático); no le gusta pasar calor, así que en cuanto la temperatura sube de los treinta grados centígrados pone el aire acondicionado; tampoco le gusta pasar frío, y por debajo de los veinte grados ya conecta la calefacción; por supuesto, ni se le pasa por la cabeza montar una empresa, eso es arriesgar demasiado y es sólo para locos o para gente extremadamente preparada (la sociedad paracaídas no da un sólo paso si no se siente muy, muy, MUY preparada); ni que decir tiene que  de entregarse al cien por cien a una persona, sin saber si la correspondencia va a ser plena, ni hablamos; y claro, si en las relaciones humanas se calcula de esa manera, cómo va a caber en la cabeza que a jóvenes guapos, listos y con carrera se les ocurra hacerse sacerdotes o meterse en un convento de clausura para toda la vida.

Estos miedos quizá tienen mucho que ver con esa sociedad de bienestar que nos venden en occidente. Vivir con la máxima comodidad y con el mínimo esfuerzo. Esto se refleja también en las generaciones más jóvenes. Para esquivar problemas, se evita poner límites. Es más cómodo colocar al niño delante de una pantalla, ya sea la de la televisión, la del ordenador, la tablet, o darle un móvil, que enseñarle a desarrollar la imaginación y a elaborar sus propios juegos. Es más cómodo también decirle a todo que sí para que no llore, o no nos monte el numerito, que mantenerse firme ante una serie de normas concretas.

¡Normas! ¡Deberes! ¡Límites! Palabras tabú en nuestra sociedad. No hace mucho leí en un periódico de gran tirada nacional un artículo que afirmaba que los niños no debían obedecer, ni a sus padres, ni a sus profesores, ni a nadie. Luego, eso sí, llegan los lamentos, cuando el niño se convierte en adolescente y es ya ingobernable.

Quizá pueda pensar el lector que qué tienen que ver unas cosas con otras. Para mí están relacionadas, y las dejo ahí, para la reflexión de cada uno. Pienso que vivir una vida atenazada por los miedos, una vida encorsetada, mediocre, volando raso cuando se puede volar alto, tiene algo que ver con vivir una vida cómoda, ramplona, sin esfuerzo.

Tenía parte de mi artículo ya en la cabeza, y antes de escribirlo he visto una gran película de los años sesenta. En ella he encontrado frases maravillosas que refuerzan un poco mis tesis. Estoy hablando de “Zorba el griego”. Un soberbio Anthony Quinn representa a Zorba, un griego sin oficio conocido que se ofrece a ayudar a un escritor americano que viaja a Creta con la idea de recuperar una antigua mina que heredó de su familia. Zorba, un hombre sin estudios, demuestra tener una sabiduría de la vida que muchos sabios y entendidos de hoy (y de todos los tiempos) quisieran para sí.

Cuando, en el barco en el que viajan a Creta, Zorba aborda al que será su jefe, se entera de cuál es su propósito, y se ofrece a ayudarle. Éste, sorprendido, le pregunta que por qué quiere hacerlo. Es algo que le ocurre también a nuestra sociedad paracaídas. No entiende el altruismo. Que alguien quiera hacer algo por otro por el mero hecho de hacerlo. La respuesta de Zorba es sencilla a la par que admirable: “¿No es posible que alguien haga algo sin un por qué? ¿Sólo porque sí? ¿Por gusto?”.

Hay más frases memorables del personaje que interpreta Quinn, y que dan mucho que pensar.

“La vida es problema. Sólo la muerte no lo es. Vivir es liarse la manta a la cabeza y buscarse problemas”. Justo lo contrario que calcular una y otra vez el siguiente paso a dar para al final no darlo y permanecer en la cómoda incomodidad (también llamada zona de confort).

El siguiente diálogo es genial:

-“Mi sesera está hueca, jefe, y se me ocurren ideas locas. Le podría arruinar”.

-“Acepto el riesgo”.

Entonces a Zorba se le ilumina la cara, le hacen los ojos chiribitas y responde:

-“Diga eso otra vez. ¡Me da valor!”.

Y a continuación emprende un frenético baile, como si estuviera fuera de sí, como si en ese momento no hubiera nada más importante en la vida. Cuando acaba, explica:

-“Cuando murió mi hijo de tres años todos lloraban menos yo. Me puse a bailar. Ellos decían: Zorba está loco. Pero fue el baile el que contuvo mi pena. Cuando estoy alegre hago lo mismo”.

Y es que la vida es riesgo. Cuando se elimina, le quitamos el sentido a todo. Por eso Zorba, al escuchar esa palabra, siente la imperiosa necesidad de celebrar la alegría que le invade con un sirtaki.

Otra frase de Zorba, tras obviar decir su edad pero haciendo entender que es ya avanzada nos habla de que nunca es tarde para nada: “aún hay bastante fuego en mí para devorar el mundo. ¡Por eso sigo luchando!”.

Ya es tarde, soy muy mayor, esto no es para mí… son excusas, nada más que excusas, para no asumir riesgos, para no esforzarse, para no poner un poco de picante a la vida, estemos en la etapa que estemos de la misma.

Ya finalizando la película, y casi a modo de despedida, Zorba le dice al que ha sido su jefe: “usted lo tiene todo, menos una cosa. ¡Locura! Y uno tiene que estar un poco loco. Si no, nunca se atreve a cortar la cuerda y ser libre.”.

Para finalizar, y mientras bailan juntos el sirtaki, se detiene por un momento, contempla la ruina a la que ha quedado reducido el trabajo de meses, y comenta: “¿Vio usted alguna vez un desastre más esplendoroso?”. Y comienza a reírse a mandíbula batiente, con unas carcajadas que nos ha ido regalando en diferentes momentos del film. Nos da así una última lección: algunas veces las cosas no saldrán como esperábamos. Tendremos obstáculos, desgracias, accidentes, malos momentos… Zorba nos enseña que ahí no acaba todo. Es sólo un punto y a parte. Tomemos perspectiva, pasemos el duelo si es necesario, contemplemos el esplendoroso desastre… riamos, bailemos un sirtaki, ¡y adelante, que la vida son dos días! Y la que nos toque vivir después va a tener mucho que ver con la forma en la que hayamos vivido esta.

Ah, y si vivimos así, no necesitaremos drogarnos. Incluso nos saltaremos algunas prohibiciones, sin hacer daño a nadie y poniendo mucho más sabor a la vida.

Creatividad

Si escuchas una voz dentro de ti que dice ‘no puedes pintar’, entonces pinta caiga quien caiga, y la voz será silenciada. Van Gogh

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Aproximadamente dos meses han pasado desde el último artículo. Aunque en Diario 16 he seguido escribiendo, tengo abandonados a mis lectores de El Sueño del Héroe, si es que alguno me queda. Podría rendirme, pensar que ha pasado mucho tiempo y que ya no tiene sentido volver a intentarlo. Que he dejado de escribir demasiadas veces y que estoy derrotado. Pero no. Mientras haya tiempo, nadie está derrotado. Esa es, al menos, mi filosofía. Puedes caer una vez, dos, tres, cien, cien mil. Pero si te levantas, no estás derrotado.

Hace unos años hice un curso de desarrollo personal. Tuve muchos formadores, muy buenos la mayoría. Alguno de ellos decía que cada uno, sin elegirlo, hablaba de aquello de lo que carecía. Es decir, si alguien tenía poca alegría en su vida, le tocaba hablar de ese tema. Yo dudo que fuera así, ya que, como digo, las ponencias, los talleres, las clases, eran magistrales. Pero quizá hubiera algo de cierto en eso.

Comento esto a modo de introducción, para explicar que, si hoy hablo de creatividad, quizá sea porque ando carente de ella. Me cuesta horrores escribir, no estoy muy inspirado en la cocina, no hago buenas fotos, en fin, nada de lo que requiere un mínimo de inspiración me sale bien últimamente. ¿O será falta de perseverancia? Porque, como veremos a continuación, la creatividad requiere dosis altas de esta virtud. Pero no me enrollo más. Vamos ya con el tema que nos ocupa.

Deseoso de encontrarme de nuevo con la creatividad perdida, me puse a explorar por Internet en busca de “trucos” para lograrlo. Fui apuntando, elaborando mi propia receta, y aquí te traigo el resultado.

Decía Picasso que la inspiración existe, pero ha de encontrarse trabajando. Ese es el primer paso. Si no hay trabajo, no hay resultados. Puedes tener un momento mágico, incluso una racha de ellos. Pero si no te pones a trabajar, antes o después te quedarás seco, vacío.

Es importante también fomentar la curiosidad, en el buen sentido de la palabra. Ser observador, salir a la calle con los ojos y los oídos abiertos. Fijarse en los pequeños detalles. Cualquier situación, cualquier objeto, una pequeña flor, el baile de una abeja, la risa de un niño, las formas de las nubes, todo puede ser motivo de inspiración. No te pierdas -al menos no todo el tiempo- en tus propios pensamientos. Mira, curiosea, observa, pregunta, interésate por lo que te rodea.

Hacer ejercicio es una buena forma de encontrarse con la inspiración. No hace falta que te pongas a correr maratones, ni que hagas todas las mañanas dos mil abdominales. Basta con que salgas a pasear a la calle o te des una vuelta por el campo. De esta forma, además, puedes poner también en práctica el consejo anterior. El ejercicio libera endorfinas, unas moleculitas similares a los opiáceos pero sin efectos secundarios. Nos ayudan a estar mejor con nosotros mismos, son fuente de alegría y placer, y ese estado puede ayudarnos mucho a encontrar ideas para nuestras creaciones. Muchos escritores, cuando se encuentran bloqueados, se ponen a pasear para romper ese bloqueo. Quizá tenga que ver con lo que decía Jack London: no puedes esperar a la inspiración, tienes que perseguirla con un bate de beisbol.

En cualquier caso, si no encuentras esas endorfinas y te sientes triste, aprovecha esa emoción. Dicen los que saben del tema que la tristeza es una emoción muy creativa. Saca lo que llevas dentro, vuélcalo sobre un papel, a ver qué sale. Puede incluso que te ayude a sentir mejor. A mí me sirve.

Dedica tiempo a cosas que te gusten. La lista de ejemplos podría ser interminable, así que te dejo que elabores la tuya propia… y la pongas en práctica. No digas que no tienes tiempo. Sabes que es una excusa.

Sal con tus amigos. Métete con ellos en un bar, pedid unas cervezas y conversad. Seguro que salen ideas que te sirven.

Lee todo lo que caiga en tus manos. Con un poco de criterio, pero lee, lee mucho.

Escribe a mano. La neurociencia ha demostrado que este ejercicio estimula las zonas del cerebro necesarias para ser una persona creativa (todos lo somos). También generan actitudes positivas, que ayudan a tener una vida más larga y más plena.

Lo mismo que con la lectura, pero con el cine. Ve muchas películas, fíjate en los diálogos. Apunta aquello que te llame la atención.

Y lo mismo con fotos, cuadros, canciones…

Métete en la cocina e inventa recetas. Es fácil. Sólo tienes que abrir la nevera, coger unos cuantos ingredientes, y mezclar. La cocina es como un juego. Sorprende a los tuyos con nuevos platos.

Dedica tiempo a estar en silencio. Puedes hacerlo meditando (dicen que la meditación produce cambios positivos en el cerebro, como la creación de nuevas conexiones neuronales), o, simplemente, sentándote en tu habitación o en un lugar solitario a contemplar un paisaje.

Relacionado con la anterior, vete a un lugar solitario y silencioso, y cuando lleves una hora contemplando el paisaje, o escuchando tu respiración, coge una libreta y anota todo lo que se te haya pasado por la cabeza.

Apunta tus sueños. Hazlo nada más levantarte, porque si no se te olvidarán.

Como ves, varios de los consejos anteriores precisan de llevar una libreta encima. Por tanto, hazlo, llévala. Puedes apuntar las ideas que se te ocurran en el móvil, o grabarlas de viva voz. Pero si las escribes estarás estimulando de otra forma tu cerebro, como hemos visto más arriba.

Escribe y/o dibuja con la mano contraria a la que utilizas habitualmente. Ello estimula el hemisferio derecho, responsable de la creatividad.

Ten un espacio de trabajo cómodo, limpio, espacioso, dentro de tus posibilidades.

No esperes a tener todo bajo control, porque te morirás esperando. Ponte en marcha aunque no creas estar suficientemente preparado. No intentes cosas, hazlas. Probablemente te equivocarás muchas veces y cometerás muchos errores. Conviértelos en aprendizajes.

Duerme suficiente y aliméntate bien.

Viaja. No hace falta que vayas a la otra punta del mundo. Seguro que hay sitios de tu ciudad que no conoces.

Juega. Yo te propongo alguna forma de hacerlo en los últimos consejos, por si te sirven.

Pregúntate: ¿qué tal si…? Sustituye los puntos suspensivos por todo lo que se te ocurra. Cuantas más ideas mejor.

Coge las tres últimas frases de los tres últimos chats de tu whatsapp. Combínalas en un texto (por ejemplo, un relato).

Fotografía todos los objetos azules que encuentres. Luego los verdes. Los rojos. Los amarillos. Haz un álbum con todas las fotos, o con las que más te gusten.

Son sólo algunas ideas. Si buceas en la red encontrarás más. Todas se resumen en una: trabaja, trabaja, y no dejes de trabajar. Sé perseverante. Y si quieres, me cuentas cómo te ha ido… o cualquier idea que se te ocurra diferentes de estas. La creatividad es contagiosa, pásala (lo dijo Einstein).

Ah, y no tengas miedo de la perfección. Nunca la vas a alcanzar. No lo digo yo, lo dijo Dalí.

 

 

De dioses y hombres

El dolor es el alimento esencial del amor; cualquier amor que no se haya nutrido de un poco de dolor puro, muere. Maurice Maeterlinck.

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“De dioses y hombres” es una película dirigida por el francés Xavier Beauvois y estrenada en 2010. Cuenta la historia de unos monjes franceses del monasterio cisterciense del Tibhirine, en Argelia. Allí conviven en plena armonía con los habitantes musulmanes de la zona, a los que atienden en un dispensario médico, y con los que colaboran en tareas agrícolas. El asesinato de unos trabajadores croatas por parte de fundamentalistas islámicos siembra el pánico en la región, y hace plantearse a los religiosos su continuidad en el país.

La película nos muestra con gran naturalidad la reacción de los monjes. Cómo aparecen los miedos, las dudas, las zozobras, la oscuridad. Cómo, en algunos momentos, sienten la ausencia de Dios, por el que dejaron todo, casa, familia, posesiones. Pero en esos momentos de miedo, los monjes, en lugar de salir corriendo, deciden poner un poco de pausa. Reflexionar, rezar, meditar, antes de decidir. Entonces las dudas desaparecen. Los que optaban por salir del país, son los primeros que, tras ese tiempo de reflexión, deciden quedarse. Al fin y al cabo, dicen, la vida ya la entregaron cuando decidieron hacerse monjes.

Esta última frase me invita a la reflexión. Pienso que uno no entrega la vida para echarse atrás en los momentos difíciles. Y cuando digo “entrega la vida” no me refiero únicamente a la vida religiosa. Me refiero también al matrimonio, o a cualquier otra situación en la que una persona toma una decisión para toda la vida. El amor se demuestra en los momentos difíciles. Cuando hay mariposas en el estómago no tiene mucho mérito. Es en la oscuridad, en la duda, en la dificultad, cuando uno tiene que demostrar que aquella promesa de fidelidad y de amor que hizo tiene sentido. Es ahí cuando se manifiesta el verdadero amor.

Leí hace tiempo que en tiempos de nuestros abuelos, si algo se rompía se arreglaba. Ahora, si algo se rompe se tira y se sustituye por algo nuevo. Sacerdotes secularizados, matrimonios divorciados, familias destrozadas… ¿Será porque se nos ha olvidado cómo se ama?

Dicen ahora, lo leí en la portada de un libro, que “si duele no es amor”. Yo no estoy de acuerdo. El amor a veces duele. Amar es renunciar a uno mismo, es entregarse al objeto amado, ya sea éste otra persona, Dios, o una institución. Y renunciar a uno mismo no es fácil. Cuando vienen mal dadas, duele. Pero se trata de un dolor sublime. Se me ocurre compararlo con el dolor que sufre un montañero que está subiendo una montaña difícil; o el de un corredor de maratón que sufre su soledad y las piernas le pesan; o el de un ciclista que corona un puerto difícil; o el de una madre, o un padre, que se cae de sueño en el trabajo porque por la noche se tuvo que levantar cien veces por el llanto de su bebé. Duele, sí. Pero es un dolor que merece la alegría.

Quizá arreglar las cosas, cuando éstas se rompen, duela. Quizá sea mucho más fácil deshacerse de ellas y sustituirlas por otras. Pero… viendo la historia de mis abuelos, y la de mis padres, no sé por qué me da que lo primero, aunque en algunos momentos duela, es mucho más satisfactorio.

Lo mismo debieron de pensar y vivir los monjes del Tibhirine. Tras superar los primeros momentos de duda y decidir seguir su vida en el monasterio, sin abandonar a los habitantes del pueblo, el miedo no desapareció. A nadie le gusta pensar que el día menos pensado le cortan el pescuezo. Pero vivieron ese miedo con amor, convencidos de que su vida ya la habían entregado hacía muchos años.

Crítica constructiva

Las críticas no serán agradables, pero son necesarias. Winston Churchill

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Escribo con los ecos del Madrid-Barcelona aún resonando en mis oídos. Un partido sobre el que se han escrito, y se escribirán aún, ríos de tinta. Pero no es del partido de lo que quiero hablar, sino de las críticas que la parroquia merengue ha dedicado a sus ídolos, incluido su entrenador. O, más bien, de lo que quiero hablar, y esas críticas me sirven para enlazar el tema, es de la crítica constructiva.

En coaching lo llamamos feedback de mejora. Y es que en coaching utilizamos, para mi gusto, demasiados anglicismos. Empezando por el nombre de la propia disciplina que ejercemos. Hablamos, en este caso, de feedback positivo, y de feedback de mejora. Bien podríamos hablar de crítica positiva —¡qué bien lo has hecho, sigue así!— o crítica constructiva —esto quizá lo podías haber hecho de esta otra manera y el resultado hubiera sido más positivo—. O de opinión positiva y opinión de mejora, retroalimentación positiva y retroalimentación de mejora… Podríamos encontrar suficientes sinónimos en castellano como para no tener que recurrir al inglés. Pero bueno, eso es harina de otro costal. Para el artículo de hoy, quedémonos con la palabra crítica. Crítica positiva, y crítica constructiva, o de mejora.

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Hasta el final

La actitud es una pequeña cosa que marca una gran diferencia. Winston Churchill.

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Cualquier aficionado al fútbol o al baloncesto sabrá que los Sergios están de moda. Tanto Sergio Ramos como Sergio Llull han sido protagonistas últimamente por sus goles y sus canastas en momentos decisivos de muchos partidos, goles y canastas casi imposibles, que daban la victoria a su equipo en los instantes finales.

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El control consciente de las emociones

Las emociones son invasivas, pero las podemos controlar. Susana Bloch

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Hace poco hablaba del inicio de mi colaboración con Álex González, y os presenté mi primer artículo para su blog, “Nosotros las personas“, en el que hablaba sobre la humildad.

Hoy es Álex el que se asoma a estas páginas, y nos presenta un artículo sobre algo que, a mi juicio, es fundamental conocer si queremos gobernar bien el barco de nuestra vida. Las emociones. Sin más, os dejo con Álex.

Hace apenas unos días, Alejandro Rubio colaboró en mi blog “Nosotros: las personas” con una entrada sobre la humildad, aprovechando que es ese el valor sobre el que estoy publicando este mes de febrero.

Le devuelvo su regalo con este artículo en el que reflexiono sobre algo que para mí es fundamental en cualquier etapa y situación de nuestras vidas en las que podamos pensar: las emociones.

Ya en mi primera publicación, allá por el 2012, decía que los seres humanos estamos hechos de emociones. Con ello hoy, 5 años después, reafirmo y ratifico la importancia de éstas para entender cualquier relación ya no sólo interpersonal, sino también intrapersonal (del yo conmigo mismo). En definitiva, según sean las emociones, pero sobre todo según sea nuestro control que sobre ellas ejerzamos, las situaciones pueden tomar un camino u otro.

Nuestros resultados y la consecución de nuestras metas en la vida dependen de las emociones mucho más de lo que queremos creer. Pensamos que ocultarlas nos hace más adultos, maduros y mejores y, desgraciadamente, vivimos acostumbrados a ignorar las emociones, que son para nosotros fuerzas incontrolables que surgen de un abismo ingobernable al que tememos asomarnos.

Pero debemos ser realistas; las emociones forman parte de nuestras vidas y nos transmiten información para comprender quiénes somos, cómo actuamos y cómo percibimos nuestro entorno.

Atender a las emociones es un trabajo consciente, pero realmente útil para tomar decisiones en nuestro día a día, reducir el estrés, ser más creativos, obtener mejores resultados, ser más empáticos, etc… en definitiva, para sacar lo mejor de nosotros mismos.

Cuando actuamos de manera equivocada, porque la emoción se apodera de nosotros, solemos excusarnos en que un agente externo ha sido el causante. Siempre es mucho más fácil echar culpas afuera que asumir que, aunque el agente provocador realmente exista, sólo nosotros tenemos acceso al interruptor que enciende o no la chispa que hace expandir la llama.

Por muy malo que sean nuestros días, por muy mala que sea la situación que estemos viviendo o por muy tóxica que sea la persona que tenemos a nuestro lado, sólo nosotros tenemos el poder de controlar nuestras emociones, mirar hacia otro lado, ver la parte positiva e intentar extraerla, aunque ésta sólo sea aprendizaje, ¡que ya es mucho! Siempre que aludo a este poder interior recuerdo el libro de “El hombre en busca del sentido” de Viktor Frankl, quien estando en una situación tan límite como ser un recluto de un campo de concentración nazi, fue capaz de determinar que aquellos que veían un sentido a la vida, aquellos que sabían ver el vaso medio lleno, eran los que finalmente tenían más posibilidades de aguantar tal calvario y sobrevivir.

Cierto es que todo esto requiere trabajo, y además un trabajo para nada fácil, porque uno tiene que ser consciente durante todo este proceso de control emocional y llegar a reconocer que es realmente la propia persona quien tiene la última palabra en cómo afrontar una situación, por muy complicada y límite que pueda llegar a ser.

Mi consejo:

“Siéntete dueño de tu propio yo y, aunque en ocasiones sientas que tu estado emocional te ha llevado a actuar de manera errónea, piensa que eso representa quizás haber perdido una batalla, pero no la guerra.

El aprendizaje y el haberte levantado siempre con más fuerza tras una caída te van a ayudar, sin duda, a reforzar tu inteligencia emocional y sentirte cada vez con más energía, con la que además podrás ayudar a otros a conseguir este trabajo interno y emocional cuando les veas flaquear”.

Lo que de verdad importa

Amar y sufrir es, a la larga, la única manera de vivir con plenitud y dignidad. Gregorio Marañón.

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Ayer vi la película que da título a mi artículo de hoy. Dos semanas antes había recibido un whatsapp, uno de esos anónimos que circulan por ahí y que nadie sabe quién ha escrito, previniendo contra el film de Paco Arango. Advertía que era una película anticristiana, y daba argumentos supuestamente basados en varias escenas y varias tramas de la película. No me fié ni por un momento de aquel mensaje, decidí leer otras críticas, y después de leerlas decidí ir al cine y contribuir con el pago de mi entrada a la Fundación Aladina, que es a quien va destinada la recaudación íntegra de “Lo que de verdad importa”. No me defraudó lo más mínimo. Es más, me encantó, me emocionó, y me dejó un fantástico sabor de boca que me duró toda la tarde y aún me dura.

Hace unos días leí en algún sitio una frase de esas que circulan por Internet. Decía que la vida no es para llevar, es para consumirla ahora. La película del director mexicano me hizo recordar esa frase. Y es que “Lo que de verdad importa” es un canto a la vida, un canto a la vida con mayúsculas. “Lo que de verdad importa” nos habla de consumir la vida ahora, de aprovecharla a tope y no dejarla para después, para cuando ya no quede nada, para cuando ya sea tarde. “Lo que de verdad importa” nos habla de lo que de verdad importa, permítaseme la redundancia. Sí, porque a menudo dejamos pasar la vida preocupándonos por cosas que no importan lo más mínimo, por nimiedades, por banalidades. Perdemos el tiempo, y nos perdemos la vida, preocupándonos por ganar más dinero a final de mes, por tener el móvil de última generación, por tener un coche que luzca mejor que el del vecino, por ponernos más fuertes en el gimnasio y más morenos en la playa o en la cabina de rayos UVA,… Cuando lo que de verdad importa son otras cosas. Lo que de verdad importa son las relaciones humanas, lo que de verdad importa es dar un golpe de aliento a quien lo necesita, lo que de verdad importa es estar al lado del que sufre, lo que de verdad importa es sonreír, es jugar, es reír hasta que duela el estómago, es bailar, es burlarse de los contratiempos, es cantar, cantarle a la vida y vivirla con intensidad, sean cuales sean nuestras circunstancias.

Es lo que hace Abigail (Kaitlyn Bernard), a pesar de haber sido desahuciada por los médicos debido a un cáncer sin cura (su regaliz, lo llama ella). Sabe que se va a morir, y sin embargo no tiene miedo a la muerte. Y si lo tiene, que es lógico y normal, lo afronta aprovechando a tope cada instante de su vida. En una magnífica escena de la película, Abigail da una gran lección a Alec (Oliver Jackson-Cohen) y a Cecilia (Camila Luddington), y de paso nos la da a nosotros, con la lectura de un bellísimo texto que ella misma ha escrito. Un texto en el que habla de la importancia de ser conscientes de nuestra respiración. Es algo en lo que no nos fijamos. Respiramos, y ello es lo que nos permite seguir viviendo. Y sin embargo lo hacemos inconscientemente, sin darnos cuenta de que es un grandísimo regalo. Abigail pide a Alec y Cecilia que sean conscientes de cada una de sus respiraciones, y que las vivan con intensidad. En el fondo, lo que les está pidiendo es que sean conscientes de que la vida es un regalo maravilloso, y que hay que aprovecharlo, minuto a minuto, instante a instante, entre otras razones porque, tengas cáncer o no, no sabes cuándo te vas a morir.

Abigail nos hace caer en la cuenta de que despertar cada día es un milagro .Cuando nos va mal nos quejamos y le preguntamos a Dios que dónde están los milagros, y como los milagros no llegan dejamos de creer en Él. No nos damos cuenta de que la vida misma es el mayor de los milagros, ni de que estamos rodeados de milagros por todas partes. La risa de un niño, el llanto de un bebé que pide de comer, el ladrido de un perro que quiere jugar, el vuelo de una mariposa, la hierba que cruje a nuestro paso, el sol que ilumina nuestros días, el susurro del mar muriendo en la orilla, la brisa acariciándonos la cara, el canto del ruiseñor que celebra un nuevo amanecer… ¿Hace falta poner más ejemplos?

“Lo que de verdad importa” es una película amable, una película mágica, una película divertida, enternecedora, verdadera, alegre, trascendente. “Lo que de verdad importa” nos habla con toda naturalidad de la vida, de la muerte, de la vida después de la muerte, de la enfermedad, de Dios, del poder de la oración, del perdón, de la risa, del llanto… “Lo que de verdad importa” no es, ni muchísimo menos, una película anticristiana, como decía aquel absurdo mensaje que comentaba al principio de mi artículo. Es una película para todos los públicos, en todos los sentidos. Mayores y menos mayores, cristianos y no cristianos, creyentes e incrédulos. Todo el que tenga un mínimo de sensibilidad, y un alma joven dispuesta a dejarse empapar por la magia de la vida puede y debe disfrutar de “Lo que de verdad importa”. Yo la vi ayer, pero, seguro, no será la última vez que la vea. Y tú, ¿la has visto ya?

La humildad

Cuando somos grandes en humildad, estamos más cerca de lo grande. Rabindranath Tagore.

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Con este artículo que a continuación enlazo, comienzo mi colaboración con Álex González y su blog “Nosotros: las personas“, que os invito a leer y seguir. En este caso, hablo de la humildad.

Gracias a Álex por permitirme asomarme a sus páginas. Todo un privilegio para mí. Podéis leer el artículo pinchando aquí.

Celebrar los fracasos

He fallado más de nueve mil tiros en mi carrera; he perdido casi trescientos partidos; veintiséis  veces han confiado en mí para lanzar el tiro que ganaba el partido y lo he fallado. He fracasado una y otra vez en mi vida y es por eso por lo que he tenido éxito. Michael Jordan.

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Ayer terminó mi contrato en la empresa en la que estaba trabajando. La semana pasada, mis jefes me reunieron en una sala, antes de comenzar mi jornada. Me dijeron que estaba trabajando bien. Muy bien, recalcaron. Estaban contentos conmigo. Muy contentos, insistieron. Pero no te podemos renovar, afirmaron. Como puedes imaginar, en ese momento me cambió la cara. Asistí impertérrito a las razones que argumentaron para mi no renovación, deseando que aquello terminase cuanto antes. Me dieron las gracias por mi trabajo -eres un currante magnífico, repitieron-, me extendieron un papel para que lo firmara, y… firmé, les di a ellos las gracias, un apretón de manos, y me incorporé, por penúltima vez -sí, después de aquello aún me quedaba otro día- a mi puesto de trabajo.

En ese momento no lo hice, pero me entraron unas ganas tremendas de llorar. De llorar de rabia, de pena, de impotencia… Aguanté el tipo, y me puse a trabajar. Haciendo bien mi trabajo, igual que cualquier día de los seis meses que allí llevaba. Durante la tarde, varias veces las lágrimas quisieron asomarse a mis ojos. Lo impedí. Aguanté, de nuevo, el tipo. Hasta que me quedé solo, en mi coche, camino a casa. Entonces sí. Entonces me desahogué, lloré, berreé, me lamenté. Como un niño. Como un hombre. Sí, porque los hombres también lloran. También lloramos. Si te han dicho lo contrario, te han engañado.

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Ha pasado una semana, justo una semana, de aquello. Y hoy me he ido al monte a celebrarlo. ¡¿A celebraro?! Sí, a celebrarlo. A celebrar mis seis meses en la empresa, dando cada día mi cien por cien. A celebrar todo lo que aprendí allí. A celebrar las maravillosas personas, a nivel profesional pero sobre todo a nivel humano, que allí conocí. A celebrar ese camino tan bonito que durante seis meses tuve la oportunidad de recorrer. A celebrar la que ha sido la mejor experiencia laboral de toda mi vida. A celebrar que ahora soy más sabio, más humano, más humilde, más grande. A celebrar mi fracaso.

Aunque… mirándolo bien, no ha sido mi fracaso. Repito que allí lo he dado todo, y he aprendido mucho. Han reconocido mi labor. El motivo de mi no renovación no es achacable a mí. Sus razones tendrán. Si alguien, en este caso, ha fracasado, ha sido la empresa. Por prescindir de un profesional y de una persona como yo.

En cualquier caso, vale, llamémosle fracaso. ¿Por qué no celebrar los fracasos? Dos párrafos más arriba he enumerado algunas de las razones por las que es bueno celebrarlos. En realidad, cuando fracasas, o cuando las cosas no salen como tu querías, como tú esperabas, tienes dos opciones. Puedes quedarte ahí parado, lamentándote de tu mala suerte, o puedes… celebrarlo, coger fuerzas, aprender de la experiencia, y seguir adelante. ¿Cuántos genios han fracasado antes de llegar a ser quienes fueron?

Los profesores de Albert Einstein dudaban de sus capacidades académicas. Empezó a hablar a los cuatro años y a leer a los siete. Abandonó la escuela -hoy lo llaman fracaso escolar- a los quince. Más tarde se supo que era disléxico.

Charles Chaplin fue rechazado por estudios de cine y productores porque no entendían su forma de actuar.

Steve Jobs fue despedido por sus socios de la empresa que él mismo creó. Después, uno de sus proyectos, Next, se convirtió en un pozo sin fondo para sus inversores.

Stephen King se deshizo de su primera novela, Carrie, ante el rechazo, una y otra vez, de los editores. Fue su mujer la que la recuperó de la papelera.

Steven Spielberg fue rechazado hasta tres veces por la University of Southern California. Finalmente, prefirió dejar los estudios.

Walt Disney fue despedido del periódico en el que trabajaba, por falta de imaginación y de buenas ideas.

Son sólo algunos casos. ¿Necesitas más? Si buscas en Internet puedes encontrarlos. Numerosos escritores, pintores, músicos, nunca vieron triunfar sus obras en vida.

Son ejemplos de que a veces, antes de llegar al éxito, hay que fracasar, una o muchas veces. El problema está en cuando no sabemos extraer el aprendizaje de esos fracasos. Cuando, como decía más arriba, nos quedamos lamentando nuestra mala suerte, cuando nos convertimos en víctimas en lugar de en responsables de nuestras vidas. Decía Nietzsche que lo que no te mata te hace más fuerte. Pero eres tú el que decide si tus fracasos te hacen más fuerte, o te hunden en tu propia miseria. Eres tú quien decide si te resignas o si te levantas y luchas de nuevo. Las veces que haga falta. Hasta que salga bien. Cada vez que fracases, celébralo. Llora si quieres. Es bueno. Pero después, celébralo.

Por desgracia, nos han enseñado, en este mundo competitivo, a enfocarnos en el resultado. Si el resultado no es el esperado se considera que hemos fracasado, que lo hemos hecho mal, y sentimos el rechazo de los demás, de la sociedad. Esa actitud hace que nos olvidemos del proceso, del camino a recorrer. Puede que no logremos lo que queríamos obtener, pero… ¿qué ha pasado durante el camino? ¿Qué has aprendido? ¿Qué te has llevado? ¿Qué te impide enfocarte en eso, en lugar de en el resultado? La diferencia entre los que triunfan y los que nunca lo hacen está ahí. En dónde pones el foco. ¿Lo pones en el resultado, o lo pones en el proceso?

Soy aficionado a la montaña, la cual es un claro ejemplo de lo que estoy diciendo. Un día sales de casa, con la intención de coronar un pico de dos mil metros. O de tres mil. O de quinientos. Y resulta que cuando estás llegando… cae la niebla y no puedes alcanzar la cima. ¿Has fracasado? ¡¡¡No!!! Ese pico va a seguir ahí, nadie se lo va a llevar. Puedes volver las veces que quieras e intentarlo de nuevo. Esta vez no ha podido ser, pero… ¿qué ha pasado durante el camino? Has podido disfrutar de la compañía de la gente que iba contigo, o de otros montañeros con los que te has cruzado; de la brisa que ha acariciado tu rostro; del sol que ha iluminado y dado calor a tus pasos; de las aves que, con sus cantos, han amenizado tu marcha; de la nieve, tan pura, tan blanca, tan fría; ¡de las mismas montañas, que nunca defraudan! Si eres montañero lo sabes: las montañas hablan. Hablan, y siempre dicen algo bueno. Siempre nos animan si hemos tenido una decepción, o refuerzan nuestra alegría si estamos celebrando algún éxito. Si no lo has probado, te animo a ello. Busca un buen guía, alguien que te acompañe -yo puedo hacerlo- y pruébalo. Descubre la sabiduría que las montañas te pueden ofrecer. ¡Eso sí es un antidepresivo, y no el Prozac!

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Estoy alargando demasiado el artículo y no quiero aburrirte más. Quédate con esto: los fracasos son parte del aprendizaje de la vida. Si un fracaso te tumba, nunca aprenderás nada. Sigue intentándolo. Hazlo mal si es necesario, pero hazlo. Hasta que te salga bien. Si no lo haces por miedo a hacerlo mal, por miedo al qué dirán, por miedo al fracaso, nunca aprenderás. ¿Quizá estás pensando que para que te quieran, o para que te valoren, tienes que hacerlo bien? ¿Tienes que triunfar a la primera? ¡Olvida eso! Si por no hacerlo bien te  rechazan, el problema es de ellos, no es tuyo. Y si demuestras que no te importa, les darás una lección. Te acabarán admirando. Aprovecha tus oportunidades, porque quizá no vuelvas a tenerlas. Si no las aprovechas, si te rindes antes de tiempo, quizá un día te lamentes. Porque el tiempo pasa y no vuelve. Hazlo, inténtalo, fracasa. Una vez, dos, tres, ochocientas. Y celébralo. Así, hasta que salga. Por supuesto, cuando salga, ¡¡vuelve a celebrarlo!! Pero esto será motivo de otro artículo: la celebración de los éxitos. Hoy brindo contigo porque inicio una nueva etapa.

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