Pues nos drogamos

Si no vives peligrosamente, no vives. La vida sólo florece en el peligro. La vida nunca florece en la seguridad. Osho.

Zorba The Greek, 1964 http:/www.tuttartpitturasculturapoesiamusica.com;

No hace mucho vi, debajo de uno de esos carteles que prohíben jugar a la pelota, una pintada que rezaba como el título de mi artículo: pues nos drogamos. Me hizo gracia, y también me hizo reflexionar. Si bien es cierto que en algunos sitios tiene sentido esa prohibición, o al menos una restricción de horarios para velar por el descanso de los vecinos, últimamente esos cartelitos proliferan como setas, y en muchas ocasiones no parecen tener mucho sentido. Paseando por Madrid he visto carteles de esos en sitios en los que, por más que he mirado y por más que he tratado de imaginar, no he logrado encontrar el por qué de la prohibición.

Nos está tocando vivir unos tiempos llenos de paradojas. Por un lado, los llamados psicopedagogos alertan del peligro de las pantallas (consolas, teléfonos móviles, tablets, etc.). Por otro, en cada vez más sitios se prohíbe jugar a la pelota, montar en bici, patinar… Eso, por no hablar de los peligros, en mi infancia casi inexistentes, de salir a jugar a la calle sin necesidad de demasiado control paterno.

Pero la esquizofrenia no acaba ahí. O quizá sí, quizá acaba ahí, porque ese tipo de paradojas, hasta cierto punto menores, tienen su origen en otras de mayor calado. Tengo la sensación de que nuestra sociedad es una sociedad paracaídas. No nos atrevemos a hacer nada sin ese (u otro) elemento de protección. Vivimos rodeados de miedos,  en muchas ocasiones imaginarios, calculando hasta el infinito el próximo paso a dar. Además, les inculcamos esos miedos a los niños casi desde que nacen. Cuando yo era pequeño pasaba los veranos en la calle, montando en bici (sin casco), me caía innumerables veces y las heridas en codos y rodillas formaban parte del uniforme veraniego. Cuando me caía, a veces me levantaba y seguía como si nada, y otras, las más aparatosas, lloraba, iba a casa en busca de un “cura-sana” de mi madre y un poco de mercromina, y otra vez a la calle.

Ahora eso es impensable. El casco es imprescindible, y a eso hay que sumar las coderas, las rodilleras y dentro de poco inventarán algún tipo de peto que convierta a los pequeños ciclistas que comienzan a dar sus primeras pedaladas en una suerte de Don Quijote subido a un caballo de dos ruedas. Las caídas son improbables, pero si ocurren, el drama es mayúsculo. Ahí se acaba la diversión.

Quizá estoy exagerando un poco, pero es sólo un ejemplo de lo que ocurre en nuestra sociedad. Protegemos tanto a los niños que cuando llegan a adultos no son capaces de defenderse fuera del mundo de cristal en el que han crecido. El mínimo problema, la más pequeña contrariedad, lleva a la gente al psicoanalista, donde se dejan los cuartos durante sesiones y sesiones, averiguan de dónde vienen (supuestamente) todos sus traumas, pero nunca resuelven el problema. Como decía Víktor Frankl, se ha sustituido al sacerdote, al rabino o al pastor por el psiquiatra, cuando en muchas ocasiones no existe ningún tipo de enfermedad (y lo decía un psiquiatra). Lo único que ocurre es que la vida no es ningún cuento de hadas. Y hay que lidiar con varapalos diversos, muertes, enfermedades, despidos laborales, quiebras económicas, períodos eternos de desempleo, y un largo etcétera. No es necesario ir al médico ni atiborrarse a pastillas. Únicamente hay que aprender a aceptar las dos caras de la moneda que es la vida: alegría y dolor.

A nuestra sociedad paracaídas le molesta la lluvia, y en cuanto caen cuatro gotas corre despavorida a protegerse, no se le vaya a estropear el peinado; no le gusta andar más allá de la esquina de casa, y si hay que recorrer un tramo mayor de un kilómetro recurre al coche (para después quejarse del cambio climático); no le gusta pasar calor, así que en cuanto la temperatura sube de los treinta grados centígrados pone el aire acondicionado; tampoco le gusta pasar frío, y por debajo de los veinte grados ya conecta la calefacción; por supuesto, ni se le pasa por la cabeza montar una empresa, eso es arriesgar demasiado y es sólo para locos o para gente extremadamente preparada (la sociedad paracaídas no da un sólo paso si no se siente muy, muy, MUY preparada); ni que decir tiene que  de entregarse al cien por cien a una persona, sin saber si la correspondencia va a ser plena, ni hablamos; y claro, si en las relaciones humanas se calcula de esa manera, cómo va a caber en la cabeza que a jóvenes guapos, listos y con carrera se les ocurra hacerse sacerdotes o meterse en un convento de clausura para toda la vida.

Estos miedos quizá tienen mucho que ver con esa sociedad de bienestar que nos venden en occidente. Vivir con la máxima comodidad y con el mínimo esfuerzo. Esto se refleja también en las generaciones más jóvenes. Para esquivar problemas, se evita poner límites. Es más cómodo colocar al niño delante de una pantalla, ya sea la de la televisión, la del ordenador, la tablet, o darle un móvil, que enseñarle a desarrollar la imaginación y a elaborar sus propios juegos. Es más cómodo también decirle a todo que sí para que no llore, o no nos monte el numerito, que mantenerse firme ante una serie de normas concretas.

¡Normas! ¡Deberes! ¡Límites! Palabras tabú en nuestra sociedad. No hace mucho leí en un periódico de gran tirada nacional un artículo que afirmaba que los niños no debían obedecer, ni a sus padres, ni a sus profesores, ni a nadie. Luego, eso sí, llegan los lamentos, cuando el niño se convierte en adolescente y es ya ingobernable.

Quizá pueda pensar el lector que qué tienen que ver unas cosas con otras. Para mí están relacionadas, y las dejo ahí, para la reflexión de cada uno. Pienso que vivir una vida atenazada por los miedos, una vida encorsetada, mediocre, volando raso cuando se puede volar alto, tiene algo que ver con vivir una vida cómoda, ramplona, sin esfuerzo.

Tenía parte de mi artículo ya en la cabeza, y antes de escribirlo he visto una gran película de los años sesenta. En ella he encontrado frases maravillosas que refuerzan un poco mis tesis. Estoy hablando de “Zorba el griego”. Un soberbio Anthony Quinn representa a Zorba, un griego sin oficio conocido que se ofrece a ayudar a un escritor americano que viaja a Creta con la idea de recuperar una antigua mina que heredó de su familia. Zorba, un hombre sin estudios, demuestra tener una sabiduría de la vida que muchos sabios y entendidos de hoy (y de todos los tiempos) quisieran para sí.

Cuando, en el barco en el que viajan a Creta, Zorba aborda al que será su jefe, se entera de cuál es su propósito, y se ofrece a ayudarle. Éste, sorprendido, le pregunta que por qué quiere hacerlo. Es algo que le ocurre también a nuestra sociedad paracaídas. No entiende el altruismo. Que alguien quiera hacer algo por otro por el mero hecho de hacerlo. La respuesta de Zorba es sencilla a la par que admirable: “¿No es posible que alguien haga algo sin un por qué? ¿Sólo porque sí? ¿Por gusto?”.

Hay más frases memorables del personaje que interpreta Quinn, y que dan mucho que pensar.

“La vida es problema. Sólo la muerte no lo es. Vivir es liarse la manta a la cabeza y buscarse problemas”. Justo lo contrario que calcular una y otra vez el siguiente paso a dar para al final no darlo y permanecer en la cómoda incomodidad (también llamada zona de confort).

El siguiente diálogo es genial:

-“Mi sesera está hueca, jefe, y se me ocurren ideas locas. Le podría arruinar”.

-“Acepto el riesgo”.

Entonces a Zorba se le ilumina la cara, le hacen los ojos chiribitas y responde:

-“Diga eso otra vez. ¡Me da valor!”.

Y a continuación emprende un frenético baile, como si estuviera fuera de sí, como si en ese momento no hubiera nada más importante en la vida. Cuando acaba, explica:

-“Cuando murió mi hijo de tres años todos lloraban menos yo. Me puse a bailar. Ellos decían: Zorba está loco. Pero fue el baile el que contuvo mi pena. Cuando estoy alegre hago lo mismo”.

Y es que la vida es riesgo. Cuando se elimina, le quitamos el sentido a todo. Por eso Zorba, al escuchar esa palabra, siente la imperiosa necesidad de celebrar la alegría que le invade con un sirtaki.

Otra frase de Zorba, tras obviar decir su edad pero haciendo entender que es ya avanzada nos habla de que nunca es tarde para nada: “aún hay bastante fuego en mí para devorar el mundo. ¡Por eso sigo luchando!”.

Ya es tarde, soy muy mayor, esto no es para mí… son excusas, nada más que excusas, para no asumir riesgos, para no esforzarse, para no poner un poco de picante a la vida, estemos en la etapa que estemos de la misma.

Ya finalizando la película, y casi a modo de despedida, Zorba le dice al que ha sido su jefe: “usted lo tiene todo, menos una cosa. ¡Locura! Y uno tiene que estar un poco loco. Si no, nunca se atreve a cortar la cuerda y ser libre.”.

Para finalizar, y mientras bailan juntos el sirtaki, se detiene por un momento, contempla la ruina a la que ha quedado reducido el trabajo de meses, y comenta: “¿Vio usted alguna vez un desastre más esplendoroso?”. Y comienza a reírse a mandíbula batiente, con unas carcajadas que nos ha ido regalando en diferentes momentos del film. Nos da así una última lección: algunas veces las cosas no saldrán como esperábamos. Tendremos obstáculos, desgracias, accidentes, malos momentos… Zorba nos enseña que ahí no acaba todo. Es sólo un punto y a parte. Tomemos perspectiva, pasemos el duelo si es necesario, contemplemos el esplendoroso desastre… riamos, bailemos un sirtaki, ¡y adelante, que la vida son dos días! Y la que nos toque vivir después va a tener mucho que ver con la forma en la que hayamos vivido esta.

Ah, y si vivimos así, no necesitaremos drogarnos. Incluso nos saltaremos algunas prohibiciones, sin hacer daño a nadie y poniendo mucho más sabor a la vida.

Vivir una gran pena

Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel. Gandhi.

Ayer recibí un mensaje de una persona desconocida. Me contaba que navegaba en la red en busca de lecturas de ciertos temas, y cayó en este blog. Leyó varios artículos, le gustaron, y decidió escribirme. Me decía que lo estaba pasando mal, peor que nunca en su vida. Decidí contestar, y a vuelta de correo me explicó su pena. Su madre ha fallecido hace poco, y no puede soportarlo.

Me quedé sin palabras. Yo tampoco podría soportarlo. Y es que no hay nada en el mundo, al menos yo no lo imagino, peor que la pérdida de una madre. O de un padre. Mis padres son para mí lo mejor que tengo en mi vida. De hecho, no me la imagino sin ellos. Sé que llegará un día en que tendré que hacerme a la idea, es ley de vida. Pero pido a Dios todos los días que ese momento aún tarde mucho en llegar. Mis padres lo son todo para mí. Me han dado la vida, y me han dado muchas cosas más. Soy lo que soy gracias a ellos. No me resulta muy complicado, por eso, ponerme en la piel de esta persona que acaba de perder a su madre.

Sin embargo, la vida es así. Así de grande, así de bella, así de misteriosa, así de cruel. Y así hay que vivirla, no queda otra. Con sus alegrías y con sus tristezas. Porque sí, las tristezas también hay que vivirlas, y hay que expresarlas, y sentirlas, y pasar por ellas. No vale hacerse el fuerte. No sirve, no ayuda. Cuando uno pierde a un ser querido tiene que llorar, y tiene que no tener ganas de hacer nada, sobre todo si lo que hace le recuerda a ese ser querido. Cuando uno pierde a un allegado tiene que pasar un proceso de duelo, y no querer aparentar que la vida sigue y aquí no pasa nada. Efectivamente, la vida sigue, pero de otra manera. Y antes de que siga, hay que pararse para asimilar el mazazo que la propia vida nos ha dado. Ésta no va a dejar de ser maravillosa, pero en esos momentos es oscura, absurda, amarga, despiadada, inhumana, invivible. Por eso quizá lo único que nos apetezca sea escondernos bajo las sábanas y dormir veinticuatro horas al día para no pensar, para no sentir, para no tener que beber ese trago tan amargo. Todo eso no es malo. Es humano, y por ello hay que pasar. Sin querer hacerse el fuerte ni pretender acortar el período de duelo.

No obstante, llega un momento en que hay que salir de la cueva. Aunque aún duela. Alrededor seguro que tenemos personas que también han perdido a ese ser querido. Podemos acercarnos a ellas y vivir con ellas nuestra tristeza, que también es la suya. Preguntarles cómo se sienten, aunque ya lo sepamos. Porque hablar de lo que se siente ayuda a procesarlo mejor. Abrazarles, llorar con ellos, salir a caminar, hacer cosas juntos.

También es bueno volver pronto a la vida de siempre, a la cotidianidad. Aunque ya no sea lo mismo sin esa persona. Aunque se nos rompa el alma y se nos desgarre el corazón cuando pasemos por los mismos sitios por los que pasábamos con esa persona que ya no está. Aunque las lágrimas afloren y no encontremos consuelo cuando llevemos a cabo esa actividad que tan a menudo compartíamos con esa persona. Aunque duela, aunque el peso parezca insoportable, es necesario cargar con él para seguir viviendo. Poco a poco nos iremos sintiendo mejor. Y la persona que se ha ido nos ayudará, porque aunque ya no la podemos ver, sigue ahí. Camina a nuestro lado, sigue nuestros pasos, nos sonríe, nos alienta, y nos espera al otro lado de la puerta, para volver a reunirse con nosotros, para fundirse en una abrazo sin fin, el día que a nosotros también nos toque traspasar dicha puerta.

Un abrazo muy fuerte, María José, amiga desconocida. Vive una vida con mayúsculas, porque es el mejor regalo que le puedes hacer a tu madre. Aunque ahora no tengas fuerzas ni para dar un paso. Adelante, siempre adelante.

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Vive ahora

Si la oportunidad no llama, construye una puerta. Milton Berle.

Más de tres meses sin escribir. Eso debería hacerme abandonar, ¿no? Tanto tiempo, que mis lectores, si alguno me queda, ya se habrán olvidado de mí. Además, si hasta ahora no he conseguido ser constante, ¿por qué habría de serlo de aquí en adelante? He fracasado.

¿Te suena lo que acabas de leer? ¿Te lo has dicho alguna vez? ¿Has tenido la tentación de abandonar cualquier actividad, simplemente porque lo has intentado ya muchas veces y no lo has logrado? Normal que te sobrevenga el desaliento. Que te desanimes. Que decidas mirar para otro lado. Pero entonces sí que habrás fracasado. Sólo entonces, si te rindes definitivamente, habrás fracasado.

Sin embargo, siempre hay una nueva oportunidad para intentar sacar adelante lo que de verdad quieres sacar adelante. Una afición, un trabajo, una relación, lo que sea, para todo hay una segunda oportunidad. Y una tercera, una cuarta, y hasta una enésima. Y si perseveras, y de verdad lo quieres, acabará saliendo.

Acabamos de empezar el año, típica época en la que todos hacemos propósitos de mejora. No voy a escribir sobre ello, ya lo hice en su día. Si quieres recordarlo, puedes hacerlo pinchando aquí. También lo podrás leer en los próximos días en Diario16, donde también escribo. Te recomiendo que lo hagas, para lograr una mayor efectividad en todo lo que te propongas. Hoy, más bien -y después de toda esta parrafada- quería escribir sobre la provisionalidad de la vida. No sé si es el nombre correcto para definir lo que tengo en la cabeza, pero te lo explico, y si se te ocurre un nombre mejor me lo dices.

A menudo vivimos -a mí al menos me pasa- esperando que ocurra algo para vivir de verdad. Esperando algo que creemos necesario para que nuestra vida pueda ser plena. Esperando una pareja para formar una familia, esperando un mejor trabajo o mayor estabilidad laboral, esperando tener más dinero para llevar a cabo este o aquel proyecto, esperando un mejor estado de salud, esperando, esperando, esperando. Y mientras, nos olvidamos de vivir. Nos olvidamos de que la vida, sean cualesquiera nuestras circunstancias, está pasando, y no espera a nadie. No espera a esa pareja, ni ese contrato maravilloso, ni que te toque la lotería. La vida pasa, y además lo hace muy deprisa. De pronto uno mira atrás y… ¡menudo susto! La cantidad de años, de oportunidades desaprovechadas, de momentos perdidos, de ilusiones desvanecidas, de besos no dados, de palabras no dichas, de intenciones que se quedaron en el camino… Y todo por… ¡miedo! Miedo a perder, miedo a equivocarnos, miedo a hacer el ridículo, miedo a que nos digan que no una vez más, miedo a fracasar. Y a veces también por orgullo. ¿Cómo voy a pedir perdón a aquella persona, con el daño que me hizo? ¿Cómo voy a pedir una nueva oportunidad, si la cagué hasta el fondo? ¿Cómo voy a proponerle esto si me va a decir que no? Y nos quedamos deseando hacerlo y esperando a que sea la otra persona la que dé el paso… mientras quizá la otra persona está esperando lo mismo.

Pienso que todo son excusas. Esa espera de cosas o circunstancias que no sabemos si llegarán -si no vamos tras ellas seguro que no llegan- no son más que excusas para no afrontar esos miedos, o para no bajarnos del caballo de nuestro orgullo. Y, parapetados tras esas excusas, se nos pierde la vida, se nos escapa a chorros entre los dedos. Hasta que un día miremos atrás, miremos después hacia adelante, y nos demos cuenta de que ya no nos queda tiempo. Bueno, pues si llega ese momento… ¡es que estás vivo, y por tanto sigue habiendo tiempo! No importa lo que hayas tardado en darte cuenta, ni la edad que tengas, ni el tiempo que te quede. Si lo piensas bien, tengas veinte años, cincuenta o noventa, no sabes el tiempo que te resta de vida. Por tanto… ¡vívela a tope! Arriesga, juega, ríe, ama, crea, pide, da, llora, abraza, ¡invéntate tu propia vida! Pero hazlo ya. No esperes a mañana, porque no sabes si mañana llegará.

¡¡Feliz año, mis héroes!!

¿Por qué siempre se van los mejores?

La muerte no es más que un cambio de misión. Leon Tolstoi.

No entraba en mis planes escribir este artículo. Preferiría no estar haciéndolo. Es de esas cosas sobre las que a uno no le gusta escribir. Pero a veces la vida manda. Y aunque parezca injusta… sigue siendo bella, a pesar de todo.

Lo acabo de leer en Facebook. Rafa Lozano nos ha dejado. Con cuarenta y seis años, una mujer maravillosa, Lola, y seis hijos. Una vida bien vivida. Una vida llena de alegría, aun con  las dificultades, los baches, los obstáculos.

¿Que quién era Rafa? Rafa era un hombre bueno. Un hombre ejemplar. Un hombre alegre. Un hombre valiente. Un hombre fuerte. Un hombre lleno de entusiasmo y que contagiaba entusiasmo. Rafa Lozano era un hombre con mayúsculas. Mi relación con él no era estrecha, de hecho hacía mucho que no le veía. Alguien me dijo hace unos meses que estaba enfermo. Yo no pensé que era para tanto. Algo pasajero, me dije. Quizá era un deseo. Un deseo de que Rafa siguiera entre nosotros, repartiendo amor como lo hacía.

No teníamos, digo, una relación estrecha. Pero mi admiración y mi cariño hacia él nunca desaparecieron. Le conocí hace unos veinte años, quizá algo más, y enseguida descubrí en él a alguien especial. Compartimos algunos momentos mágicos, llenos de risas, de alegría de entusiasmo. Rafa dejó en mi corazón una huella indeleble. Fue para mí una de esas personas ejemplares, una de esas personas a las que te gustaría imitar, de las que te gustaría que te contagiaran su alegría y su pasión por vivir. Una de esas personas de las que dices, “yo de mayor quiero ser como él”. No teníamos una relación estrecha, pero la noticia de su fallecimiento ha caído sobre mí como una losa.

Dicen que Dios siempre se lleva a los mejores soldados. Los quiere junto a Él. Es algo que nunca he logrado entender. Si este mundo está tan revuelto… ¿no sería mejor mantenerlos aquí un rato más? Sin embargo, dicen también que sus planes no son los nuestros. Y que no los podemos entender. Si lo entiendes, decía San Agustín, entonces no es Dios. Así que… habrá que aceptarlo así, a pesar de no comprenderlo. La vida está para vivirla, no para entenderla. Y eso sí que lo entendió bien Rafa Lozano. Vivió su vida con mayúsculas, la exprimió hasta el último suspiro. Aunque hubiera cosas que no pudiera comprender. Corrió bien su carrera… y ahora está donde están los mejores. En la habitación de al lado. Descansa en paz, Rafa. Y acuérdate un poquito de nosotros, allá donde estés.

Mi más sincero pésame para ti, Lola. No me recordarás, coincidimos pocas veces. Pero yo sí me acuerdo de ti, de tu sonrisa, de tu alegría, igual que la de Rafa. Dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, y en este caso esa máxima se cumplía a raja tabla. Un abrazo grande para ti y tus seis hijos. Mis oraciones son hoy para vosotros.

Septiembre

Sólo triunfa en la lucha por la vida aquel que tiene la paciencia en sus buenos propósitos e intenciones. Proverbio árabe. 

Hay dos fechas señaladas en las que solemos hacer nuevos propósitos de mejora, o renovar los que ya hemos hecho una y mil veces. Una de ellas es a principio de año. Enero siempre está lleno de buenos propósitos. La otra es septiembre. Acaba el verano, empieza el nuevo curso… y todos queremos una vida mejor. Quizá sea una forma de huir de eso que llaman “depresión postvacacional”. Pues bien… septiembre ha llegado. Atrás quedaron las vacaciones, la playa, la montaña, las veladas eternas hasta la madrugada, los atascos kilométricos huyendo de las ciudades. Decimos adiós a todo eso… y damos la bienvenida a la vuelta al cole, a los atascos, también, pero ahora para ir y volver de trabajar, a los madrugones, a las caras de sueño, y, muy habitualmente, a la queja constante. Damos la bienvenida a la rutina.

Y mientras escribo estas líneas, me van viniendo ideas sobre las que escribir. Pensaba hacerlo sobre los propósitos, y es en ello en lo que me quiero centrar. Pero en las pocas líneas que llevo escritas ya han salido un par de cosas más (o tres): la rutina, la queja constante, y la depresión postvacacional. Esta última, normalmente, dura poco. Pero la alargamos, de alguna manera, con esa queja sobre nuestra vida. ¿Qué tal vas con eso? ¿Y con la rutina? Bueno… como decía, quiero centrarme en los propósitos, como hacer buenos propósitos. Pero si se te ocurre algo acerca de esas otras cosas, cuéntamelo. Más adelante escribiré sobre ello.

Vamos con los propósitos. Esas buenas intenciones que nos vienen a la cabeza cuando llega el nuevo curso. Esas buenas intenciones… que a menudo se quedan en eso, en intenciones. Empezamos con ganas y mucha ilusión a ponerlas en marcha, pero poco a poco se van diluyendo. Eso, cuando las ponemos en marcha. Porque a veces ni eso. A veces quedan apuntadas en un papel, cuando no en un rincón olvidado de nuestra memoria.

Concreta tus propósitos.

¿Qué podemos hacer para que esto no ocurra? Por un lado, que sean concretos. De nada sirve hacer un montón de propósitos, si no concretamos. Además, es mejor no hacer muchos. En caso contrario,  nos aturullaremos y perderemos la fuerza, las ganas y la ilusión.

¿Qué es un propósito concreto? O mejor, ¿qué no lo es? Por ejemplo, un propósito no concreto sería “voy a hacer deporte”. Perfecto, vas a hacer más deporte. Pero… ¿qué deporte vas a hacer? ¿Cuántas horas a la semana le vas a dedicar? ¿Qué días? ¿A qué horas? ¿Cuándo vas a empezar? Voy a salir a correr los martes y los jueves, durante media hora, de ocho a ocho y media de la tarde. ¡Genial! Ahora sí tienes un propósito concreto.

Que tus propósitos sean realistas.

Además de concretos, los propósitos han de ser realistas. ¡Y cuidado con la palabra realista! A menudo la utilizamos como la excusa perfecta para no hacer nada. No, es que eso no es realista. Lo digo, me lo creo, y permanezco en mi zona de confort, tan tranquilo.

No hace falta que te explique qué es y qué no es realista. Lo sabes bien, y también sabes cuándo te estás engañando al utilizar esa palabra mágica. Pero volviendo al ejemplo de salir a correr, no sería muy realista proponerse a salir todos los días dos horas, cuando uno no ha corrido en su vida y además tiene un sobrepeso que asusta. Algo más realista sería empezar poco a poco, y mejor andar que correr hasta tener un mínimo de forma física.

¿Y qué sería engañarse con la palabra realista? Pues, por ejemplo, decir: no, eso de que yo empiece a hacer ejercicio no es realista. No lo he hecho nunca (o hace muchísimo que no lo hago) y tengo setenta años. ¿Y? La edad no es excusa, o no debería serlo. Ponte a ello, poco a poco, bajo la supervisión de un médico que te diga qué puedes y qué no puedes hacer. Verás cómo en no demasiado tiempo tu cuerpo (y tu espíritu) lo agradecen.

Crear un hábito nuevo no es flor de un día.

Ya tenemos dos ideas. O mejor, tres: que sean pocos, que sean concretos y que sean realistas (sin autoengaños, ni por exceso ni por defecto). ¿Qué más podemos hacer para sacar adelante nuestros propósitos? Algo más a tener en cuenta es que las cosas no se consiguen de un día para otro. Ni de una semana para otra. Se requiere tiempo, esfuerzo, dedicación, constancia… Se requiere “crear hábito”. ¿Y cómo se crea un hábito? Repitiendo las cosas. A base de repetir, el cerebro va estableciendo nuevas conexiones neuronales, las cuales van siendo cada vez más fuertes. Y entonces, cada vez nos cuesta menos lo que antes nos costaba un montón. Los expertos dicen que para crear hábitos de actividades sencillas hacen falta veintiún días. Si es algo más complicado, la cosa sube a sesenta y seis. Y si ya se trata de algo mucho más complejo, nos harán falta al menos noventa días de repetición para crear hábito. Así que ya sabes: paciencia, que aunque ahora te cueste mucho, si perseveras, con el tiempo acabará siendo fácil.

Haz cosas que te gusten, que te hagan sentir vivo.

Algo importante, condición sin la cual va a ser difícil (que no imposible) que cumplas los propósitos: que sea algo que te guste, que dé sentido a tu vida. Si te propones hacer deporte, pero cada vez que piensas en ello te entra un enfado de narices, encuentras mil cosas mejor que hacer, y si finalmente lo haces acabas de mala leche… quizá eso no sea para ti. Mejor búscate otra afición que te haga sentir bien.

¡Celébralo! 

Y voy a terminar con una idea más que te puede servir para lograr tus propósitos. Quizá haya más, seguro que las hay. Pero como estamos hablando de concreción… creo que con estas te puede bastar para lograrlo. No obstante, si se te ocurre alguna estaré encantado de que me la cuentes en los comentarios.

La última de la que te quería hablar, es la celebración de los progresos. Márcate metas, por ejemplo semanales (como mucho quincenales, ya que alargándolo más se corre el riesgo del abandono). Y si las consigues cumplir… ¡prémiate! Si te has propuesto salir a correr cuatro días en semana, y lo vas cumpliendo, cada dos semanas celébralo. Pero que esa celebración, igual que los propósitos, sea concreta. Y que sea algo que te llene de verdad, que te haga sentir pleno, algo que te encante hacer y no hagas muy a menudo. Apúntalo en tu agenda, junto con el propósito. Y no lo dejes pasar, celébralo, prémiate. Esperar ese premio, saber que al cabo de dos semanas hay algo que ansías, esperándote, te ayudará a perseverar en los momentos difíciles. Ah, y si no lo consigues, ¡no te castigues! Sé compasivo, y comprensivo, contigo mismo, y vuelve a empezar. Una vez, dos, tres, las que haga falta. Hasta que lo consigas.

Ahora no tienes excusa. ¿Cuáles son tus propósitos?

Pequeños cambios

La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos. Marco Aurelio.

Estos días atrás he recurrido varias veces a mi antiguo blog, “La Belleza”. Lo he echado de menos. Entonces me he preguntado, ¿son incompatibles “La Belleza” y “El Sueño del Héroe”? La respuesta es que no, no lo son. Entonces, ¿qué puedo hacer? Podría reabrir “La Belleza”, pero eso supondría más trabajo de mantenimiento y cierta dispersión. Pero lo que sí puedo hacer es ampliar los temas de este blog, de “El Sueño del Héroe”. Cerré un blog y empecé otro con el fin de abrirme camino en el mundo del coaching y del crecimiento personal. Sin embargo, el tipo de artículos que escribía en “La Belleza” tienen mucho que ver con ese crecimiento personal. Al fin y al cabo, escribía historias bellas, cosas que, bajo mi punto de vista, podían contribuir a crear un mundo mejor.

Por tanto, a partir de ahora, ampliaré en cierta medida el rango de temas sobre los que escribiré en este blog. Seguiré escribiendo sobre coaching y crecimiento personal, y, además, escribiré historias que me resulten inspiradoras. Historias que encuentre por Internet, o en los libros, en el cine, o que alguien me cuente… e historias que yo mismo pueda inventar, en forma de relatos, poemas (este género lo tengo menos cultivado), etc. Al fin y al cabo se trata de sonreír a la vida, y así convertirla en algo más pleno, más alegre, más feliz, más amoroso.

Seguimos adelante. ¿Me acompañas?

Por una mirada, un mundo.

La mirada es el lenguaje del corazón. W. Shakespeare
Hace un año, por estas mismas fechas, escribí un artículo dirigido a unos compañeros con los que compartía un curso de coaching. Me encuentro ahora haciendo ese mismo curso, pero esta vez desde “el otro lado”, desde el lado formador (como coach de apoyo al equipo de formadores). Es otra forma de vivir la experiencia, una forma diferente, pero no menos intensa. Una vez más, llegado este fin de semana, un fin de semana que rompe corazas y abre corazones, las lágrimas han brotado y el alma ha sonreído. Una vez más el amor se ha desbordado. Por eso, quería compartir de nuevo aquel artículo, esta vez dedicándolo a vosotros, a los que ahora os estáis formando para ser coaches.
Podría escribir lo mismo, palabra por palabra, y es por eso que no voy a redactar un artículo nuevo. Es cierto que no hemos compartido tantas horas en “El Paquito” como las que a estas alturas habíamos compartido mis compañeros de promoción y yo. Pero también es cierto que aún hay tiempo para remediarlo.
Quisiera matizar también el tema de la amistad. Ha pasado el tiempo, y me doy cuenta de que no es tan fácil. De que, efectivamente, el curso acaba, el tiempo pasa, y cada uno vuelve a sus quehaceres, a su vida lejos de aquí. Pero no es menos cierto que algunos seguimos viéndonos, seguimos compartiendo risas, cervezas, horas de trabajo, seguimos compartiendo nuestras vidas. Es mi deseo que así siga siendo, no sólo con mis antiguos compañeros, sino también con esta nueva promoción de la que me siento parte. Podréis considerarme un iluso, pero yo no me rindo.
Sí, deseo crear lazos con vosotros, aun cuando mi papel sea un poco diferente, por estar en ese “otro lado” del que hablaba antes. Estoy en ese lado, pero no por ello me siento “superior”, no siento estar ningún escalón por encima. Me considero uno más, y al tiempo que trato de ofreceros lo que yo sé, recibo también de vosotros muchísimos aprendizajes.
Igual que hice hace un año con mis compañeros de entonces, me pongo hoy a vuestra disposición. Os ofrezco mi tiempo, y todo lo que podáis necesitar de mí. Os ofrezco mi alma.
Os dedico por entero el artículo que les dediqué a ellos, y en especial el último párrafo. Gracias por estar ahí, Ana, Ana, Antonio, Carolina, Enrique, Fani, Fiorella, David, Fátima, Isabel, Mari Cruz, Marta, María José, María Ángeles, Txus, Montse, Teresa, Mónica, Mónica, Paola, Paola, Paula, Silvia, Susana, Vanessa, Lady, Julia, Carmen, Mamen, Mercedes, Elisa, Cristina, Juan Carlos, y, pos supuesto, Irene, Arancha, Aída, María José. Sin olvidarme de Antonio, Lola, Belén, Concha, Pilar, Eva, Miguel Ángel, Estela, Antonio del Olmo, y Ana Vega. Mi recuerdo también para los que empezaron y no continuaron, especialmente para Puri, que en paz descanse. Gracias a todos por todo. Os dejo con mi artículo de entonces, que es también vuestro. Lo llamé “El poder de una mirada”. Me encantará recibir vuestros comentarios (tanto positivos como de aprendizaje).
Dónde estoy, y qué me está pasando. Algunos, o muchos, de los que leáis este artículo no entenderéis esa frase con la que he comenzado, ni algunas de las cosas que escriba a continuación. Y es que hoy, de forma excepcional, escribo para un grupo de personas en particular. Para un grupo de personas muy especiales con las que, desde febrero, estoy compartiendo cosas muy grandes. No obstante, y aunque el artículo de hoy vaya especialmente dirigido a ellos, quiero hacerlo público, pues entiendo que las cosas que salen del corazón llegan al corazón, aun cuando no se entiendan del todo. Y lo que yo voy a hacer a continuación va a ser dejar hablar a mi corazón.
Este fin de semana ha sido muy especial para mí. Lo están siendo todos los fines de semana que tenemos clase, desde que empezamos allá por el mes de febrero. Y a medida que el curso avanza, mi amor y mi agradecimiento crecen de forma exponencial. Ya compartí esto con vosotros el mes pasado, en ese espacio tan bonito de “dónde estoy y qué me está pasando”. Y hoy, como os decía en mi mensaje de buenos días a través del whatsapp, echo de menos ese espacio para compartir de nuevo mis sentimientos, mis vivencias del fin de semana. Por eso estoy aquí, escribiendo sin saber muy bien lo que escribo, dejando, como decía en la introducción, hablar a mi corazón. 
Quiero hablar sobre todo del domingo, de ese momento mágico en el que compartimos miradas, en el que dejamos que nuestras almas se comunicaran sin palabras. Al recordarlo, lo vuelvo a vivir, y de nuevo las lágrimas bañan mis ojos. Me resulta muy difícil, casi imposible, describir lo que ayer viví. Nunca había experimentado nada parecido. El poder de una mirada, es el título de mi artículo. Y es que es un poder tan grande, tan mágico… Esas miradas vuestras me decían tanto… Al principio yo me limitaba a recibir cada mirada al tiempo que regalaba la mía. Y sonreía. Y con ese intercambio de miradas notaba que de lo más profundo de mi ser salía algo que yo no dirigía, salía amor puro, salía comprensión, salía acogimiento, salía mi alma entera que se entregaba al alma que tenía enfrente. Y de vuelta recibía más, mucho más, de lo que yo sentía que daba. Poco a poco, mi sonrisa se fue transformando, se fue volviendo más pura… y se fue bañando en lágrimas. Lágrimas de alegría, lágrimas de amor, lágrimas de gratitud. Con todos y cada uno de vosotros sentía algo especial, pero lo más mágico de todo era que con cada uno sentía algo diferente. Cada uno me dabais vuestra esencia, y yo sentía con claridad esa esencia diferente de cada uno. De todos recibía amor, pero el amor que recibía a través de cada mirada era diferente según cada persona. Como decía antes, las almas se comunicaban solas, sin que yo tuviera que hacer otra cosa que ofrecer mi mirada, y, a través de ella, exponer y regalar mi ser interior. Llegué a sentir una comunicación muy profunda incluso con aquellos de vosotros con los que casi no había intercambiado palabras en estos meses. Y sentí que eso era real, era sincero, era auténtico. Y esto me dice que cuando las almas se comunican desde su profundidad, desaparece el ego, desaparecen las diferencias, desaparecen los odios que pueda haber (no es el caso entre nosotros), desaparece la timidez, desaparece la mentira, desaparecen los personajes, desaparecen las máscaras, desaparece todo aquello que, fuera del alma, muchas veces impide o dificulta la comunicación.
Todos estos sentimientos que ayer viví -y otros que no puedo comunicar con palabras- me abren más al mundo exterior, me hacen reflexionar sobre la necesidad que tenemos de comunicarnos de forma sincera, de abrir nuestros corazones al otro, al diferente, incluso al que nos cae mal. Esos sentimientos que viví me hablan de romper barreras, de derribar muros, de amar sin condiciones, me hablan de entrega, de generosidad, de Amor con mayúsculas.
El fin de semana me ha servido para conoceros mejor a muchos de vosotros. Y para incrementar en mí el deseo de conoceros aún más, de integraros en mi vida, de haceros parte de mis sueños, de mis anhelos, de mis ilusiones. Una parte también importante para mí, aunque parezca más terrenal -si se me permite usar esa expresión-, han sido esas horas de cañas y tintos de verano en la terraza de Paquito. Y es importante porque ahí también se intercambian muchas cosas sinceras y profundas. En medio de tanta risa y tanta broma, incluso de alguna que otra discusión, se establecen lazos que empiezan a ser de amistad, lazos que, si nos preocupamos de cuidar y alimentar, probablemente acabarán siendo indestructibles. Quizá alguno de los que me leáis podáis pensar que esto es pura ingenuidad, que el curso terminará y cada uno seguirá su camino, que todo esto quedará en un bonito recuerdo, incluso en algo que nos habrá enseñado muchas cosas y que nos permitirá vivir la vida con mayor plenitud, pero que los lazos creados se diluirán con la vida y poco a poco nos iremos olvidando unos de otros. Es algo que me ha pasado muy a menudo en la vida, y seguro que a vosotros también. Y porque me ha pasado, y me ha entristecido -me entristece aún más cuando comparto esa tristeza con personas que no la comprenden, y me dicen que “así es la vida”-, me niego a que me vuelva a pasar, me niego a que me pase con vosotros, me niego a que la vida “sea así”, porque al fin y al cabo, el cómo sea la vida depende en gran parte de nosotros. Lo que estamos viviendo en este curso es demasiado grande como para dejarlo pasar. Y, por mi parte, haré lo posible porque esos lazos creados no se destruyan, sino que se sigan fortaleciendo con el tiempo. Os confieso que sueño con llevarme de este curso, a parte de otras muchas cosas, grandes amistades. Por eso os pido -y es algo que siempre me ha costado, pedir- que no dejéis vosotros tampoco que esto pase. No dejéis que el tiempo se lleve lo que estamos construyendo. Pongamos entre todos cimientos sólidos, para que perdure.
Ha salido antes una palabra muy importante para mí, la palabra amistad. Una palabra con la que no me gusta frivolizar. No voy a extenderme, pues es de algo de lo que me gustaría hablar en otro artículo, pero sí quiero esbozar algunas notas en torno a esa palabra. Como digo, no me gusta frivolizar con ella. Y es que muchas veces llamamos amistad a lo que no lo es, llamamos amistad a relaciones que, en realidad, son un tanto superficiales. Con algunos de vosotros empiezo a sentir que la relación que nos une no es en absoluto superficial. Y con otros, a los que aún no os conozco bien pero os voy conociendo, siento el deseo profundo de conoceros mejor. Y deseo que unos y otros acabéis formando parte de mi vida y os pueda llamar amigos, pase el tiempo que pase. El ejercicio de las miradas me transmitió muchas cosas de vosotros, mucha conexión, mucho amor, como decía más arriba. Ojalá en los meses que nos quedan esa conexión se vaya materializando en amistades sólidas, amistades para toda la vida. 
No quiero cerrar este artículo sin antes deciros que os veo, que os quiero, que me estáis dando muchísimo más de lo que os podáis imaginar, y que me tenéis a vuestra disposición para lo que podáis necesitar. No son palabras hueras, vacías, sin contenido. Son palabras que salen del corazón -al fin y al cabo dije al principio que iba a dejar hablar a mi corazón, y es lo que estoy haciendo-, son palabras sinceras, palabras llenas de amor y de gratitud. No tengo nada material que ofrecer, pero sí tengo para vosotros mi tiempo, mi compañía, mi capacidad de acogimiento, mi escucha, mi entrega, tengo para todos vosotros mi amor, tengo para todos vosotros todo lo que soy. Y os lo ofrezco de todo corazón. Sinceramente, disponed de mí, con total confianza para todo lo que me necesitéis. OS VEO, OS QUIERO. MUCHO. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS Y UN MILLÓN DE VECES GRACIAS.

Elecciones en España

Ellos se ríen de mí por ser diferente. Yo me río de todos por ser iguales. Kurt Cobain

A pesar del título de mi artículo, no pretendo hablar de política. Tampoco pretendo defender a una ideología ni denostar a la contraria. No me decanto, mucho menos en estas páginas, por ninguna de las opciones que en estos días se nos han dado a elegir. Lo único que pretendo en mi artículo de hoy es hablar de convivencia.

Ayer se celebraron nuevas elecciones en España. Ganaron los que ganaron, perdieron los que perdieron, y hoy unos celebran, otros se lamentan… y muchos (por los comentarios que veo en las redes sociales) no aceptan los resultados y la emprenden contra los que votaron a los que han ganado. No me decanto por unos ni por otros, pero me llama la atención la falta de respeto hacia lo contrario. Parece que la mentalidad es “yo voto lo correcto, lo que es mejor para España, y todo aquel que no lo vote es un ignorante”. Y así seguimos, día tras día, año tras año, con la división de las dos Españas.
¿Qué tal si nos olvidamos de eso? ¿Qué tal si dejamos de lamentarnos por lo mal que está todo, y hacemos lo que esté en nuestras manos para mejorar la convivencia? ¿Qué tal si dejamos de pensar que lo nuestro es lo mejor, y pensamos que es una opción más, pero que otros pueden pensar de otra manera, y su elección es igual de legítima que la nuestra? ¿Qué tal si en vez de buscar la división y la confrontación buscamos la unión y el acercamiento? ¿Qué tal si en lugar de lamentarnos ponemos en juego nuestros valores, nuestros recursos, nuestra grandeza, para hacer de nuestro entorno un lugar mejor, más habitable, más humano, más amoroso? ¿Qué tal si abrimos la mente a lo desconocido, a lo diferente, a lo que nos provoca rechazo, y en lugar de denostarlo tratamos de comprenderlo?
No se trata de cambiar nuestras opciones políticas, de cambiar nuestra forma de pensar. Se trata, simplemente, de aceptar que otros no piensan como nosotros, y tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. A aceptar que no por pensar así son ignorantes, ladrones, delincuentes, sinvergüenzas, subnormales, y no sé cuántas cosas más que he leído esta mañana. Y no con esto (lo decía al principio y lo recalco de nuevo) me estoy decantando por ninguna opción política. Creo que todos, tengamos la ideología que tengamos o no tengamos ninguna, deberíamos respetar la del que piensa diferente. Quizá a todos nos iría mejor. Mi invitación es a dejar a un lado la política, y, desde ahí, buscar lazos de unión que puedan contribuir a hacer de este mundo un lugar más habitable.

Ladrones de energía

El mundo está lleno de cactus, pero no tenemos que sentarnos en ellos. Will Foley

¿Quieres ser más eficiente en tu día a día? ¿Tener más éxito en las tareas que afrontas? Te invito a meditar sobre esta serie de cosas que nos roban la energía casi sin darnos cuenta. Después, actúa, y verás como todo va mejor.

  • El desorden.

¿Eres de los que tiene la mesa llena de papeles, libros, cuadernos, agendas, lápices, rotuladores, revistas y un sinfín de cachivaches? ¿Te vuelves loco cada vez que buscas algo entre semejante montaña de objetos? ¿Apuntas las cosas en diferentes sitios (agendas, cuadernos, trozos de papel) y luego no recuerdas dónde lo hiciste? Todo ello te roba un tiempo maravilloso, te pone de mal humor y te roba un montón de energía. Te invito a poner orden, a desprenderte de todo aquello que guardaste un día por si más adelante lo necesitabas y lleva tiempo acumulando polvo, a tener un sólo cuaderno o agenda donde apuntar las cosas importantes, a vivir con menos cosas (se llama minimalismo y facilita mucho la vida; algún día escribiré más a fondo sobre sus beneficios). Verás cómo, si lo pones en práctica, te habrás quitado un importante peso de encima.

  • La mala alimentación.

Las comidas pesadas, el exceso de grasas, de azúcares o de alcohol, el abuso de los platos precocinados, los alimentos procesados y los refinados, la bollería industrial, beber poca agua… Una alimentación incorrecta es uno de los factores que contribuyen a que llegues al final del día sin fuerzas para nada.

  • Las personas negativas.

Las que se quejan por todo, las que sólo ven pegas, las pesimistas que siempre ven el vaso medio vacío, las gruñonas, las maleducadas, las taciturnas, las siempre tristes o enfadadas, las antipáticas, las bordes, las desagradables… Aléjate de ellas. Sus actitudes son altamente corrosivas y contagiosas.

  • Los espacios cerrados.

A menudo no queda más remedio que permanecer en ellos, por motivos de trabajo. Pero si es así, busca momentos para escaparte. Deja que te dé el aire, que te acaricie el sol, incluso que te moje la lluvia. Mueve tus piernas, date un paseo, oxigénate.

  • La falta de ejercicio.

Si no te mueves engordarás y te oxidarás. Así que… ¡ponte en marcha! Si no te gusta hacer deporte, sal a andar. O también puedes hacer por que te guste. Hay muchos y muy variados. Quizá descubras un mundo maravilloso si te asomas a alguno de ellos. Sea como sea, muévete y estírate a menudo. Tus articulaciones, y tu corazón, te lo agradecerán.

  • El coche.

Sobre todo en grandes ciudades como Madrid. Los atascos nos ponen de mal humor y nos convierten en personas que no queremos ser. También lo hace el tiempo que tardamos en encontrar aparcamiento. Utiliza el transporte público, anda más, cómprate una bici o utiliza las públicas. Ahorrarás tiempo, tendrás más energía y contribuirás a reducir la contaminación.

  • Las preocupaciones.

Especialmente cuando no puedes hacer nada. Deja de preocuparte por quién ganará las elecciones, por lo que hace o dice aquél político, por si sube o baja la Bolsa, por si llueve en Madagascar. Reduce tu círculo de preocupaciones y amplía el de influencia (aquellas cosas en las que sí puedes influir). Céntrate en lo que puedes hacer tú y aprende a relajarte.

  • La televisión, el ordenador, la tablet, el móvil

La tecnología en general. No digo que sea mala en sí, al fin y al cabo nos facilita la vida. Pero su abuso nos despersonaliza, destruye las relaciones sociales, roba nuestra energía. Relaciónate más, lee libros, sal a la calle. Da menos espacio en tu vida a lo virtual y más a lo real.

  • Las obligaciones.

Cambia los “tengo que” por los “quiero”. Dedica menos tiempo en tu vida a las obligaciones (sobre todo, no te crees ni aceptes ninguna innecesaria) y más a tus pasiones.

Estos son algunos de nuestros ladrones cotidianos de energía. Frecuentemente los tenemos metidos en nuestras rutinas y ni nos damos cuenta de que están ahí, chupando nuestra sangre como si fueran vampiros. ¿Te animas a decirles adiós? Si se te ocurre alguno más, te agradeceré un montón que lo compartas conmigo.

CAMBIO DE PLANES

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Los obstáculos no han de detenerte. Si te encuentras con un muro, no te des la vuelta, no te rindas. Averigua cómo escalarlo, atravesarlo o rodearlo. Michael Jordan.

La semana pasada teníamos planeada una ruta, para el domingo, por las Pesquerías Reales, próxima a la localidad segoviana de Valsaín. Estaba ya todo preparado. Pero a última hora nos vimos obligados a suspenderla. La previsiones meteorológicas no eran nada favorables, y la prudencia nos aconsejó dar marcha atrás. Nuestros planes se vieron frustrados.

Sin embargo, no nos quedamos cruzados de brazos. Rápidamente nos pusimos a pensar en una alternativa. O, mejor dicho, Paco (“El Caminante y su Sombra), se puso a pensar en una alternativa. Y, en lugar de dirigir nuestros pasos hacia la sierra de Guadarrama, nos fuimos hacia el sur, a la provincia de Toledo. Las Barrancas de Burujón, nuestro nuevo objetivo.

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He de confesar que inicialmente sentí tentaciones de quedarme en casa. El nuevo destino quedaba sensiblemente más lejos que el anterior, y el tiempo, aunque mejor que el pronosticado para la sierra, tampoco parecía que fuera a ser muy favorable. Sin embargo, vencí todas esas tentaciones. Y no me arrepentí de ello. El cambio de destino resultó ser un maravilloso e inesperado regalo, como se puede apreciar en las fotos que ilustran este artículo (en la página de Facebook de El Sueño del Héroe puedes ver más).

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Así que, gracias al temporal, este domingo, 14 de febrero, me regaló un espectáculo natural de soberbia belleza. Pero no sólo eso. También me trajo una serie de reflexiones, que quiero compartir con mis lectores.

A veces las circunstancias de la vida se empeñan en desbaratar nuestros planes. Algo que ansiábamos como agua de mayo, que habíamos planeado con todo lujo de detalles, de pronto se viene al traste. Y muchas veces nuestra reacción es quedarnos con cara de tontos, quejarnos de nuestra mala suerte, maldecir, enfadarnos con el mundo…

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Pero, ¿y si en lugar de reaccionar así, pensamos en posibles alternativas? Dicen que cuando una puerta se cierra otra se abre. Y si no, una ventana. ¿Y si en lugar de lamentarnos por que se nos cerró una puerta, buscamos otra que esté abierta? Quizá sin esperarlo encontremos algo mucho mejor de lo que esperábamos al traspasar la puerta que se nos cerró. ¿No es eso mejor que quedarse de brazos cruzados y lamentándose?

Cuando las cosas no te salgan como querías, tienes dos opciones: lamentarte, o buscar una alternativa. Sentirte víctima, o hacerte responsable. Eres libre de elegir una u otra opción. La primera te llevará a un lugar. La segunda, te llevará a otro bien diferente. Tú eliges.