Un giro

Si estos callan, hablarán las piedras. Lc, 19-40.

Va a hacer ya seis meses que no paso por aquí. Seis meses sin escribir una sola línea. Seis meses, sin embargo, que no han sido de inactividad. Ha sido un tiempo en el que mi vida ha cambiado, y en el que he pensado, he reflexionado, he sacado conclusiones, y, finalmente, he tomado decisiones. Una, en concreto, afecta a este blog, al proyecto con el que lo inicié, a los temas sobre los que en adelante escribiré, y, especialmente, al fondo de los artículos que desde ahora leerá por aquí el que me quiera seguir en esta nueva etapa. Vamos, que voy a dar un giro importante al blog.

Hasta ahora me he centrado en el crecimiento personal, en el coaching, y sobre ello he escrito. Eso no está mal. En su momento me ayudó, y yo también he podido ayudar a otras personas. Sin embargo, mis reflexiones, mi oración personal, y las sugerencias de una persona muy importante de mi vida, me han hecho darme cuenta de que eso no es suficiente. Si echo la vista atrás, puedo ver muy clara la acción de Dios en mi vida. Es Él quien me mueve, es Él quien me sostiene, es Él el que me dio la vida, y el que me dio, entre otras cosas, una serie de talentos. Uno de ellos, dicen algunos, es la capacidad de escribir bien. A Dios le debo todo, también eso, mi afición por la literatura, mi gusto por la escritura, y la capacidad de hacerlo bien. Y puesto que a Él se lo debo, creo que es justo que yo le devuelva a Él al menos una parte de lo que me da. Y digo una pequeña parte, porque por mucho que yo le dé, nunca podría devolverle ni una milésima de lo que Él me da cada día.

Es por eso, que a partir de ahora, Dios va a estar muy presente en los artículos que escriba. Unas veces hablaré directamente de Él, otras trataré de blandir mi pluma para defender la fe católica, la fe que me dieron mis padres, mis abuelos y mis maestros, y por la que me siento muy orgulloso. En otras ocasiones daré mi opinión -que, a menudo, resultará políticamente incorrecta- sobre temas de actualidad. Creo que ha llegado el momento de decirlo alto y claro: soy católico, y quiero ser, con la gracia de Dios -sin ella nada es posible en esta vida- coherente con esa fe.

Llevaba un tiempo dando vueltas a este giro, y de pronto, ayer mismo, me surgió la oportunidad de asistir a la proyección de un documental sobre los cristianos perseguidos en Irak. “Guardianes de la fe” era el título, y Jaume Vives su presentador. Tanto la presentación de Jaume, como, especialmente, el documental, terminaron de convencerme de que era necesario ese cambio del que te hablo. En Irak, y en otras partes del mundo, matan a los cristianos por el mero hecho de serlo. Ellos, pudiendo renegar de su fe para salvarse de la muerte, no lo hacen. Prefieren ser asesinados en nombre de Cristo, o perder sus casas y todas sus posesiones, antes de renunciar a su fe. Mientras, en Occidente, nos avergonzamos de decir que somos católicos, lo ocultamos, casi pedimos perdón por ello. Y por eso, se nos pedirá cuentas al final de la vida. Nos las piden ya esos cristianos, que prefieren perder la vida antes que perder a Cristo.

No me enrollo más. Espero volver pronto, y no pasarme otros seis meses sin dar señales de vida. Te animo a seguirme, a comentar mis artículos, a preguntarme lo que se te ocurra, a criticarme (siempre desde el respeto, si no, no publicaré tu comentario)… Estoy a tu disposición.

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Converso

Todos nos asomamos al mismo abismo. Raúl del Toro.

Si el Espíritu Santo entra en nuestra casa, ¿es posible hacer una película sobre Él?” Una frase, una pregunta, que no deja indiferente. O sí, porque las sensibilidades son infinitas. A quien no dejó indiferente la entrada del Espíritu Santo en su casa, en su familia, fue a David Arratibel, el director de “Converso”. En palabras suyas,

Toda mi familia se ha convertido a la fe católica.
La distancia con ellos se hacía cada día más grande, así que me propuse hacer una película para entender cómo el Espíritu Santo había entrado en sus vidas y, de alguna forma, también en la mía.
Una película de cariños, ausencias, vacíos y distancias.”

David era agnóstico cuando empezó a rodar la película, y sigue siendo agnóstico a día de hoy (que yo sepa). Sin embargo, su agnosticismo no le impidió acercarse al catolicismo, para tratar de entender qué le estaba pasando a su familia. O quizá fue precisamente ese agnosticismo el que le llevó a ello. Lo importante, lo interesante, es que Arratibel no se dejó llevar de unos prejuicios que a muchos nos impiden acercarnos a lo que no conocemos. Esos prejuicios que a algunos les impedirán ir al cine a ver esta magnífica película. Se perderán una obra de arte, y se perderán la oportunidad de aprender grandes lecciones de tolerancia, de diálogo, de cómo afrontar conversaciones pendientes.

No es sólo interesante que David se aproxime a conocer lo que les está ocurriendo a sus hermanas, a su madre y a su cuñado. Es que además, gracias a ello, también ellas conocen qué le ocurre a David, qué siente al no vivir el mismo proceso. Así, los espectadores tenemos la oportunidad de, de alguna manera, vivir una conversión desde dos puntos de vista: el del converso, y el del que no se convierte y no sólo no entiende nada sino que además puede llegar a sentirse extraño dentro de su propia familia.

“Converso” es una película que habla de la conversión de varias personas, las cuales nos cuentan su proceso. “Converso” es también una película que invita, como dice el propio Arratibel, a hablar de religión desde la normalidad. ¡Qué complicado! Religión, ese tema tabú que, junto con la política, provoca tantas discusiones en reuniones familiares. Ese tema prohibido que algunos quisieran relegar al ámbito de lo privado.

Quizá sea para eso, para animar a romper algunos tabúes, para lo que me animo a escribir sobre esta película en este blog, que es de coaching y crecimiento personal y no de religión. Por eso, y porque “Converso” también es una película sobre conversaciones pendientes. Esas conversaciones que no nos atrevemos a tener, y que vamos dejando día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, hasta que al final se pierden las vidas y con ellas la oportunidad de rescatar esas conversaciones. Algo de eso es lo que le pasaba a la familia Arratibel, y que yo no voy a contar aquí porque lo hacen mucho mejor el director y su familia en la película.

Dejar conversaciones pendientes puede acabar produciendo heridas muy difíciles de curar; no atreverse a abordar determinadas conversaciones puede dejar para siempre cerradas algunas puertas que, de abrirlas, podrían llevarnos a escenarios de dicha insospechados; las conversaciones pendientes muchas veces separan familias, rompen amistades, impiden relaciones de amor necesarias para dar color a este mundo que a menudo es gris; las conversaciones pendientes nos impiden conocernos mejor, nos impiden saber de las inquietudes de los que nos rodean, de por qué creen lo que creen o no creen en aquello que nosotros vemos tan evidente. Una conversación, en fin, abre puertas, cierra las que hay que cerrar, ayuda a explorar mundos inexplorables, nos abre al mundo de las infinitas posibilidades.

David Arratibel, en esta película, nos habla de todo esto, y lo hace de una manera sencilla y a la vez profunda. “Converso” es emotiva y también divertida. Lloras y al minuto estás riendo. Piensas, piensas mucho. Te haces preguntas. Deseas ponerte en la piel de los personajes, acercarte a ellos, hacerles preguntas. “Converso”, en fin, es una película que merece la pena. Y sería eso, una pena, que por prejuicios, por pereza, o por lo que sea, te la perdieras. Yo ya la he visto, y volveré a verla, para interiorizarla, para saborearla de nuevo, para volver a reír, a llorar, y para, por qué no, tratar de fortalecer mi débil fe.

Seas creyente, agnóstico o ateo, te animo a acercarte al cine a conocer a la familia Arratibel. Quizá te lleves algo bonito a casa. Y si no, si no te gusta tanto como a mí (y como a los jurados que ya la han premiado)… sólo habrás perdido una hora de tu vida, que es lo que dura la película.

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Pues nos drogamos

Si no vives peligrosamente, no vives. La vida sólo florece en el peligro. La vida nunca florece en la seguridad. Osho.

Zorba The Greek, 1964 http:/www.tuttartpitturasculturapoesiamusica.com;

No hace mucho vi, debajo de uno de esos carteles que prohíben jugar a la pelota, una pintada que rezaba como el título de mi artículo: pues nos drogamos. Me hizo gracia, y también me hizo reflexionar. Si bien es cierto que en algunos sitios tiene sentido esa prohibición, o al menos una restricción de horarios para velar por el descanso de los vecinos, últimamente esos cartelitos proliferan como setas, y en muchas ocasiones no parecen tener mucho sentido. Paseando por Madrid he visto carteles de esos en sitios en los que, por más que he mirado y por más que he tratado de imaginar, no he logrado encontrar el por qué de la prohibición.

Nos está tocando vivir unos tiempos llenos de paradojas. Por un lado, los llamados psicopedagogos alertan del peligro de las pantallas (consolas, teléfonos móviles, tablets, etc.). Por otro, en cada vez más sitios se prohíbe jugar a la pelota, montar en bici, patinar… Eso, por no hablar de los peligros, en mi infancia casi inexistentes, de salir a jugar a la calle sin necesidad de demasiado control paterno.

Pero la esquizofrenia no acaba ahí. O quizá sí, quizá acaba ahí, porque ese tipo de paradojas, hasta cierto punto menores, tienen su origen en otras de mayor calado. Tengo la sensación de que nuestra sociedad es una sociedad paracaídas. No nos atrevemos a hacer nada sin ese (u otro) elemento de protección. Vivimos rodeados de miedos,  en muchas ocasiones imaginarios, calculando hasta el infinito el próximo paso a dar. Además, les inculcamos esos miedos a los niños casi desde que nacen. Cuando yo era pequeño pasaba los veranos en la calle, montando en bici (sin casco), me caía innumerables veces y las heridas en codos y rodillas formaban parte del uniforme veraniego. Cuando me caía, a veces me levantaba y seguía como si nada, y otras, las más aparatosas, lloraba, iba a casa en busca de un “cura-sana” de mi madre y un poco de mercromina, y otra vez a la calle.

Ahora eso es impensable. El casco es imprescindible, y a eso hay que sumar las coderas, las rodilleras y dentro de poco inventarán algún tipo de peto que convierta a los pequeños ciclistas que comienzan a dar sus primeras pedaladas en una suerte de Don Quijote subido a un caballo de dos ruedas. Las caídas son improbables, pero si ocurren, el drama es mayúsculo. Ahí se acaba la diversión.

Quizá estoy exagerando un poco, pero es sólo un ejemplo de lo que ocurre en nuestra sociedad. Protegemos tanto a los niños que cuando llegan a adultos no son capaces de defenderse fuera del mundo de cristal en el que han crecido. El mínimo problema, la más pequeña contrariedad, lleva a la gente al psicoanalista, donde se dejan los cuartos durante sesiones y sesiones, averiguan de dónde vienen (supuestamente) todos sus traumas, pero nunca resuelven el problema. Como decía Víktor Frankl, se ha sustituido al sacerdote, al rabino o al pastor por el psiquiatra, cuando en muchas ocasiones no existe ningún tipo de enfermedad (y lo decía un psiquiatra). Lo único que ocurre es que la vida no es ningún cuento de hadas. Y hay que lidiar con varapalos diversos, muertes, enfermedades, despidos laborales, quiebras económicas, períodos eternos de desempleo, y un largo etcétera. No es necesario ir al médico ni atiborrarse a pastillas. Únicamente hay que aprender a aceptar las dos caras de la moneda que es la vida: alegría y dolor.

A nuestra sociedad paracaídas le molesta la lluvia, y en cuanto caen cuatro gotas corre despavorida a protegerse, no se le vaya a estropear el peinado; no le gusta andar más allá de la esquina de casa, y si hay que recorrer un tramo mayor de un kilómetro recurre al coche (para después quejarse del cambio climático); no le gusta pasar calor, así que en cuanto la temperatura sube de los treinta grados centígrados pone el aire acondicionado; tampoco le gusta pasar frío, y por debajo de los veinte grados ya conecta la calefacción; por supuesto, ni se le pasa por la cabeza montar una empresa, eso es arriesgar demasiado y es sólo para locos o para gente extremadamente preparada (la sociedad paracaídas no da un sólo paso si no se siente muy, muy, MUY preparada); ni que decir tiene que  de entregarse al cien por cien a una persona, sin saber si la correspondencia va a ser plena, ni hablamos; y claro, si en las relaciones humanas se calcula de esa manera, cómo va a caber en la cabeza que a jóvenes guapos, listos y con carrera se les ocurra hacerse sacerdotes o meterse en un convento de clausura para toda la vida.

Estos miedos quizá tienen mucho que ver con esa sociedad de bienestar que nos venden en occidente. Vivir con la máxima comodidad y con el mínimo esfuerzo. Esto se refleja también en las generaciones más jóvenes. Para esquivar problemas, se evita poner límites. Es más cómodo colocar al niño delante de una pantalla, ya sea la de la televisión, la del ordenador, la tablet, o darle un móvil, que enseñarle a desarrollar la imaginación y a elaborar sus propios juegos. Es más cómodo también decirle a todo que sí para que no llore, o no nos monte el numerito, que mantenerse firme ante una serie de normas concretas.

¡Normas! ¡Deberes! ¡Límites! Palabras tabú en nuestra sociedad. No hace mucho leí en un periódico de gran tirada nacional un artículo que afirmaba que los niños no debían obedecer, ni a sus padres, ni a sus profesores, ni a nadie. Luego, eso sí, llegan los lamentos, cuando el niño se convierte en adolescente y es ya ingobernable.

Quizá pueda pensar el lector que qué tienen que ver unas cosas con otras. Para mí están relacionadas, y las dejo ahí, para la reflexión de cada uno. Pienso que vivir una vida atenazada por los miedos, una vida encorsetada, mediocre, volando raso cuando se puede volar alto, tiene algo que ver con vivir una vida cómoda, ramplona, sin esfuerzo.

Tenía parte de mi artículo ya en la cabeza, y antes de escribirlo he visto una gran película de los años sesenta. En ella he encontrado frases maravillosas que refuerzan un poco mis tesis. Estoy hablando de “Zorba el griego”. Un soberbio Anthony Quinn representa a Zorba, un griego sin oficio conocido que se ofrece a ayudar a un escritor americano que viaja a Creta con la idea de recuperar una antigua mina que heredó de su familia. Zorba, un hombre sin estudios, demuestra tener una sabiduría de la vida que muchos sabios y entendidos de hoy (y de todos los tiempos) quisieran para sí.

Cuando, en el barco en el que viajan a Creta, Zorba aborda al que será su jefe, se entera de cuál es su propósito, y se ofrece a ayudarle. Éste, sorprendido, le pregunta que por qué quiere hacerlo. Es algo que le ocurre también a nuestra sociedad paracaídas. No entiende el altruismo. Que alguien quiera hacer algo por otro por el mero hecho de hacerlo. La respuesta de Zorba es sencilla a la par que admirable: “¿No es posible que alguien haga algo sin un por qué? ¿Sólo porque sí? ¿Por gusto?”.

Hay más frases memorables del personaje que interpreta Quinn, y que dan mucho que pensar.

“La vida es problema. Sólo la muerte no lo es. Vivir es liarse la manta a la cabeza y buscarse problemas”. Justo lo contrario que calcular una y otra vez el siguiente paso a dar para al final no darlo y permanecer en la cómoda incomodidad (también llamada zona de confort).

El siguiente diálogo es genial:

-“Mi sesera está hueca, jefe, y se me ocurren ideas locas. Le podría arruinar”.

-“Acepto el riesgo”.

Entonces a Zorba se le ilumina la cara, le hacen los ojos chiribitas y responde:

-“Diga eso otra vez. ¡Me da valor!”.

Y a continuación emprende un frenético baile, como si estuviera fuera de sí, como si en ese momento no hubiera nada más importante en la vida. Cuando acaba, explica:

-“Cuando murió mi hijo de tres años todos lloraban menos yo. Me puse a bailar. Ellos decían: Zorba está loco. Pero fue el baile el que contuvo mi pena. Cuando estoy alegre hago lo mismo”.

Y es que la vida es riesgo. Cuando se elimina, le quitamos el sentido a todo. Por eso Zorba, al escuchar esa palabra, siente la imperiosa necesidad de celebrar la alegría que le invade con un sirtaki.

Otra frase de Zorba, tras obviar decir su edad pero haciendo entender que es ya avanzada nos habla de que nunca es tarde para nada: “aún hay bastante fuego en mí para devorar el mundo. ¡Por eso sigo luchando!”.

Ya es tarde, soy muy mayor, esto no es para mí… son excusas, nada más que excusas, para no asumir riesgos, para no esforzarse, para no poner un poco de picante a la vida, estemos en la etapa que estemos de la misma.

Ya finalizando la película, y casi a modo de despedida, Zorba le dice al que ha sido su jefe: “usted lo tiene todo, menos una cosa. ¡Locura! Y uno tiene que estar un poco loco. Si no, nunca se atreve a cortar la cuerda y ser libre.”.

Para finalizar, y mientras bailan juntos el sirtaki, se detiene por un momento, contempla la ruina a la que ha quedado reducido el trabajo de meses, y comenta: “¿Vio usted alguna vez un desastre más esplendoroso?”. Y comienza a reírse a mandíbula batiente, con unas carcajadas que nos ha ido regalando en diferentes momentos del film. Nos da así una última lección: algunas veces las cosas no saldrán como esperábamos. Tendremos obstáculos, desgracias, accidentes, malos momentos… Zorba nos enseña que ahí no acaba todo. Es sólo un punto y a parte. Tomemos perspectiva, pasemos el duelo si es necesario, contemplemos el esplendoroso desastre… riamos, bailemos un sirtaki, ¡y adelante, que la vida son dos días! Y la que nos toque vivir después va a tener mucho que ver con la forma en la que hayamos vivido esta.

Ah, y si vivimos así, no necesitaremos drogarnos. Incluso nos saltaremos algunas prohibiciones, sin hacer daño a nadie y poniendo mucho más sabor a la vida.

Vivir una gran pena

Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel. Gandhi.

Ayer recibí un mensaje de una persona desconocida. Me contaba que navegaba en la red en busca de lecturas de ciertos temas, y cayó en este blog. Leyó varios artículos, le gustaron, y decidió escribirme. Me decía que lo estaba pasando mal, peor que nunca en su vida. Decidí contestar, y a vuelta de correo me explicó su pena. Su madre ha fallecido hace poco, y no puede soportarlo.

Me quedé sin palabras. Yo tampoco podría soportarlo. Y es que no hay nada en el mundo, al menos yo no lo imagino, peor que la pérdida de una madre. O de un padre. Mis padres son para mí lo mejor que tengo en mi vida. De hecho, no me la imagino sin ellos. Sé que llegará un día en que tendré que hacerme a la idea, es ley de vida. Pero pido a Dios todos los días que ese momento aún tarde mucho en llegar. Mis padres lo son todo para mí. Me han dado la vida, y me han dado muchas cosas más. Soy lo que soy gracias a ellos. No me resulta muy complicado, por eso, ponerme en la piel de esta persona que acaba de perder a su madre.

Sin embargo, la vida es así. Así de grande, así de bella, así de misteriosa, así de cruel. Y así hay que vivirla, no queda otra. Con sus alegrías y con sus tristezas. Porque sí, las tristezas también hay que vivirlas, y hay que expresarlas, y sentirlas, y pasar por ellas. No vale hacerse el fuerte. No sirve, no ayuda. Cuando uno pierde a un ser querido tiene que llorar, y tiene que no tener ganas de hacer nada, sobre todo si lo que hace le recuerda a ese ser querido. Cuando uno pierde a un allegado tiene que pasar un proceso de duelo, y no querer aparentar que la vida sigue y aquí no pasa nada. Efectivamente, la vida sigue, pero de otra manera. Y antes de que siga, hay que pararse para asimilar el mazazo que la propia vida nos ha dado. Ésta no va a dejar de ser maravillosa, pero en esos momentos es oscura, absurda, amarga, despiadada, inhumana, invivible. Por eso quizá lo único que nos apetezca sea escondernos bajo las sábanas y dormir veinticuatro horas al día para no pensar, para no sentir, para no tener que beber ese trago tan amargo. Todo eso no es malo. Es humano, y por ello hay que pasar. Sin querer hacerse el fuerte ni pretender acortar el período de duelo.

No obstante, llega un momento en que hay que salir de la cueva. Aunque aún duela. Alrededor seguro que tenemos personas que también han perdido a ese ser querido. Podemos acercarnos a ellas y vivir con ellas nuestra tristeza, que también es la suya. Preguntarles cómo se sienten, aunque ya lo sepamos. Porque hablar de lo que se siente ayuda a procesarlo mejor. Abrazarles, llorar con ellos, salir a caminar, hacer cosas juntos.

También es bueno volver pronto a la vida de siempre, a la cotidianidad. Aunque ya no sea lo mismo sin esa persona. Aunque se nos rompa el alma y se nos desgarre el corazón cuando pasemos por los mismos sitios por los que pasábamos con esa persona que ya no está. Aunque las lágrimas afloren y no encontremos consuelo cuando llevemos a cabo esa actividad que tan a menudo compartíamos con esa persona. Aunque duela, aunque el peso parezca insoportable, es necesario cargar con él para seguir viviendo. Poco a poco nos iremos sintiendo mejor. Y la persona que se ha ido nos ayudará, porque aunque ya no la podemos ver, sigue ahí. Camina a nuestro lado, sigue nuestros pasos, nos sonríe, nos alienta, y nos espera al otro lado de la puerta, para volver a reunirse con nosotros, para fundirse en una abrazo sin fin, el día que a nosotros también nos toque traspasar dicha puerta.

Un abrazo muy fuerte, María José, amiga desconocida. Vive una vida con mayúsculas, porque es el mejor regalo que le puedes hacer a tu madre. Aunque ahora no tengas fuerzas ni para dar un paso. Adelante, siempre adelante.

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Vive ahora

Si la oportunidad no llama, construye una puerta. Milton Berle.

Más de tres meses sin escribir. Eso debería hacerme abandonar, ¿no? Tanto tiempo, que mis lectores, si alguno me queda, ya se habrán olvidado de mí. Además, si hasta ahora no he conseguido ser constante, ¿por qué habría de serlo de aquí en adelante? He fracasado.

¿Te suena lo que acabas de leer? ¿Te lo has dicho alguna vez? ¿Has tenido la tentación de abandonar cualquier actividad, simplemente porque lo has intentado ya muchas veces y no lo has logrado? Normal que te sobrevenga el desaliento. Que te desanimes. Que decidas mirar para otro lado. Pero entonces sí que habrás fracasado. Sólo entonces, si te rindes definitivamente, habrás fracasado.

Sin embargo, siempre hay una nueva oportunidad para intentar sacar adelante lo que de verdad quieres sacar adelante. Una afición, un trabajo, una relación, lo que sea, para todo hay una segunda oportunidad. Y una tercera, una cuarta, y hasta una enésima. Y si perseveras, y de verdad lo quieres, acabará saliendo.

Acabamos de empezar el año, típica época en la que todos hacemos propósitos de mejora. No voy a escribir sobre ello, ya lo hice en su día. Si quieres recordarlo, puedes hacerlo pinchando aquí. También lo podrás leer en los próximos días en Diario16, donde también escribo. Te recomiendo que lo hagas, para lograr una mayor efectividad en todo lo que te propongas. Hoy, más bien -y después de toda esta parrafada- quería escribir sobre la provisionalidad de la vida. No sé si es el nombre correcto para definir lo que tengo en la cabeza, pero te lo explico, y si se te ocurre un nombre mejor me lo dices.

A menudo vivimos -a mí al menos me pasa- esperando que ocurra algo para vivir de verdad. Esperando algo que creemos necesario para que nuestra vida pueda ser plena. Esperando una pareja para formar una familia, esperando un mejor trabajo o mayor estabilidad laboral, esperando tener más dinero para llevar a cabo este o aquel proyecto, esperando un mejor estado de salud, esperando, esperando, esperando. Y mientras, nos olvidamos de vivir. Nos olvidamos de que la vida, sean cualesquiera nuestras circunstancias, está pasando, y no espera a nadie. No espera a esa pareja, ni ese contrato maravilloso, ni que te toque la lotería. La vida pasa, y además lo hace muy deprisa. De pronto uno mira atrás y… ¡menudo susto! La cantidad de años, de oportunidades desaprovechadas, de momentos perdidos, de ilusiones desvanecidas, de besos no dados, de palabras no dichas, de intenciones que se quedaron en el camino… Y todo por… ¡miedo! Miedo a perder, miedo a equivocarnos, miedo a hacer el ridículo, miedo a que nos digan que no una vez más, miedo a fracasar. Y a veces también por orgullo. ¿Cómo voy a pedir perdón a aquella persona, con el daño que me hizo? ¿Cómo voy a pedir una nueva oportunidad, si la cagué hasta el fondo? ¿Cómo voy a proponerle esto si me va a decir que no? Y nos quedamos deseando hacerlo y esperando a que sea la otra persona la que dé el paso… mientras quizá la otra persona está esperando lo mismo.

Pienso que todo son excusas. Esa espera de cosas o circunstancias que no sabemos si llegarán -si no vamos tras ellas seguro que no llegan- no son más que excusas para no afrontar esos miedos, o para no bajarnos del caballo de nuestro orgullo. Y, parapetados tras esas excusas, se nos pierde la vida, se nos escapa a chorros entre los dedos. Hasta que un día miremos atrás, miremos después hacia adelante, y nos demos cuenta de que ya no nos queda tiempo. Bueno, pues si llega ese momento… ¡es que estás vivo, y por tanto sigue habiendo tiempo! No importa lo que hayas tardado en darte cuenta, ni la edad que tengas, ni el tiempo que te quede. Si lo piensas bien, tengas veinte años, cincuenta o noventa, no sabes el tiempo que te resta de vida. Por tanto… ¡vívela a tope! Arriesga, juega, ríe, ama, crea, pide, da, llora, abraza, ¡invéntate tu propia vida! Pero hazlo ya. No esperes a mañana, porque no sabes si mañana llegará.

¡¡Feliz año, mis héroes!!

¿Por qué siempre se van los mejores?

La muerte no es más que un cambio de misión. Leon Tolstoi.

No entraba en mis planes escribir este artículo. Preferiría no estar haciéndolo. Es de esas cosas sobre las que a uno no le gusta escribir. Pero a veces la vida manda. Y aunque parezca injusta… sigue siendo bella, a pesar de todo.

Lo acabo de leer en Facebook. Rafa Lozano nos ha dejado. Con cuarenta y seis años, una mujer maravillosa, Lola, y seis hijos. Una vida bien vivida. Una vida llena de alegría, aun con  las dificultades, los baches, los obstáculos.

¿Que quién era Rafa? Rafa era un hombre bueno. Un hombre ejemplar. Un hombre alegre. Un hombre valiente. Un hombre fuerte. Un hombre lleno de entusiasmo y que contagiaba entusiasmo. Rafa Lozano era un hombre con mayúsculas. Mi relación con él no era estrecha, de hecho hacía mucho que no le veía. Alguien me dijo hace unos meses que estaba enfermo. Yo no pensé que era para tanto. Algo pasajero, me dije. Quizá era un deseo. Un deseo de que Rafa siguiera entre nosotros, repartiendo amor como lo hacía.

No teníamos, digo, una relación estrecha. Pero mi admiración y mi cariño hacia él nunca desaparecieron. Le conocí hace unos veinte años, quizá algo más, y enseguida descubrí en él a alguien especial. Compartimos algunos momentos mágicos, llenos de risas, de alegría de entusiasmo. Rafa dejó en mi corazón una huella indeleble. Fue para mí una de esas personas ejemplares, una de esas personas a las que te gustaría imitar, de las que te gustaría que te contagiaran su alegría y su pasión por vivir. Una de esas personas de las que dices, “yo de mayor quiero ser como él”. No teníamos una relación estrecha, pero la noticia de su fallecimiento ha caído sobre mí como una losa.

Dicen que Dios siempre se lleva a los mejores soldados. Los quiere junto a Él. Es algo que nunca he logrado entender. Si este mundo está tan revuelto… ¿no sería mejor mantenerlos aquí un rato más? Sin embargo, dicen también que sus planes no son los nuestros. Y que no los podemos entender. Si lo entiendes, decía San Agustín, entonces no es Dios. Así que… habrá que aceptarlo así, a pesar de no comprenderlo. La vida está para vivirla, no para entenderla. Y eso sí que lo entendió bien Rafa Lozano. Vivió su vida con mayúsculas, la exprimió hasta el último suspiro. Aunque hubiera cosas que no pudiera comprender. Corrió bien su carrera… y ahora está donde están los mejores. En la habitación de al lado. Descansa en paz, Rafa. Y acuérdate un poquito de nosotros, allá donde estés.

Mi más sincero pésame para ti, Lola. No me recordarás, coincidimos pocas veces. Pero yo sí me acuerdo de ti, de tu sonrisa, de tu alegría, igual que la de Rafa. Dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, y en este caso esa máxima se cumplía a raja tabla. Un abrazo grande para ti y tus seis hijos. Mis oraciones son hoy para vosotros.

Septiembre

Sólo triunfa en la lucha por la vida aquel que tiene la paciencia en sus buenos propósitos e intenciones. Proverbio árabe. 

Hay dos fechas señaladas en las que solemos hacer nuevos propósitos de mejora, o renovar los que ya hemos hecho una y mil veces. Una de ellas es a principio de año. Enero siempre está lleno de buenos propósitos. La otra es septiembre. Acaba el verano, empieza el nuevo curso… y todos queremos una vida mejor. Quizá sea una forma de huir de eso que llaman “depresión postvacacional”. Pues bien… septiembre ha llegado. Atrás quedaron las vacaciones, la playa, la montaña, las veladas eternas hasta la madrugada, los atascos kilométricos huyendo de las ciudades. Decimos adiós a todo eso… y damos la bienvenida a la vuelta al cole, a los atascos, también, pero ahora para ir y volver de trabajar, a los madrugones, a las caras de sueño, y, muy habitualmente, a la queja constante. Damos la bienvenida a la rutina.

Y mientras escribo estas líneas, me van viniendo ideas sobre las que escribir. Pensaba hacerlo sobre los propósitos, y es en ello en lo que me quiero centrar. Pero en las pocas líneas que llevo escritas ya han salido un par de cosas más (o tres): la rutina, la queja constante, y la depresión postvacacional. Esta última, normalmente, dura poco. Pero la alargamos, de alguna manera, con esa queja sobre nuestra vida. ¿Qué tal vas con eso? ¿Y con la rutina? Bueno… como decía, quiero centrarme en los propósitos, como hacer buenos propósitos. Pero si se te ocurre algo acerca de esas otras cosas, cuéntamelo. Más adelante escribiré sobre ello.

Vamos con los propósitos. Esas buenas intenciones que nos vienen a la cabeza cuando llega el nuevo curso. Esas buenas intenciones… que a menudo se quedan en eso, en intenciones. Empezamos con ganas y mucha ilusión a ponerlas en marcha, pero poco a poco se van diluyendo. Eso, cuando las ponemos en marcha. Porque a veces ni eso. A veces quedan apuntadas en un papel, cuando no en un rincón olvidado de nuestra memoria.

Concreta tus propósitos.

¿Qué podemos hacer para que esto no ocurra? Por un lado, que sean concretos. De nada sirve hacer un montón de propósitos, si no concretamos. Además, es mejor no hacer muchos. En caso contrario,  nos aturullaremos y perderemos la fuerza, las ganas y la ilusión.

¿Qué es un propósito concreto? O mejor, ¿qué no lo es? Por ejemplo, un propósito no concreto sería “voy a hacer deporte”. Perfecto, vas a hacer más deporte. Pero… ¿qué deporte vas a hacer? ¿Cuántas horas a la semana le vas a dedicar? ¿Qué días? ¿A qué horas? ¿Cuándo vas a empezar? Voy a salir a correr los martes y los jueves, durante media hora, de ocho a ocho y media de la tarde. ¡Genial! Ahora sí tienes un propósito concreto.

Que tus propósitos sean realistas.

Además de concretos, los propósitos han de ser realistas. ¡Y cuidado con la palabra realista! A menudo la utilizamos como la excusa perfecta para no hacer nada. No, es que eso no es realista. Lo digo, me lo creo, y permanezco en mi zona de confort, tan tranquilo.

No hace falta que te explique qué es y qué no es realista. Lo sabes bien, y también sabes cuándo te estás engañando al utilizar esa palabra mágica. Pero volviendo al ejemplo de salir a correr, no sería muy realista proponerse a salir todos los días dos horas, cuando uno no ha corrido en su vida y además tiene un sobrepeso que asusta. Algo más realista sería empezar poco a poco, y mejor andar que correr hasta tener un mínimo de forma física.

¿Y qué sería engañarse con la palabra realista? Pues, por ejemplo, decir: no, eso de que yo empiece a hacer ejercicio no es realista. No lo he hecho nunca (o hace muchísimo que no lo hago) y tengo setenta años. ¿Y? La edad no es excusa, o no debería serlo. Ponte a ello, poco a poco, bajo la supervisión de un médico que te diga qué puedes y qué no puedes hacer. Verás cómo en no demasiado tiempo tu cuerpo (y tu espíritu) lo agradecen.

Crear un hábito nuevo no es flor de un día.

Ya tenemos dos ideas. O mejor, tres: que sean pocos, que sean concretos y que sean realistas (sin autoengaños, ni por exceso ni por defecto). ¿Qué más podemos hacer para sacar adelante nuestros propósitos? Algo más a tener en cuenta es que las cosas no se consiguen de un día para otro. Ni de una semana para otra. Se requiere tiempo, esfuerzo, dedicación, constancia… Se requiere “crear hábito”. ¿Y cómo se crea un hábito? Repitiendo las cosas. A base de repetir, el cerebro va estableciendo nuevas conexiones neuronales, las cuales van siendo cada vez más fuertes. Y entonces, cada vez nos cuesta menos lo que antes nos costaba un montón. Los expertos dicen que para crear hábitos de actividades sencillas hacen falta veintiún días. Si es algo más complicado, la cosa sube a sesenta y seis. Y si ya se trata de algo mucho más complejo, nos harán falta al menos noventa días de repetición para crear hábito. Así que ya sabes: paciencia, que aunque ahora te cueste mucho, si perseveras, con el tiempo acabará siendo fácil.

Haz cosas que te gusten, que te hagan sentir vivo.

Algo importante, condición sin la cual va a ser difícil (que no imposible) que cumplas los propósitos: que sea algo que te guste, que dé sentido a tu vida. Si te propones hacer deporte, pero cada vez que piensas en ello te entra un enfado de narices, encuentras mil cosas mejor que hacer, y si finalmente lo haces acabas de mala leche… quizá eso no sea para ti. Mejor búscate otra afición que te haga sentir bien.

¡Celébralo! 

Y voy a terminar con una idea más que te puede servir para lograr tus propósitos. Quizá haya más, seguro que las hay. Pero como estamos hablando de concreción… creo que con estas te puede bastar para lograrlo. No obstante, si se te ocurre alguna estaré encantado de que me la cuentes en los comentarios.

La última de la que te quería hablar, es la celebración de los progresos. Márcate metas, por ejemplo semanales (como mucho quincenales, ya que alargándolo más se corre el riesgo del abandono). Y si las consigues cumplir… ¡prémiate! Si te has propuesto salir a correr cuatro días en semana, y lo vas cumpliendo, cada dos semanas celébralo. Pero que esa celebración, igual que los propósitos, sea concreta. Y que sea algo que te llene de verdad, que te haga sentir pleno, algo que te encante hacer y no hagas muy a menudo. Apúntalo en tu agenda, junto con el propósito. Y no lo dejes pasar, celébralo, prémiate. Esperar ese premio, saber que al cabo de dos semanas hay algo que ansías, esperándote, te ayudará a perseverar en los momentos difíciles. Ah, y si no lo consigues, ¡no te castigues! Sé compasivo, y comprensivo, contigo mismo, y vuelve a empezar. Una vez, dos, tres, las que haga falta. Hasta que lo consigas.

Ahora no tienes excusa. ¿Cuáles son tus propósitos?

Pequeños cambios

La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos. Marco Aurelio.

Estos días atrás he recurrido varias veces a mi antiguo blog, “La Belleza”. Lo he echado de menos. Entonces me he preguntado, ¿son incompatibles “La Belleza” y “El Sueño del Héroe”? La respuesta es que no, no lo son. Entonces, ¿qué puedo hacer? Podría reabrir “La Belleza”, pero eso supondría más trabajo de mantenimiento y cierta dispersión. Pero lo que sí puedo hacer es ampliar los temas de este blog, de “El Sueño del Héroe”. Cerré un blog y empecé otro con el fin de abrirme camino en el mundo del coaching y del crecimiento personal. Sin embargo, el tipo de artículos que escribía en “La Belleza” tienen mucho que ver con ese crecimiento personal. Al fin y al cabo, escribía historias bellas, cosas que, bajo mi punto de vista, podían contribuir a crear un mundo mejor.

Por tanto, a partir de ahora, ampliaré en cierta medida el rango de temas sobre los que escribiré en este blog. Seguiré escribiendo sobre coaching y crecimiento personal, y, además, escribiré historias que me resulten inspiradoras. Historias que encuentre por Internet, o en los libros, en el cine, o que alguien me cuente… e historias que yo mismo pueda inventar, en forma de relatos, poemas (este género lo tengo menos cultivado), etc. Al fin y al cabo se trata de sonreír a la vida, y así convertirla en algo más pleno, más alegre, más feliz, más amoroso.

Seguimos adelante. ¿Me acompañas?

Elecciones en España

Ellos se ríen de mí por ser diferente. Yo me río de todos por ser iguales. Kurt Cobain

A pesar del título de mi artículo, no pretendo hablar de política. Tampoco pretendo defender a una ideología ni denostar a la contraria. No me decanto, mucho menos en estas páginas, por ninguna de las opciones que en estos días se nos han dado a elegir. Lo único que pretendo en mi artículo de hoy es hablar de convivencia.

Ayer se celebraron nuevas elecciones en España. Ganaron los que ganaron, perdieron los que perdieron, y hoy unos celebran, otros se lamentan… y muchos (por los comentarios que veo en las redes sociales) no aceptan los resultados y la emprenden contra los que votaron a los que han ganado. No me decanto por unos ni por otros, pero me llama la atención la falta de respeto hacia lo contrario. Parece que la mentalidad es “yo voto lo correcto, lo que es mejor para España, y todo aquel que no lo vote es un ignorante”. Y así seguimos, día tras día, año tras año, con la división de las dos Españas.
¿Qué tal si nos olvidamos de eso? ¿Qué tal si dejamos de lamentarnos por lo mal que está todo, y hacemos lo que esté en nuestras manos para mejorar la convivencia? ¿Qué tal si dejamos de pensar que lo nuestro es lo mejor, y pensamos que es una opción más, pero que otros pueden pensar de otra manera, y su elección es igual de legítima que la nuestra? ¿Qué tal si en vez de buscar la división y la confrontación buscamos la unión y el acercamiento? ¿Qué tal si en lugar de lamentarnos ponemos en juego nuestros valores, nuestros recursos, nuestra grandeza, para hacer de nuestro entorno un lugar mejor, más habitable, más humano, más amoroso? ¿Qué tal si abrimos la mente a lo desconocido, a lo diferente, a lo que nos provoca rechazo, y en lugar de denostarlo tratamos de comprenderlo?
No se trata de cambiar nuestras opciones políticas, de cambiar nuestra forma de pensar. Se trata, simplemente, de aceptar que otros no piensan como nosotros, y tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. A aceptar que no por pensar así son ignorantes, ladrones, delincuentes, sinvergüenzas, subnormales, y no sé cuántas cosas más que he leído esta mañana. Y no con esto (lo decía al principio y lo recalco de nuevo) me estoy decantando por ninguna opción política. Creo que todos, tengamos la ideología que tengamos o no tengamos ninguna, deberíamos respetar la del que piensa diferente. Quizá a todos nos iría mejor. Mi invitación es a dejar a un lado la política, y, desde ahí, buscar lazos de unión que puedan contribuir a hacer de este mundo un lugar más habitable.

Ladrones de energía

El mundo está lleno de cactus, pero no tenemos que sentarnos en ellos. Will Foley

¿Quieres ser más eficiente en tu día a día? ¿Tener más éxito en las tareas que afrontas? Te invito a meditar sobre esta serie de cosas que nos roban la energía casi sin darnos cuenta. Después, actúa, y verás como todo va mejor.

  • El desorden.

¿Eres de los que tiene la mesa llena de papeles, libros, cuadernos, agendas, lápices, rotuladores, revistas y un sinfín de cachivaches? ¿Te vuelves loco cada vez que buscas algo entre semejante montaña de objetos? ¿Apuntas las cosas en diferentes sitios (agendas, cuadernos, trozos de papel) y luego no recuerdas dónde lo hiciste? Todo ello te roba un tiempo maravilloso, te pone de mal humor y te roba un montón de energía. Te invito a poner orden, a desprenderte de todo aquello que guardaste un día por si más adelante lo necesitabas y lleva tiempo acumulando polvo, a tener un sólo cuaderno o agenda donde apuntar las cosas importantes, a vivir con menos cosas (se llama minimalismo y facilita mucho la vida; algún día escribiré más a fondo sobre sus beneficios). Verás cómo, si lo pones en práctica, te habrás quitado un importante peso de encima.

  • La mala alimentación.

Las comidas pesadas, el exceso de grasas, de azúcares o de alcohol, el abuso de los platos precocinados, los alimentos procesados y los refinados, la bollería industrial, beber poca agua… Una alimentación incorrecta es uno de los factores que contribuyen a que llegues al final del día sin fuerzas para nada.

  • Las personas negativas.

Las que se quejan por todo, las que sólo ven pegas, las pesimistas que siempre ven el vaso medio vacío, las gruñonas, las maleducadas, las taciturnas, las siempre tristes o enfadadas, las antipáticas, las bordes, las desagradables… Aléjate de ellas. Sus actitudes son altamente corrosivas y contagiosas.

  • Los espacios cerrados.

A menudo no queda más remedio que permanecer en ellos, por motivos de trabajo. Pero si es así, busca momentos para escaparte. Deja que te dé el aire, que te acaricie el sol, incluso que te moje la lluvia. Mueve tus piernas, date un paseo, oxigénate.

  • La falta de ejercicio.

Si no te mueves engordarás y te oxidarás. Así que… ¡ponte en marcha! Si no te gusta hacer deporte, sal a andar. O también puedes hacer por que te guste. Hay muchos y muy variados. Quizá descubras un mundo maravilloso si te asomas a alguno de ellos. Sea como sea, muévete y estírate a menudo. Tus articulaciones, y tu corazón, te lo agradecerán.

  • El coche.

Sobre todo en grandes ciudades como Madrid. Los atascos nos ponen de mal humor y nos convierten en personas que no queremos ser. También lo hace el tiempo que tardamos en encontrar aparcamiento. Utiliza el transporte público, anda más, cómprate una bici o utiliza las públicas. Ahorrarás tiempo, tendrás más energía y contribuirás a reducir la contaminación.

  • Las preocupaciones.

Especialmente cuando no puedes hacer nada. Deja de preocuparte por quién ganará las elecciones, por lo que hace o dice aquél político, por si sube o baja la Bolsa, por si llueve en Madagascar. Reduce tu círculo de preocupaciones y amplía el de influencia (aquellas cosas en las que sí puedes influir). Céntrate en lo que puedes hacer tú y aprende a relajarte.

  • La televisión, el ordenador, la tablet, el móvil

La tecnología en general. No digo que sea mala en sí, al fin y al cabo nos facilita la vida. Pero su abuso nos despersonaliza, destruye las relaciones sociales, roba nuestra energía. Relaciónate más, lee libros, sal a la calle. Da menos espacio en tu vida a lo virtual y más a lo real.

  • Las obligaciones.

Cambia los “tengo que” por los “quiero”. Dedica menos tiempo en tu vida a las obligaciones (sobre todo, no te crees ni aceptes ninguna innecesaria) y más a tus pasiones.

Estos son algunos de nuestros ladrones cotidianos de energía. Frecuentemente los tenemos metidos en nuestras rutinas y ni nos damos cuenta de que están ahí, chupando nuestra sangre como si fueran vampiros. ¿Te animas a decirles adiós? Si se te ocurre alguno más, te agradeceré un montón que lo compartas conmigo.