Una tortuga (macho) en apuros

Cuanto más se juzga menos se ama. Honoré de Balzac.

Se conocieron, el tortugo (llamémosle así, aunque suene raro, para no tener que estar todo el rato diciendo “tortuga macho”, que es más largo) y la tortuga, hace algunos meses. Hacían muchas cosas juntos, y, poco a poco, el amor iba creciendo entre ellos. Llegaron las primeras discusiones, y las fueron solventando. Pero el tiempo pasó, y, lejos de solucionar aquellas desavenencias, éstas se fueron incrementando. Hasta que llegó un momento en que la tensión entre ellos se podía cortar con cuchillo. Las discusiones eran cada vez más frecuentes, y, lo que es peor, más virulentas.

Entonces, el tortugo, que había permanecido fuera de su caparazón desde que conoció a su tortuga, empezó a esconderse dentro de él. Al principio estaba encerrado poco tiempo, y enseguida salía. Pero las discusiones hicieron que cada vez le costara más salir. El miedo del tortugo, según pasaban los días, era más y más grande. Cada vez que salía se llevaba un zarpazo, un mordisco, una dentellada, de su hasta hace poco amada tortuga. Estaba lleno de heridas, y, claro, empezó a estar cada vez más confuso y cada vez más temeroso. Quería pensar que todo aquello podría tener arreglo, pero… por otro lado, tenía mucho miedo. Para ser más exactos, tenía dos miedos antagónicos: temía perder a aquella tortuga con la que había soñado una vida feliz, quedarse solo y tener que afrontar el resto de sus días en soledad. Pero temía también una vida plagada de discusiones y malos modos si seguía en compañía de su tortuga.

Y así tenemos a nuestro querido tortugo: encerrado en su caparazón, queriendo salir de él pero sin atreverse a ello por miedo a otro zarpazo.

Esta es la historia de unas tortugas, que se asemeja a las historias de muchas personas que nos rodean. A veces nos encontramos personas que viven encerradas en su caparazón, y enseguida tendemos a juzgarlas. Pues bien, antes de juzgar, quizá habría que preguntarse por qué no salen de ese caparazón. Quizá querrían hacerlo y no se atreven. Quizá no saben cómo hacerlo. Quizá necesitan cariño, amor, comprensión, en lugar de juicios, críticas y pescozones. Quizá ya se han sentido demasiado rechazados y temen salir y que alguien les vuelva a rechazar.

A veces vemos las vidas de los demás desde nuestro cómodo sillón y no somos capaces de levantarnos y ponernos en el lugar de ellos. Quizá si lo hiciéramos nuestra perspectiva cambiaría. Y quizá, entonces, habría menos personas encerradas en sus caparazones. Quizá.

P.S.: no tiene nada que ver con lo que acabo de escribir, pero… quería aclarar algo. Hace dos o tres artículos anuncié un cambio de rumbo en este blog. Temo que eso ha sido mal interpretado por algunas personas (o quizá yo no me expliqué lo suficientemente bien), que han pensado que yo reniego ahora del coaching. Nada más lejos de la realidad. A mí el coaching me ha ayudado, y pienso que yo también puedo ayudar a otras personas a través del coaching. Creo que es una herramienta poderosa que puede servir a mucha gente. Lo que pretendía decir en aquel artículo es que, a diferencia de lo que he hecho hasta ahora, quiero no separar mis convicciones religiosas del coaching. Creo (sé, porque lo he comprobado en mi vida) que la fe es una herramienta muy poderosa, y que no hay que separarla de la vida pública. Creo que la religión católica es un camino maravilloso de felicidad y encuentro con Dios y con los demás. Creo que una buena Confesión libera de muchas cargas y ayuda a caminar más liviano. Creo que la Comunión frecuente (estando en Gracia de Dios), es el mejor de los alimentos y la forma más auténtica de vivir la vida con mayúsculas. Pero todo eso no quita para que un católico pueda apoyarse en el coaching (o en la psicología, o en la medicina, o en las conversaciones con los amigos…) para conseguir determinadas metas en su vida. No es, de ninguna manera, incompatible una cosa con la otra.

En lo que no creo es en determinadas pseudoespiritualidades que a veces se mezclan con el coaching. Pero eso es otra historia. Eso, para mí, no es coaching.

Ya me despido. Voy a ver si encuentro la forma de ayudar al tortugo de nuestra historia a salir del caparazón. Si se os ocurre alguna idea, será bienvenida.

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Pasión

No soy producto de mis circunstancias. Soy producto de mis decisiones. Steven Covey.

¿Qué es lo que verdaderamente te apasiona y da sentido a tu vida? ¿Cuánto de tu tiempo dedicas a esa actividad?

¿A qué dedicas la mayor parte del tiempo de tu día a día?

Esas dos actividades, ¿son la misma? Si la respuesta es sí, entonces felicidades, porque, con casi total seguridad, eres una persona feliz.

Si la respuesta es no, necesitas hacerte otra pregunta: ¿te gusta eso a lo que dedicas la mayor parte de tu tiempo? Y si no te gusta, ¿para qué lo haces? ¿A qué estás esperando para dedicar tu vida a aquello que realmente te apasiona? ¿Por qué no estás donde te gustaría estar? Cuanto más tardes en decidirte, más tiempo vas a tardar en ser feliz. También tienes otra opción: lograr que aquello a lo que te dedicas, eso que te da de comer, se convierta en tu pasión.

Puede haber múltiples factores que te impidan dedicarte a lo que te apasiona. Puedes haber respondido de muchas formas a la pregunta “¿a qué estás esperando para dedicarte a lo que verdaderamente te gusta?”. Pero si reflexionas, si eres sincero contigo mismo, si estás decidido a dejar de poner excusas, reconocerás que la única respuesta verdadera, en la mayoría de los casos, es “no me dedico a lo que me apasiona porque me da miedo”. Me da miedo soltar, me da miedo arriesgarme, me da miedo perder, me da miedo la inseguridad, me da miedo la incertidumbre, me da miedo que no salga bien, me da miedo quedarme en la calle, me da miedo… Me da miedo.

Parece una frase hecha, de esas que aparecen en los libros de autoayuda, o en bellas imágenes de puestas de sol, pero al otro lado de tus miedos está la vida. Al otro lado de tus miedos está el éxito. Y si no afrontas esos miedos, si no te decides de una vez por todas a hacerles frente, nunca llegarás a ese otro lado.

Si no tomas decisiones, alguien las tomará por ti. Y seguirás dejándote llevar, seguirás a la deriva, dejando que los vientos te lleven a donde ellos quieran. Seguirás quejándote de lo infeliz que eres, y seguirás no haciendo nada para ser feliz. Seguirás tumbado encima de ese clavo que tanto te molesta pero sin tomar la decisión de levantarte.

Cuando hay un porqué siempre hay un cómo. Lo dijo Nietzsche. Aunque da igual quién lo dijera. Lo importante es que es cierto. Si quieres algo, si lo quieres de verdad, encontrarás el camino y la forma de llegar a ello. Pero recuerda una cosa: la lógica no te llevará al éxito. Lo hará la pasión que pongas en ello. Como montañero, en ocasiones me he enfrentado a retos que, en algún momento del recorrido, se me han antojado imposibles. Lo que me ha llevado al éxito, lo que me ha ayudado a llegar a la cima de esa montaña, no ha sido la lógica. No ha sido pararme a pensar en las razones que tenía para seguir adelante. Ha sido el coraje. Ha sido la pasión. Ha sido, como dice un amigo mío, agarrarme de los pelos del pecho y tirar para adelante. No hay recompensa sin sacrificio. Nadie te va a llevar a lo más alto. Tienes que llegar tú, con tu esfuerzo y con tu tesón. Y a veces con la ayuda de los demás. Pero si tú no te pones en marcha, la ayuda de los demás no va a llegar.

No son los razonamientos los que rompen las cadenas del miedo, los que disipan las dudas. Ese tipo de decisiones no son racionales sino emocionales. Por eso necesitas poner en juego la pasión. Si te paras a pensar, no lo harás. Como dice el gran Chema Martínez, no lo pienses, corre. Si lo piensas, probablemente encontrarás algo mejor que hacer. Algo que te impida ponerte en marcha. Algo que te haga decir, mañana lo hago, mañana empiezo. Deja de quejarte, deja de poner excusas. Levántate y anda.

Si no lo intentas, nunca sabrás si podías haberlo conseguido. Es mejor arrepentirse de hacer que de no hacer. Porque lo primero tiene solución. Lo segundo, puede quedarse sin ella. Aunque te equivoques, sigue tomando decisiones. Hasta que aciertes. Es la única manera de avanzar. No te limites a sobrevivir, a ver la vida pasar. ¡Vive tu vida! No dejes que los vientos te lleven, gobiérnalos tú. Date una y otra oportunidad, en lugar de seguir negándotelas.

Por último, piensa lo siguiente: ¿dónde vas a estar dentro de unos años si sigues dejándote aferrar por tus miedos y tus dudas? ¿Es ahí donde quieres estar? Si la respuesta es sí, perfecto, sigue sin hacer nada. No tengo nada más que añadir. Pero si la respuesta es no, entonces te invito a lo siguiente: cada vez que tengas miedo a algo, ve a por ello, encáralo con determinación. No lo pienses, sólo actúa. Al principio será difícil. Pero poco a poco lo irás convirtiendo en un hábito y te irás aproximando a ese lugar al que realmente quieres llegar. Eso sí, recuerda que la felicidad no está en la meta (no sólo, al menos) sino en el camino. Audentes fortuna iuvat!

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Pues nos drogamos

Si no vives peligrosamente, no vives. La vida sólo florece en el peligro. La vida nunca florece en la seguridad. Osho.

Zorba The Greek, 1964 http:/www.tuttartpitturasculturapoesiamusica.com;

No hace mucho vi, debajo de uno de esos carteles que prohíben jugar a la pelota, una pintada que rezaba como el título de mi artículo: pues nos drogamos. Me hizo gracia, y también me hizo reflexionar. Si bien es cierto que en algunos sitios tiene sentido esa prohibición, o al menos una restricción de horarios para velar por el descanso de los vecinos, últimamente esos cartelitos proliferan como setas, y en muchas ocasiones no parecen tener mucho sentido. Paseando por Madrid he visto carteles de esos en sitios en los que, por más que he mirado y por más que he tratado de imaginar, no he logrado encontrar el por qué de la prohibición.

Nos está tocando vivir unos tiempos llenos de paradojas. Por un lado, los llamados psicopedagogos alertan del peligro de las pantallas (consolas, teléfonos móviles, tablets, etc.). Por otro, en cada vez más sitios se prohíbe jugar a la pelota, montar en bici, patinar… Eso, por no hablar de los peligros, en mi infancia casi inexistentes, de salir a jugar a la calle sin necesidad de demasiado control paterno.

Pero la esquizofrenia no acaba ahí. O quizá sí, quizá acaba ahí, porque ese tipo de paradojas, hasta cierto punto menores, tienen su origen en otras de mayor calado. Tengo la sensación de que nuestra sociedad es una sociedad paracaídas. No nos atrevemos a hacer nada sin ese (u otro) elemento de protección. Vivimos rodeados de miedos,  en muchas ocasiones imaginarios, calculando hasta el infinito el próximo paso a dar. Además, les inculcamos esos miedos a los niños casi desde que nacen. Cuando yo era pequeño pasaba los veranos en la calle, montando en bici (sin casco), me caía innumerables veces y las heridas en codos y rodillas formaban parte del uniforme veraniego. Cuando me caía, a veces me levantaba y seguía como si nada, y otras, las más aparatosas, lloraba, iba a casa en busca de un “cura-sana” de mi madre y un poco de mercromina, y otra vez a la calle.

Ahora eso es impensable. El casco es imprescindible, y a eso hay que sumar las coderas, las rodilleras y dentro de poco inventarán algún tipo de peto que convierta a los pequeños ciclistas que comienzan a dar sus primeras pedaladas en una suerte de Don Quijote subido a un caballo de dos ruedas. Las caídas son improbables, pero si ocurren, el drama es mayúsculo. Ahí se acaba la diversión.

Quizá estoy exagerando un poco, pero es sólo un ejemplo de lo que ocurre en nuestra sociedad. Protegemos tanto a los niños que cuando llegan a adultos no son capaces de defenderse fuera del mundo de cristal en el que han crecido. El mínimo problema, la más pequeña contrariedad, lleva a la gente al psicoanalista, donde se dejan los cuartos durante sesiones y sesiones, averiguan de dónde vienen (supuestamente) todos sus traumas, pero nunca resuelven el problema. Como decía Víktor Frankl, se ha sustituido al sacerdote, al rabino o al pastor por el psiquiatra, cuando en muchas ocasiones no existe ningún tipo de enfermedad (y lo decía un psiquiatra). Lo único que ocurre es que la vida no es ningún cuento de hadas. Y hay que lidiar con varapalos diversos, muertes, enfermedades, despidos laborales, quiebras económicas, períodos eternos de desempleo, y un largo etcétera. No es necesario ir al médico ni atiborrarse a pastillas. Únicamente hay que aprender a aceptar las dos caras de la moneda que es la vida: alegría y dolor.

A nuestra sociedad paracaídas le molesta la lluvia, y en cuanto caen cuatro gotas corre despavorida a protegerse, no se le vaya a estropear el peinado; no le gusta andar más allá de la esquina de casa, y si hay que recorrer un tramo mayor de un kilómetro recurre al coche (para después quejarse del cambio climático); no le gusta pasar calor, así que en cuanto la temperatura sube de los treinta grados centígrados pone el aire acondicionado; tampoco le gusta pasar frío, y por debajo de los veinte grados ya conecta la calefacción; por supuesto, ni se le pasa por la cabeza montar una empresa, eso es arriesgar demasiado y es sólo para locos o para gente extremadamente preparada (la sociedad paracaídas no da un sólo paso si no se siente muy, muy, MUY preparada); ni que decir tiene que  de entregarse al cien por cien a una persona, sin saber si la correspondencia va a ser plena, ni hablamos; y claro, si en las relaciones humanas se calcula de esa manera, cómo va a caber en la cabeza que a jóvenes guapos, listos y con carrera se les ocurra hacerse sacerdotes o meterse en un convento de clausura para toda la vida.

Estos miedos quizá tienen mucho que ver con esa sociedad de bienestar que nos venden en occidente. Vivir con la máxima comodidad y con el mínimo esfuerzo. Esto se refleja también en las generaciones más jóvenes. Para esquivar problemas, se evita poner límites. Es más cómodo colocar al niño delante de una pantalla, ya sea la de la televisión, la del ordenador, la tablet, o darle un móvil, que enseñarle a desarrollar la imaginación y a elaborar sus propios juegos. Es más cómodo también decirle a todo que sí para que no llore, o no nos monte el numerito, que mantenerse firme ante una serie de normas concretas.

¡Normas! ¡Deberes! ¡Límites! Palabras tabú en nuestra sociedad. No hace mucho leí en un periódico de gran tirada nacional un artículo que afirmaba que los niños no debían obedecer, ni a sus padres, ni a sus profesores, ni a nadie. Luego, eso sí, llegan los lamentos, cuando el niño se convierte en adolescente y es ya ingobernable.

Quizá pueda pensar el lector que qué tienen que ver unas cosas con otras. Para mí están relacionadas, y las dejo ahí, para la reflexión de cada uno. Pienso que vivir una vida atenazada por los miedos, una vida encorsetada, mediocre, volando raso cuando se puede volar alto, tiene algo que ver con vivir una vida cómoda, ramplona, sin esfuerzo.

Tenía parte de mi artículo ya en la cabeza, y antes de escribirlo he visto una gran película de los años sesenta. En ella he encontrado frases maravillosas que refuerzan un poco mis tesis. Estoy hablando de “Zorba el griego”. Un soberbio Anthony Quinn representa a Zorba, un griego sin oficio conocido que se ofrece a ayudar a un escritor americano que viaja a Creta con la idea de recuperar una antigua mina que heredó de su familia. Zorba, un hombre sin estudios, demuestra tener una sabiduría de la vida que muchos sabios y entendidos de hoy (y de todos los tiempos) quisieran para sí.

Cuando, en el barco en el que viajan a Creta, Zorba aborda al que será su jefe, se entera de cuál es su propósito, y se ofrece a ayudarle. Éste, sorprendido, le pregunta que por qué quiere hacerlo. Es algo que le ocurre también a nuestra sociedad paracaídas. No entiende el altruismo. Que alguien quiera hacer algo por otro por el mero hecho de hacerlo. La respuesta de Zorba es sencilla a la par que admirable: “¿No es posible que alguien haga algo sin un por qué? ¿Sólo porque sí? ¿Por gusto?”.

Hay más frases memorables del personaje que interpreta Quinn, y que dan mucho que pensar.

“La vida es problema. Sólo la muerte no lo es. Vivir es liarse la manta a la cabeza y buscarse problemas”. Justo lo contrario que calcular una y otra vez el siguiente paso a dar para al final no darlo y permanecer en la cómoda incomodidad (también llamada zona de confort).

El siguiente diálogo es genial:

-“Mi sesera está hueca, jefe, y se me ocurren ideas locas. Le podría arruinar”.

-“Acepto el riesgo”.

Entonces a Zorba se le ilumina la cara, le hacen los ojos chiribitas y responde:

-“Diga eso otra vez. ¡Me da valor!”.

Y a continuación emprende un frenético baile, como si estuviera fuera de sí, como si en ese momento no hubiera nada más importante en la vida. Cuando acaba, explica:

-“Cuando murió mi hijo de tres años todos lloraban menos yo. Me puse a bailar. Ellos decían: Zorba está loco. Pero fue el baile el que contuvo mi pena. Cuando estoy alegre hago lo mismo”.

Y es que la vida es riesgo. Cuando se elimina, le quitamos el sentido a todo. Por eso Zorba, al escuchar esa palabra, siente la imperiosa necesidad de celebrar la alegría que le invade con un sirtaki.

Otra frase de Zorba, tras obviar decir su edad pero haciendo entender que es ya avanzada nos habla de que nunca es tarde para nada: “aún hay bastante fuego en mí para devorar el mundo. ¡Por eso sigo luchando!”.

Ya es tarde, soy muy mayor, esto no es para mí… son excusas, nada más que excusas, para no asumir riesgos, para no esforzarse, para no poner un poco de picante a la vida, estemos en la etapa que estemos de la misma.

Ya finalizando la película, y casi a modo de despedida, Zorba le dice al que ha sido su jefe: “usted lo tiene todo, menos una cosa. ¡Locura! Y uno tiene que estar un poco loco. Si no, nunca se atreve a cortar la cuerda y ser libre.”.

Para finalizar, y mientras bailan juntos el sirtaki, se detiene por un momento, contempla la ruina a la que ha quedado reducido el trabajo de meses, y comenta: “¿Vio usted alguna vez un desastre más esplendoroso?”. Y comienza a reírse a mandíbula batiente, con unas carcajadas que nos ha ido regalando en diferentes momentos del film. Nos da así una última lección: algunas veces las cosas no saldrán como esperábamos. Tendremos obstáculos, desgracias, accidentes, malos momentos… Zorba nos enseña que ahí no acaba todo. Es sólo un punto y a parte. Tomemos perspectiva, pasemos el duelo si es necesario, contemplemos el esplendoroso desastre… riamos, bailemos un sirtaki, ¡y adelante, que la vida son dos días! Y la que nos toque vivir después va a tener mucho que ver con la forma en la que hayamos vivido esta.

Ah, y si vivimos así, no necesitaremos drogarnos. Incluso nos saltaremos algunas prohibiciones, sin hacer daño a nadie y poniendo mucho más sabor a la vida.

Hasta el final

La actitud es una pequeña cosa que marca una gran diferencia. Winston Churchill.

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Cualquier aficionado al fútbol o al baloncesto sabrá que los Sergios están de moda. Tanto Sergio Ramos como Sergio Llull han sido protagonistas últimamente por sus goles y sus canastas en momentos decisivos de muchos partidos, goles y canastas casi imposibles, que daban la victoria a su equipo en los instantes finales.

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Pablo Ráez no ha muerto

La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado. San Agustín de Hipona.

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“La leucemia me está enseñando más de lo que me ha quitado”; “ha despertado en mí grandes dosis de solidaridad”; “cada revés, cada retroceso en la enfermedad me hace más fuerte en lugar de rendirme”; “hay que disfrutar el día a día y cada momento porque es único, cada día es único e irrepetible”; “la muerte forma parte de la vida, por lo que no hay que temerla, sino amarla”.

Son algunas frases dichas por Pablo a lo largo de su enfermedad. Frases que impactan, que invitan a la reflexión. Frases de una persona madura, que ha aprendido a afrontar los reveses de la vida y a integrarlos como parte de ella.

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El control consciente de las emociones

Las emociones son invasivas, pero las podemos controlar. Susana Bloch

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Hace poco hablaba del inicio de mi colaboración con Álex González, y os presenté mi primer artículo para su blog, “Nosotros las personas“, en el que hablaba sobre la humildad.

Hoy es Álex el que se asoma a estas páginas, y nos presenta un artículo sobre algo que, a mi juicio, es fundamental conocer si queremos gobernar bien el barco de nuestra vida. Las emociones. Sin más, os dejo con Álex.

Hace apenas unos días, Alejandro Rubio colaboró en mi blog “Nosotros: las personas” con una entrada sobre la humildad, aprovechando que es ese el valor sobre el que estoy publicando este mes de febrero.

Le devuelvo su regalo con este artículo en el que reflexiono sobre algo que para mí es fundamental en cualquier etapa y situación de nuestras vidas en las que podamos pensar: las emociones.

Ya en mi primera publicación, allá por el 2012, decía que los seres humanos estamos hechos de emociones. Con ello hoy, 5 años después, reafirmo y ratifico la importancia de éstas para entender cualquier relación ya no sólo interpersonal, sino también intrapersonal (del yo conmigo mismo). En definitiva, según sean las emociones, pero sobre todo según sea nuestro control que sobre ellas ejerzamos, las situaciones pueden tomar un camino u otro.

Nuestros resultados y la consecución de nuestras metas en la vida dependen de las emociones mucho más de lo que queremos creer. Pensamos que ocultarlas nos hace más adultos, maduros y mejores y, desgraciadamente, vivimos acostumbrados a ignorar las emociones, que son para nosotros fuerzas incontrolables que surgen de un abismo ingobernable al que tememos asomarnos.

Pero debemos ser realistas; las emociones forman parte de nuestras vidas y nos transmiten información para comprender quiénes somos, cómo actuamos y cómo percibimos nuestro entorno.

Atender a las emociones es un trabajo consciente, pero realmente útil para tomar decisiones en nuestro día a día, reducir el estrés, ser más creativos, obtener mejores resultados, ser más empáticos, etc… en definitiva, para sacar lo mejor de nosotros mismos.

Cuando actuamos de manera equivocada, porque la emoción se apodera de nosotros, solemos excusarnos en que un agente externo ha sido el causante. Siempre es mucho más fácil echar culpas afuera que asumir que, aunque el agente provocador realmente exista, sólo nosotros tenemos acceso al interruptor que enciende o no la chispa que hace expandir la llama.

Por muy malo que sean nuestros días, por muy mala que sea la situación que estemos viviendo o por muy tóxica que sea la persona que tenemos a nuestro lado, sólo nosotros tenemos el poder de controlar nuestras emociones, mirar hacia otro lado, ver la parte positiva e intentar extraerla, aunque ésta sólo sea aprendizaje, ¡que ya es mucho! Siempre que aludo a este poder interior recuerdo el libro de “El hombre en busca del sentido” de Viktor Frankl, quien estando en una situación tan límite como ser un recluto de un campo de concentración nazi, fue capaz de determinar que aquellos que veían un sentido a la vida, aquellos que sabían ver el vaso medio lleno, eran los que finalmente tenían más posibilidades de aguantar tal calvario y sobrevivir.

Cierto es que todo esto requiere trabajo, y además un trabajo para nada fácil, porque uno tiene que ser consciente durante todo este proceso de control emocional y llegar a reconocer que es realmente la propia persona quien tiene la última palabra en cómo afrontar una situación, por muy complicada y límite que pueda llegar a ser.

Mi consejo:

“Siéntete dueño de tu propio yo y, aunque en ocasiones sientas que tu estado emocional te ha llevado a actuar de manera errónea, piensa que eso representa quizás haber perdido una batalla, pero no la guerra.

El aprendizaje y el haberte levantado siempre con más fuerza tras una caída te van a ayudar, sin duda, a reforzar tu inteligencia emocional y sentirte cada vez con más energía, con la que además podrás ayudar a otros a conseguir este trabajo interno y emocional cuando les veas flaquear”.

Lo que de verdad importa

Amar y sufrir es, a la larga, la única manera de vivir con plenitud y dignidad. Gregorio Marañón.

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Ayer vi la película que da título a mi artículo de hoy. Dos semanas antes había recibido un whatsapp, uno de esos anónimos que circulan por ahí y que nadie sabe quién ha escrito, previniendo contra el film de Paco Arango. Advertía que era una película anticristiana, y daba argumentos supuestamente basados en varias escenas y varias tramas de la película. No me fié ni por un momento de aquel mensaje, decidí leer otras críticas, y después de leerlas decidí ir al cine y contribuir con el pago de mi entrada a la Fundación Aladina, que es a quien va destinada la recaudación íntegra de “Lo que de verdad importa”. No me defraudó lo más mínimo. Es más, me encantó, me emocionó, y me dejó un fantástico sabor de boca que me duró toda la tarde y aún me dura.

Hace unos días leí en algún sitio una frase de esas que circulan por Internet. Decía que la vida no es para llevar, es para consumirla ahora. La película del director mexicano me hizo recordar esa frase. Y es que “Lo que de verdad importa” es un canto a la vida, un canto a la vida con mayúsculas. “Lo que de verdad importa” nos habla de consumir la vida ahora, de aprovecharla a tope y no dejarla para después, para cuando ya no quede nada, para cuando ya sea tarde. “Lo que de verdad importa” nos habla de lo que de verdad importa, permítaseme la redundancia. Sí, porque a menudo dejamos pasar la vida preocupándonos por cosas que no importan lo más mínimo, por nimiedades, por banalidades. Perdemos el tiempo, y nos perdemos la vida, preocupándonos por ganar más dinero a final de mes, por tener el móvil de última generación, por tener un coche que luzca mejor que el del vecino, por ponernos más fuertes en el gimnasio y más morenos en la playa o en la cabina de rayos UVA,… Cuando lo que de verdad importa son otras cosas. Lo que de verdad importa son las relaciones humanas, lo que de verdad importa es dar un golpe de aliento a quien lo necesita, lo que de verdad importa es estar al lado del que sufre, lo que de verdad importa es sonreír, es jugar, es reír hasta que duela el estómago, es bailar, es burlarse de los contratiempos, es cantar, cantarle a la vida y vivirla con intensidad, sean cuales sean nuestras circunstancias.

Es lo que hace Abigail (Kaitlyn Bernard), a pesar de haber sido desahuciada por los médicos debido a un cáncer sin cura (su regaliz, lo llama ella). Sabe que se va a morir, y sin embargo no tiene miedo a la muerte. Y si lo tiene, que es lógico y normal, lo afronta aprovechando a tope cada instante de su vida. En una magnífica escena de la película, Abigail da una gran lección a Alec (Oliver Jackson-Cohen) y a Cecilia (Camila Luddington), y de paso nos la da a nosotros, con la lectura de un bellísimo texto que ella misma ha escrito. Un texto en el que habla de la importancia de ser conscientes de nuestra respiración. Es algo en lo que no nos fijamos. Respiramos, y ello es lo que nos permite seguir viviendo. Y sin embargo lo hacemos inconscientemente, sin darnos cuenta de que es un grandísimo regalo. Abigail pide a Alec y Cecilia que sean conscientes de cada una de sus respiraciones, y que las vivan con intensidad. En el fondo, lo que les está pidiendo es que sean conscientes de que la vida es un regalo maravilloso, y que hay que aprovecharlo, minuto a minuto, instante a instante, entre otras razones porque, tengas cáncer o no, no sabes cuándo te vas a morir.

Abigail nos hace caer en la cuenta de que despertar cada día es un milagro .Cuando nos va mal nos quejamos y le preguntamos a Dios que dónde están los milagros, y como los milagros no llegan dejamos de creer en Él. No nos damos cuenta de que la vida misma es el mayor de los milagros, ni de que estamos rodeados de milagros por todas partes. La risa de un niño, el llanto de un bebé que pide de comer, el ladrido de un perro que quiere jugar, el vuelo de una mariposa, la hierba que cruje a nuestro paso, el sol que ilumina nuestros días, el susurro del mar muriendo en la orilla, la brisa acariciándonos la cara, el canto del ruiseñor que celebra un nuevo amanecer… ¿Hace falta poner más ejemplos?

“Lo que de verdad importa” es una película amable, una película mágica, una película divertida, enternecedora, verdadera, alegre, trascendente. “Lo que de verdad importa” nos habla con toda naturalidad de la vida, de la muerte, de la vida después de la muerte, de la enfermedad, de Dios, del poder de la oración, del perdón, de la risa, del llanto… “Lo que de verdad importa” no es, ni muchísimo menos, una película anticristiana, como decía aquel absurdo mensaje que comentaba al principio de mi artículo. Es una película para todos los públicos, en todos los sentidos. Mayores y menos mayores, cristianos y no cristianos, creyentes e incrédulos. Todo el que tenga un mínimo de sensibilidad, y un alma joven dispuesta a dejarse empapar por la magia de la vida puede y debe disfrutar de “Lo que de verdad importa”. Yo la vi ayer, pero, seguro, no será la última vez que la vea. Y tú, ¿la has visto ya?

Vive ahora

Si la oportunidad no llama, construye una puerta. Milton Berle.

Más de tres meses sin escribir. Eso debería hacerme abandonar, ¿no? Tanto tiempo, que mis lectores, si alguno me queda, ya se habrán olvidado de mí. Además, si hasta ahora no he conseguido ser constante, ¿por qué habría de serlo de aquí en adelante? He fracasado.

¿Te suena lo que acabas de leer? ¿Te lo has dicho alguna vez? ¿Has tenido la tentación de abandonar cualquier actividad, simplemente porque lo has intentado ya muchas veces y no lo has logrado? Normal que te sobrevenga el desaliento. Que te desanimes. Que decidas mirar para otro lado. Pero entonces sí que habrás fracasado. Sólo entonces, si te rindes definitivamente, habrás fracasado.

Sin embargo, siempre hay una nueva oportunidad para intentar sacar adelante lo que de verdad quieres sacar adelante. Una afición, un trabajo, una relación, lo que sea, para todo hay una segunda oportunidad. Y una tercera, una cuarta, y hasta una enésima. Y si perseveras, y de verdad lo quieres, acabará saliendo.

Acabamos de empezar el año, típica época en la que todos hacemos propósitos de mejora. No voy a escribir sobre ello, ya lo hice en su día. Si quieres recordarlo, puedes hacerlo pinchando aquí. También lo podrás leer en los próximos días en Diario16, donde también escribo. Te recomiendo que lo hagas, para lograr una mayor efectividad en todo lo que te propongas. Hoy, más bien -y después de toda esta parrafada- quería escribir sobre la provisionalidad de la vida. No sé si es el nombre correcto para definir lo que tengo en la cabeza, pero te lo explico, y si se te ocurre un nombre mejor me lo dices.

A menudo vivimos -a mí al menos me pasa- esperando que ocurra algo para vivir de verdad. Esperando algo que creemos necesario para que nuestra vida pueda ser plena. Esperando una pareja para formar una familia, esperando un mejor trabajo o mayor estabilidad laboral, esperando tener más dinero para llevar a cabo este o aquel proyecto, esperando un mejor estado de salud, esperando, esperando, esperando. Y mientras, nos olvidamos de vivir. Nos olvidamos de que la vida, sean cualesquiera nuestras circunstancias, está pasando, y no espera a nadie. No espera a esa pareja, ni ese contrato maravilloso, ni que te toque la lotería. La vida pasa, y además lo hace muy deprisa. De pronto uno mira atrás y… ¡menudo susto! La cantidad de años, de oportunidades desaprovechadas, de momentos perdidos, de ilusiones desvanecidas, de besos no dados, de palabras no dichas, de intenciones que se quedaron en el camino… Y todo por… ¡miedo! Miedo a perder, miedo a equivocarnos, miedo a hacer el ridículo, miedo a que nos digan que no una vez más, miedo a fracasar. Y a veces también por orgullo. ¿Cómo voy a pedir perdón a aquella persona, con el daño que me hizo? ¿Cómo voy a pedir una nueva oportunidad, si la cagué hasta el fondo? ¿Cómo voy a proponerle esto si me va a decir que no? Y nos quedamos deseando hacerlo y esperando a que sea la otra persona la que dé el paso… mientras quizá la otra persona está esperando lo mismo.

Pienso que todo son excusas. Esa espera de cosas o circunstancias que no sabemos si llegarán -si no vamos tras ellas seguro que no llegan- no son más que excusas para no afrontar esos miedos, o para no bajarnos del caballo de nuestro orgullo. Y, parapetados tras esas excusas, se nos pierde la vida, se nos escapa a chorros entre los dedos. Hasta que un día miremos atrás, miremos después hacia adelante, y nos demos cuenta de que ya no nos queda tiempo. Bueno, pues si llega ese momento… ¡es que estás vivo, y por tanto sigue habiendo tiempo! No importa lo que hayas tardado en darte cuenta, ni la edad que tengas, ni el tiempo que te quede. Si lo piensas bien, tengas veinte años, cincuenta o noventa, no sabes el tiempo que te resta de vida. Por tanto… ¡vívela a tope! Arriesga, juega, ríe, ama, crea, pide, da, llora, abraza, ¡invéntate tu propia vida! Pero hazlo ya. No esperes a mañana, porque no sabes si mañana llegará.

¡¡Feliz año, mis héroes!!

¿Por qué siempre se van los mejores?

La muerte no es más que un cambio de misión. Leon Tolstoi.

No entraba en mis planes escribir este artículo. Preferiría no estar haciéndolo. Es de esas cosas sobre las que a uno no le gusta escribir. Pero a veces la vida manda. Y aunque parezca injusta… sigue siendo bella, a pesar de todo.

Lo acabo de leer en Facebook. Rafa Lozano nos ha dejado. Con cuarenta y seis años, una mujer maravillosa, Lola, y seis hijos. Una vida bien vivida. Una vida llena de alegría, aun con  las dificultades, los baches, los obstáculos.

¿Que quién era Rafa? Rafa era un hombre bueno. Un hombre ejemplar. Un hombre alegre. Un hombre valiente. Un hombre fuerte. Un hombre lleno de entusiasmo y que contagiaba entusiasmo. Rafa Lozano era un hombre con mayúsculas. Mi relación con él no era estrecha, de hecho hacía mucho que no le veía. Alguien me dijo hace unos meses que estaba enfermo. Yo no pensé que era para tanto. Algo pasajero, me dije. Quizá era un deseo. Un deseo de que Rafa siguiera entre nosotros, repartiendo amor como lo hacía.

No teníamos, digo, una relación estrecha. Pero mi admiración y mi cariño hacia él nunca desaparecieron. Le conocí hace unos veinte años, quizá algo más, y enseguida descubrí en él a alguien especial. Compartimos algunos momentos mágicos, llenos de risas, de alegría de entusiasmo. Rafa dejó en mi corazón una huella indeleble. Fue para mí una de esas personas ejemplares, una de esas personas a las que te gustaría imitar, de las que te gustaría que te contagiaran su alegría y su pasión por vivir. Una de esas personas de las que dices, “yo de mayor quiero ser como él”. No teníamos una relación estrecha, pero la noticia de su fallecimiento ha caído sobre mí como una losa.

Dicen que Dios siempre se lleva a los mejores soldados. Los quiere junto a Él. Es algo que nunca he logrado entender. Si este mundo está tan revuelto… ¿no sería mejor mantenerlos aquí un rato más? Sin embargo, dicen también que sus planes no son los nuestros. Y que no los podemos entender. Si lo entiendes, decía San Agustín, entonces no es Dios. Así que… habrá que aceptarlo así, a pesar de no comprenderlo. La vida está para vivirla, no para entenderla. Y eso sí que lo entendió bien Rafa Lozano. Vivió su vida con mayúsculas, la exprimió hasta el último suspiro. Aunque hubiera cosas que no pudiera comprender. Corrió bien su carrera… y ahora está donde están los mejores. En la habitación de al lado. Descansa en paz, Rafa. Y acuérdate un poquito de nosotros, allá donde estés.

Mi más sincero pésame para ti, Lola. No me recordarás, coincidimos pocas veces. Pero yo sí me acuerdo de ti, de tu sonrisa, de tu alegría, igual que la de Rafa. Dicen que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, y en este caso esa máxima se cumplía a raja tabla. Un abrazo grande para ti y tus seis hijos. Mis oraciones son hoy para vosotros.