Calla

Vir sapit qui pauca loquitur (sabio es el hombre que habla poco). Autor desconocido.

Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir, canta El último de la fila. Bonita frase, ¿no es así? Sin embargo…

Seguir leyendo en Diario16

Anuncios

Hasta el final

La actitud es una pequeña cosa que marca una gran diferencia. Winston Churchill.

C65yTqNWgAAiHWa

Cualquier aficionado al fútbol o al baloncesto sabrá que los Sergios están de moda. Tanto Sergio Ramos como Sergio Llull han sido protagonistas últimamente por sus goles y sus canastas en momentos decisivos de muchos partidos, goles y canastas casi imposibles, que daban la victoria a su equipo en los instantes finales.

Seguir leyendo en Diario 16.

Pablo Ráez no ha muerto

La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado. San Agustín de Hipona.

pablo-raez

“La leucemia me está enseñando más de lo que me ha quitado”; “ha despertado en mí grandes dosis de solidaridad”; “cada revés, cada retroceso en la enfermedad me hace más fuerte en lugar de rendirme”; “hay que disfrutar el día a día y cada momento porque es único, cada día es único e irrepetible”; “la muerte forma parte de la vida, por lo que no hay que temerla, sino amarla”.

Son algunas frases dichas por Pablo a lo largo de su enfermedad. Frases que impactan, que invitan a la reflexión. Frases de una persona madura, que ha aprendido a afrontar los reveses de la vida y a integrarlos como parte de ella.

Seguir leyendo en Diario 16

El control consciente de las emociones

Las emociones son invasivas, pero las podemos controlar. Susana Bloch

emociones110

Hace poco hablaba del inicio de mi colaboración con Álex González, y os presenté mi primer artículo para su blog, “Nosotros las personas“, en el que hablaba sobre la humildad.

Hoy es Álex el que se asoma a estas páginas, y nos presenta un artículo sobre algo que, a mi juicio, es fundamental conocer si queremos gobernar bien el barco de nuestra vida. Las emociones. Sin más, os dejo con Álex.

Hace apenas unos días, Alejandro Rubio colaboró en mi blog “Nosotros: las personas” con una entrada sobre la humildad, aprovechando que es ese el valor sobre el que estoy publicando este mes de febrero.

Le devuelvo su regalo con este artículo en el que reflexiono sobre algo que para mí es fundamental en cualquier etapa y situación de nuestras vidas en las que podamos pensar: las emociones.

Ya en mi primera publicación, allá por el 2012, decía que los seres humanos estamos hechos de emociones. Con ello hoy, 5 años después, reafirmo y ratifico la importancia de éstas para entender cualquier relación ya no sólo interpersonal, sino también intrapersonal (del yo conmigo mismo). En definitiva, según sean las emociones, pero sobre todo según sea nuestro control que sobre ellas ejerzamos, las situaciones pueden tomar un camino u otro.

Nuestros resultados y la consecución de nuestras metas en la vida dependen de las emociones mucho más de lo que queremos creer. Pensamos que ocultarlas nos hace más adultos, maduros y mejores y, desgraciadamente, vivimos acostumbrados a ignorar las emociones, que son para nosotros fuerzas incontrolables que surgen de un abismo ingobernable al que tememos asomarnos.

Pero debemos ser realistas; las emociones forman parte de nuestras vidas y nos transmiten información para comprender quiénes somos, cómo actuamos y cómo percibimos nuestro entorno.

Atender a las emociones es un trabajo consciente, pero realmente útil para tomar decisiones en nuestro día a día, reducir el estrés, ser más creativos, obtener mejores resultados, ser más empáticos, etc… en definitiva, para sacar lo mejor de nosotros mismos.

Cuando actuamos de manera equivocada, porque la emoción se apodera de nosotros, solemos excusarnos en que un agente externo ha sido el causante. Siempre es mucho más fácil echar culpas afuera que asumir que, aunque el agente provocador realmente exista, sólo nosotros tenemos acceso al interruptor que enciende o no la chispa que hace expandir la llama.

Por muy malo que sean nuestros días, por muy mala que sea la situación que estemos viviendo o por muy tóxica que sea la persona que tenemos a nuestro lado, sólo nosotros tenemos el poder de controlar nuestras emociones, mirar hacia otro lado, ver la parte positiva e intentar extraerla, aunque ésta sólo sea aprendizaje, ¡que ya es mucho! Siempre que aludo a este poder interior recuerdo el libro de “El hombre en busca del sentido” de Viktor Frankl, quien estando en una situación tan límite como ser un recluto de un campo de concentración nazi, fue capaz de determinar que aquellos que veían un sentido a la vida, aquellos que sabían ver el vaso medio lleno, eran los que finalmente tenían más posibilidades de aguantar tal calvario y sobrevivir.

Cierto es que todo esto requiere trabajo, y además un trabajo para nada fácil, porque uno tiene que ser consciente durante todo este proceso de control emocional y llegar a reconocer que es realmente la propia persona quien tiene la última palabra en cómo afrontar una situación, por muy complicada y límite que pueda llegar a ser.

Mi consejo:

“Siéntete dueño de tu propio yo y, aunque en ocasiones sientas que tu estado emocional te ha llevado a actuar de manera errónea, piensa que eso representa quizás haber perdido una batalla, pero no la guerra.

El aprendizaje y el haberte levantado siempre con más fuerza tras una caída te van a ayudar, sin duda, a reforzar tu inteligencia emocional y sentirte cada vez con más energía, con la que además podrás ayudar a otros a conseguir este trabajo interno y emocional cuando les veas flaquear”.

Lo que de verdad importa

Amar y sufrir es, a la larga, la única manera de vivir con plenitud y dignidad. Gregorio Marañón.

lo-que-de-verdad-importa-34550-g3

Ayer vi la película que da título a mi artículo de hoy. Dos semanas antes había recibido un whatsapp, uno de esos anónimos que circulan por ahí y que nadie sabe quién ha escrito, previniendo contra el film de Paco Arango. Advertía que era una película anticristiana, y daba argumentos supuestamente basados en varias escenas y varias tramas de la película. No me fié ni por un momento de aquel mensaje, decidí leer otras críticas, y después de leerlas decidí ir al cine y contribuir con el pago de mi entrada a la Fundación Aladina, que es a quien va destinada la recaudación íntegra de “Lo que de verdad importa”. No me defraudó lo más mínimo. Es más, me encantó, me emocionó, y me dejó un fantástico sabor de boca que me duró toda la tarde y aún me dura.

Hace unos días leí en algún sitio una frase de esas que circulan por Internet. Decía que la vida no es para llevar, es para consumirla ahora. La película del director mexicano me hizo recordar esa frase. Y es que “Lo que de verdad importa” es un canto a la vida, un canto a la vida con mayúsculas. “Lo que de verdad importa” nos habla de consumir la vida ahora, de aprovecharla a tope y no dejarla para después, para cuando ya no quede nada, para cuando ya sea tarde. “Lo que de verdad importa” nos habla de lo que de verdad importa, permítaseme la redundancia. Sí, porque a menudo dejamos pasar la vida preocupándonos por cosas que no importan lo más mínimo, por nimiedades, por banalidades. Perdemos el tiempo, y nos perdemos la vida, preocupándonos por ganar más dinero a final de mes, por tener el móvil de última generación, por tener un coche que luzca mejor que el del vecino, por ponernos más fuertes en el gimnasio y más morenos en la playa o en la cabina de rayos UVA,… Cuando lo que de verdad importa son otras cosas. Lo que de verdad importa son las relaciones humanas, lo que de verdad importa es dar un golpe de aliento a quien lo necesita, lo que de verdad importa es estar al lado del que sufre, lo que de verdad importa es sonreír, es jugar, es reír hasta que duela el estómago, es bailar, es burlarse de los contratiempos, es cantar, cantarle a la vida y vivirla con intensidad, sean cuales sean nuestras circunstancias.

Es lo que hace Abigail (Kaitlyn Bernard), a pesar de haber sido desahuciada por los médicos debido a un cáncer sin cura (su regaliz, lo llama ella). Sabe que se va a morir, y sin embargo no tiene miedo a la muerte. Y si lo tiene, que es lógico y normal, lo afronta aprovechando a tope cada instante de su vida. En una magnífica escena de la película, Abigail da una gran lección a Alec (Oliver Jackson-Cohen) y a Cecilia (Camila Luddington), y de paso nos la da a nosotros, con la lectura de un bellísimo texto que ella misma ha escrito. Un texto en el que habla de la importancia de ser conscientes de nuestra respiración. Es algo en lo que no nos fijamos. Respiramos, y ello es lo que nos permite seguir viviendo. Y sin embargo lo hacemos inconscientemente, sin darnos cuenta de que es un grandísimo regalo. Abigail pide a Alec y Cecilia que sean conscientes de cada una de sus respiraciones, y que las vivan con intensidad. En el fondo, lo que les está pidiendo es que sean conscientes de que la vida es un regalo maravilloso, y que hay que aprovecharlo, minuto a minuto, instante a instante, entre otras razones porque, tengas cáncer o no, no sabes cuándo te vas a morir.

Abigail nos hace caer en la cuenta de que despertar cada día es un milagro .Cuando nos va mal nos quejamos y le preguntamos a Dios que dónde están los milagros, y como los milagros no llegan dejamos de creer en Él. No nos damos cuenta de que la vida misma es el mayor de los milagros, ni de que estamos rodeados de milagros por todas partes. La risa de un niño, el llanto de un bebé que pide de comer, el ladrido de un perro que quiere jugar, el vuelo de una mariposa, la hierba que cruje a nuestro paso, el sol que ilumina nuestros días, el susurro del mar muriendo en la orilla, la brisa acariciándonos la cara, el canto del ruiseñor que celebra un nuevo amanecer… ¿Hace falta poner más ejemplos?

“Lo que de verdad importa” es una película amable, una película mágica, una película divertida, enternecedora, verdadera, alegre, trascendente. “Lo que de verdad importa” nos habla con toda naturalidad de la vida, de la muerte, de la vida después de la muerte, de la enfermedad, de Dios, del poder de la oración, del perdón, de la risa, del llanto… “Lo que de verdad importa” no es, ni muchísimo menos, una película anticristiana, como decía aquel absurdo mensaje que comentaba al principio de mi artículo. Es una película para todos los públicos, en todos los sentidos. Mayores y menos mayores, cristianos y no cristianos, creyentes e incrédulos. Todo el que tenga un mínimo de sensibilidad, y un alma joven dispuesta a dejarse empapar por la magia de la vida puede y debe disfrutar de “Lo que de verdad importa”. Yo la vi ayer, pero, seguro, no será la última vez que la vea. Y tú, ¿la has visto ya?

La humildad

Cuando somos grandes en humildad, estamos más cerca de lo grande. Rabindranath Tagore.

donkey-1395081

Con este artículo que a continuación enlazo, comienzo mi colaboración con Álex González y su blog “Nosotros: las personas“, que os invito a leer y seguir. En este caso, hablo de la humildad.

Gracias a Álex por permitirme asomarme a sus páginas. Todo un privilegio para mí. Podéis leer el artículo pinchando aquí.

Senderismo y arqueología de la Guerra Civil en Braojos

Quien desee ver el arcoiris debe aprender a disfrutar de la lluvia. Paulo Coelho

16684162_10210586282272241_3358361433143814140_n

Comparto hoy un artículo de El Caminante y su Sombra, con quien el domingo pasado estuvimos de excursión. Una excursión pasada por agua, pues salvo la primera media hora o poco más, llovió con ganas durante toda la jornada. Llegamos a los coches hechos una sopa. Pero dejemos que sea el propio Caminante el que nos lo cuente.

El domingo 12 de febrero en colaboración con El Sueño del Héroe tuvo lugar la ruta de senderismo por Braojos de la Sierra siguiendo las huellas de la Guerra Civil. Cinco valientes senderistas más Zarko, el perro de Alejandro, nos adentramos en las brumas de las montañas y de la historia.

Para seguir leyendo pincha aquí

Sólo terminar diciendo que en las dificultades e incomodidades, en este caso la lluvia y el frío, uno se curte, aprende que no todo el campo es orégano, y si tiene suficiente capacidad de análisis y reflexión, puede llevar esas enseñanzas a las adversidades de la vida. ¿Cómo actúo cuando vienen mal dadas? ¿Me quejo? ¿O me hago fuerte y aprovecho para crecer?

Celebrar los fracasos

He fallado más de nueve mil tiros en mi carrera; he perdido casi trescientos partidos; veintiséis  veces han confiado en mí para lanzar el tiro que ganaba el partido y lo he fallado. He fracasado una y otra vez en mi vida y es por eso por lo que he tenido éxito. Michael Jordan.

IMG_1231

Ayer terminó mi contrato en la empresa en la que estaba trabajando. La semana pasada, mis jefes me reunieron en una sala, antes de comenzar mi jornada. Me dijeron que estaba trabajando bien. Muy bien, recalcaron. Estaban contentos conmigo. Muy contentos, insistieron. Pero no te podemos renovar, afirmaron. Como puedes imaginar, en ese momento me cambió la cara. Asistí impertérrito a las razones que argumentaron para mi no renovación, deseando que aquello terminase cuanto antes. Me dieron las gracias por mi trabajo -eres un currante magnífico, repitieron-, me extendieron un papel para que lo firmara, y… firmé, les di a ellos las gracias, un apretón de manos, y me incorporé, por penúltima vez -sí, después de aquello aún me quedaba otro día- a mi puesto de trabajo.

En ese momento no lo hice, pero me entraron unas ganas tremendas de llorar. De llorar de rabia, de pena, de impotencia… Aguanté el tipo, y me puse a trabajar. Haciendo bien mi trabajo, igual que cualquier día de los seis meses que allí llevaba. Durante la tarde, varias veces las lágrimas quisieron asomarse a mis ojos. Lo impedí. Aguanté, de nuevo, el tipo. Hasta que me quedé solo, en mi coche, camino a casa. Entonces sí. Entonces me desahogué, lloré, berreé, me lamenté. Como un niño. Como un hombre. Sí, porque los hombres también lloran. También lloramos. Si te han dicho lo contrario, te han engañado.

la-foto-28

Ha pasado una semana, justo una semana, de aquello. Y hoy me he ido al monte a celebrarlo. ¡¿A celebraro?! Sí, a celebrarlo. A celebrar mis seis meses en la empresa, dando cada día mi cien por cien. A celebrar todo lo que aprendí allí. A celebrar las maravillosas personas, a nivel profesional pero sobre todo a nivel humano, que allí conocí. A celebrar ese camino tan bonito que durante seis meses tuve la oportunidad de recorrer. A celebrar la que ha sido la mejor experiencia laboral de toda mi vida. A celebrar que ahora soy más sabio, más humano, más humilde, más grande. A celebrar mi fracaso.

Aunque… mirándolo bien, no ha sido mi fracaso. Repito que allí lo he dado todo, y he aprendido mucho. Han reconocido mi labor. El motivo de mi no renovación no es achacable a mí. Sus razones tendrán. Si alguien, en este caso, ha fracasado, ha sido la empresa. Por prescindir de un profesional y de una persona como yo.

En cualquier caso, vale, llamémosle fracaso. ¿Por qué no celebrar los fracasos? Dos párrafos más arriba he enumerado algunas de las razones por las que es bueno celebrarlos. En realidad, cuando fracasas, o cuando las cosas no salen como tu querías, como tú esperabas, tienes dos opciones. Puedes quedarte ahí parado, lamentándote de tu mala suerte, o puedes… celebrarlo, coger fuerzas, aprender de la experiencia, y seguir adelante. ¿Cuántos genios han fracasado antes de llegar a ser quienes fueron?

Los profesores de Albert Einstein dudaban de sus capacidades académicas. Empezó a hablar a los cuatro años y a leer a los siete. Abandonó la escuela -hoy lo llaman fracaso escolar- a los quince. Más tarde se supo que era disléxico.

Charles Chaplin fue rechazado por estudios de cine y productores porque no entendían su forma de actuar.

Steve Jobs fue despedido por sus socios de la empresa que él mismo creó. Después, uno de sus proyectos, Next, se convirtió en un pozo sin fondo para sus inversores.

Stephen King se deshizo de su primera novela, Carrie, ante el rechazo, una y otra vez, de los editores. Fue su mujer la que la recuperó de la papelera.

Steven Spielberg fue rechazado hasta tres veces por la University of Southern California. Finalmente, prefirió dejar los estudios.

Walt Disney fue despedido del periódico en el que trabajaba, por falta de imaginación y de buenas ideas.

Son sólo algunos casos. ¿Necesitas más? Si buscas en Internet puedes encontrarlos. Numerosos escritores, pintores, músicos, nunca vieron triunfar sus obras en vida.

Son ejemplos de que a veces, antes de llegar al éxito, hay que fracasar, una o muchas veces. El problema está en cuando no sabemos extraer el aprendizaje de esos fracasos. Cuando, como decía más arriba, nos quedamos lamentando nuestra mala suerte, cuando nos convertimos en víctimas en lugar de en responsables de nuestras vidas. Decía Nietzsche que lo que no te mata te hace más fuerte. Pero eres tú el que decide si tus fracasos te hacen más fuerte, o te hunden en tu propia miseria. Eres tú quien decide si te resignas o si te levantas y luchas de nuevo. Las veces que haga falta. Hasta que salga bien. Cada vez que fracases, celébralo. Llora si quieres. Es bueno. Pero después, celébralo.

Por desgracia, nos han enseñado, en este mundo competitivo, a enfocarnos en el resultado. Si el resultado no es el esperado se considera que hemos fracasado, que lo hemos hecho mal, y sentimos el rechazo de los demás, de la sociedad. Esa actitud hace que nos olvidemos del proceso, del camino a recorrer. Puede que no logremos lo que queríamos obtener, pero… ¿qué ha pasado durante el camino? ¿Qué has aprendido? ¿Qué te has llevado? ¿Qué te impide enfocarte en eso, en lugar de en el resultado? La diferencia entre los que triunfan y los que nunca lo hacen está ahí. En dónde pones el foco. ¿Lo pones en el resultado, o lo pones en el proceso?

Soy aficionado a la montaña, la cual es un claro ejemplo de lo que estoy diciendo. Un día sales de casa, con la intención de coronar un pico de dos mil metros. O de tres mil. O de quinientos. Y resulta que cuando estás llegando… cae la niebla y no puedes alcanzar la cima. ¿Has fracasado? ¡¡¡No!!! Ese pico va a seguir ahí, nadie se lo va a llevar. Puedes volver las veces que quieras e intentarlo de nuevo. Esta vez no ha podido ser, pero… ¿qué ha pasado durante el camino? Has podido disfrutar de la compañía de la gente que iba contigo, o de otros montañeros con los que te has cruzado; de la brisa que ha acariciado tu rostro; del sol que ha iluminado y dado calor a tus pasos; de las aves que, con sus cantos, han amenizado tu marcha; de la nieve, tan pura, tan blanca, tan fría; ¡de las mismas montañas, que nunca defraudan! Si eres montañero lo sabes: las montañas hablan. Hablan, y siempre dicen algo bueno. Siempre nos animan si hemos tenido una decepción, o refuerzan nuestra alegría si estamos celebrando algún éxito. Si no lo has probado, te animo a ello. Busca un buen guía, alguien que te acompañe -yo puedo hacerlo- y pruébalo. Descubre la sabiduría que las montañas te pueden ofrecer. ¡Eso sí es un antidepresivo, y no el Prozac!

la-foto-2

Estoy alargando demasiado el artículo y no quiero aburrirte más. Quédate con esto: los fracasos son parte del aprendizaje de la vida. Si un fracaso te tumba, nunca aprenderás nada. Sigue intentándolo. Hazlo mal si es necesario, pero hazlo. Hasta que te salga bien. Si no lo haces por miedo a hacerlo mal, por miedo al qué dirán, por miedo al fracaso, nunca aprenderás. ¿Quizá estás pensando que para que te quieran, o para que te valoren, tienes que hacerlo bien? ¿Tienes que triunfar a la primera? ¡Olvida eso! Si por no hacerlo bien te  rechazan, el problema es de ellos, no es tuyo. Y si demuestras que no te importa, les darás una lección. Te acabarán admirando. Aprovecha tus oportunidades, porque quizá no vuelvas a tenerlas. Si no las aprovechas, si te rindes antes de tiempo, quizá un día te lamentes. Porque el tiempo pasa y no vuelve. Hazlo, inténtalo, fracasa. Una vez, dos, tres, ochocientas. Y celébralo. Así, hasta que salga. Por supuesto, cuando salga, ¡¡vuelve a celebrarlo!! Pero esto será motivo de otro artículo: la celebración de los éxitos. Hoy brindo contigo porque inicio una nueva etapa.

la-foto-3

Emigrantes y viajeros

El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer. Mariano José de Larra.

Además de escribir, también leo. No se puede ser escritor sin leer mucho. Cuanto más, mejor. Y una de las cosas que leo, son blogs. Últimamente ando poniéndome al día, pues se me han ido acumulando artículos en mi correo electrónico.

Leo esta mañana uno de mi amiga Macu Gavilán (lo puedes leer pinchando aquí), que me sirve de inspiración para este que ahora inicio. Me gusta, y le dejo un comentario que reproduzco a continuación:

No sé si tiene algo que ver, pero… si bien el alimento es necesario, y también un techo bajo el que refugiarse, y es triste, muy triste, clama al cielo, que haya millones de personas que no lo tengan… nuestro mundo occidental vacía las almas, y eso también es muy triste y muy grave. Quizá por eso haya quien emigra buscando… buscando mundos más auténticos, mundos en los que las personas valgan más que las cosas, mundos en los que las relaciones personales valgan más que las relaciones mercantiles.
También están los que, emigrando, o viajando, tratan de huir de sí mismos. Esos no encontrarán sosiego en ningún sitio, mientras no viajen a su interior. Pero esto es capítulo aparte.
Gracias por el artículo.

En realidad, eso es lo que quería mostrar hoy. El comentario que le dejo a Macu dice casi todo lo que pasa ahora por mi mente. Pienso sobre la gente que viaja mucho, que está realmente obsesionada con viajar. Por supuesto, no se puede meter a todo el mundo en el mismo saco. Pero… cada uno que piense si le pasa. Creo que muchas de esas personas huyen de sí mismas, como afirmo en mi comentario al artículo de Macu. Huyen, porque no les gusta lo que ven si se paran, si miran hacia adentro. Otro síntoma de ello es la velocidad a la que transcurren nuestras vidas en occidente. Vamos corriendo a todas partes, hacemos muchas cosas, infinidad de cosas, y no nos permitimos parar. Huimos del silencio y de los lugares silenciosos.

Y es que si nos paramos, si nos quedamos en silencio, antes o después una voz nos interpela. Una voz que nos pregunta sobre nuestro destino. ¿Dónde vas? ¿Para qué corres? ¿Por qué tanta prisa? ¿Tanto acumular cosas? ¿Tanto consumismo, tanto hedonismo, tanto materialismo? ¿Qué es la vida? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia? ¿Qué hay detrás de la muerte? ¿Qué sentido tiene el dolor?

Son preguntas, especialmente las más profundas, que asustan, y preferimos huir de ellas. O quizás huimos de las respuestas. Lo hacemos imprimiendo velocidades vertiginosas a nuestras vidas, y ruido, mucho ruido. Radio, televisión, música a todas horas (fíjate en el metro, o por la calle, cuánta gente va con auriculares)…

Paradójicamente, al menos en ciertos ambientes, hay cierta búsqueda de lo trascendente. Están de moda las religiones y filosofías orientales, la meditación, el yoga, el tai chi, el chi kung, se habla mucho del mindulness… Pero… ¿están ahí las respuestas a todas esas preguntas que nos intranquilizan? ¿O estas prácticas son simplemente parches? ¿Dónde están las verdaderas respuestas?

No trato de dar soluciones a estas cuestiones. Quizá cada uno tenga las suyas. Sólo invito a la reflexión. A la reflexión de aquellos que se sientan identificados con mi artículo. O con el de Macu. Invito también a la búsqueda. A una búsqueda sincera. También, si quieres, al debate. Queda abierto en los comentarios.

El poder de las conversaciones

Hey Jude, don’t carry the world upon your shoulders. John Lennon/Paul McCartney

Dice Rafael Echeverría que la calidad de nuestras relaciones se puede medir por la calidad de nuestras conversaciones. Es más, si vamos un poco más allá, podemos afirmar que son las conversaciones las que construyen nuestras relaciones. Si no hay conversación, no hay relación. Ocurre tanto a nivel personal como a nivel grupal. Una empresa existe porque ha habido y hay conversaciones que permiten que exista. Un equipo de fútbol, un grupo de amigos, una familia, un partido político… Todas nuestras relaciones se construyen a base de conversaciones. Si esas conversaciones se deterioran, o desaparecen, las relaciones acaban también desapareciendo. Y a veces una relación también termina con una conversación.

Piensa un poco: ¿qué conversaciones tienes pendientes? Me refiero a conversaciones de verdad. En la era tecnológica que vivimos tendemos a sustituir nuestras conversaciones, sobre todo si sabemos que van a ser difíciles, por el envío de emails. Nos escondemos detrás de una pantalla para no afrontar cara a cara aquello que nos da miedo afrontar. No quiero decir con ésto que todos nuestros emails respondan a ese tipo de comportamiento. Pero… ¿no es verdad que, en numerosas ocasiones, tendemos a usar Internet para evitar conversaciones que, por el motivo que sea, nos resultan incómodas? Piénsalo bien.

Te preguntaba en el párrafo anterior, ¿qué conversaciones tienes pendientes? O, ¿cuáles estás sustituyendo por el envío de un correo electrónico? Si eres sincero contigo mismo y respondes estas preguntas con honestidad, tendrás una pista muy fiable de cómo están, a día de hoy, las relaciones con las personas con las que convives. Ya sea en casa, en el trabajo, en la comunidad de vecinos o con tus amigos.

Hoy día Internet nos conecta con el mundo de manera asombrosa, pero a menudo nos desconecta de las personas que tenemos al lado, de las personas con las que podríamos relacionarnos cara a cara y tener conversaciones de verdad, auténticas. Me parece importante analizar, y después actuar en consecuencia, los motivos por los que, a menudo, enviamos un email en lugar de tener una conversación. ¿Cuántos de nuestros correos electrónicos podrían sustituirse por conversaciones? Y si lo hiciéramos, ¿cómo se verían afectadas nuestras relaciones?

Escuché en una charla TED que nos jugamos la vida en las conversaciones que tenemos… y en las que no tenemos. ¿Cuántos problemas solucionamos gracias a una conversación? ¿Y cuántos conflictos se generan por malentendidos derivados de no haber tenido una conversación? Te voy a dar una mala noticia, y es que la telepatía no existe. Tendemos a adivinar los pensamientos y las intenciones de los demás, pero por muy intuitivos que seamos, nunca podremos estar seguros de qué está pensando el otro si no se lo preguntamos, si no hablamos con él. Las conversaciones son necesarias, son fundamentales, para conocer qué piensa el otro, qué necesita, qué siente, qué le pasa, cuáles son sus intenciones sobre esto o aquello, cuáles sus preocupaciones. Sin conversaciones, podemos imaginar, podemos suponer, incluso, a veces, podemos adivinar. Pero nunca podremos estar seguros de qué es lo que está pasando por la cabeza de los demás. Y al revés, si lo estamos pasando mal, si necesitamos ayuda o queremos saber algo,  si tenemos una inquietud, podemos esperar a que otro se dé cuenta, pero la única manera segura de conseguirlo es decírselo, tener una conversación con quien creemos que podrá ayudarnos. Una conversación puede evitar que te eches el mundo sobre tus hombros.

Citaba al principio a Echeverría diciendo que la calidad de nuestras relaciones se puede medir por la calidad de nuestras conversaciones. Y, de la misma manera, se puede medir nuestra capacidad de liderazgo. En el trabajo o en la propia vida. En la medida en la que seamos capaces de afrontar conversaciones sinceras, seremos capaces de liderar, primero a nosotros mismos y después a los demás. Un buen jefe, una buena jefa, se caracteriza porque habla con los miembros de su equipo, les pregunta, se interesa por sus ambiciones dentro de la empresa, se preocupa por sus inquietudes… y les anima asimismo a plantear las conversaciones que sean necesarias. Lo mismo se puede decir de un buen padre, una madre, un maestro, un político… Ni que decir tiene que cualquier conversación ha de estar presidida por la sinceridad, la honradez, la honestidad. De nada vale tener una conversación si se esconde lo que realmente es importante, se dice lo contrario de lo que se piensa, o se dicen cosas, simplemente, para quedar bien.

Para terminar, te invito a que pienses en alguna conversación que estás evitando, y te lances a ella. Primero prepárala bien, después busca el momento adecuado, luego dile a esa persona que quieres hablar con ella (para que también sea su momento adecuado), y después ten esa conversación. La vida es mucho más interesante cuando somos atrevidos. Y para tener conversaciones, en muchas ocasiones hay que tener una buena dosis de atrevimiento. Entonces… ¿te atreves?

P.S.: Si tu conversación es tan difícil que no sabes ni cómo afrontarla, un coach podría ayudarte a prepararla. Si me necesitas… ¡te espero!