Converso

Todos nos asomamos al mismo abismo. Raúl del Toro.

Si el Espíritu Santo entra en nuestra casa, ¿es posible hacer una película sobre Él?” Una frase, una pregunta, que no deja indiferente. O sí, porque las sensibilidades son infinitas. A quien no dejó indiferente la entrada del Espíritu Santo en su casa, en su familia, fue a David Arratibel, el director de “Converso”. En palabras suyas,

Toda mi familia se ha convertido a la fe católica.
La distancia con ellos se hacía cada día más grande, así que me propuse hacer una película para entender cómo el Espíritu Santo había entrado en sus vidas y, de alguna forma, también en la mía.
Una película de cariños, ausencias, vacíos y distancias.”

David era agnóstico cuando empezó a rodar la película, y sigue siendo agnóstico a día de hoy (que yo sepa). Sin embargo, su agnosticismo no le impidió acercarse al catolicismo, para tratar de entender qué le estaba pasando a su familia. O quizá fue precisamente ese agnosticismo el que le llevó a ello. Lo importante, lo interesante, es que Arratibel no se dejó llevar de unos prejuicios que a muchos nos impiden acercarnos a lo que no conocemos. Esos prejuicios que a algunos les impedirán ir al cine a ver esta magnífica película. Se perderán una obra de arte, y se perderán la oportunidad de aprender grandes lecciones de tolerancia, de diálogo, de cómo afrontar conversaciones pendientes.

No es sólo interesante que David se aproxime a conocer lo que les está ocurriendo a sus hermanas, a su madre y a su cuñado. Es que además, gracias a ello, también ellas conocen qué le ocurre a David, qué siente al no vivir el mismo proceso. Así, los espectadores tenemos la oportunidad de, de alguna manera, vivir una conversión desde dos puntos de vista: el del converso, y el del que no se convierte y no sólo no entiende nada sino que además puede llegar a sentirse extraño dentro de su propia familia.

“Converso” es una película que habla de la conversión de varias personas, las cuales nos cuentan su proceso. “Converso” es también una película que invita, como dice el propio Arratibel, a hablar de religión desde la normalidad. ¡Qué complicado! Religión, ese tema tabú que, junto con la política, provoca tantas discusiones en reuniones familiares. Ese tema prohibido que algunos quisieran relegar al ámbito de lo privado.

Quizá sea para eso, para animar a romper algunos tabúes, para lo que me animo a escribir sobre esta película en este blog, que es de coaching y crecimiento personal y no de religión. Por eso, y porque “Converso” también es una película sobre conversaciones pendientes. Esas conversaciones que no nos atrevemos a tener, y que vamos dejando día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, hasta que al final se pierden las vidas y con ellas la oportunidad de rescatar esas conversaciones. Algo de eso es lo que le pasaba a la familia Arratibel, y que yo no voy a contar aquí porque lo hacen mucho mejor el director y su familia en la película.

Dejar conversaciones pendientes puede acabar produciendo heridas muy difíciles de curar; no atreverse a abordar determinadas conversaciones puede dejar para siempre cerradas algunas puertas que, de abrirlas, podrían llevarnos a escenarios de dicha insospechados; las conversaciones pendientes muchas veces separan familias, rompen amistades, impiden relaciones de amor necesarias para dar color a este mundo que a menudo es gris; las conversaciones pendientes nos impiden conocernos mejor, nos impiden saber de las inquietudes de los que nos rodean, de por qué creen lo que creen o no creen en aquello que nosotros vemos tan evidente. Una conversación, en fin, abre puertas, cierra las que hay que cerrar, ayuda a explorar mundos inexplorables, nos abre al mundo de las infinitas posibilidades.

David Arratibel, en esta película, nos habla de todo esto, y lo hace de una manera sencilla y a la vez profunda. “Converso” es emotiva y también divertida. Lloras y al minuto estás riendo. Piensas, piensas mucho. Te haces preguntas. Deseas ponerte en la piel de los personajes, acercarte a ellos, hacerles preguntas. “Converso”, en fin, es una película que merece la pena. Y sería eso, una pena, que por prejuicios, por pereza, o por lo que sea, te la perdieras. Yo ya la he visto, y volveré a verla, para interiorizarla, para saborearla de nuevo, para volver a reír, a llorar, y para, por qué no, tratar de fortalecer mi débil fe.

Seas creyente, agnóstico o ateo, te animo a acercarte al cine a conocer a la familia Arratibel. Quizá te lleves algo bonito a casa. Y si no, si no te gusta tanto como a mí (y como a los jurados que ya la han premiado)… sólo habrás perdido una hora de tu vida, que es lo que dura la película.

converso

Anuncios

Vivir una gran pena

Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel. Gandhi.

Ayer recibí un mensaje de una persona desconocida. Me contaba que navegaba en la red en busca de lecturas de ciertos temas, y cayó en este blog. Leyó varios artículos, le gustaron, y decidió escribirme. Me decía que lo estaba pasando mal, peor que nunca en su vida. Decidí contestar, y a vuelta de correo me explicó su pena. Su madre ha fallecido hace poco, y no puede soportarlo.

Me quedé sin palabras. Yo tampoco podría soportarlo. Y es que no hay nada en el mundo, al menos yo no lo imagino, peor que la pérdida de una madre. O de un padre. Mis padres son para mí lo mejor que tengo en mi vida. De hecho, no me la imagino sin ellos. Sé que llegará un día en que tendré que hacerme a la idea, es ley de vida. Pero pido a Dios todos los días que ese momento aún tarde mucho en llegar. Mis padres lo son todo para mí. Me han dado la vida, y me han dado muchas cosas más. Soy lo que soy gracias a ellos. No me resulta muy complicado, por eso, ponerme en la piel de esta persona que acaba de perder a su madre.

Sin embargo, la vida es así. Así de grande, así de bella, así de misteriosa, así de cruel. Y así hay que vivirla, no queda otra. Con sus alegrías y con sus tristezas. Porque sí, las tristezas también hay que vivirlas, y hay que expresarlas, y sentirlas, y pasar por ellas. No vale hacerse el fuerte. No sirve, no ayuda. Cuando uno pierde a un ser querido tiene que llorar, y tiene que no tener ganas de hacer nada, sobre todo si lo que hace le recuerda a ese ser querido. Cuando uno pierde a un allegado tiene que pasar un proceso de duelo, y no querer aparentar que la vida sigue y aquí no pasa nada. Efectivamente, la vida sigue, pero de otra manera. Y antes de que siga, hay que pararse para asimilar el mazazo que la propia vida nos ha dado. Ésta no va a dejar de ser maravillosa, pero en esos momentos es oscura, absurda, amarga, despiadada, inhumana, invivible. Por eso quizá lo único que nos apetezca sea escondernos bajo las sábanas y dormir veinticuatro horas al día para no pensar, para no sentir, para no tener que beber ese trago tan amargo. Todo eso no es malo. Es humano, y por ello hay que pasar. Sin querer hacerse el fuerte ni pretender acortar el período de duelo.

No obstante, llega un momento en que hay que salir de la cueva. Aunque aún duela. Alrededor seguro que tenemos personas que también han perdido a ese ser querido. Podemos acercarnos a ellas y vivir con ellas nuestra tristeza, que también es la suya. Preguntarles cómo se sienten, aunque ya lo sepamos. Porque hablar de lo que se siente ayuda a procesarlo mejor. Abrazarles, llorar con ellos, salir a caminar, hacer cosas juntos.

También es bueno volver pronto a la vida de siempre, a la cotidianidad. Aunque ya no sea lo mismo sin esa persona. Aunque se nos rompa el alma y se nos desgarre el corazón cuando pasemos por los mismos sitios por los que pasábamos con esa persona que ya no está. Aunque las lágrimas afloren y no encontremos consuelo cuando llevemos a cabo esa actividad que tan a menudo compartíamos con esa persona. Aunque duela, aunque el peso parezca insoportable, es necesario cargar con él para seguir viviendo. Poco a poco nos iremos sintiendo mejor. Y la persona que se ha ido nos ayudará, porque aunque ya no la podemos ver, sigue ahí. Camina a nuestro lado, sigue nuestros pasos, nos sonríe, nos alienta, y nos espera al otro lado de la puerta, para volver a reunirse con nosotros, para fundirse en una abrazo sin fin, el día que a nosotros también nos toque traspasar dicha puerta.

Un abrazo muy fuerte, María José, amiga desconocida. Vive una vida con mayúsculas, porque es el mejor regalo que le puedes hacer a tu madre. Aunque ahora no tengas fuerzas ni para dar un paso. Adelante, siempre adelante.

presbitero-maestro-cementery-1570754

De dioses y hombres

El dolor es el alimento esencial del amor; cualquier amor que no se haya nutrido de un poco de dolor puro, muere. Maurice Maeterlinck.

de-dioses-y-hombres17

“De dioses y hombres” es una película dirigida por el francés Xavier Beauvois y estrenada en 2010. Cuenta la historia de unos monjes franceses del monasterio cisterciense del Tibhirine, en Argelia. Allí conviven en plena armonía con los habitantes musulmanes de la zona, a los que atienden en un dispensario médico, y con los que colaboran en tareas agrícolas. El asesinato de unos trabajadores croatas por parte de fundamentalistas islámicos siembra el pánico en la región, y hace plantearse a los religiosos su continuidad en el país.

La película nos muestra con gran naturalidad la reacción de los monjes. Cómo aparecen los miedos, las dudas, las zozobras, la oscuridad. Cómo, en algunos momentos, sienten la ausencia de Dios, por el que dejaron todo, casa, familia, posesiones. Pero en esos momentos de miedo, los monjes, en lugar de salir corriendo, deciden poner un poco de pausa. Reflexionar, rezar, meditar, antes de decidir. Entonces las dudas desaparecen. Los que optaban por salir del país, son los primeros que, tras ese tiempo de reflexión, deciden quedarse. Al fin y al cabo, dicen, la vida ya la entregaron cuando decidieron hacerse monjes.

Esta última frase me invita a la reflexión. Pienso que uno no entrega la vida para echarse atrás en los momentos difíciles. Y cuando digo “entrega la vida” no me refiero únicamente a la vida religiosa. Me refiero también al matrimonio, o a cualquier otra situación en la que una persona toma una decisión para toda la vida. El amor se demuestra en los momentos difíciles. Cuando hay mariposas en el estómago no tiene mucho mérito. Es en la oscuridad, en la duda, en la dificultad, cuando uno tiene que demostrar que aquella promesa de fidelidad y de amor que hizo tiene sentido. Es ahí cuando se manifiesta el verdadero amor.

Leí hace tiempo que en tiempos de nuestros abuelos, si algo se rompía se arreglaba. Ahora, si algo se rompe se tira y se sustituye por algo nuevo. Sacerdotes secularizados, matrimonios divorciados, familias destrozadas… ¿Será porque se nos ha olvidado cómo se ama?

Dicen ahora, lo leí en la portada de un libro, que “si duele no es amor”. Yo no estoy de acuerdo. El amor a veces duele. Amar es renunciar a uno mismo, es entregarse al objeto amado, ya sea éste otra persona, Dios, o una institución. Y renunciar a uno mismo no es fácil. Cuando vienen mal dadas, duele. Pero se trata de un dolor sublime. Se me ocurre compararlo con el dolor que sufre un montañero que está subiendo una montaña difícil; o el de un corredor de maratón que sufre su soledad y las piernas le pesan; o el de un ciclista que corona un puerto difícil; o el de una madre, o un padre, que se cae de sueño en el trabajo porque por la noche se tuvo que levantar cien veces por el llanto de su bebé. Duele, sí. Pero es un dolor que merece la alegría.

Quizá arreglar las cosas, cuando éstas se rompen, duela. Quizá sea mucho más fácil deshacerse de ellas y sustituirlas por otras. Pero… viendo la historia de mis abuelos, y la de mis padres, no sé por qué me da que lo primero, aunque en algunos momentos duela, es mucho más satisfactorio.

Lo mismo debieron de pensar y vivir los monjes del Tibhirine. Tras superar los primeros momentos de duda y decidir seguir su vida en el monasterio, sin abandonar a los habitantes del pueblo, el miedo no desapareció. A nadie le gusta pensar que el día menos pensado le cortan el pescuezo. Pero vivieron ese miedo con amor, convencidos de que su vida ya la habían entregado hacía muchos años.

Lo que de verdad importa

Amar y sufrir es, a la larga, la única manera de vivir con plenitud y dignidad. Gregorio Marañón.

lo-que-de-verdad-importa-34550-g3

Ayer vi la película que da título a mi artículo de hoy. Dos semanas antes había recibido un whatsapp, uno de esos anónimos que circulan por ahí y que nadie sabe quién ha escrito, previniendo contra el film de Paco Arango. Advertía que era una película anticristiana, y daba argumentos supuestamente basados en varias escenas y varias tramas de la película. No me fié ni por un momento de aquel mensaje, decidí leer otras críticas, y después de leerlas decidí ir al cine y contribuir con el pago de mi entrada a la Fundación Aladina, que es a quien va destinada la recaudación íntegra de “Lo que de verdad importa”. No me defraudó lo más mínimo. Es más, me encantó, me emocionó, y me dejó un fantástico sabor de boca que me duró toda la tarde y aún me dura.

Hace unos días leí en algún sitio una frase de esas que circulan por Internet. Decía que la vida no es para llevar, es para consumirla ahora. La película del director mexicano me hizo recordar esa frase. Y es que “Lo que de verdad importa” es un canto a la vida, un canto a la vida con mayúsculas. “Lo que de verdad importa” nos habla de consumir la vida ahora, de aprovecharla a tope y no dejarla para después, para cuando ya no quede nada, para cuando ya sea tarde. “Lo que de verdad importa” nos habla de lo que de verdad importa, permítaseme la redundancia. Sí, porque a menudo dejamos pasar la vida preocupándonos por cosas que no importan lo más mínimo, por nimiedades, por banalidades. Perdemos el tiempo, y nos perdemos la vida, preocupándonos por ganar más dinero a final de mes, por tener el móvil de última generación, por tener un coche que luzca mejor que el del vecino, por ponernos más fuertes en el gimnasio y más morenos en la playa o en la cabina de rayos UVA,… Cuando lo que de verdad importa son otras cosas. Lo que de verdad importa son las relaciones humanas, lo que de verdad importa es dar un golpe de aliento a quien lo necesita, lo que de verdad importa es estar al lado del que sufre, lo que de verdad importa es sonreír, es jugar, es reír hasta que duela el estómago, es bailar, es burlarse de los contratiempos, es cantar, cantarle a la vida y vivirla con intensidad, sean cuales sean nuestras circunstancias.

Es lo que hace Abigail (Kaitlyn Bernard), a pesar de haber sido desahuciada por los médicos debido a un cáncer sin cura (su regaliz, lo llama ella). Sabe que se va a morir, y sin embargo no tiene miedo a la muerte. Y si lo tiene, que es lógico y normal, lo afronta aprovechando a tope cada instante de su vida. En una magnífica escena de la película, Abigail da una gran lección a Alec (Oliver Jackson-Cohen) y a Cecilia (Camila Luddington), y de paso nos la da a nosotros, con la lectura de un bellísimo texto que ella misma ha escrito. Un texto en el que habla de la importancia de ser conscientes de nuestra respiración. Es algo en lo que no nos fijamos. Respiramos, y ello es lo que nos permite seguir viviendo. Y sin embargo lo hacemos inconscientemente, sin darnos cuenta de que es un grandísimo regalo. Abigail pide a Alec y Cecilia que sean conscientes de cada una de sus respiraciones, y que las vivan con intensidad. En el fondo, lo que les está pidiendo es que sean conscientes de que la vida es un regalo maravilloso, y que hay que aprovecharlo, minuto a minuto, instante a instante, entre otras razones porque, tengas cáncer o no, no sabes cuándo te vas a morir.

Abigail nos hace caer en la cuenta de que despertar cada día es un milagro .Cuando nos va mal nos quejamos y le preguntamos a Dios que dónde están los milagros, y como los milagros no llegan dejamos de creer en Él. No nos damos cuenta de que la vida misma es el mayor de los milagros, ni de que estamos rodeados de milagros por todas partes. La risa de un niño, el llanto de un bebé que pide de comer, el ladrido de un perro que quiere jugar, el vuelo de una mariposa, la hierba que cruje a nuestro paso, el sol que ilumina nuestros días, el susurro del mar muriendo en la orilla, la brisa acariciándonos la cara, el canto del ruiseñor que celebra un nuevo amanecer… ¿Hace falta poner más ejemplos?

“Lo que de verdad importa” es una película amable, una película mágica, una película divertida, enternecedora, verdadera, alegre, trascendente. “Lo que de verdad importa” nos habla con toda naturalidad de la vida, de la muerte, de la vida después de la muerte, de la enfermedad, de Dios, del poder de la oración, del perdón, de la risa, del llanto… “Lo que de verdad importa” no es, ni muchísimo menos, una película anticristiana, como decía aquel absurdo mensaje que comentaba al principio de mi artículo. Es una película para todos los públicos, en todos los sentidos. Mayores y menos mayores, cristianos y no cristianos, creyentes e incrédulos. Todo el que tenga un mínimo de sensibilidad, y un alma joven dispuesta a dejarse empapar por la magia de la vida puede y debe disfrutar de “Lo que de verdad importa”. Yo la vi ayer, pero, seguro, no será la última vez que la vea. Y tú, ¿la has visto ya?

La humildad

Cuando somos grandes en humildad, estamos más cerca de lo grande. Rabindranath Tagore.

donkey-1395081

Con este artículo que a continuación enlazo, comienzo mi colaboración con Álex González y su blog “Nosotros: las personas“, que os invito a leer y seguir. En este caso, hablo de la humildad.

Gracias a Álex por permitirme asomarme a sus páginas. Todo un privilegio para mí. Podéis leer el artículo pinchando aquí.

Vive ahora

Si la oportunidad no llama, construye una puerta. Milton Berle.

Más de tres meses sin escribir. Eso debería hacerme abandonar, ¿no? Tanto tiempo, que mis lectores, si alguno me queda, ya se habrán olvidado de mí. Además, si hasta ahora no he conseguido ser constante, ¿por qué habría de serlo de aquí en adelante? He fracasado.

¿Te suena lo que acabas de leer? ¿Te lo has dicho alguna vez? ¿Has tenido la tentación de abandonar cualquier actividad, simplemente porque lo has intentado ya muchas veces y no lo has logrado? Normal que te sobrevenga el desaliento. Que te desanimes. Que decidas mirar para otro lado. Pero entonces sí que habrás fracasado. Sólo entonces, si te rindes definitivamente, habrás fracasado.

Sin embargo, siempre hay una nueva oportunidad para intentar sacar adelante lo que de verdad quieres sacar adelante. Una afición, un trabajo, una relación, lo que sea, para todo hay una segunda oportunidad. Y una tercera, una cuarta, y hasta una enésima. Y si perseveras, y de verdad lo quieres, acabará saliendo.

Acabamos de empezar el año, típica época en la que todos hacemos propósitos de mejora. No voy a escribir sobre ello, ya lo hice en su día. Si quieres recordarlo, puedes hacerlo pinchando aquí. También lo podrás leer en los próximos días en Diario16, donde también escribo. Te recomiendo que lo hagas, para lograr una mayor efectividad en todo lo que te propongas. Hoy, más bien -y después de toda esta parrafada- quería escribir sobre la provisionalidad de la vida. No sé si es el nombre correcto para definir lo que tengo en la cabeza, pero te lo explico, y si se te ocurre un nombre mejor me lo dices.

A menudo vivimos -a mí al menos me pasa- esperando que ocurra algo para vivir de verdad. Esperando algo que creemos necesario para que nuestra vida pueda ser plena. Esperando una pareja para formar una familia, esperando un mejor trabajo o mayor estabilidad laboral, esperando tener más dinero para llevar a cabo este o aquel proyecto, esperando un mejor estado de salud, esperando, esperando, esperando. Y mientras, nos olvidamos de vivir. Nos olvidamos de que la vida, sean cualesquiera nuestras circunstancias, está pasando, y no espera a nadie. No espera a esa pareja, ni ese contrato maravilloso, ni que te toque la lotería. La vida pasa, y además lo hace muy deprisa. De pronto uno mira atrás y… ¡menudo susto! La cantidad de años, de oportunidades desaprovechadas, de momentos perdidos, de ilusiones desvanecidas, de besos no dados, de palabras no dichas, de intenciones que se quedaron en el camino… Y todo por… ¡miedo! Miedo a perder, miedo a equivocarnos, miedo a hacer el ridículo, miedo a que nos digan que no una vez más, miedo a fracasar. Y a veces también por orgullo. ¿Cómo voy a pedir perdón a aquella persona, con el daño que me hizo? ¿Cómo voy a pedir una nueva oportunidad, si la cagué hasta el fondo? ¿Cómo voy a proponerle esto si me va a decir que no? Y nos quedamos deseando hacerlo y esperando a que sea la otra persona la que dé el paso… mientras quizá la otra persona está esperando lo mismo.

Pienso que todo son excusas. Esa espera de cosas o circunstancias que no sabemos si llegarán -si no vamos tras ellas seguro que no llegan- no son más que excusas para no afrontar esos miedos, o para no bajarnos del caballo de nuestro orgullo. Y, parapetados tras esas excusas, se nos pierde la vida, se nos escapa a chorros entre los dedos. Hasta que un día miremos atrás, miremos después hacia adelante, y nos demos cuenta de que ya no nos queda tiempo. Bueno, pues si llega ese momento… ¡es que estás vivo, y por tanto sigue habiendo tiempo! No importa lo que hayas tardado en darte cuenta, ni la edad que tengas, ni el tiempo que te quede. Si lo piensas bien, tengas veinte años, cincuenta o noventa, no sabes el tiempo que te resta de vida. Por tanto… ¡vívela a tope! Arriesga, juega, ríe, ama, crea, pide, da, llora, abraza, ¡invéntate tu propia vida! Pero hazlo ya. No esperes a mañana, porque no sabes si mañana llegará.

¡¡Feliz año, mis héroes!!

¿Por qué siempre se van los mejores?

La muerte no es más que un cambio de misión. Leon Tolstoi.

No entraba en mis planes escribir este artículo. Preferiría no estar haciéndolo. Es de esas cosas sobre las que a uno no le gusta escribir. Pero a veces la vida manda. Y aunque parezca injusta… sigue siendo bella, a pesar de todo.

Lo acabo de leer en Facebook. Rafa Lozano nos ha dejado. Con cuarenta y seis años, una mujer maravillosa, Lola, y seis hijos. Una vida bien vivida. Una vida llena de alegría, aun con  las dificultades, los baches, los obstáculos.

¿Que quién era Rafa? Rafa era un hombre bueno. Un hombre ejemplar. Un hombre alegre. Un hombre valiente. Un hombre fuerte. Un hombre lleno de entusiasmo y que contagiaba entusiasmo. Rafa Lozano era un hombre con mayúsculas. Mi relación con él no era estrecha, de hecho hacía mucho que no le veía. Alguien me dijo hace unos meses que estaba enfermo. Yo no pensé que era para tanto. Algo pasajero, me dije. Quizá era un deseo. Un deseo de que Rafa siguiera entre nosotros, repartiendo amor como lo hacía.

No teníamos, digo, una relación estrecha. Pero mi admiración y mi cariño hacia él nunca desaparecieron. Le conocí hace unos veinte años, quizá algo más, y enseguida descubrí en él a alguien especial. Compartimos algunos momentos mágicos, llenos de risas, de alegría de entusiasmo. Rafa dejó en mi corazón una huella indeleble. Fue para mí una de esas personas ejemplares, una de esas personas a las que te gustaría imitar, de las que te gustaría que te contagiaran su alegría y su pasión por vivir. Una de esas personas de las que dices, “yo de mayor quiero ser como él”. No teníamos una relación estrecha, pero la noticia de su fallecimiento ha caído sobre mí como una losa.

Dicen que Dios siempre se lleva a los mejores soldados. Los quiere junto a Él. Es algo que nunca he logrado entender. Si este mundo está tan revuelto… ¿no sería mejor mantenerlos aquí un rato más? Sin embargo, dicen también que sus planes no son los nuestros. Y que no los podemos entender. Si lo entiendes, decía San Agustín, entonces no es Dios. Así que… habrá que aceptarlo así, a pesar de no comprenderlo. La vida está para vivirla, no para entenderla. Y eso sí que lo entendió bien Rafa Lozano. Vivió su vida con mayúsculas, la exprimió hasta el último suspiro. Aunque hubiera cosas que no pudiera comprender. Corrió bien su carrera… y ahora está donde están los mejores. En la habitación de al lado. Descansa en paz, Rafa. Y acuérdate un poquito de nosotros, allá donde estés.

Mi más sincero pésame para ti, Lola. No me recordarás, coincidimos pocas veces. Pero yo sí me acuerdo de ti, de tu sonrisa, de tu alegría, igual que la de Rafa. Dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, y en este caso esa máxima se cumplía a raja tabla. Un abrazo grande para ti y tus seis hijos. Mis oraciones son hoy para vosotros.

How long will I love you?

Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando. Rabindranath Tagore.

Una tarde de verano cualquiera, menos calurosa que otras, eso sí, me viene a la cabeza esta maravillosa película y esta fantástica canción. La escucho y le doy a repetir. Una vez. Dos. Tres. Y, mentalmente, me pongo a escribir.

De pronto pienso… ¿por qué escribir mentalmente? ¿Por qué guardártelo para ti? ¿Y si trasladas tus pensamientos al blog? Pero… ¿qué tiene que ver esto con la temática de mi blog? ¿Realmente tiene algo que ver? Pues mira, sí. Si de perseguir sueños se trata, ¿qué sueño más grande que el amor?

Así que… dicho y hecho, aquí estoy, delante del ordenador, tecleando sin saber muy bien de qué voy a hablar. No suele ser así. Normalmente elijo un tema, lo esbozo, incluso escribo algunas notas a mano, y, una vez que sé de qué voy a hablar, enciendo el ordenador. Hoy, simplemente escribo mientras escucho una canción y recuerdo algunas escenas de una película.

¿Cuánto tiempo te amaré? Es lo que dice el título del tema principal de la banda sonora. ¿Cuánto tiempo te amaré? Siempre que las estrellas estén encima de ti y más si puedo. ¿Por qué no? ¿Por qué no amar para siempre? ¿Tan difícil es? Sí, es difícil. Hay que saltar obstáculos, derribar muros, superar tristezas y días malos, hay que sobreponerse y levantarse una y mil veces, hay que volverse a enamorar un día y otro y otro más, hay que calmar tempestades, vencer rutinas, batallar contra el aburrimiento, acabar con el tedio… Pero sobre todo, hay que elegir. Y renunciar. Porque lo uno implica lo otro. Te elijo a ti, y renuncio a las demás, a los demás. Y si se me cruza aquella compañera de trabajo que está tan buena (perdóneseme la expresión)… recuerdo que eres tú a quien elegí. Es difícil, sí. Pero… ¿qué tiene de malo lo difícil? Y… estoy convencido de que merece la alegría intentarlo.

Muchas veces he escrito sobre este tema, y quizá te resulte, a ti que me lees, algo repetitivo. Pero… es lo que hoy ha venido a mi mente, y de ahí ha bajado a mi corazón. Quizá escriba sobre ello porque anhelo encontrar a esa persona por la que dar mi vida. Quizá escriba tanto sobre el amor porque es lo que me mueve, porque es lo que hace que me levante cada día aunque a veces las circunstancias no acompañen. Quizá escriba sobre el amor… porque el corazón me dice que escriba sobre el amor.

How long will I love you? Hasta el infinito y más allá.

Por una mirada, un mundo.

La mirada es el lenguaje del corazón. W. Shakespeare
Hace un año, por estas mismas fechas, escribí un artículo dirigido a unos compañeros con los que compartía un curso de coaching. Me encuentro ahora haciendo ese mismo curso, pero esta vez desde “el otro lado”, desde el lado formador (como coach de apoyo al equipo de formadores). Es otra forma de vivir la experiencia, una forma diferente, pero no menos intensa. Una vez más, llegado este fin de semana, un fin de semana que rompe corazas y abre corazones, las lágrimas han brotado y el alma ha sonreído. Una vez más el amor se ha desbordado. Por eso, quería compartir de nuevo aquel artículo, esta vez dedicándolo a vosotros, a los que ahora os estáis formando para ser coaches.
Podría escribir lo mismo, palabra por palabra, y es por eso que no voy a redactar un artículo nuevo. Es cierto que no hemos compartido tantas horas en “El Paquito” como las que a estas alturas habíamos compartido mis compañeros de promoción y yo. Pero también es cierto que aún hay tiempo para remediarlo.
Quisiera matizar también el tema de la amistad. Ha pasado el tiempo, y me doy cuenta de que no es tan fácil. De que, efectivamente, el curso acaba, el tiempo pasa, y cada uno vuelve a sus quehaceres, a su vida lejos de aquí. Pero no es menos cierto que algunos seguimos viéndonos, seguimos compartiendo risas, cervezas, horas de trabajo, seguimos compartiendo nuestras vidas. Es mi deseo que así siga siendo, no sólo con mis antiguos compañeros, sino también con esta nueva promoción de la que me siento parte. Podréis considerarme un iluso, pero yo no me rindo.
Sí, deseo crear lazos con vosotros, aun cuando mi papel sea un poco diferente, por estar en ese “otro lado” del que hablaba antes. Estoy en ese lado, pero no por ello me siento “superior”, no siento estar ningún escalón por encima. Me considero uno más, y al tiempo que trato de ofreceros lo que yo sé, recibo también de vosotros muchísimos aprendizajes.
Igual que hice hace un año con mis compañeros de entonces, me pongo hoy a vuestra disposición. Os ofrezco mi tiempo, y todo lo que podáis necesitar de mí. Os ofrezco mi alma.
Os dedico por entero el artículo que les dediqué a ellos, y en especial el último párrafo. Gracias por estar ahí, Ana, Ana, Antonio, Carolina, Enrique, Fani, Fiorella, David, Fátima, Isabel, Mari Cruz, Marta, María José, María Ángeles, Txus, Montse, Teresa, Mónica, Mónica, Paola, Paola, Paula, Silvia, Susana, Vanessa, Lady, Julia, Carmen, Mamen, Mercedes, Elisa, Cristina, Juan Carlos, y, pos supuesto, Irene, Arancha, Aída, María José. Sin olvidarme de Antonio, Lola, Belén, Concha, Pilar, Eva, Miguel Ángel, Estela, Antonio del Olmo, y Ana Vega. Mi recuerdo también para los que empezaron y no continuaron, especialmente para Puri, que en paz descanse. Gracias a todos por todo. Os dejo con mi artículo de entonces, que es también vuestro. Lo llamé “El poder de una mirada”. Me encantará recibir vuestros comentarios (tanto positivos como de aprendizaje).
Dónde estoy, y qué me está pasando. Algunos, o muchos, de los que leáis este artículo no entenderéis esa frase con la que he comenzado, ni algunas de las cosas que escriba a continuación. Y es que hoy, de forma excepcional, escribo para un grupo de personas en particular. Para un grupo de personas muy especiales con las que, desde febrero, estoy compartiendo cosas muy grandes. No obstante, y aunque el artículo de hoy vaya especialmente dirigido a ellos, quiero hacerlo público, pues entiendo que las cosas que salen del corazón llegan al corazón, aun cuando no se entiendan del todo. Y lo que yo voy a hacer a continuación va a ser dejar hablar a mi corazón.
Este fin de semana ha sido muy especial para mí. Lo están siendo todos los fines de semana que tenemos clase, desde que empezamos allá por el mes de febrero. Y a medida que el curso avanza, mi amor y mi agradecimiento crecen de forma exponencial. Ya compartí esto con vosotros el mes pasado, en ese espacio tan bonito de “dónde estoy y qué me está pasando”. Y hoy, como os decía en mi mensaje de buenos días a través del whatsapp, echo de menos ese espacio para compartir de nuevo mis sentimientos, mis vivencias del fin de semana. Por eso estoy aquí, escribiendo sin saber muy bien lo que escribo, dejando, como decía en la introducción, hablar a mi corazón. 
Quiero hablar sobre todo del domingo, de ese momento mágico en el que compartimos miradas, en el que dejamos que nuestras almas se comunicaran sin palabras. Al recordarlo, lo vuelvo a vivir, y de nuevo las lágrimas bañan mis ojos. Me resulta muy difícil, casi imposible, describir lo que ayer viví. Nunca había experimentado nada parecido. El poder de una mirada, es el título de mi artículo. Y es que es un poder tan grande, tan mágico… Esas miradas vuestras me decían tanto… Al principio yo me limitaba a recibir cada mirada al tiempo que regalaba la mía. Y sonreía. Y con ese intercambio de miradas notaba que de lo más profundo de mi ser salía algo que yo no dirigía, salía amor puro, salía comprensión, salía acogimiento, salía mi alma entera que se entregaba al alma que tenía enfrente. Y de vuelta recibía más, mucho más, de lo que yo sentía que daba. Poco a poco, mi sonrisa se fue transformando, se fue volviendo más pura… y se fue bañando en lágrimas. Lágrimas de alegría, lágrimas de amor, lágrimas de gratitud. Con todos y cada uno de vosotros sentía algo especial, pero lo más mágico de todo era que con cada uno sentía algo diferente. Cada uno me dabais vuestra esencia, y yo sentía con claridad esa esencia diferente de cada uno. De todos recibía amor, pero el amor que recibía a través de cada mirada era diferente según cada persona. Como decía antes, las almas se comunicaban solas, sin que yo tuviera que hacer otra cosa que ofrecer mi mirada, y, a través de ella, exponer y regalar mi ser interior. Llegué a sentir una comunicación muy profunda incluso con aquellos de vosotros con los que casi no había intercambiado palabras en estos meses. Y sentí que eso era real, era sincero, era auténtico. Y esto me dice que cuando las almas se comunican desde su profundidad, desaparece el ego, desaparecen las diferencias, desaparecen los odios que pueda haber (no es el caso entre nosotros), desaparece la timidez, desaparece la mentira, desaparecen los personajes, desaparecen las máscaras, desaparece todo aquello que, fuera del alma, muchas veces impide o dificulta la comunicación.
Todos estos sentimientos que ayer viví -y otros que no puedo comunicar con palabras- me abren más al mundo exterior, me hacen reflexionar sobre la necesidad que tenemos de comunicarnos de forma sincera, de abrir nuestros corazones al otro, al diferente, incluso al que nos cae mal. Esos sentimientos que viví me hablan de romper barreras, de derribar muros, de amar sin condiciones, me hablan de entrega, de generosidad, de Amor con mayúsculas.
El fin de semana me ha servido para conoceros mejor a muchos de vosotros. Y para incrementar en mí el deseo de conoceros aún más, de integraros en mi vida, de haceros parte de mis sueños, de mis anhelos, de mis ilusiones. Una parte también importante para mí, aunque parezca más terrenal -si se me permite usar esa expresión-, han sido esas horas de cañas y tintos de verano en la terraza de Paquito. Y es importante porque ahí también se intercambian muchas cosas sinceras y profundas. En medio de tanta risa y tanta broma, incluso de alguna que otra discusión, se establecen lazos que empiezan a ser de amistad, lazos que, si nos preocupamos de cuidar y alimentar, probablemente acabarán siendo indestructibles. Quizá alguno de los que me leáis podáis pensar que esto es pura ingenuidad, que el curso terminará y cada uno seguirá su camino, que todo esto quedará en un bonito recuerdo, incluso en algo que nos habrá enseñado muchas cosas y que nos permitirá vivir la vida con mayor plenitud, pero que los lazos creados se diluirán con la vida y poco a poco nos iremos olvidando unos de otros. Es algo que me ha pasado muy a menudo en la vida, y seguro que a vosotros también. Y porque me ha pasado, y me ha entristecido -me entristece aún más cuando comparto esa tristeza con personas que no la comprenden, y me dicen que “así es la vida”-, me niego a que me vuelva a pasar, me niego a que me pase con vosotros, me niego a que la vida “sea así”, porque al fin y al cabo, el cómo sea la vida depende en gran parte de nosotros. Lo que estamos viviendo en este curso es demasiado grande como para dejarlo pasar. Y, por mi parte, haré lo posible porque esos lazos creados no se destruyan, sino que se sigan fortaleciendo con el tiempo. Os confieso que sueño con llevarme de este curso, a parte de otras muchas cosas, grandes amistades. Por eso os pido -y es algo que siempre me ha costado, pedir- que no dejéis vosotros tampoco que esto pase. No dejéis que el tiempo se lleve lo que estamos construyendo. Pongamos entre todos cimientos sólidos, para que perdure.
Ha salido antes una palabra muy importante para mí, la palabra amistad. Una palabra con la que no me gusta frivolizar. No voy a extenderme, pues es de algo de lo que me gustaría hablar en otro artículo, pero sí quiero esbozar algunas notas en torno a esa palabra. Como digo, no me gusta frivolizar con ella. Y es que muchas veces llamamos amistad a lo que no lo es, llamamos amistad a relaciones que, en realidad, son un tanto superficiales. Con algunos de vosotros empiezo a sentir que la relación que nos une no es en absoluto superficial. Y con otros, a los que aún no os conozco bien pero os voy conociendo, siento el deseo profundo de conoceros mejor. Y deseo que unos y otros acabéis formando parte de mi vida y os pueda llamar amigos, pase el tiempo que pase. El ejercicio de las miradas me transmitió muchas cosas de vosotros, mucha conexión, mucho amor, como decía más arriba. Ojalá en los meses que nos quedan esa conexión se vaya materializando en amistades sólidas, amistades para toda la vida. 
No quiero cerrar este artículo sin antes deciros que os veo, que os quiero, que me estáis dando muchísimo más de lo que os podáis imaginar, y que me tenéis a vuestra disposición para lo que podáis necesitar. No son palabras hueras, vacías, sin contenido. Son palabras que salen del corazón -al fin y al cabo dije al principio que iba a dejar hablar a mi corazón, y es lo que estoy haciendo-, son palabras sinceras, palabras llenas de amor y de gratitud. No tengo nada material que ofrecer, pero sí tengo para vosotros mi tiempo, mi compañía, mi capacidad de acogimiento, mi escucha, mi entrega, tengo para todos vosotros mi amor, tengo para todos vosotros todo lo que soy. Y os lo ofrezco de todo corazón. Sinceramente, disponed de mí, con total confianza para todo lo que me necesitéis. OS VEO, OS QUIERO. MUCHO. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS Y UN MILLÓN DE VECES GRACIAS.

Volver a amar

El que ha conocido sólo a su mujer y la ha amado, sabe más de mujeres que el que ha conocido mil. Leon Tolstoi.

Hace tiempo, en mi antiguo blog, escribí un artículo que, podríamos decir, hablaba sobre cuando el amor se acaba. Recientes conversaciones me lo han traído a la memoria, y he decidido traerlo a este blog para que mis actuales lectores puedan también disfrutar de él. Aquí os lo dejo:

Mi artículo de hoy podría no tener palabras. No al menos las mías. Bastaría con el vídeo que añadiré a continuación, un cortometraje que, en poco más de cinco minutos, dice muchísimo más de lo que yo pueda decir en líneas y líneas escritas.
El corto se llama “Bastille”, es de la directora española Isabel Coixet, y pertenece a una película llamada “Paris je t’aime”, que es una selección de 18 cortometrajes rodados por diferentes directores en diferentes barrios de París, y todos hablan, de diferentes maneras y desde diferentes puntos de vista, del amor.
Como no quiero adelantar nada de lo que en el vídeo ocurre, os dejo con él, y a continuación termino con algún comentario propio.  Podéis verlo pinchando en el siguiente enlace:
De tanto comportarse como un hombre enamorado, se volvió a enamorar. Esa frase es para mí el resumen perfecto del excelente corto de Coixet. Leo en los comentarios del vídeo en Youtube a personas que dicen que el vídeo no les ha gustado, porque piensan que para que te vuelvan a querer hay que enfermar. Pero no creo que ese sea el mensaje del corto. No creo, ni mucho menos, que ese fuera el mensaje que quería transmitir la directora cuando lo rodó. Evidentemente, no sabemos lo que ella tenía en la cabeza. Pero lo que a mí me dice es que, independientemente de que en este caso el detonante sea una enfermedad, siempre es posible volver a enamorarse. Y, sobre todo, siempre es posible volver a amar, porque amar, entre otras muchas cosas, no deja de ser un acto de la voluntad.
Yo decido amarte en todas las circunstancias, sean estas buenas o malas, vengan días mejores o peores, estés más joven o más vieja, estés más guapa o lo estés menos.
Dicen que el amor se acaba… y puede ser. El amor se acaba si no se alimenta, si no se cuida, si no se riega a diario. El amor se acaba si uno no está decidido a tomárselo en serio, si uno no está decidido a hacer frente a las dificultades y a los momentos de aridez. El amor se acaba si, cuando vienen mal dadas, uno mira para otro lado en busca de una salida en lugar de mirar hacia dentro buscando la solución hasta encontrarla. Puede que el amor se acabe, pero pienso que tenemos las herramientas necesarias para evitar que se acabe. Siempre, claro está, que ese amor se haya edificado sobre cimientos sólidos. Hoy día, en esta cultura nuestra del bienestar y de lo fácil, de lo simple y del “aquítepilloaquítemato“, es más fácil prescindir del amor cuando se acaba que ponerse el traje de faena para arreglarlo. Es más fácil buscarse otra, otro, que luchar por seguir adelante.
El mensaje del corto, para mí, está claro, y no hace falta que aparezca una enfermedad para ponerlo en práctica. Se trata, simplemente, de amar. Incluso en los momentos de aridez. Es más, precisamente es en esos momentos cuando de verdad se demuestra el amor. Cuando hay mariposas en el estómago, cuando todo va como la seda, es muy fácil.
Termino con un pequeño cuento que vi hace poco por Internet, con un mensaje muy parecido.
“Un hombre fue a visitar a un sabio consejero, y le dijo que ya no quería a su esposa y que iba a separarse. El sabio lo escuchó, lo miró a los ojos y solamente dijo una palabra: -ámala-. Luego se calló.
Pero es que ya no siento nada por ella -replicó el hombre.
Ámala -reiteró el sabio.
Y ante el desconcierto del visitante, después de un oportuno silencio, el viejo sabio agregó lo siguiente:
Amar es una decisión, no un sentimiento. Amar es dedicación y entrega. Amar es un verbo, y el fruto de esa acción es el amor.
El amor es un ejercicio de jardinería: arranca lo que te hace daño, prepara el terreno, siembra, sé paciente, riega, procura y cuida. Está preparado, porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias. Pero no por eso abandones tu jardín. 
Ama a tu pareja, es decir, acéptala, valórala, dale tu amor… y serás feliz.”
Tras la tormenta del enamoramiento, eso que Ortega llamaba “estado de imbecilidad transitoria“, llega la calma. Y ahí es donde empieza lo bueno. ¿Te atreves?