La humildad

Cuando somos grandes en humildad, estamos más cerca de lo grande. Rabindranath Tagore.

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Con este artículo que a continuación enlazo, comienzo mi colaboración con Álex González y su blog “Nosotros: las personas“, que os invito a leer y seguir. En este caso, hablo de la humildad.

Gracias a Álex por permitirme asomarme a sus páginas. Todo un privilegio para mí. Podéis leer el artículo pinchando aquí.

Senderismo y arqueología de la Guerra Civil en Braojos

Quien desee ver el arcoiris debe aprender a disfrutar de la lluvia. Paulo Coelho

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Comparto hoy un artículo de El Caminante y su Sombra, con quien el domingo pasado estuvimos de excursión. Una excursión pasada por agua, pues salvo la primera media hora o poco más, llovió con ganas durante toda la jornada. Llegamos a los coches hechos una sopa. Pero dejemos que sea el propio Caminante el que nos lo cuente.

El domingo 12 de febrero en colaboración con El Sueño del Héroe tuvo lugar la ruta de senderismo por Braojos de la Sierra siguiendo las huellas de la Guerra Civil. Cinco valientes senderistas más Zarko, el perro de Alejandro, nos adentramos en las brumas de las montañas y de la historia.

Para seguir leyendo pincha aquí

Sólo terminar diciendo que en las dificultades e incomodidades, en este caso la lluvia y el frío, uno se curte, aprende que no todo el campo es orégano, y si tiene suficiente capacidad de análisis y reflexión, puede llevar esas enseñanzas a las adversidades de la vida. ¿Cómo actúo cuando vienen mal dadas? ¿Me quejo? ¿O me hago fuerte y aprovecho para crecer?

Celebrar los fracasos

He fallado más de nueve mil tiros en mi carrera; he perdido casi trescientos partidos; veintiséis  veces han confiado en mí para lanzar el tiro que ganaba el partido y lo he fallado. He fracasado una y otra vez en mi vida y es por eso por lo que he tenido éxito. Michael Jordan.

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Ayer terminó mi contrato en la empresa en la que estaba trabajando. La semana pasada, mis jefes me reunieron en una sala, antes de comenzar mi jornada. Me dijeron que estaba trabajando bien. Muy bien, recalcaron. Estaban contentos conmigo. Muy contentos, insistieron. Pero no te podemos renovar, afirmaron. Como puedes imaginar, en ese momento me cambió la cara. Asistí impertérrito a las razones que argumentaron para mi no renovación, deseando que aquello terminase cuanto antes. Me dieron las gracias por mi trabajo -eres un currante magnífico, repitieron-, me extendieron un papel para que lo firmara, y… firmé, les di a ellos las gracias, un apretón de manos, y me incorporé, por penúltima vez -sí, después de aquello aún me quedaba otro día- a mi puesto de trabajo.

En ese momento no lo hice, pero me entraron unas ganas tremendas de llorar. De llorar de rabia, de pena, de impotencia… Aguanté el tipo, y me puse a trabajar. Haciendo bien mi trabajo, igual que cualquier día de los seis meses que allí llevaba. Durante la tarde, varias veces las lágrimas quisieron asomarse a mis ojos. Lo impedí. Aguanté, de nuevo, el tipo. Hasta que me quedé solo, en mi coche, camino a casa. Entonces sí. Entonces me desahogué, lloré, berreé, me lamenté. Como un niño. Como un hombre. Sí, porque los hombres también lloran. También lloramos. Si te han dicho lo contrario, te han engañado.

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Ha pasado una semana, justo una semana, de aquello. Y hoy me he ido al monte a celebrarlo. ¡¿A celebraro?! Sí, a celebrarlo. A celebrar mis seis meses en la empresa, dando cada día mi cien por cien. A celebrar todo lo que aprendí allí. A celebrar las maravillosas personas, a nivel profesional pero sobre todo a nivel humano, que allí conocí. A celebrar ese camino tan bonito que durante seis meses tuve la oportunidad de recorrer. A celebrar la que ha sido la mejor experiencia laboral de toda mi vida. A celebrar que ahora soy más sabio, más humano, más humilde, más grande. A celebrar mi fracaso.

Aunque… mirándolo bien, no ha sido mi fracaso. Repito que allí lo he dado todo, y he aprendido mucho. Han reconocido mi labor. El motivo de mi no renovación no es achacable a mí. Sus razones tendrán. Si alguien, en este caso, ha fracasado, ha sido la empresa. Por prescindir de un profesional y de una persona como yo.

En cualquier caso, vale, llamémosle fracaso. ¿Por qué no celebrar los fracasos? Dos párrafos más arriba he enumerado algunas de las razones por las que es bueno celebrarlos. En realidad, cuando fracasas, o cuando las cosas no salen como tu querías, como tú esperabas, tienes dos opciones. Puedes quedarte ahí parado, lamentándote de tu mala suerte, o puedes… celebrarlo, coger fuerzas, aprender de la experiencia, y seguir adelante. ¿Cuántos genios han fracasado antes de llegar a ser quienes fueron?

Los profesores de Albert Einstein dudaban de sus capacidades académicas. Empezó a hablar a los cuatro años y a leer a los siete. Abandonó la escuela -hoy lo llaman fracaso escolar- a los quince. Más tarde se supo que era disléxico.

Charles Chaplin fue rechazado por estudios de cine y productores porque no entendían su forma de actuar.

Steve Jobs fue despedido por sus socios de la empresa que él mismo creó. Después, uno de sus proyectos, Next, se convirtió en un pozo sin fondo para sus inversores.

Stephen King se deshizo de su primera novela, Carrie, ante el rechazo, una y otra vez, de los editores. Fue su mujer la que la recuperó de la papelera.

Steven Spielberg fue rechazado hasta tres veces por la University of Southern California. Finalmente, prefirió dejar los estudios.

Walt Disney fue despedido del periódico en el que trabajaba, por falta de imaginación y de buenas ideas.

Son sólo algunos casos. ¿Necesitas más? Si buscas en Internet puedes encontrarlos. Numerosos escritores, pintores, músicos, nunca vieron triunfar sus obras en vida.

Son ejemplos de que a veces, antes de llegar al éxito, hay que fracasar, una o muchas veces. El problema está en cuando no sabemos extraer el aprendizaje de esos fracasos. Cuando, como decía más arriba, nos quedamos lamentando nuestra mala suerte, cuando nos convertimos en víctimas en lugar de en responsables de nuestras vidas. Decía Nietzsche que lo que no te mata te hace más fuerte. Pero eres tú el que decide si tus fracasos te hacen más fuerte, o te hunden en tu propia miseria. Eres tú quien decide si te resignas o si te levantas y luchas de nuevo. Las veces que haga falta. Hasta que salga bien. Cada vez que fracases, celébralo. Llora si quieres. Es bueno. Pero después, celébralo.

Por desgracia, nos han enseñado, en este mundo competitivo, a enfocarnos en el resultado. Si el resultado no es el esperado se considera que hemos fracasado, que lo hemos hecho mal, y sentimos el rechazo de los demás, de la sociedad. Esa actitud hace que nos olvidemos del proceso, del camino a recorrer. Puede que no logremos lo que queríamos obtener, pero… ¿qué ha pasado durante el camino? ¿Qué has aprendido? ¿Qué te has llevado? ¿Qué te impide enfocarte en eso, en lugar de en el resultado? La diferencia entre los que triunfan y los que nunca lo hacen está ahí. En dónde pones el foco. ¿Lo pones en el resultado, o lo pones en el proceso?

Soy aficionado a la montaña, la cual es un claro ejemplo de lo que estoy diciendo. Un día sales de casa, con la intención de coronar un pico de dos mil metros. O de tres mil. O de quinientos. Y resulta que cuando estás llegando… cae la niebla y no puedes alcanzar la cima. ¿Has fracasado? ¡¡¡No!!! Ese pico va a seguir ahí, nadie se lo va a llevar. Puedes volver las veces que quieras e intentarlo de nuevo. Esta vez no ha podido ser, pero… ¿qué ha pasado durante el camino? Has podido disfrutar de la compañía de la gente que iba contigo, o de otros montañeros con los que te has cruzado; de la brisa que ha acariciado tu rostro; del sol que ha iluminado y dado calor a tus pasos; de las aves que, con sus cantos, han amenizado tu marcha; de la nieve, tan pura, tan blanca, tan fría; ¡de las mismas montañas, que nunca defraudan! Si eres montañero lo sabes: las montañas hablan. Hablan, y siempre dicen algo bueno. Siempre nos animan si hemos tenido una decepción, o refuerzan nuestra alegría si estamos celebrando algún éxito. Si no lo has probado, te animo a ello. Busca un buen guía, alguien que te acompañe -yo puedo hacerlo- y pruébalo. Descubre la sabiduría que las montañas te pueden ofrecer. ¡Eso sí es un antidepresivo, y no el Prozac!

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Estoy alargando demasiado el artículo y no quiero aburrirte más. Quédate con esto: los fracasos son parte del aprendizaje de la vida. Si un fracaso te tumba, nunca aprenderás nada. Sigue intentándolo. Hazlo mal si es necesario, pero hazlo. Hasta que te salga bien. Si no lo haces por miedo a hacerlo mal, por miedo al qué dirán, por miedo al fracaso, nunca aprenderás. ¿Quizá estás pensando que para que te quieran, o para que te valoren, tienes que hacerlo bien? ¿Tienes que triunfar a la primera? ¡Olvida eso! Si por no hacerlo bien te  rechazan, el problema es de ellos, no es tuyo. Y si demuestras que no te importa, les darás una lección. Te acabarán admirando. Aprovecha tus oportunidades, porque quizá no vuelvas a tenerlas. Si no las aprovechas, si te rindes antes de tiempo, quizá un día te lamentes. Porque el tiempo pasa y no vuelve. Hazlo, inténtalo, fracasa. Una vez, dos, tres, ochocientas. Y celébralo. Así, hasta que salga. Por supuesto, cuando salga, ¡¡vuelve a celebrarlo!! Pero esto será motivo de otro artículo: la celebración de los éxitos. Hoy brindo contigo porque inicio una nueva etapa.

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Emigrantes y viajeros

El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer. Mariano José de Larra.

Además de escribir, también leo. No se puede ser escritor sin leer mucho. Cuanto más, mejor. Y una de las cosas que leo, son blogs. Últimamente ando poniéndome al día, pues se me han ido acumulando artículos en mi correo electrónico.

Leo esta mañana uno de mi amiga Macu Gavilán (lo puedes leer pinchando aquí), que me sirve de inspiración para este que ahora inicio. Me gusta, y le dejo un comentario que reproduzco a continuación:

No sé si tiene algo que ver, pero… si bien el alimento es necesario, y también un techo bajo el que refugiarse, y es triste, muy triste, clama al cielo, que haya millones de personas que no lo tengan… nuestro mundo occidental vacía las almas, y eso también es muy triste y muy grave. Quizá por eso haya quien emigra buscando… buscando mundos más auténticos, mundos en los que las personas valgan más que las cosas, mundos en los que las relaciones personales valgan más que las relaciones mercantiles.
También están los que, emigrando, o viajando, tratan de huir de sí mismos. Esos no encontrarán sosiego en ningún sitio, mientras no viajen a su interior. Pero esto es capítulo aparte.
Gracias por el artículo.

En realidad, eso es lo que quería mostrar hoy. El comentario que le dejo a Macu dice casi todo lo que pasa ahora por mi mente. Pienso sobre la gente que viaja mucho, que está realmente obsesionada con viajar. Por supuesto, no se puede meter a todo el mundo en el mismo saco. Pero… cada uno que piense si le pasa. Creo que muchas de esas personas huyen de sí mismas, como afirmo en mi comentario al artículo de Macu. Huyen, porque no les gusta lo que ven si se paran, si miran hacia adentro. Otro síntoma de ello es la velocidad a la que transcurren nuestras vidas en occidente. Vamos corriendo a todas partes, hacemos muchas cosas, infinidad de cosas, y no nos permitimos parar. Huimos del silencio y de los lugares silenciosos.

Y es que si nos paramos, si nos quedamos en silencio, antes o después una voz nos interpela. Una voz que nos pregunta sobre nuestro destino. ¿Dónde vas? ¿Para qué corres? ¿Por qué tanta prisa? ¿Tanto acumular cosas? ¿Tanto consumismo, tanto hedonismo, tanto materialismo? ¿Qué es la vida? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia? ¿Qué hay detrás de la muerte? ¿Qué sentido tiene el dolor?

Son preguntas, especialmente las más profundas, que asustan, y preferimos huir de ellas. O quizás huimos de las respuestas. Lo hacemos imprimiendo velocidades vertiginosas a nuestras vidas, y ruido, mucho ruido. Radio, televisión, música a todas horas (fíjate en el metro, o por la calle, cuánta gente va con auriculares)…

Paradójicamente, al menos en ciertos ambientes, hay cierta búsqueda de lo trascendente. Están de moda las religiones y filosofías orientales, la meditación, el yoga, el tai chi, el chi kung, se habla mucho del mindulness… Pero… ¿están ahí las respuestas a todas esas preguntas que nos intranquilizan? ¿O estas prácticas son simplemente parches? ¿Dónde están las verdaderas respuestas?

No trato de dar soluciones a estas cuestiones. Quizá cada uno tenga las suyas. Sólo invito a la reflexión. A la reflexión de aquellos que se sientan identificados con mi artículo. O con el de Macu. Invito también a la búsqueda. A una búsqueda sincera. También, si quieres, al debate. Queda abierto en los comentarios.

El poder de las conversaciones

Hey Jude, don’t carry the world upon your shoulders. John Lennon/Paul McCartney

Dice Rafael Echeverría que la calidad de nuestras relaciones se puede medir por la calidad de nuestras conversaciones. Es más, si vamos un poco más allá, podemos afirmar que son las conversaciones las que construyen nuestras relaciones. Si no hay conversación, no hay relación. Ocurre tanto a nivel personal como a nivel grupal. Una empresa existe porque ha habido y hay conversaciones que permiten que exista. Un equipo de fútbol, un grupo de amigos, una familia, un partido político… Todas nuestras relaciones se construyen a base de conversaciones. Si esas conversaciones se deterioran, o desaparecen, las relaciones acaban también desapareciendo. Y a veces una relación también termina con una conversación.

Piensa un poco: ¿qué conversaciones tienes pendientes? Me refiero a conversaciones de verdad. En la era tecnológica que vivimos tendemos a sustituir nuestras conversaciones, sobre todo si sabemos que van a ser difíciles, por el envío de emails. Nos escondemos detrás de una pantalla para no afrontar cara a cara aquello que nos da miedo afrontar. No quiero decir con ésto que todos nuestros emails respondan a ese tipo de comportamiento. Pero… ¿no es verdad que, en numerosas ocasiones, tendemos a usar Internet para evitar conversaciones que, por el motivo que sea, nos resultan incómodas? Piénsalo bien.

Te preguntaba en el párrafo anterior, ¿qué conversaciones tienes pendientes? O, ¿cuáles estás sustituyendo por el envío de un correo electrónico? Si eres sincero contigo mismo y respondes estas preguntas con honestidad, tendrás una pista muy fiable de cómo están, a día de hoy, las relaciones con las personas con las que convives. Ya sea en casa, en el trabajo, en la comunidad de vecinos o con tus amigos.

Hoy día Internet nos conecta con el mundo de manera asombrosa, pero a menudo nos desconecta de las personas que tenemos al lado, de las personas con las que podríamos relacionarnos cara a cara y tener conversaciones de verdad, auténticas. Me parece importante analizar, y después actuar en consecuencia, los motivos por los que, a menudo, enviamos un email en lugar de tener una conversación. ¿Cuántos de nuestros correos electrónicos podrían sustituirse por conversaciones? Y si lo hiciéramos, ¿cómo se verían afectadas nuestras relaciones?

Escuché en una charla TED que nos jugamos la vida en las conversaciones que tenemos… y en las que no tenemos. ¿Cuántos problemas solucionamos gracias a una conversación? ¿Y cuántos conflictos se generan por malentendidos derivados de no haber tenido una conversación? Te voy a dar una mala noticia, y es que la telepatía no existe. Tendemos a adivinar los pensamientos y las intenciones de los demás, pero por muy intuitivos que seamos, nunca podremos estar seguros de qué está pensando el otro si no se lo preguntamos, si no hablamos con él. Las conversaciones son necesarias, son fundamentales, para conocer qué piensa el otro, qué necesita, qué siente, qué le pasa, cuáles son sus intenciones sobre esto o aquello, cuáles sus preocupaciones. Sin conversaciones, podemos imaginar, podemos suponer, incluso, a veces, podemos adivinar. Pero nunca podremos estar seguros de qué es lo que está pasando por la cabeza de los demás. Y al revés, si lo estamos pasando mal, si necesitamos ayuda o queremos saber algo,  si tenemos una inquietud, podemos esperar a que otro se dé cuenta, pero la única manera segura de conseguirlo es decírselo, tener una conversación con quien creemos que podrá ayudarnos. Una conversación puede evitar que te eches el mundo sobre tus hombros.

Citaba al principio a Echeverría diciendo que la calidad de nuestras relaciones se puede medir por la calidad de nuestras conversaciones. Y, de la misma manera, se puede medir nuestra capacidad de liderazgo. En el trabajo o en la propia vida. En la medida en la que seamos capaces de afrontar conversaciones sinceras, seremos capaces de liderar, primero a nosotros mismos y después a los demás. Un buen jefe, una buena jefa, se caracteriza porque habla con los miembros de su equipo, les pregunta, se interesa por sus ambiciones dentro de la empresa, se preocupa por sus inquietudes… y les anima asimismo a plantear las conversaciones que sean necesarias. Lo mismo se puede decir de un buen padre, una madre, un maestro, un político… Ni que decir tiene que cualquier conversación ha de estar presidida por la sinceridad, la honradez, la honestidad. De nada vale tener una conversación si se esconde lo que realmente es importante, se dice lo contrario de lo que se piensa, o se dicen cosas, simplemente, para quedar bien.

Para terminar, te invito a que pienses en alguna conversación que estás evitando, y te lances a ella. Primero prepárala bien, después busca el momento adecuado, luego dile a esa persona que quieres hablar con ella (para que también sea su momento adecuado), y después ten esa conversación. La vida es mucho más interesante cuando somos atrevidos. Y para tener conversaciones, en muchas ocasiones hay que tener una buena dosis de atrevimiento. Entonces… ¿te atreves?

P.S.: Si tu conversación es tan difícil que no sabes ni cómo afrontarla, un coach podría ayudarte a prepararla. Si me necesitas… ¡te espero!

Desarrollo personal en la montaña

He aprendido que el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subirlaGabriel García Márquez.

Esta mañana he presentado en CIVSEM (Centro de Investigación en Valores) una propuesta de actividad, dentro del nuevo proyecto del centro, “Movimiento Transformador CIVSEM”. Allí me formé como coach, y allí sigo trabajando en la medida de mis posibilidades.

La actividad que he presentado tiene que ver, como reza el título del artículo, con el desarrollo personal y con la montaña. Llevo muchos años, más de treinta, saliendo al monte. Algunos menos, unos diez, llevando personas a la montaña. Y más o menos hace un año me formé como guía. En medio de todo, conocí CIVSEM, conocí el coaching, y con ello una nueva pasión que incorporé a mi vida. Además, descubrí que el coaching y la montaña casan muy bien. Son una pareja perfecta.

Para mí, caminar por la montaña viene a ser una metáfora de la vida. Igual que en ésta, en aquella nos encontramos con dificultades que tenemos que afrontar, pasamos momentos mejores y peores, nos relacionamos con gente, nos planteamos retos, nos extraviamos, aparecen momentos en los que no sabemos por dónde seguir caminando, a veces incluso se hace de noche o nos sorprende una tormenta. Y con todo eso, tanto en el monte como en la vida, hay que lidiar.

En todos estos años que llevo relacionándome con la montaña (más de la mitad de mi vida), ella me ha enseñado muchísimas cosas. Algunas se han incorporado a mí de manera inconsciente, y otras las aplico yo de manera consciente. Y así, cuando tengo que afrontar cualquier problema, reto, dificultad, en la vida, la montaña me susurra al oído y me dice cómo actuar.

A lo que quiero llegar con esto es que la montaña nos enseña grandes lecciones que nos pueden ayudar a progresar y a crecer en la vida. Y por eso esta actividad. Se trata de salir al monte una vez al mes (un domingo), para otro día, ya en aula, hablar, comentar y reflexionar sobre lo que hemos aprendido en esa caminata. ¿Qué me ha pasado cuando he tenido que afrontar esa subida y pensaba que no tenía fuerzas? ¿Qué he sentido? ¿Qué he pensado? ¿Cómo lo he solucionado? ¿He pedido ayuda? Si no lo he hecho, ¿por qué? Y si lo he hecho, ¿qué he sentido al pedirla?

Son sólo ejemplos. Otro día podemos plantear temas como el liderazgo. ¿Tengo capacidad de ejercer como líder? O la resiliencia. O la alegría. O el compañerismo. O el esfuerzo físico y también el mental. Y muchas otras cosas que podemos trabajar en el monte, o que, simplemente, pueden surgir en una excursión, y después puedo llevar a mi propia vida, a mi trabajo, a mis relaciones con los demás.

Para unirte a esta actividad no tienes que ser alumno ni antiguo alumno de CIVSEM. Si te interesa, ponte en contacto conmigo y te cuento. Para que salga adelante tiene que haber un mínimo de veinte personas. Tendremos, como decía más arriba, una salida al monte un domingo al mes, y una reunión entre semana, una tarde al mes. El coste son diez euros mensuales. Compartiremos coches para las excursiones. Y en principio la actividad se plantea de febrero a abril, ambos incluidos. Después ya se verá. ¿Te animas? Déjame en los comentarios cualquier duda, sugerencia, cuestión, o escríbeme un correo. Estaré encantado de atenderte.

Vive ahora

Si la oportunidad no llama, construye una puerta. Milton Berle.

Más de tres meses sin escribir. Eso debería hacerme abandonar, ¿no? Tanto tiempo, que mis lectores, si alguno me queda, ya se habrán olvidado de mí. Además, si hasta ahora no he conseguido ser constante, ¿por qué habría de serlo de aquí en adelante? He fracasado.

¿Te suena lo que acabas de leer? ¿Te lo has dicho alguna vez? ¿Has tenido la tentación de abandonar cualquier actividad, simplemente porque lo has intentado ya muchas veces y no lo has logrado? Normal que te sobrevenga el desaliento. Que te desanimes. Que decidas mirar para otro lado. Pero entonces sí que habrás fracasado. Sólo entonces, si te rindes definitivamente, habrás fracasado.

Sin embargo, siempre hay una nueva oportunidad para intentar sacar adelante lo que de verdad quieres sacar adelante. Una afición, un trabajo, una relación, lo que sea, para todo hay una segunda oportunidad. Y una tercera, una cuarta, y hasta una enésima. Y si perseveras, y de verdad lo quieres, acabará saliendo.

Acabamos de empezar el año, típica época en la que todos hacemos propósitos de mejora. No voy a escribir sobre ello, ya lo hice en su día. Si quieres recordarlo, puedes hacerlo pinchando aquí. También lo podrás leer en los próximos días en Diario16, donde también escribo. Te recomiendo que lo hagas, para lograr una mayor efectividad en todo lo que te propongas. Hoy, más bien -y después de toda esta parrafada- quería escribir sobre la provisionalidad de la vida. No sé si es el nombre correcto para definir lo que tengo en la cabeza, pero te lo explico, y si se te ocurre un nombre mejor me lo dices.

A menudo vivimos -a mí al menos me pasa- esperando que ocurra algo para vivir de verdad. Esperando algo que creemos necesario para que nuestra vida pueda ser plena. Esperando una pareja para formar una familia, esperando un mejor trabajo o mayor estabilidad laboral, esperando tener más dinero para llevar a cabo este o aquel proyecto, esperando un mejor estado de salud, esperando, esperando, esperando. Y mientras, nos olvidamos de vivir. Nos olvidamos de que la vida, sean cualesquiera nuestras circunstancias, está pasando, y no espera a nadie. No espera a esa pareja, ni ese contrato maravilloso, ni que te toque la lotería. La vida pasa, y además lo hace muy deprisa. De pronto uno mira atrás y… ¡menudo susto! La cantidad de años, de oportunidades desaprovechadas, de momentos perdidos, de ilusiones desvanecidas, de besos no dados, de palabras no dichas, de intenciones que se quedaron en el camino… Y todo por… ¡miedo! Miedo a perder, miedo a equivocarnos, miedo a hacer el ridículo, miedo a que nos digan que no una vez más, miedo a fracasar. Y a veces también por orgullo. ¿Cómo voy a pedir perdón a aquella persona, con el daño que me hizo? ¿Cómo voy a pedir una nueva oportunidad, si la cagué hasta el fondo? ¿Cómo voy a proponerle esto si me va a decir que no? Y nos quedamos deseando hacerlo y esperando a que sea la otra persona la que dé el paso… mientras quizá la otra persona está esperando lo mismo.

Pienso que todo son excusas. Esa espera de cosas o circunstancias que no sabemos si llegarán -si no vamos tras ellas seguro que no llegan- no son más que excusas para no afrontar esos miedos, o para no bajarnos del caballo de nuestro orgullo. Y, parapetados tras esas excusas, se nos pierde la vida, se nos escapa a chorros entre los dedos. Hasta que un día miremos atrás, miremos después hacia adelante, y nos demos cuenta de que ya no nos queda tiempo. Bueno, pues si llega ese momento… ¡es que estás vivo, y por tanto sigue habiendo tiempo! No importa lo que hayas tardado en darte cuenta, ni la edad que tengas, ni el tiempo que te quede. Si lo piensas bien, tengas veinte años, cincuenta o noventa, no sabes el tiempo que te resta de vida. Por tanto… ¡vívela a tope! Arriesga, juega, ríe, ama, crea, pide, da, llora, abraza, ¡invéntate tu propia vida! Pero hazlo ya. No esperes a mañana, porque no sabes si mañana llegará.

¡¡Feliz año, mis héroes!!

La humildad de los jefes

Llegar juntos es el principio; mantenerse juntos es el progreso; trabajar juntos es el éxito. Henry Ford.

En mi trabajo estamos pasando por unos días de cierta tensión. Algo habitual en la mayoría de los trabajos, por no decir en todos. El detonante fue una reunión que tuvimos la semana pasada. Al parecer, no se están alcanzando las previsiones de ventas esperadas. Y claro, hay que buscar… ¿culpables? No debería ser así. Pero esa es la sensación con la que salimos muchos de mis compañeros y yo. Las cosas no van como se esperaba, y en lugar de buscar soluciones se buscan culpables. ¿Te suena? Seguro que sí. Si no pasa en tu empresa, pasa en alguna en la que hayas estado. O en la de alguien a quien conoces. Los de arriba aprietan a los de abajo, y así hasta llegar al último eslabón de la cadena, que es el que finalmente paga el pato, el que se lleva todas las broncas.

¿Es esta la mejor manera de revertir los resultados? Yo, sinceramente, creo que no. De esa forma lo que se consigue es encabronar al personal, que acaba quemado y empieza a buscar la forma de salir de esa empresa. Esta actitud genera malas caras, malos modos, mal ambiente, frustración, enfado, estrés, ganas de salir corriendo. Y, en algunas ocasiones, depresiones. Born out, lo llaman los amantes de los anglicismos.

En la empresa en la que trabajo se predica la humildad.  Es uno de los valores que puedes encontrar anunciado en la página web. Sin embargo, lo que nosotros percibimos en aquella reunión fue algo diferente. Cierta arrogancia, es lo que nos llegó. Probablemente no es lo que se nos quería transmitir, pero es con lo que finalmente nos quedamos. ¿Por qué? ¿Por qué se habla de humildad y a la hora de la verdad dicha virtud queda en papel mojado? Puede haber muchas razones, pero a mí la primera que me viene a la cabeza es que está inserto en nuestra cultura laboral. Tradicionalmente, los jefes no suelen ponerse al servicio de los empleados. ¡Al servicio del empleado! ¡¡Pero si soy el jefe!! ¿Cómo voy a ponerme al servicio de mis subordinados? ¡Sería el mundo al revés! Esa es la mentalidad. ¿Verdad que te suena? Quizá no es algo consciente, pero es como funciona. Sin embargo, la humildad habla de todo lo contrario. Un jefe humilde se pondrá al servicio de su empleado y buscará la forma de ayudarle, de que haga mejor su trabajo. Se sentará con él, y, juntos, examinarán las posibles acciones para mejorar.

¿Qué podemos hacer, entonces? Creo que ambas partes, jefes y subordinados, podemos contribuir a que las cosas vayan por mejores cauces. Todos podemos hacer algo diferente, para que los resultados sean diferentes.

¿Qué pueden hacer los jefes? Como decía antes, ponerse al servicio de sus empleados. Esa debería ser la principal premisa. En lugar de transmitir el mensaje de “esto es lo que hay que conseguir, tú verás cómo lo haces, y si no lo haces te voy a castigar, quizá incluso con tu no renovación de contrato”, lo que hay que transmitir es: “¿qué necesitas? ¿En qué te puedo ayudar? Vamos a sentarnos juntos, a ver qué se puede hacer”. Esa es la actitud de un buen jefe. En mi departamento tenemos dos personas que no son jefes pero llevan mucho tiempo. Organizan nuestro trabajo, y nos van enseñando lo que hay que hacer. Un par de días después de la reunión, uno de ellos me llevó a parte y habló conmigo. Me explicó por qué los jefes están cabreados, y por qué lo están pagando con nosotros. Me mostró su apoyo, y me dijo algunas formas en las que podía hacer mejor mi trabajo. Me animó, y lo sigue haciendo cada día cuando trabajamos juntos. Eso es lo que espero yo de un jefe. Que se interese por mi trabajo, que me pregunte qué dificultades tengo, que me diga cómo lo puedo hacer mejor, que se siente con mis compañeros y conmigo, nos pregunte, y, juntos, diseñemos una estrategia para conseguir que los resultados sean los mejores. Es ese tipo de actitudes las que ayudan a alcanzar la excelencia. Las que consiguen que los trabajadores hagan suya la empresa y remen todos en la misma dirección para que ésta navegue hacia buen puerto. Las que hacen que todos, jefes y empleados “rasos”, estén unidos y trabajen juntos para alcanzar los objetivos.

Por otro lado, ¿qué podemos hacer los que no somos jefes? Pienso que nuestra actitud, aunque en un primer momento sea difícil (hemos sentido que se nos ha hecho responsables de un problema mayor, en el que hay involucrada mucha más gente además de nosotros, y que, en lugar de ayudarnos, se nos han apretado las tuercas para que rindamos más), aunque sea difícil, digo, lo primero que debemos hacer es huir de la queja. Las lamentaciones nunca llevan a nada. Lo único que hacen es dar vueltas al problema, marearlo, hacer que la bola crezca. La queja, lejos de solucionar algo, lo complica.

¿Entonces? Entonces… lo que se puede hacer es intentar hablar con los jefes, o con algún intermediario, y exponerles nuestras razones. No desde la queja, sino desde la búsqueda de soluciones. Nosotros queremos que las cosas vayan bien. Queremos ayudar a la empresa, y para eso estamos aquí. Pero sentimos que no se valora nuestro trabajo, y que se nos hace responsables de cosas que se nos escapan, que están por encima de nuestras posibilidades. Estamos dispuestos a trabajar para revertir la situación. Y lo que necesitamos para ello es esto y lo otro (exposición de necesidades).

Por otro lado, es fundamental la unión. En mi departamento, mis compañeros y yo estamos unidos. Comentamos la situación entre nosotros, y eso nos ayuda a no estar solos. He vivido situaciones parecidas, en otras empresas, en las que he estado solo. Es algo mucho más duro, mucho más difícil de sobrellevar. La unión hace la fuerza, y, en esta empresa, lo estoy viviendo de verdad. Puedo hablar con mis compañeros con confianza, y eso me da fuerza. Están en la misma situación que yo, lo cual hace posible una perfecta comprensión del problema. El compañerismo, siempre, pero especialmente en este tipo de situaciones difíciles, es fundamental.

Todo esto, parece sencillo, ¿verdad? Entonces, ¿por qué no se hace? ¿Por qué a menudo acaba pasando lo mismo? ¿Por qué se buscan culpables, cabezas de turco, alguien a quien apretar las clavijas, en lugar de buscar soluciones entre todos? Yo pienso, como decía al principio, que es una cultura transmitida de generación en generación durante años y años. Y es, además, lo fácil. Tengo un problema, y alguien debajo de mí en la escala jerárquica. Pues nada… echo toda mi mierda al de abajo. Y así, hasta llegar al último, que es el que al final se come todo. Lo fácil, como digo. Pero no lo exitoso, no lo eficiente. Quizá requiera de un esfuerzo importante cambiar esa cultura, pasar de la bronca a la búsqueda de soluciones (entre todos) y de la queja, del victimismo, a la asunción de responsabilidades (entre todos). Pero pienso que, aunque al principio cueste un poco, los resultados serían realmente satisfactorios. Merece la alegría cambiar. Todos, jefes, empleados, la empresa, y al final la sociedad, saldríamos ganando. ¿Te apuntas?

¿Por qué siempre se van los mejores?

La muerte no es más que un cambio de misión. Leon Tolstoi.

No entraba en mis planes escribir este artículo. Preferiría no estar haciéndolo. Es de esas cosas sobre las que a uno no le gusta escribir. Pero a veces la vida manda. Y aunque parezca injusta… sigue siendo bella, a pesar de todo.

Lo acabo de leer en Facebook. Rafa Lozano nos ha dejado. Con cuarenta y seis años, una mujer maravillosa, Lola, y seis hijos. Una vida bien vivida. Una vida llena de alegría, aun con  las dificultades, los baches, los obstáculos.

¿Que quién era Rafa? Rafa era un hombre bueno. Un hombre ejemplar. Un hombre alegre. Un hombre valiente. Un hombre fuerte. Un hombre lleno de entusiasmo y que contagiaba entusiasmo. Rafa Lozano era un hombre con mayúsculas. Mi relación con él no era estrecha, de hecho hacía mucho que no le veía. Alguien me dijo hace unos meses que estaba enfermo. Yo no pensé que era para tanto. Algo pasajero, me dije. Quizá era un deseo. Un deseo de que Rafa siguiera entre nosotros, repartiendo amor como lo hacía.

No teníamos, digo, una relación estrecha. Pero mi admiración y mi cariño hacia él nunca desaparecieron. Le conocí hace unos veinte años, quizá algo más, y enseguida descubrí en él a alguien especial. Compartimos algunos momentos mágicos, llenos de risas, de alegría de entusiasmo. Rafa dejó en mi corazón una huella indeleble. Fue para mí una de esas personas ejemplares, una de esas personas a las que te gustaría imitar, de las que te gustaría que te contagiaran su alegría y su pasión por vivir. Una de esas personas de las que dices, “yo de mayor quiero ser como él”. No teníamos una relación estrecha, pero la noticia de su fallecimiento ha caído sobre mí como una losa.

Dicen que Dios siempre se lleva a los mejores soldados. Los quiere junto a Él. Es algo que nunca he logrado entender. Si este mundo está tan revuelto… ¿no sería mejor mantenerlos aquí un rato más? Sin embargo, dicen también que sus planes no son los nuestros. Y que no los podemos entender. Si lo entiendes, decía San Agustín, entonces no es Dios. Así que… habrá que aceptarlo así, a pesar de no comprenderlo. La vida está para vivirla, no para entenderla. Y eso sí que lo entendió bien Rafa Lozano. Vivió su vida con mayúsculas, la exprimió hasta el último suspiro. Aunque hubiera cosas que no pudiera comprender. Corrió bien su carrera… y ahora está donde están los mejores. En la habitación de al lado. Descansa en paz, Rafa. Y acuérdate un poquito de nosotros, allá donde estés.

Mi más sincero pésame para ti, Lola. No me recordarás, coincidimos pocas veces. Pero yo sí me acuerdo de ti, de tu sonrisa, de tu alegría, igual que la de Rafa. Dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, y en este caso esa máxima se cumplía a raja tabla. Un abrazo grande para ti y tus seis hijos. Mis oraciones son hoy para vosotros.

Septiembre

Sólo triunfa en la lucha por la vida aquel que tiene la paciencia en sus buenos propósitos e intenciones. Proverbio árabe. 

Hay dos fechas señaladas en las que solemos hacer nuevos propósitos de mejora, o renovar los que ya hemos hecho una y mil veces. Una de ellas es a principio de año. Enero siempre está lleno de buenos propósitos. La otra es septiembre. Acaba el verano, empieza el nuevo curso… y todos queremos una vida mejor. Quizá sea una forma de huir de eso que llaman “depresión postvacacional”. Pues bien… septiembre ha llegado. Atrás quedaron las vacaciones, la playa, la montaña, las veladas eternas hasta la madrugada, los atascos kilométricos huyendo de las ciudades. Decimos adiós a todo eso… y damos la bienvenida a la vuelta al cole, a los atascos, también, pero ahora para ir y volver de trabajar, a los madrugones, a las caras de sueño, y, muy habitualmente, a la queja constante. Damos la bienvenida a la rutina.

Y mientras escribo estas líneas, me van viniendo ideas sobre las que escribir. Pensaba hacerlo sobre los propósitos, y es en ello en lo que me quiero centrar. Pero en las pocas líneas que llevo escritas ya han salido un par de cosas más (o tres): la rutina, la queja constante, y la depresión postvacacional. Esta última, normalmente, dura poco. Pero la alargamos, de alguna manera, con esa queja sobre nuestra vida. ¿Qué tal vas con eso? ¿Y con la rutina? Bueno… como decía, quiero centrarme en los propósitos, como hacer buenos propósitos. Pero si se te ocurre algo acerca de esas otras cosas, cuéntamelo. Más adelante escribiré sobre ello.

Vamos con los propósitos. Esas buenas intenciones que nos vienen a la cabeza cuando llega el nuevo curso. Esas buenas intenciones… que a menudo se quedan en eso, en intenciones. Empezamos con ganas y mucha ilusión a ponerlas en marcha, pero poco a poco se van diluyendo. Eso, cuando las ponemos en marcha. Porque a veces ni eso. A veces quedan apuntadas en un papel, cuando no en un rincón olvidado de nuestra memoria.

Concreta tus propósitos.

¿Qué podemos hacer para que esto no ocurra? Por un lado, que sean concretos. De nada sirve hacer un montón de propósitos, si no concretamos. Además, es mejor no hacer muchos. En caso contrario,  nos aturullaremos y perderemos la fuerza, las ganas y la ilusión.

¿Qué es un propósito concreto? O mejor, ¿qué no lo es? Por ejemplo, un propósito no concreto sería “voy a hacer deporte”. Perfecto, vas a hacer más deporte. Pero… ¿qué deporte vas a hacer? ¿Cuántas horas a la semana le vas a dedicar? ¿Qué días? ¿A qué horas? ¿Cuándo vas a empezar? Voy a salir a correr los martes y los jueves, durante media hora, de ocho a ocho y media de la tarde. ¡Genial! Ahora sí tienes un propósito concreto.

Que tus propósitos sean realistas.

Además de concretos, los propósitos han de ser realistas. ¡Y cuidado con la palabra realista! A menudo la utilizamos como la excusa perfecta para no hacer nada. No, es que eso no es realista. Lo digo, me lo creo, y permanezco en mi zona de confort, tan tranquilo.

No hace falta que te explique qué es y qué no es realista. Lo sabes bien, y también sabes cuándo te estás engañando al utilizar esa palabra mágica. Pero volviendo al ejemplo de salir a correr, no sería muy realista proponerse a salir todos los días dos horas, cuando uno no ha corrido en su vida y además tiene un sobrepeso que asusta. Algo más realista sería empezar poco a poco, y mejor andar que correr hasta tener un mínimo de forma física.

¿Y qué sería engañarse con la palabra realista? Pues, por ejemplo, decir: no, eso de que yo empiece a hacer ejercicio no es realista. No lo he hecho nunca (o hace muchísimo que no lo hago) y tengo setenta años. ¿Y? La edad no es excusa, o no debería serlo. Ponte a ello, poco a poco, bajo la supervisión de un médico que te diga qué puedes y qué no puedes hacer. Verás cómo en no demasiado tiempo tu cuerpo (y tu espíritu) lo agradecen.

Crear un hábito nuevo no es flor de un día.

Ya tenemos dos ideas. O mejor, tres: que sean pocos, que sean concretos y que sean realistas (sin autoengaños, ni por exceso ni por defecto). ¿Qué más podemos hacer para sacar adelante nuestros propósitos? Algo más a tener en cuenta es que las cosas no se consiguen de un día para otro. Ni de una semana para otra. Se requiere tiempo, esfuerzo, dedicación, constancia… Se requiere “crear hábito”. ¿Y cómo se crea un hábito? Repitiendo las cosas. A base de repetir, el cerebro va estableciendo nuevas conexiones neuronales, las cuales van siendo cada vez más fuertes. Y entonces, cada vez nos cuesta menos lo que antes nos costaba un montón. Los expertos dicen que para crear hábitos de actividades sencillas hacen falta veintiún días. Si es algo más complicado, la cosa sube a sesenta y seis. Y si ya se trata de algo mucho más complejo, nos harán falta al menos noventa días de repetición para crear hábito. Así que ya sabes: paciencia, que aunque ahora te cueste mucho, si perseveras, con el tiempo acabará siendo fácil.

Haz cosas que te gusten, que te hagan sentir vivo.

Algo importante, condición sin la cual va a ser difícil (que no imposible) que cumplas los propósitos: que sea algo que te guste, que dé sentido a tu vida. Si te propones hacer deporte, pero cada vez que piensas en ello te entra un enfado de narices, encuentras mil cosas mejor que hacer, y si finalmente lo haces acabas de mala leche… quizá eso no sea para ti. Mejor búscate otra afición que te haga sentir bien.

¡Celébralo! 

Y voy a terminar con una idea más que te puede servir para lograr tus propósitos. Quizá haya más, seguro que las hay. Pero como estamos hablando de concreción… creo que con estas te puede bastar para lograrlo. No obstante, si se te ocurre alguna estaré encantado de que me la cuentes en los comentarios.

La última de la que te quería hablar, es la celebración de los progresos. Márcate metas, por ejemplo semanales (como mucho quincenales, ya que alargándolo más se corre el riesgo del abandono). Y si las consigues cumplir… ¡prémiate! Si te has propuesto salir a correr cuatro días en semana, y lo vas cumpliendo, cada dos semanas celébralo. Pero que esa celebración, igual que los propósitos, sea concreta. Y que sea algo que te llene de verdad, que te haga sentir pleno, algo que te encante hacer y no hagas muy a menudo. Apúntalo en tu agenda, junto con el propósito. Y no lo dejes pasar, celébralo, prémiate. Esperar ese premio, saber que al cabo de dos semanas hay algo que ansías, esperándote, te ayudará a perseverar en los momentos difíciles. Ah, y si no lo consigues, ¡no te castigues! Sé compasivo, y comprensivo, contigo mismo, y vuelve a empezar. Una vez, dos, tres, las que haga falta. Hasta que lo consigas.

Ahora no tienes excusa. ¿Cuáles son tus propósitos?