¿Te sientes vacío?

Todo el que pide, recibe; el que busca, halla y al que llama, se le abrirá. Mt, 7-8

En el pasado artículo mencionaba un encuentro con Jaume Vives, creador del documental “Guardianes de la fe“. Un par de días después de conocerle, alguien me habló de un vídeo en el que el propio Jaume cuenta su pérdida de la fe, y su reencuentro con ella. Merece mucho la pena verlo, de principio a fin. Entre otras cosas, Jaume insiste en la necesidad de dar la cara por Cristo, de ser coherentes con nuestra fe.

Hay un afán entre los católicos, dice Jaume, de ser como todo el mundo. De no diferenciarnos. Que no vean que soy diferente, no sea que se enteren de que voy a misa, de que rezo, de que tengo determinadas ideas, y me señalen. Esto contrasta con la forma de vivir la fe de los cristianos perseguidos. Nosotros podemos pasar vergüenza por reconocernos católicos, y para evitar esa vergüenza negamos a Cristo. Ellos pueden perder sus posesiones, y hasta su vida, y sin embargo reconocen a Cristo. Su vida entera está vertebrada por la fe católica. Están dispuestos a perder todo, excepto la fe.

Negamos a Cristo, a diario, de mil formas diferentes. Por ejemplo, asistiendo a lugares, a espectáculos, a exposiciones, etc., en las que se ofende a Cristo. Yo no puedo estar a gusto, afirma de manera tajante Jaume, en un sitio en el que Cristo estaría llorando.

Negamos también a Cristo cuando ponemos mil excusas para no arrodillarnos en misa en el momento de la Consagración; lo negamos cuando eliminamos de nuestras iglesias los reclinatorios; lo negamos cuando oímos cómo se burlan de Él, o de su Iglesia, y permanecemos indiferentes; lo negamos cuando nos creamos una religión a la carta, cuando decimos “yo creo en Dios pero no en la Iglesia”, cuando elegimos cumplir unos preceptos de la religión católica y otros no, cuando no defendemos a nuestros sacerdotes… Y así podría seguir enumerando una y mil formas de negar a Jesucristo. Si de verdad quieres seguir a Cristo, si quieres que Él sea el centro de tu vida, busca todo aquello que te aparta de Él, y sácalo de tu vida. Verás como empiezas a ver las cosas de otra manera.

“Cuando más feliz he sido en mi vida, cuando más paz he tenido, ha sido cuando más cerca de Dios he estado”. Son palabras de Jaume, y yo las suscribo punto por punto. Cuando me alejo de Dios pierdo la paz y la alegría, me alejo de la felicidad. Puedes buscar la felicidad en muchos sitios, pero si la quieres encontrar de verdad, búscala en Cristo. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Fuera de Él quizá puedas encontrar muchos sucedáneos. Pero nada te llenará. Cuando creas saciarte con algo, enseguida volverás a sentir sed y te verás obligado a seguir buscando. Con Cristo no ocurre eso. Prueba, y verás.

Te invito a escuchar a Jaume pinchando en este enlace. Él lo cuenta mucho mejor que yo, y con más gracia. Merece la pena. Míralo, y después me cuentas.

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Vivir una gran pena

Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel. Gandhi.

Ayer recibí un mensaje de una persona desconocida. Me contaba que navegaba en la red en busca de lecturas de ciertos temas, y cayó en este blog. Leyó varios artículos, le gustaron, y decidió escribirme. Me decía que lo estaba pasando mal, peor que nunca en su vida. Decidí contestar, y a vuelta de correo me explicó su pena. Su madre ha fallecido hace poco, y no puede soportarlo.

Me quedé sin palabras. Yo tampoco podría soportarlo. Y es que no hay nada en el mundo, al menos yo no lo imagino, peor que la pérdida de una madre. O de un padre. Mis padres son para mí lo mejor que tengo en mi vida. De hecho, no me la imagino sin ellos. Sé que llegará un día en que tendré que hacerme a la idea, es ley de vida. Pero pido a Dios todos los días que ese momento aún tarde mucho en llegar. Mis padres lo son todo para mí. Me han dado la vida, y me han dado muchas cosas más. Soy lo que soy gracias a ellos. No me resulta muy complicado, por eso, ponerme en la piel de esta persona que acaba de perder a su madre.

Sin embargo, la vida es así. Así de grande, así de bella, así de misteriosa, así de cruel. Y así hay que vivirla, no queda otra. Con sus alegrías y con sus tristezas. Porque sí, las tristezas también hay que vivirlas, y hay que expresarlas, y sentirlas, y pasar por ellas. No vale hacerse el fuerte. No sirve, no ayuda. Cuando uno pierde a un ser querido tiene que llorar, y tiene que no tener ganas de hacer nada, sobre todo si lo que hace le recuerda a ese ser querido. Cuando uno pierde a un allegado tiene que pasar un proceso de duelo, y no querer aparentar que la vida sigue y aquí no pasa nada. Efectivamente, la vida sigue, pero de otra manera. Y antes de que siga, hay que pararse para asimilar el mazazo que la propia vida nos ha dado. Ésta no va a dejar de ser maravillosa, pero en esos momentos es oscura, absurda, amarga, despiadada, inhumana, invivible. Por eso quizá lo único que nos apetezca sea escondernos bajo las sábanas y dormir veinticuatro horas al día para no pensar, para no sentir, para no tener que beber ese trago tan amargo. Todo eso no es malo. Es humano, y por ello hay que pasar. Sin querer hacerse el fuerte ni pretender acortar el período de duelo.

No obstante, llega un momento en que hay que salir de la cueva. Aunque aún duela. Alrededor seguro que tenemos personas que también han perdido a ese ser querido. Podemos acercarnos a ellas y vivir con ellas nuestra tristeza, que también es la suya. Preguntarles cómo se sienten, aunque ya lo sepamos. Porque hablar de lo que se siente ayuda a procesarlo mejor. Abrazarles, llorar con ellos, salir a caminar, hacer cosas juntos.

También es bueno volver pronto a la vida de siempre, a la cotidianidad. Aunque ya no sea lo mismo sin esa persona. Aunque se nos rompa el alma y se nos desgarre el corazón cuando pasemos por los mismos sitios por los que pasábamos con esa persona que ya no está. Aunque las lágrimas afloren y no encontremos consuelo cuando llevemos a cabo esa actividad que tan a menudo compartíamos con esa persona. Aunque duela, aunque el peso parezca insoportable, es necesario cargar con él para seguir viviendo. Poco a poco nos iremos sintiendo mejor. Y la persona que se ha ido nos ayudará, porque aunque ya no la podemos ver, sigue ahí. Camina a nuestro lado, sigue nuestros pasos, nos sonríe, nos alienta, y nos espera al otro lado de la puerta, para volver a reunirse con nosotros, para fundirse en una abrazo sin fin, el día que a nosotros también nos toque traspasar dicha puerta.

Un abrazo muy fuerte, María José, amiga desconocida. Vive una vida con mayúsculas, porque es el mejor regalo que le puedes hacer a tu madre. Aunque ahora no tengas fuerzas ni para dar un paso. Adelante, siempre adelante.

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Pablo Ráez no ha muerto

La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado. San Agustín de Hipona.

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“La leucemia me está enseñando más de lo que me ha quitado”; “ha despertado en mí grandes dosis de solidaridad”; “cada revés, cada retroceso en la enfermedad me hace más fuerte en lugar de rendirme”; “hay que disfrutar el día a día y cada momento porque es único, cada día es único e irrepetible”; “la muerte forma parte de la vida, por lo que no hay que temerla, sino amarla”.

Son algunas frases dichas por Pablo a lo largo de su enfermedad. Frases que impactan, que invitan a la reflexión. Frases de una persona madura, que ha aprendido a afrontar los reveses de la vida y a integrarlos como parte de ella.

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¡¡¡Alegría!!!

La mitad de la alegría reside en hablar de ella. Proverbio persa.

Ayer hice un pequeño experimento con el que me divertí mucho. Mandé, a algunos de mis contactos y grupos de whatsapp, un mensaje: ¡¡¡Alegría!!! Así, sin más. Sin ninguna explicación. Lo mandé, y esperé. Las respuestas fueron variadas. Una ha llegado esta mañana y me ha gustado muchísimo: ¡¡¡Entusiasmo!!! Hubo quien me respondió con emoticonos de estrellitas y soles, gitanas bailando, caras sonriendo, flores y besos, aplausos… No sólo recibí respuestas gráficas. ¡¡¡Alegría!!!, seguida de risas fue otra de las respuestas; qué pasa, ¿cosas de “coacher”? otra; me alegro de que estés alegre, me decía alguien; para todos, rezaba otro mensaje. Pero la mayoría… la mayoría no entendía nada. Muchos mensajes preguntando que qué pasaba, a qué se debía tanta alegría, interrogantes… También muchas “no respuestas”, gente que leyó mi mensaje y prefirió no responder.

El experimento me hizo pasar un buen rato. Era entusiasmante ir recibiendo respuestas, imaginar las caras de las personas al leer mi mensaje, adivinar qué pensarían… También fue divertido compartirlo con una amiga. Ella fue la primera en contestar, y, rápidamente, supo de qué iba la cosa. Pero el ensayo iba un poco más allá de pasar un buen rato.

¿Qué nos pasa con la alegría? Como digo, la mayoría de las respuestas fueron de interrogación. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? ¿Te han subido el sueldo? ¿Te has echado novia? ¿Te ha tocado la lotería? ¿Has encontrado un nuevo trabajo? ¿Has tenido un hijo? ¿Te has casado? No son preguntas que me hicieron a raíz de mi mensaje, pero son preguntas que cualquiera podríamos haber hecho a alguien que nos manda un mensaje como el que yo mandé. Yo mismo, si hubiera recibido un mensaje así, probablemente me habría preguntado, “¿por qué?”. Repito: ¿qué nos pasa con la alegría?

¿Por qué hay que tener un motivo “especial” para estar alegres? ¿No es ya la vida misma un motivo de sobra para estarlo? Es más, si miramos a nuestro alrededor, ¿no podemos encontrar un millón de razones para encontrar esa alegría que yo ayer traté de transmitir a través de un simple whatsapp? Pero no. Nos hemos educado en una sociedad que castra la alegría. Suena fuerte, ¿verdad? Pero es así. Y si no, pensad un poco. Imaginaos una reunión de trabajo. Caras serias, gestos de gravedad. ¿Qué pasa si alguien se ríe? ¡O simplemente sonríe! El resto le miraría con recelo y con sospecha. ¿Qué le pasa a este? ¿No se da cuenta de que esto es un asunto serio? ¿A qué viene esa cara? ¿Es que está de broma?

Y eso ocurre en todos los ámbitos de nuestra sociedad. La alegría está reservada para momentos concretos, y ha de haber un motivo señalado para expresarla. Al que se salga de ahí se le mira raro. Este se ha fumao algo. Mírale, qué frívolo. Siempre sonriendo. ¡Pura fachada! Seguro que por dentro está hecho polvo. Nada, déjale, seguro que no está bien de la cabeza.

Parece que exagero, pero… Probad a hacer lo mismo que hice yo ayer. Mandad el mismo mensaje, a no menos de veinte personas. A ver qué pasa. También podéis experimentar de otras formas que se os ocurran. Basta con echarle un poco de imaginación. Por ejemplo, esbozar la mejor de vuestras sonrisas en un ambiente en el que esté todo el mundo serio. Mejor aún, si os atrevéis, soltad una buena carcajada. Y luego me contáis qué paso.

Hay muchos motivos para estar alegres, sí. Y el mejor es estar vivo. Pero voy más allá. La alegría se puede “provocar”. Somos seres autónomos, capaces de influir en nuestras emociones. No se trata de negar la tristeza (otra emoción castrada, pero de ella hablaremos otro día). La tristeza también es buena, y necesaria. No se trata de negarla… pero tampoco de permanecer en ella por tiempo indefinido. Todos tenemos el poder de salir de ahí (no sólo de la tristeza, también, por ejemplo, de la rabia) y entrar en la alegría. Basta con traer un pensamiento positivo, algo, por ejemplo, que nos haya hecho reír en el pasado. O cambiar la postura de nuestro cuerpo. El cuerpo tiene un grandísimo poder sobre las emociones. Si estás triste ponte a bailar, y ya verás qué rápido sales de esa tristeza y te pones alegre. O escucha una música que para ti signifique alegría. Dite palabras alegres. Fuerza la risa hasta que ésta sea natural. Busca a alguien que te necesite y ofrécele tu compañía.

Son sólo algunos ejemplos. Hay cientos de cosas que podemos hacer para estar alegres. El lenguaje, por ejemplo, es una herramienta poderosísima para conseguirlo. Ya hablaremos de ello. Y no, no hace falta que haya pasado nada, no es necesario un motivo especial para estarlo. Ayer, antes de mandar mi mensaje, no estaba especialmente alegre. Tampoco triste. Simplemente, mi estado era neutro. En cuanto lo mandé… la alegría entró en mí como si la hubiera llamado a gritos (en realidad es lo que hice). Y lo mejor es que… ¡no me abandonó en toda la tarde! Me fui a trabajar, y lo hice más a gusto que nunca. Porque además, la emoción de la alegría hace que el cuerpo segregue dopamina y serotonina, dos hormonas que producen aún más alegría. Y si logramos prolongar ese estado, empiezan a establecerse en el cerebro conexiones neuronales nuevas que nos hacen sentir mejor. Eso, a largo plazo, alarga nuestra vida y hace que sea de mayor calidad.

Lo de ayer era también un pequeño regalo. ¿Por qué? ¡Porque sí! ¿Acaso tiene que haber un motivo especial para hacer regalos a la gente que aprecias? Ese es otro, a mi entender erróneo, de los conceptos que tenemos estereotipados: es necesario que se dé una ocasión especial (por ejemplo un cumpleaños), para hacer regalos. ¿Por qué no hacerlos, simplemente, porque sí? No hace falta que sean regalos caros. Es más, no hay que gastarse ni un sólo euro. Un mensaje de texto, un post-it escondido en algún sitio, una nota en el espejo del baño, una palabra amable inesperada, una llamada de teléfono… Sólo hay que echarle un poco de imaginación. ¡Y eso es también motivo de alegría!

Como ves, la alegría no trae más que ventajas a nuestra vida. ¡Y no hace falta ningún motivo especial para vivirla! ¿Te atreves a probar?

Pequeños cambios

La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos. Marco Aurelio.

Estos días atrás he recurrido varias veces a mi antiguo blog, “La Belleza”. Lo he echado de menos. Entonces me he preguntado, ¿son incompatibles “La Belleza” y “El Sueño del Héroe”? La respuesta es que no, no lo son. Entonces, ¿qué puedo hacer? Podría reabrir “La Belleza”, pero eso supondría más trabajo de mantenimiento y cierta dispersión. Pero lo que sí puedo hacer es ampliar los temas de este blog, de “El Sueño del Héroe”. Cerré un blog y empecé otro con el fin de abrirme camino en el mundo del coaching y del crecimiento personal. Sin embargo, el tipo de artículos que escribía en “La Belleza” tienen mucho que ver con ese crecimiento personal. Al fin y al cabo, escribía historias bellas, cosas que, bajo mi punto de vista, podían contribuir a crear un mundo mejor.

Por tanto, a partir de ahora, ampliaré en cierta medida el rango de temas sobre los que escribiré en este blog. Seguiré escribiendo sobre coaching y crecimiento personal, y, además, escribiré historias que me resulten inspiradoras. Historias que encuentre por Internet, o en los libros, en el cine, o que alguien me cuente… e historias que yo mismo pueda inventar, en forma de relatos, poemas (este género lo tengo menos cultivado), etc. Al fin y al cabo se trata de sonreír a la vida, y así convertirla en algo más pleno, más alegre, más feliz, más amoroso.

Seguimos adelante. ¿Me acompañas?

How long will I love you?

Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando. Rabindranath Tagore.

Una tarde de verano cualquiera, menos calurosa que otras, eso sí, me viene a la cabeza esta maravillosa película y esta fantástica canción. La escucho y le doy a repetir. Una vez. Dos. Tres. Y, mentalmente, me pongo a escribir.

De pronto pienso… ¿por qué escribir mentalmente? ¿Por qué guardártelo para ti? ¿Y si trasladas tus pensamientos al blog? Pero… ¿qué tiene que ver esto con la temática de mi blog? ¿Realmente tiene algo que ver? Pues mira, sí. Si de perseguir sueños se trata, ¿qué sueño más grande que el amor?

Así que… dicho y hecho, aquí estoy, delante del ordenador, tecleando sin saber muy bien de qué voy a hablar. No suele ser así. Normalmente elijo un tema, lo esbozo, incluso escribo algunas notas a mano, y, una vez que sé de qué voy a hablar, enciendo el ordenador. Hoy, simplemente escribo mientras escucho una canción y recuerdo algunas escenas de una película.

¿Cuánto tiempo te amaré? Es lo que dice el título del tema principal de la banda sonora. ¿Cuánto tiempo te amaré? Siempre que las estrellas estén encima de ti y más si puedo. ¿Por qué no? ¿Por qué no amar para siempre? ¿Tan difícil es? Sí, es difícil. Hay que saltar obstáculos, derribar muros, superar tristezas y días malos, hay que sobreponerse y levantarse una y mil veces, hay que volverse a enamorar un día y otro y otro más, hay que calmar tempestades, vencer rutinas, batallar contra el aburrimiento, acabar con el tedio… Pero sobre todo, hay que elegir. Y renunciar. Porque lo uno implica lo otro. Te elijo a ti, y renuncio a las demás, a los demás. Y si se me cruza aquella compañera de trabajo que está tan buena (perdóneseme la expresión)… recuerdo que eres tú a quien elegí. Es difícil, sí. Pero… ¿qué tiene de malo lo difícil? Y… estoy convencido de que merece la alegría intentarlo.

Muchas veces he escrito sobre este tema, y quizá te resulte, a ti que me lees, algo repetitivo. Pero… es lo que hoy ha venido a mi mente, y de ahí ha bajado a mi corazón. Quizá escriba sobre ello porque anhelo encontrar a esa persona por la que dar mi vida. Quizá escriba tanto sobre el amor porque es lo que me mueve, porque es lo que hace que me levante cada día aunque a veces las circunstancias no acompañen. Quizá escriba sobre el amor… porque el corazón me dice que escriba sobre el amor.

How long will I love you? Hasta el infinito y más allá.

Ladrones de energía

El mundo está lleno de cactus, pero no tenemos que sentarnos en ellos. Will Foley

¿Quieres ser más eficiente en tu día a día? ¿Tener más éxito en las tareas que afrontas? Te invito a meditar sobre esta serie de cosas que nos roban la energía casi sin darnos cuenta. Después, actúa, y verás como todo va mejor.

  • El desorden.

¿Eres de los que tiene la mesa llena de papeles, libros, cuadernos, agendas, lápices, rotuladores, revistas y un sinfín de cachivaches? ¿Te vuelves loco cada vez que buscas algo entre semejante montaña de objetos? ¿Apuntas las cosas en diferentes sitios (agendas, cuadernos, trozos de papel) y luego no recuerdas dónde lo hiciste? Todo ello te roba un tiempo maravilloso, te pone de mal humor y te roba un montón de energía. Te invito a poner orden, a desprenderte de todo aquello que guardaste un día por si más adelante lo necesitabas y lleva tiempo acumulando polvo, a tener un sólo cuaderno o agenda donde apuntar las cosas importantes, a vivir con menos cosas (se llama minimalismo y facilita mucho la vida; algún día escribiré más a fondo sobre sus beneficios). Verás cómo, si lo pones en práctica, te habrás quitado un importante peso de encima.

  • La mala alimentación.

Las comidas pesadas, el exceso de grasas, de azúcares o de alcohol, el abuso de los platos precocinados, los alimentos procesados y los refinados, la bollería industrial, beber poca agua… Una alimentación incorrecta es uno de los factores que contribuyen a que llegues al final del día sin fuerzas para nada.

  • Las personas negativas.

Las que se quejan por todo, las que sólo ven pegas, las pesimistas que siempre ven el vaso medio vacío, las gruñonas, las maleducadas, las taciturnas, las siempre tristes o enfadadas, las antipáticas, las bordes, las desagradables… Aléjate de ellas. Sus actitudes son altamente corrosivas y contagiosas.

  • Los espacios cerrados.

A menudo no queda más remedio que permanecer en ellos, por motivos de trabajo. Pero si es así, busca momentos para escaparte. Deja que te dé el aire, que te acaricie el sol, incluso que te moje la lluvia. Mueve tus piernas, date un paseo, oxigénate.

  • La falta de ejercicio.

Si no te mueves engordarás y te oxidarás. Así que… ¡ponte en marcha! Si no te gusta hacer deporte, sal a andar. O también puedes hacer por que te guste. Hay muchos y muy variados. Quizá descubras un mundo maravilloso si te asomas a alguno de ellos. Sea como sea, muévete y estírate a menudo. Tus articulaciones, y tu corazón, te lo agradecerán.

  • El coche.

Sobre todo en grandes ciudades como Madrid. Los atascos nos ponen de mal humor y nos convierten en personas que no queremos ser. También lo hace el tiempo que tardamos en encontrar aparcamiento. Utiliza el transporte público, anda más, cómprate una bici o utiliza las públicas. Ahorrarás tiempo, tendrás más energía y contribuirás a reducir la contaminación.

  • Las preocupaciones.

Especialmente cuando no puedes hacer nada. Deja de preocuparte por quién ganará las elecciones, por lo que hace o dice aquél político, por si sube o baja la Bolsa, por si llueve en Madagascar. Reduce tu círculo de preocupaciones y amplía el de influencia (aquellas cosas en las que sí puedes influir). Céntrate en lo que puedes hacer tú y aprende a relajarte.

  • La televisión, el ordenador, la tablet, el móvil

La tecnología en general. No digo que sea mala en sí, al fin y al cabo nos facilita la vida. Pero su abuso nos despersonaliza, destruye las relaciones sociales, roba nuestra energía. Relaciónate más, lee libros, sal a la calle. Da menos espacio en tu vida a lo virtual y más a lo real.

  • Las obligaciones.

Cambia los “tengo que” por los “quiero”. Dedica menos tiempo en tu vida a las obligaciones (sobre todo, no te crees ni aceptes ninguna innecesaria) y más a tus pasiones.

Estos son algunos de nuestros ladrones cotidianos de energía. Frecuentemente los tenemos metidos en nuestras rutinas y ni nos damos cuenta de que están ahí, chupando nuestra sangre como si fueran vampiros. ¿Te animas a decirles adiós? Si se te ocurre alguno más, te agradeceré un montón que lo compartas conmigo.

¿TIENES PROBLEMAS? ¡SONRÍE!

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Con tu sonrisa, haces el mundo más bello. Thich Nhat Hanh.

El otro día hice unas pruebas físicas para acceder a un curso de técnico deportivo de montaña. La primera era de resistencia. Había que recorrer 15,5 kilómetros, con un desnivel de 1507 metros, y una mochila con al menos diez kilos a la espalda, en un tiempo máximo de 4 horas 40 minutos. Después, tres pruebas de habilidad.

Diez días antes, fui con un amigo a hacer el recorrido, a probarme. Tardé 4 horas 47 minutos, y llegué exhausto. Los últimos kilómetros los hice casi arrastrándome, no podía con mi alma, y la mochila aumentaba su peso a cada paso que daba. Sufrí como nunca lo había hecho en el monte. Terminé el recorrido sólo gracias a mi fuerza de voluntad. Y, como digo, fuera de tiempo. Hubiera suspendido. Así que me quedaban 10 días para pulir esos 7 minutos que me sobraban, y entrar en tiempo para poder acceder al curso.

¿Qué pasó el día de la prueba? Pues que no tardé 7 minutos menos. ¡Tardé una hora y 23 minutos menos! Sí, habéis leído bien: 3 horas 24 minutos fue lo que tardé en recorrer esos 15 kilómetros y medio. Y el lector se preguntará… ¿qué pasó? ¿Cómo es posible que, en tan sólo 10 días, el resultado fuera tan diferente?

Por un lado, me alimenté mejor. Por otro, me dosifiqué mejor. La primera vez empecé demasiado fuerte, y eso hizo que se me agotaran las fuerzas. Pero hubo algo que marcó realmente la diferencia. Algo muy sencillo, algo al alcance de cualquiera. En los momentos de dificultad, cuando las fuerzas parecían empezar a flaquear o el terreno se hacía más cuesta arriba, yo dibujaba una sonrisa en mi cara. Fácil, ¿no? Sí, sonreía. Le ponía al mal tiempo buena cara. Y con eso, ¿qué conseguía? Pues conseguía, por un lado, mandarle a mi cerebro el mensaje de que todo iba bien, de que estábamos disfrutando de un alegre día de campo, de que el cansancio no iba a poder con nosotros.

La sonrisa es un antidepresivo natural.

Por otro lado, al sonreír, liberaba endorfinas, es decir, unos neurotransmisores que, entre otras cosas, tienen efectos analgésicos y producen sensación de bienestar. Son una suerte de opiáceos naturales que segrega el organismo, y cuyos efectos pueden llegar a ser hasta 20 veces más potentes que los medicamentos contra el dolor que se venden en las farmacias. Estas moléculas promueven la calma, mejoran el humor, reducen la presión sanguínea, retrasan el envejecimiento, potencian el sistema inmunitario…

Y todo eso, ¿con sólo una sonrisa? Pues sí, todo eso, con sólo una sonrisa. La que marcó la diferencia principal entre el día de las 4 horas 47 minutos, y el de las 3 horas 24 minutos.

Las emociones están estrechamente ligadas a la corporalidad. Y a la cognición, a nuestros pensamientos. Si modificamos una de las tres partes, cambian también las otras. Es por eso que si sonríes, aunque sea de manera forzada, acabarás consiguiendo entrar en la emoción de la alegría.

Los maravillosos efectos de una sonrisa .

¿Os podéis imaginar, entonces, lo que podéis conseguir sonriendo? Porque esto no sólo es válido para el esfuerzo físico, las pruebas deportivas, etc. Sonreír provoca efectos beneficiosos para el organismo en cualquier momento y en cualquier lugar. Y lo hace, por las dos razones mencionadas: porque se le manda al cerebro el mensaje de que todo está bien, y porque se liberan endorfinas, esas moleculitas tan simpáticas y con tantos efectos positivos.

Pero los efectos positivos no sólo son para el organismo. Si la vida se pone cuesta arriba, sonríe. Si has tenido un mal día, sonríe. Si estás triste, sonríe. Si estás enfadado, sonríe. Si estás pasando una mala racha, sonríe. Sonríete a ti mismo, sonríe a tu pareja, sonríe a tus hijos, a tu vecino, al tendero de la esquina, al conductor del autobús, al policía que te acaba de poner una multa, a esa señora con la que te cruzas por la calle y no conoces de nada, al camarero que te sirve el café por la mañana, a tus compañeros de oficina, a tu jefe… ¡Imagina el regalo tan grande que puede suponer para tu cuerpo y para tu mente si te pasas el día sonriendo!

Pero eso no es todo. Imagina el clima que puedes crear a tu alrededor si sonríes. Porque además, la sonrisa tiene un tercer efecto que aún no hemos comentado: es contagiosa. ¿Qué le pasaría a nuestra sociedad, si todos asumiéramos esta práctica? Si cambias tú, cambia tu entorno. Prueba a sonreír, y verás cómo esta máxima se cumple.

Consejo de coach: cuando las cosas se te pongan cuesta arriba, sonríe. Al principio quizá te cueste. Pero no tardarás en notar los beneficios de esa sonrisa. ¡Pruébalo! No hay nada que perder.

 

SOBRE LA AMISTAD

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Si sientes que todo perdió su sentido, siempre habrá un ¨te quiero¨, siempre habrá un amigo. Emerson.

Hoy se acerca a nuestras páginas Mª José Calvo, médico de familia y redactora del blog “Optimistas Educando“, para hablarnos de la amistad. Sin más preámbulos, os dejo con ella.

La amistad es un valor que podemos cultivar, tanto si no salimos mucho de nuestro sitio habitual, como si vamos de viaje…

A nuestros hijos adolescentes les encanta estar rodeados de amigos. Es uno de sus puntos fuertes. Hay que valorarlo, y aprender de ellos, porque quien tiene un amigo, tiene “un tesoro”…

Tener un amigo significa preocuparse por él, mostrar interés por sus cosas, ayudarle en lo que necesite. Compartir algo que nos une: ilusiones, hobbies, proyectos, gustos, pensamientos, motivaciones, pasiones, deporte, y un largo etc.

 Porque a los amigos les une algo de interés común. Y no servirnos de ellos para nuestros intereses… porque eso no es amistad verdadera.

Entonces la amistad supone un enriquecimiento personal en la dos direcciones.

Un gran escritor y pensador, C. S. Lewis, autor de “Narnia”, decía: “La amistad es uno de los dones más preciados de la vida”. Y no es una versión diluida de algo que no es, por ejemplo el amor romántico; la amistad es una forma de amor, de pensar en el otro…

Y lo más bonito: “La amistad es el instrumento por el cual Dios nos revela las bellezas de los demás.”

Es en la amistad donde “relucen” esos puntos fuertes, esas cualidades específicas que cada uno tenemos, que nos aportan belleza interior, y que podemos ponerlas al servicio de los demás; en especial de nuestra familia o de nuestros amigos…

Aristóteles ya decía que la amistad es como tener un alma en dos cuerpos, o dos almas con un solo corazón… Y se traduce en compenetración, unanimidad de pensamiento y de corazón.

 En la vida hay veces que solo pensamos en subir una cima; en tener éxito a toda costa, y parece que nos estorban los amigos, porque queremos llegar rápido… Pero es un gran fallo. Tengo una amiga que suele decir, que “no hace falta cargar en brazos a los amigos”: suben ellos solitos… Pero si van a nuestro lado, nos animan, conversamos, nos ayudamos, y subimos juntos.

Porque en la cima hay sitio para muchos, y con ellos el camino se hace más llevadero. Además, si tenemos un amigo en la cima, el ascenso es mucho más fácil: las dificultades de la vida se sortean mejor, y nos motiva más…

Lo que nunca es correcto es escalar a través de ellos…, porque eso no es amistad.

La amistad también es el “plato fuerte” del amor en pareja: de un amor verdadero, bueno y hermoso… Y lo que da fuerza en el amor, soplen fuerte los sentimientos, o no. Y es lo que nos ayuda superar las crisis de crecimiento, en amor; lo que nos da su savia para que no se seque, porque pensamos primero en el otro, antes que en nosotros mismos.

Además, mediante la amistad, al compartir las alegrías parece que aumentan; y las tristezas disminuyen…

Hay un proverbio que dice: “Si quieres llegar rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado”.

Es lo que le sucede a Frodo en su misión, en el “Señor de los Anillos”. A causa del Anillo de poder, debe emprender un viaje espeluznante. El portar el anillo conlleva estar solo. Pero cuenta con la amistad de otros Hobbits; y de hombres, enanos, elfos, y hasta un mago…

Pero en especial, de su querido y fiel Sam, que le acompaña y le ayudará eficazmente, frente a los peligros que les acechan, sin pensar en su propia persona, hasta el mismo monte del destino…

Mª José Calvo.

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